En esta época de turbios escándalos y opacos procederes del máximo órgano de organización mundial del fútbol, la FIFA, -escándalos que tienen que ver con los procesos de elección de las sedes de los próximos mundiales, con una evidente corrupción y autoritarismo en la cúpula del fútbol- no está de más echar un vistazo a otras iniciativas y actividades que el fútbol internacional promueve y que están lejos de ser salpicadas por los desvaríos crónicos de la política futbolera.

Estamos hablando de algo más que la inasible y siempre inexacta idea de la responsabilidad social de las grandes empresas; finalmente, aunque la FIFA pueda comportarse como una, en principio no lo es, de tal suerte que sus programas de desarrollo, conservación del medio ambiente, cooperación y antirracismo son, digamos, genuinos. Estamos hablando de una serie de proyectos que la FIFA ha diseñado y ejecutado en áreas tan de moda como el medio ambiente o la lucha contra el racismo y el desarrollo local de las comunidades desfavorecidas. Como la federación internacional que es, la FIFA colabora con las demás asociaciones futbolísticas miembro, con agencias de desarrollo internacional, ONG y otros actores que están interesados en participar en las iniciativas de cooperación de FIFA con el objetivo de generar cambios sociales positivos.

La alianza de estos diversos institutos de desarrollo mundial, de estas ONG y de la FIFA ha permitido que el futbol se entienda como un mecanismo más de transformación social. En los cuatro rincones del mundo, el paraguas “Football for Hope” (un programa de cooperación internacional que alberga varios proyectos) es impulsado por los máximos órganos de la FIFA para paliar algunos de los grandes males sociales: futbol para integrar jóvenes migrantes y refugiados en Australia; coordinación con Special Olympics para presentar y volver más accesible este deporte a personas con discapacidad en varios países del África subsahariana; campañas de educación sobre el riesgo de las minas terrestres, financiadas por la FIFA, en Camboya e Irak; e incluso iniciativas de reintegración posbélica que, mediante siete pases, dos goles y una jugada estilo Ronaldinho buscan limar las viejas asperezas étnicas del Cáucaso y los Balcanes.

¿Y qué hace Football for Hope en América Latina? Finalmente, de este lado del mundo competimos con Europa para ser la región con más fanáticos y jugadores de futbol, por lo que no es coincidencia que la FIFA tenga, también acá, varias iniciativas de cooperación y promoción del desarrollo. La lista puede ser larga: desde acuerdos con la OIT para combatir y erradicar el trabajo infantil, hasta programas de conservación ambiental en el Amazonas. Y no basta con tener buenas ideas: la FIFA es, en el fondo, un organismo próspero con cuantiosos recursos propios. Así, junto con CONMEBOL Y CONCACAF, la FIFA firmó en 2007 un protocolo de colaboración con el BID para generar mecanismos de integración social y educación a través del futbol para niños y jóvenes que vivan en la pobreza. A raíz de ello, varios programas encausados a la educación, la prevención de la violencia, la disminución del consumo de drogas y las oportunidades de empleo han sido cofinanciados por la FIFA y el BID.

Futbol contra el racismo es quizá uno de los eslóganes más famosos del futbol internacional. Aparece en cada partido oficial de la FIFA –cuerpo que sugiere que el racismo es el peor de los defectos de este deporte–, en todas las copas del mundo e incluso en los juegos de competencias continentales. Después de que varias barras bravas o tifosi –pienso en las del Real Madrid, de Nápoles o del Estrella Roja de Belgrado– han aparecido en las gradas ostentando símbolos nazis, coreando cantos racistas contra extranjeros y abalanzándose en tropel contra los fanáticos del equipo contrario, la FIFA y sus cuerpos directivos han intentado con mucha energía modificar esas violentas prácticas. El artículo tercero del estatuto de la FIFA reza: “Está prohibida la discriminación de cualquier país, individuo o grupo de personas por su origen étnico, sexo, lengua, religión, política o por cualquier otra razón, y es punible con suspensión o exclusión”. Existe todo un código disciplinario que complejiza realmente la manera en que se evalúan los ataques dentro y fuera del campo, al grado que cada club adherido a una federación –a su vez miembro de la FIFA– está obligado a respetarlo al pie de la letra.

¿Que si la FIFA puede castigar? Por supuesto. De 1961 a 1991 Sudáfrica estuvo excluida de cualquier participación oficial en el futbol mundial por aferrarse al Apartheid. En el apertura 2006 de México, el equipo Santos Laguna de Torreón fue multado con 5,600 salarios mínimos después de que algunos hinchas insultaron a Baloy, un jugador afropanameño que entonces jugaba en Monterrey, llamándole chango y comebananas. En Argentina, un año antes, la comisión disciplinaria de la FIFA y CONMEBOL determinó que Leandro Desabato, jugador del ahora descendido Quilmes, sería arrestado por haber agredido a Grafite, un jugador afrobrasileño. Desabato pasó 40 horas en prisión porque Grafite no quiso levantar cargos[1].

Es decir, la FIFA es capaz de multar jugadores, expulsarlos de cualquier federación, condenar equipos enteros, clausurar estadios y prohibir la participación de algún país en competencias oficiales. Un equipo cuyos jugadores infrinjan el código ético de la FIFA puede descender a la división inferior o ser categóricamente multado. Y el brazo de la FIFA alcanza, además del campo de juego, los vestuarios, las sesiones de entrenamiento de cada equipo, las conferencias de prensa y cualquier actitud pública de jugadores y directivos.

Además de su motivación por crear consciencia social contra el racismo, la discriminación y querer aliviar la pobreza y las inequidades, la FIFA también abraza proyectos de conservación medioambiental en distintos puntos de América Latina. Puntos como el crecimiento sostenible y el calentamiento global son “preocupaciones claves” de la FIFA hoy día, por lo que desde 2006 existen regulaciones especiales respecto a los estadios y demás instalaciones futbolísticas para que consuman la menor energía posible e integren en su funcionamiento tecnologías amigables con el medio ambiente.

Existe, desde 2005, Green Goal, un proyecto ambiental que sostiene a los Comités Organizadores Locales de cada copa del mundo a luchar por la protección de los ecosistemas de su región. La FIFA invirtió, por ejemplo, 400 mil euros en proyectos de compensación de las emisiones de CO2 en Sudáfrica para favorecer la obtención de electricidad por métodos menos contaminantes. Faltan tres años y la FIFA ya está trabajando con el gobierno y las ONG brasileñas para poner en marcha un ambicioso proyecto de cuidado a la naturaleza que iniciará con una cuidadosa evaluación de todos los procesos de organización del próximo Mundial (construcción de estadios y centros de entrenamiento, modernización de la infraestructura pública, entre otras tareas) para que cumplan con los criterios ambientalistas de las organizaciones internacionales.

Todo esto no es baladí. Un deporte que se ha convertido en uno de los negocios más fructíferos del planeta, subastando jugadores y firmando los contratos más jugosos, es a su vez regido por un órgano que mueve millones de dólares cada año por conceptos de publicidad, derechos de transmisión, cuotas de sus miembros y retribuciones varias. El futbol es hoy parte de la gran rueda capitalista del mundo y sus alcances, tanto políticos como ideológicos o económicos son de amplio calado. Al reconocer esto, la FIFA asume entonces un rol muy relevante en lo que a problemas sociales y ambientales respecta. Si este órgano es capaz de influir los mercados, los modos de entretenimiento de millones de individuos e incluso algunas actitudes de ciertos gobiernos, ¿no es entonces también responsable, al menos moralmente, de las grandes desigualdades e injusticias de nuestro planeta? Si sí lo es –y un humilde servidor piensa que sí–, entonces el siguiente paso no es el de vanagloriarse por lo ya hecho, sino concentrar todos los esfuerzos para lograr cada vez más, pues el tema es primordial y falta mucho por hacer.