Antes de la crónica, un obligado descargo. No se inscriben estas palabras en lo sucedido-que aún hoy sucede y seguirá por años- en Villa Soldati. No por desinterés ni mucho menos por indiferencia, sino porque no alcanza a describir una explosión para comprender sus causas. Esta crónica, que estará teñida, eso sí, por lo ocurrido allí en el Parque Indoamericano, comienza un par de horas antes de esa explosión.

Es ese martes 7 de diciembre también, pero no son aún horas de tiros y agite. Lejos de Soldati, en la zona norte de esta Capital Federal, centenares de chicos llegan al micro estadio de River Plate. Es muy temprano, cerca de las 9 de la mañana, y las angustias que vendrían aún estaban invisibles.

Las escalinatas se llenan de chicos, profesores y padres orgullosos y ansiosos por igual. Hay organizadores, decenas de ellos con remeras negras distintivas, asignando los sitios y el material que los chicos necesitan para el ensayo, así como las consignas a cada grupo. Llegan los canales de televisión, y la revista Genios, del grupo Clarín, entrevista ejemplares de la fauna social que sueña: chicas pulcras que, con el cabello bien atado y prolijo, sonríen y responden que les encanta cantar. Ignoran al resto. ¿Su sueño? Cantar el viernes en la Plaza de Mayo.

Para eso aún faltaban otros días y el festival por los Derechos Humanos y el Bicentenario se suspendería por lluvia. También por lo que empezaría a pasar un par de horas más tarde en este martes, allá en Soldati.

Repasemos. Es martes y es 7 de diciembre, pero todavía es temprano para lo que vendría. Mil ochocientos diez chicos ensayan para el espectáculo Argentina Canta por la Paz, un coro que busca integrar y educar a través del arte. Un proyecto de dos soñadores, un argentino y una catalana, que lograron reunir a artistas de calidad, más de 40 escuelas –públicas y privadas y de diferentes credos y culturas—y se preparan para cerrar los festejos por el Día Internacional de los Derechos Humanos el próximo viernes en Plaza de Mayo, en el marco de los festejos por el Bicentenario nacional. Irónicamente, algunas horas más tarde, la Policía Federal que depende del Estado Nacional y la Policía Metropolitana, que depende del Gobierno porteño, reprimirían hasta la muerte para desalojar un Parque tomado por gente que no tiene dónde vivir, y un conflicto por la miseria y la necesidad de viviendas acabaría en un complejo entramado de aristas mafiosas, para policiales, asesinos y complicidad política por acción y omisión. También se reflotaría la xenofobia y el odio de clase, que nunca faltan.

Los chicos siempre la tienen más clara.

“Me pueden robar todo lo que tengo, mis pertenencias, pero nadie me quitará la dignidad de ser argentino”. Ojos rasgados, pelo lacio desde la raíz y cubriéndole parte del rostro. Tez mate, guardapolvo blanco. Diez años, boliviano de nacimiento y de acento, discriminación latente, real y potencial, corazoncito humano. Discurso, discursillo, punzante.

Otra compañerita de la misma escuela pública de la ciudad, peruana ella, llora ante la pregunta de qué es para ella esa oportunidad. Su lágrima es redonda. Igual que todas las lágrimas de una nena de diez años. “Yo sé que mi piel es un poco más oscura, pero no quiero que me discriminen, quiero ser argentina”.

Veinticuatro horas más tarde, y me corro del momento por necesidad, Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta –jefe de Gobierno y jefe de Gabinete de la ciudad, respectivamente—dirán, junto a millones de argentinos que se sienten envalentonados por su representante, que “la inmigración está descontrolada”. La irresponsabilidad y ceguera de los dirigentes alimenta la ira de los dirigidos, que se despachan ante las cámaras de televisión: “Estos paraguas, perucas y bolitas quieren nuestra tierra, trabajo y todo gratis, sin esfuerzo”. Otros, reflotando ideas vetustas, insisten: “Argentina para los argentinos” y arman grupos de Facebook y otros mundillos alternativos a la realidad.  La lógica se repite hace más de 200 años, por cierto, pero aún alarma y moviliza. Daña. Ahora sí, hablamos de represión, de Soldati, de la miseria humana y su expresión corpórea.

Pero volvamos atrás. Aún no llueven tiros ni piedras en esos descampados urbanos semi vacíos y olvidados, a los que luego se nos vende como espacios públicos y pulmones verdes de esparcimiento. Volvamos atrás, cuando el cinismo aún no estaba chapoteando sobre charcos de sangre extranjera y de clase desposeída.

En un rincón del micro estadio, minutos antes de que comiencen a inflarse los pechitos de mil ochocientos nacionalistas en potencia, un puñado de madres se sonrojan y regocijan. Otra, solitaria y cabizbaja, pero con ojitos morenos y radiantes, está sola. A diferencia de otras que se agrupan y cotorrean, Marisa permanece alejada y callada. Ha viajado más de una hora en colectivo para traer a su hija y verla cantar. Su hija es paraguaya, como ella. También quiere ser argentina, como ella.

-¿Sabés cuándo empieza?, porque tengo que regresar a Villa Lugano. La señora me espera.

La señora es la dueña de la casa donde Marisa trabaja limpiando y ordenando. También cocina, me cuenta. También muestra su felicidad y su gratitud por la posibilidad de que su hija cante y se integre con niños diferentes. Así dice, diferentes a secas.

Luego de la primera canción, Marisa se va. Su hija la despide agitando su pañuelo. Marisa le envía un beso al aire y dice: “Queremos ser argentinas. Ya dejamos Paraguay hace seis años, somos argentinas”. Viven en la Villa 20 de Soldati, alquilan una pieza por varios cientos de pesos. La escuela pública de la zona es la que aceptó la convocatoria de “Argentina Canta…”. Soldati presente.  Otra vez las conexiones previas en este martes.

Marisa, su hija y los compañeritos, la escuela. Nadie sabe aún lo que vendrá pocas horas después. Argentina Canta por la Paz. Mil ochocientos diez chicos juegan a integrarse. No sé cómo estarán Marisa y su hija por estas horas. Son inmigrantes descontroladas.

Quizás sean parte de los argentinos e inmigrantes latinoamericanos que acampan en el Parque Indoamericano de Soldati. Quizás estén llorando muertes o buscando familiares y amigos. Quizás no pudieron irse hasta allí porque Marisa habría de perder el trabajo. En frente, bandas armadas de punteros zonales, barrabravas y burócratas sindicales se disfrazaron de “vecinos” defendiendo el espacio verde a los tiros. Llueven cascotes, heridos e imágenes hirientes.

Una de las últimas escenas que se conoce de la violencia es ejemplo suficiente: el viernes por la noche, un chico de origen boliviano de 19 años es agredido a patadas y golpes. Luego rescatado y llevado en ambulancia para que las patotas enardecidas lo bajasen de la ambulancia a punta de pistola y lo rematasen a la vista del chofer y el médico.

Dijimos que esta crónica no se centraría en Soldati. Repasemos. Es martes 7 de diciembre, son las 12 del mediodía. El ensayo de Argentina Canta llega a su fin. Los chicos ríen y, cansados, festejan la finalización. La transpiración de casi dos mil personas se evapora y el aire se condensa en la zona Norte de la Capital Federal. En unas horas lloverán tiros y piedras en Soldati  y no sé dónde estarán Marisa y su hija.

Estado-Nación, globalización, inmigración, discriminación, pobreza, exclusión, miseria, represión, nacionalismo, diferencias. Las primeras planas debaten lo mismo de siempre. Los ignorantes y apologistas del odio racial y clasista esconden su miseria en el nacionalismo. Discursos peligrosos serpentean la Pampa y nadie puede asegurar que el país sea para todos. Bicentenario y después. Los chicos, aún cantan:

“Construye futuro
quien sabe el pasado.
Y hasta aquí llegamos,
unidas las manos,
haciendo preguntas
de doscientos años”.