Tomás Moro escribió en el siglo XVI una obra que se convirtió en un clásico de la filosofía política.  Le dio el nombre de “Utopía” ­-que podría traducirse como no lugar o lugar inexistente. En ese libro, el pensador inglés diseñó un proyecto de sociedad ideal donde reinaría la justicia y la equidad. En el siglo XVIII el término utopía se comenzó a utilizar para referirse a los proyectos que aspiraban a cancelar para siempre los antagonismos sociales en la tierra por medio de mecanismos de ingeniería social. Posteriormente, el concepto se incorporó al lenguaje político para designar las visiones sociales que aspiran a construir un futuro colectivo de justicia, igualdad y libertad -en diferentes combinaciones.

Las utopías, como proyectos de futuro, son parientes de la idea típicamente moderna de la perfectibilidad sin límites de las sociedades y los sujetos sociales, vía progreso técnico y/o planeación económico-social. Ya en el siglo XIX y XX, algunos intelectuales comenzaron a dudar de estas certezas modernas y a la idea de “utopía” le adicionaron su antónimo: distopía. Con este concepto querían dar cuenta de esos proyectos que lejos de proponer sueños de justicia y libertad, instalaban sobre las sociedades pesadillas totalitarias. El nazismo, el Fascismo, el Franquismo y Estalinismo serían ejemplos de este tipo de fenómenos sociales.

A la par de su aparición en el mundo real, la literatura de ciencia ficción del siglo XX narró magistralmente algunas distopías. Este es el caso de “1984” del inglés George Orwell, redactado en la década del 1950. En él se narra una distopía totalitaria que se desarrollaría en el año de 1984. La ficción literaria le sirve a Orwell como mecanismo de crítica al Estalinismo de su tiempo.

En esta obra, las mentes y los cuerpos de los individuos terminan por acostumbrarse a los dictados del Gran Hermano, el líder que guía y ordena al partido único y a la sociedad. Hay tres consignas con las que se bombardea a la población: “LA GUERRA ES LA PAZ, LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD Y LA IGNORANCIA ES LA FUERZA”. De esta forma, las tres frases y las ideas que representan, se van incorporando exitosamente a la conciencia colectiva.

En un país como Colombia con un conflicto armado de más de medio siglo de duración –que, según informaciones oficiales, ha causado 60.000 desaparecidos-, el clamor por la paz debería ser generalizado y las iniciativas para desactivar las hostilidades deberían ser centrales en la agenda política. Paradójicamente, son los tambores de la guerra los que parecieran resonar más fuerte en el país andino.

Desde 2002 se han presentado tres contiendas electorales para escoger presidente de la república. En todas ha ganado el candidato del partido de la guerra. Al principio de cada uno de estos tres períodos presidenciales hay anuncios apocalípticos: “El inicio del fin”, “el fin del fin”, “el puntillazo final”. Sin embargo, guerrillas, paramilitares y ejércitos privados gozan de buena salud, adaptándose a los retos de las nuevas guerras.

Es particular, las soluciones militares están tan enraizadas en el imaginario colectivo desde el siglo XXI colombiano que su aprobación social es evidente. La paz es uno de los temas menos redituables políticamente en Colombia: casi ningún político importante se atreve a alzar las banderas de la paz. Las pocas voces que lo hacen son etiquetadas como con el remoquete bushista de terrorista. Ese el caso de la ex senadora Piedad Córdoba.

Dada la permanencia del conflicto y la diversidad de actores e intereses que participan en él, en Colombia se sabe que no bastan las buenas intenciones para lograr el cese de las confrontaciones. Para lograr la paz se necesitan hechos de paz. Eso es lo que ha aportado Piedad Córdoba, hechos de paz -mas que cualquier otro colombiano contemporáneo.

El mundo entero se conmovió con las imágenes del cautiverio de los políticos, policías y militares secuestrados por las FARC. Este drama humanitario, que a muchas de las víctimas les significó casi una década de suplicio, sólo comenzó a solucionarse cuando intervino Piedad Córdoba. En el 2008 ella logró lo que parecía impensable: la libertad de algunos de los más importantes políticos secuestrados por la guerrilla, sin ninguna exigencia por parte de la guerrilla. Su incansable labor la llevo a recorrer buena parte de la geografía nacional e internacional haciendo gestiones de paz. No sólo logró la liberación de importantes personajes de la política; también humildes policías y militares salieron ilesos de la ignominia del secuestro.

Los que seguimos las imágenes de las liberaciones por televisión, vivimos momentos realmente emotivos al ver a familias reunirse después muchos años sin verse. Padres que habían visto a sus hijos pequeños, ahora los encontraban grandes. Hijos que temían no ver nunca más a sus ancianos padres, lograron abrazarlos de nuevo.

Quizá alguien dirá que la “Operación Jaque”, donde rescataron a Ingrid Betancourt y a los contratistas estadounidenses, no tiene nada que ver con la ex senadora Córdoba. Eso es sólo cierto en parte. La puesta en escena -en caso de que sea real- con la que se engañó a los guerrilleros, sólo tuvo credibilidad en la medida en que era una copia de la operación de liberación que había llevado a cabo Piedad Córdoba y el gobierno venezolano meses atrás. Fue falsificando los emblemas de los organismos humanitarios y periodísticos que acompañaron a Córdoba en la primera entrega de secuestrados, que el ejército logró que los guerrilleros creyeran que se trataba de una operación similar. Sin la intervención de ella, “Jaque” no hubiera sido posible.

Pese a todas las trabas puestas por el presidente Uribe y su, en ese entonces, ministro de defensa Juan Manuel Santos, Piedad Córdoba prosiguió sus labores de mediación y logró la liberación de aproximadamente 15 personas entre el 2008 y el 2011. Sin derramar sangre, sin disparar un tiro. Eso no valió para que ese sector, que hace tres elecciones vota por el partido de la guerra, moderara su animadversión contra la senadora.

Como integrante de la oposición, Piedad Córdoba ha tenido que enfrentar grandes retos en un país en guerra. En los noventa fue secuestrada por los paramilitares y sus hijos tuvieron que salir como refugiados del país. Uno de sus asesores fue asesinado por “la mano negra”. El hecho de ser mujer afrodescendiente la ha hecho objeto de infinidad de improperios en una sociedad profundamente racista y machista.

A raíz de su labor de mediación por la libertad de los secuestrados, los ataques contra ella arreciaron desde el 2008. No bastó con someterla a insultos en aeropuertos y sitios públicos. No bastó con circular fotomontajes con su imagen por internet. No fue suficiente con intervenir sus comunicaciones y acabar con su vida privada. No bastó con convertirla en enemigo público número uno en una sociedad donde “LA IGNORANCIA ES LA FUERZA”. Después de haber sacado una de las votaciones más grandes para el  senado de la república en el 2010, fue destituida e inhabilitada para ejercer cargos públicos por un procurador al servicio del partido de la guerra.

El establecimiento político tembló ante el ímpetu de una mujer con experiencia, capacidad y carácter. Las élites políticas machistas de esta finca sólo admiten como colegas a mujeres blancas y de derecha. En 2011 fue asesinada Ana Fabricia Córdoba en Medellín, su prima, líder de comunidades desplazadas por la violencia. Sin embargo, eso no era suficiente para amedrentar ni acabar con la luchadora antioqueña. En agosto del 2011, Piedad salió exiliada de Colombia al descubrirse un plan criminal para matarla. Es al menos curioso que sean los organismos de seguridad del Estado, quienes la han perseguido hasta el cansancio, los que descubran un complot que la haga salir del país.

El partido de la guerra está batiéndose a muerte contra cualquier posibilidad seria de paz. Para ellos LA PAZ ES LA GUERRA. Una buena parte de la población los apoya.

Para ese conglomerado LA LIBERTAD ES LA ES LA ESCLAVITUD.

Adenda: Curioso ver como esta distopía se convierte en un paraíso turístico a la fuerza.