La ciudad de México parece a veces dividida en parcelas conceptuales: están los grupos sociales y las tribus urbanas (fresas, yuppies, juniors, nacos, “gente bien”, rockeros, darketos, skatos, emos, punks, hippies, chairos…); están, también, las distintas zonas y sus estereotipos (la Condesa, con sus restaurantes, se convierte en la “Fondesa”; el sector popular que predomina en una delegación se condensa, por metonimia, en el neologismo “Iztapa-salsa”…); sobra decir que hay también estratos culturales diferenciados, que van de la cultura subterránea a la de las élites económicamente privilegiadas. En este panorama sobresale, sin duda, la noción de barrio bravo, la cual genera simultáneamente atracción y temor en los observadores externos. En este texto se revisarán algunos matices en torno a este concepto, polisémico de suyo.

 

Denominación

Si un extranjero indagara el significado de la expresión “barrio bravo” usando el Diccionario de la Real Academia Española, no conseguiría acercarse a su comprensión. De acuerdo con esta fuente, un barrio no es más que una división que se aplica a un pueblo o distrito; el adjetivo “bravo”, por su parte, tiene como primer sentido el ser “valiente”, seguido de las connotaciones de bueno o fiero (esta última aplicada a los animales).

“Barrio bravo” es, pues, una expresión lexicalizada que sólo puede entenderse en el español de Latinoamérica. El Diccionario del español usual en México, editado por el COLMEX, ofrece los matices necesarios para comprender el concepto al que deseamos aproximarnos: un barrio es, denotativamente, una delimitación geográfica, pero connotativamente se asocia con la pobreza.

No creo exagerar al decir que la mayoría de los habitantes del Distrito Federal entienden tres categorías espaciales y sociales: el barrio, la colonia y el fraccionamiento (en los extremos, quizá, las ciudades perdidas y los fraccionamientos residenciales). Por otra parte, el mismo diccionario consigna tres definiciones de “bravo” que me interesa retomar: la primera, “que ataca y es peligroso o que se caracteriza por su fiereza”; la segunda, “que muestra valentía y arrojo, que es capaz de realizar empresas peligrosas o que a menudo recurre a la violencia”; la tercera, “que es muy picante” –aplicada a la comida y evidentemente derivada, por metáfora, de las dos anteriores-. ¿Qué sería entonces un “barrio bravo”? ¿Un lugar en el que, por hipálage o metonimia, los habitantes son arrojados y excesivos?  En todo caso, ¿qué fue primero: el barrio o la bravura?

 

Identidad 

¿Quiénes son, entonces, los habitantes de los barrios bravos? Alejémonos de los estereotipos: se trata de familias que han vivido en el mismo lugar a lo largo de varias generaciones y, comúnmente, heredan oficios y negocios. Su economía está sustentada en el comercio, los trabajos manuales y, en gran medida, el contrabando, las actividades delictuosas y el narcomenudeo. Los integrantes de estas comunidades se reconocen como gente de trabajo, capaces y dispuestos a realizar tareas que, por sus características, otros preferirían no asumir, ya sea por el esfuerzo que implican o por el riesgo que conllevan. Si los barrios comparten como rasgo común la carencia económica, puede decirse que lo que distingue a los barrios bravos es la manera de afrontarla: con horarios y actividades extremos. Extremos y, en consecuencia, marginales.

Como suele ocurrir con las comunidades marginales (¿marginadas?), este tipo de sectores se constituyen como mundos aparte, con un funcionamiento interno delimitado y claro para quienes lo conforman, que puede ser tan cerrado que no admite la incorporación de nuevos habitantes. Así, en ciertas zonas de un barrio bravo es peligroso entrar si no es con la aceptación y guía de algún integrante. Como sistemas sociales, tienen sus propias reglas, figuras de autoridad y nociones de moralidad: al situarse cotidianamente fuera de la ley –desde los locales de comida que carecen de regulación sanitaria hasta los distribuidores de droga, carteristas y asaltantes-, no opera en ellos la misma categorización de lo bueno y lo malo. En el barrio todos saben quién ejerce cuál actividad, y no solamente no se denuncia, sino que en ocasiones se protege a los delincuentes, sin que esto se entienda como una complicidad nociva, sino como un mecanismo de preservación de una comunidad compacta que requiere mantener su cohesión para subsistir.

¿Qué es, entonces, un barrio bravo? Un universo completo y cerrado, orillado por las circunstancias a ejercer el valor o la violencia. Armando Ramírez lo plantea así en su Tepiteada, que paraleliza a los personajes y peripecias propias de un barrio bravo con los que representara Homero en su célebre epopeya.

 

Pertenencia

Al describir la forma de vida en un barrio bravo, la lógica indicaría que se sitúa más cerca de la destrucción que de la creación, de la repulsión que del arraigo. Sin embargo, la realidad contradice ambas posturas: no cabe duda de que estas zonas son algunas de las más productivas en lo que concierne a fenómenos culturales. Centrados en sí mismos, generan marcas –indelebles y distintivas- de pertenencia: existen hablas locales y una estética propia que va desde la decoración de las casas hasta el arreglo personal (incluso los grafitis son diferentes a los de otros lugares). No debe entenderse con esto que los barrios bravos son una manifestación cultural ajena o distinta: por el contrario, pareciera que toman como base lo que es común al resto de la ciudad, pero le dan un toque de pertenencia que lo hace reconocible de cierta zona. Como ejemplo, el movimiento sonidero, que se extiende por todos los puntos del Distrito Federal, pero que en cada región tiene una nota que lo marca, que puede ser una canción, una mezcla o una manera de bailar, únicos de un barrio, que sirven además como seña de identidad.

Me atrevo a afirmar que si algo unifica a los barrios bravos es adueñarse del barroquismo mexicano y llevarlo al extremo (así como una salsa brava no es necesariamente violenta, sino muy intensa y picante). Sus habitantes son, acaso, los mexicanos más cercanos a la solución de nuestro eterno problema de identidad, puesto que, mientras que otras zonas o clases sociales tienden a negar su propio origen y a buscar la imitación de otras formas de vida –comúnmente extranjeras- la cultura del barrio bravo es técnicamente endocéntrica. Allí se encuentra, quizá como en ningún otro sitio, lo chilango puro y exacerbado.