Por Natalia Gutiérrez Ávila
Nadie que haya vivido en Venezuela durante el 2002 podrá olvidar los fatídicos acontecimientos del 11 de abril. Ese día en que miles de personas marcharon por las calles de Caracas dando lugar a una de las manifestaciones más grandes que se habían visto en Venezuela, día que –por ventura del destino- terminaron juntándose dos bandos contrarios, día que terminó en tragedia. Ahora el 11 de abril es considerado Día de Luto Nacional y un parte aguas en la historia reciente de Venezuela y en la biografía política de Hugo Chávez.

Ubiquémonos a principios de 2002 en la República Bolivariana de Venezuela cuando el descontento social y la tensión política iban in crescendo. Una parte de la población venezolana estaba francamente enojada por las acciones que había venido tomando el presidente Chávez, sobre todo a raíz de la aprobación de las Leyes Habilitantes a finales de 2001 que le confirieron la posibilidad de promulgar más de 49 decretos-leyes sobre varios rubros políticos, económicos y sociales. Estas leyes, al igual que los cientos de despidos de altos mandos de PDVSA por razones meramente políticas, hicieron que el descontento aumentara.[1]

De esta forma comenzó a consolidarse una oposición crítica al gobierno, y junto con la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) y la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecámaras) se organizaron e hicieron un llamado a realizar un paro general con el fin de presionar al ejecutivo a

presentar su renuncia. El paro comenzó el 9 de abril, pero duró apenas tres días. Para el 11 de abril se organizó una marcha que tenía como fin la sede de Pdvsa-Chuao en Caracas, pero al momento de iniciar se informó un cambio en la ruta con un nuevo destino: el Palacio de Miraflores. Los líderes chavistas comenzaron a reunir a personas adeptas al gobierno, y se dirigieron al mismo lugar para defender la revolución bolivariana. El final de este encuentro era fácilmente previsible.

El vacío fugaz y el célebre retorno.

Lo que comenzó como una tarde normal -con los ánimos puestos, banderas al hombro y tambor en mano- terminó con sangre, francotiradores y tanques. Al momento que la marcha opositora llegaba a su nuevo destino, el presidente venezolano se encadenó a los medios de comunicación afirmando que “esa marcha no llegaría a Miraflores”. Llamó a la población a salir y defender el Palacio y la revolución bonita. El ejército salió a la calle con el objetivo de calmar a la gente, pero fue una medida contraproducente: a los pocos minutos empezaron a caer heridos y muertos por las balas provenientes de grupos armados, de la Policía Metropolitana o del propio ejército que “trató” de guardar el orden. Entretanto, Chávez seguía encadenado a los medios de comunicación y, aunque era ilegal, las televisoras decidieron dividir la pantalla en dos para transmitir la cadena presidencial y los fuertes acontecimientos de Puente Llaguno simultáneamente, imágenes que no favorecían al gobierno, ni a la tranquilidad o estabilidad del país

La mayoría de los manifestantes corrían y se defendían con sus únicas armas: pitos, cacerolas y banderas. El resultado oficial fue un centenar de heridos y veinte muertos, aunque la cifra real no se ha podido corroborar, ni a los verdaderos culpables, encarcelar. Aquellas imágenes fueron difíciles de creer para los que veíamos la televisión desde casa. Era impensable para muchos que conocíamos una Venezuela pacífica, alegre, conciliadora, ver una marcha que comenzó como otras tantas terminar en una masacre. Esta situación provocó que varios altos mandos militares, antes indecisos, aceptaran que la hora de Chávez había terminado.

Las siguientes horas fueron igual de impactantes e inciertas. En medio de una tensión política sin igual, en la madrugada del viernes 12 de abril generales, oficiales y cadetes del ejército venezolano voltearon al pasado y recurrieron a lo conocido: el golpe de Estado. Chávez fue presionado para que dimitiera ahí mismo en Miraflores, acto que presuntamente se corroboró con la declaración del entonces General en Jefe de las Fuerzas Armadas de Venezuela, Lucas Rincón Romero, quién habló por cadena nacional en las primeras horas del viernes 12 de abril:

“Deplora el Alto Mando Militar los lamentables acontecimientos sucedidos en la capital en el día de ayer, ante tales hechos se le solicitó al señor Presidente de la República la renuncia de su cargo, la cual aceptó. Los miembros del Alto Mando Militar ponemos a partir de este momento nuestros cargos a la orden, los cuales entregaremos a los oficiales que sean designados por las nuevas autoridades.” (12/04/2002) [2]

Primero se creyó que hubo un vacío de poder, pero después se entendió que había sido un intento de golpe de Estado. Se anunció la renuncia del presidente pero la verdad es que Chávez se rehusó a firmarla. En la tarde del 12 de abril, Pedro Carmona, presidente de Fedecámaras, se auto-juramentó como Presidente y en las pocas horas que estuvo en el cargo disolvió la constitución bolivariana y la mayoría de los poderes públicos. En cuestión de minutos comenzó una verdadera caza de brujas contra los funcionarios y oficiales chavistas, uno de los tantos errores que se cometieron ese día. Pero el regocijo de unos o la tristeza de otros por el cambio de presidente duró poco, el nuevo teatro político vivió menos de 24 horas. Cuando ya parecía inminente la expulsión definitiva de Chávez del poder, y de Venezuela, su fiel compadre Raúl Baduel (ahora perseguido por el gobierno) comandó la “Operación rescate de la Dignidad” al frente de la Brigada de Paracaidistas del Ejército, con lo que Hugo Chávez regresó al poder el 14 de abril. “Renace al tercer día… como Cristo”, se escuchaba en la calle.

Las secuelas del 11A

Después del 11A Venezuela no es la misma. La cicatriz más visible – y lamentable –que nos dejó el 2002 es sin duda la notable división en la sociedad. La polarización que se creó en esos días permanece a siete años de distancia. Los que apoyan y los que no apoyan al gobierno, más que rivales políticos, se volvieron enemigos jurados. La esfera política y sus problemas se proyectaron enormemente en la vida cotidiana de las personas, haciendo de simples diálogos familiares, verdaderas luchas políticas. Me tocó ver familias peleadas y amigos separados por sus ideas en torno a Chávez. Aún hoy, es perceptible la división entre los rojos rojitos y los azules o de cualquier otro color. Sin embargo, una cosa es cierta: la devoción casi religiosa a la persona de Hugo Chávez y el culto a su persona no serían los mismos sin el golpe de Estado.

Abril 2002, una época decisiva para el futuro de aquel revolucionario de los llanos venezolanos, que aún cuando las cosas parecen ir mal, al final le salen mejor. Los allegados de Chávez aseguran que sin el golpe de estado, los planes revolucionarios del presidente no se habrían acelerado tanto ni habrían tomado tal magnitud.[3] En palabras del gobernador de Anzoátegui, Tarek William Saab, sin el 11, 12 y 13 de abril no se habría “llegado tan lejos, como hasta ahora, porque eso significó el despertar de una conciencia mayor a la que se tenía”.  Esos sucesos terminaron reafirmando a Chávez como el presidente del pueblo y se aceptó con más apertura el llamado socialismo del siglo XXI. [4]

Otro resultado del 11A fue el paro cívico de diciembre de 2002, último intento de la oposición de forzar la renuncia de Chávez por medio de la presión económica y política. El paro duró 63 días y paralizó totalmente a Venezuela en todos sus ámbitos, resquebrajando la ya herida economía nacional. Los más afectados fuimos nosotros, los ciudadanos comunes que carecíamos de los productos básicos, de gas, de gasolina y de muchos servicios necesarios. En 2004, se vivió un nuevo clima de polarización social con el referéndum revocatorio convocado por la oposición y que al final ganó Chávez. Pasada la elección, la lista de los que firmaron la petición del plebiscito fue publicada en Internet por un diputado afín a Chávez cuando se suponía que la identidad de los firmantes estaba resguardada por el Consejo Nacional Electoral. Cientos de nuevos despidos políticos no tardaron en ocurrir.

No obstante, Chávez, que estuvo punto de ser desterrado, hoy lo vemos en la cumbre de su poder, reafirmado en tres ocasiones, consolidando su proyecto socialista tanto interna como  externamente, y sin dejar duda de que gran parte de la población lo apoya ciegamente. Sin embargo, la concentración de poder en su persona y la posibilidad de reelegirse indefinidamente, hacen que muchos teman un largo periodo autoritario que no es del todo improbable.

Las misiones sociales (que no tienen la misma eficacia que al comienzo pero allí siguen y mantienen contentos a los votantes adeptos al gobierno), la relación tan estrecha con Cuba y Castro, el discurso antiimperialista, el odio a Baduel, la toma de PDVSA, la nacionalización de empresas, los perseguidos políticos, el cierre de RCTV, la represión mediática, el surgimiento de los estudiantes como oposición política, entre otros, fueron consecuencias directas que ocasionó el 11 de abril. En mi esfera personal, me di cuenta que el 11A elevó el nacionalismo y el respeto de los símbolos patrios tanto de opositores como de seguidores del gobierno, generó una conciencia política nunca antes vista en la mayor parte de la población, y despertó la inquietud de la juventud por lo que ocurría en su país. En una palabra, nos hizo participes de nuestro presente y futuro. Características que hacen hoy por hoy el pueblo fuerte y sin miedo que es Venezuela.

Notas:

[1] Se puede ver un excelente trabajo: “Pdvsa y el gobierno de Chávez” en http://lasa.international.pitt.edu/Lasa2003/LanderLuis.pdf

[2] Para ver video ir a http://www.youtube.com/watch?v=UuhK_4Cj-T4

[3] http://www.aporrea.org/ideologia/n132817.html

[4] http://www.el-nacional.com/www/site/p_contenido.php?q=nodo/76414