El 25 de julio de 1993 era una tarde de pleno sol y con un infaltable cielo azul, típico escenario invernal en La Paz. En el estadio Hernando Siles, a lleno completo y sin que circule un solo auto por las calles del país, la selección de Bolivia jugaba con Brasil por las eliminatorias al mundial de Estados Unidos del siguiente año.

Transcurría el minuto 88 y el partido se iba cerrando 0 a 0. “Platini” Sánchez había dejado la cancha minutos antes ahogado en llanto tras haber errado un tiro penal para los locales. Sí, un penal contra Brasil,  equipo que duró invicto más de cuatro décadas de partidos de eliminatorias mundialistas. En la banca, casi afónico, “el bigotón” Azkargorta, un ‘desconocido’ vasco que imponía un fútbol corajudo y actuaba más como sacerdote misionero que como técnico, no se rendía y seguía dando instrucciones.

Brasil pierde la pelota en ¾ de cancha y en un furibundo arranque “el Diablo” Etcheverry, ídolo del fútbol contemporáneo boliviano, llega por la punta izquierda al filo del área contraria y la línea de meta y, sin ángulo posible, presionado por la marcación de un defensor brasileño, saca un mediocre disparo bajo hacia el centro del arco, como implorando por la aparición divina de algún compañero. Nadie llega y la pelota pega en el botín del portero Tafarel antes que éste la “embolse”, ingresando limpiamente por el centro del arco.

 

Ese gol fue épico. Todos gritaban, todos nos abrazábamos, algunos no lo creían. Partidos más tarde clasificamos al mundial y la euforia social fue única. El fútbol demostró una vez más que, en Bolivia, es uno de los principales referentes de agregación e identificación nacional, despierta el orgullo y agrega en un sentido colectivo común. Esto no es menor.

El fútbol es además un comunicante muy potente en el tejido social boliviano, a toda escala y entorno. En el área rural, por ejemplo, la cancha es un espacio de socialización y reafirmación de las autoridades locales, sirve como catalizador social entre comunidades mediante intensos y recurrentes campeonatos. De hecho, no debería sorprender que el mismísimo presidente de Bolivia, Evo Morales –fanático del fútbol– comenzara su carrera política como dirigente deportivo de una subcentral sindical cocalera.

En las ciudades, sobre todo en las de mayor peso económico y político, se concentra el fútbol ‘formal’. Ahí encontramos a los equipos profesionales, las (escasas) académicas de formación, la atención de prensa, en fin, el fútbol que busca ‘proyectarse hacia afuera’, el negocio grande del fútbol, y que justamente está plagado de recurrentes fracasos. Eso sí, en cada esquina de barrio, en los pronunciados desniveles de las laderas de La Paz, cerca de los pajonales o de cualquier planicie de las llanuras orientales, o en cada rincón del país se ven niños, jóvenes y adultos pateando una pelota, un trapo o incluso una botella plástica.

Los clubes, agrupados en una liga con doce equipos profesionales, luchan también con el embate de la globalización del fútbol liderados por una dirigencia mediocre y fragmentada. La economía del país impide siquiera competir con los volúmenes de dinero que se manejan en las contrataciones en la región y los pocos futbolistas nacionales que muestran un juego distinto tienen en mente salir lo antes posible, literalmente, a donde sea.

Y es que el fútbol como fenómeno social no es ajeno a las asimetrías ni desigualdades del país. Bolivia es el más pobre de Sudamérica, aún con alta desnutrición y mortalidad infantil[1] y con una escolaridad básica que hasta hace muy pocos años supero 90%, condiciones que son más drásticas en el área rural. Los campos y escuelas deportivas son escasas y el incentivo al deporte insuficiente. Éstas son condiciones por demás desfavorables para insertarse en la competencia de alta exigencia en cualquier deporte.

En ese contexto, hacen la diferencia la academia de fútbol Tahuichi Aguilera[2] y la escuela de fútbol Enrique Happ, de Santa Cruz y Cochabamba, respectivamente. No es extraño, por tanto, que prácticamente la mayoría de los jugadores del seleccionado, de los equipos de la liga nacional, así como casi la totalidad de los jugadores que emigran al exterior y, ni qué decir de los referentes del fútbol de las últimas décadas, provienen de ambas escuelas.

Sin embargo, la afición boliviana convive con esas adversidades sin contaminar demasiado su pasión futbolera con ocasionales “infladas de pecho”. Para muestra un botón: en la reciente Copa América 2011 casi le ganamos a Argentina, un adversario al cual siempre le tenemos ‘ganas’. El ‘casi’ nos alcanza, con un “gol de mierda”[3], y mucho más con el topetazo frente con frente cual bravo carnero, entre primer central de Ráldes y el mismísimo Lionel Messi en aquel partido. Perdimos luego, quedamos fuera, pero aquella noche del viernes 1ro de julio la alegría era grande, casi tanto como el “histórico” 6 a 1 del 1 de abril de 2009 a la misma albiceleste: Maradona en la banca, Messi y cia. en el campo del Siles.

La fanaticada futbolera boliviana es tranquila, tradicional y hasta cándida. Las rivalidades son claras pero por lo general no hay gran violencia entre las barras, las familias aún asisten a los estadios y éstos se llenan de vez en cuando, algunos demandan “sudar la camiseta” aun sabiendo que esto es un gran negocio del que somos un apéndice marginal como fanáticos y espectadores.

Finalmente. En Bolivia, nuestra historia futbolera se construye de algunas hazañas y esporádicos triunfos.

Aún añoramos “al maestro” Víctor Agustín Ugarte que nos condujo a ganar nuestra única Copa en el Sudamericano –así se llamaba entonces la Copa América– en 1963. Todavía se recuerda la potencia y sagacidad de Aragonés, delantero del Palmeiras brasilero, la calidad de Ramiro Castillo, Milton Melgar y “Chichi” Romero quienes no soltaban la titularidad de Boca, River y Quilmes en los años ochenta. Y claro, la gambeta del “diablo” Etcheverry que junto a la hasta ahora inigualable selección de 1993-4 nos sigue recordando que sí se puede, aunque cada vez parezca más difícil.