En Brasil, la mayoría de la población es negra o mulata (53% en el 2014, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística). Sin embargo, también es la población con menos oportunidades. Y está sobrerrepresentada en el sistema penitenciario del país. Pero si ser negro es difícil en Brasil, ser mujer negra es aún peor.

De acuerdo con una investigación realizada por el sitio Alma Preta, entre 2000 y 2014 la población de mujeres encarceladas creció un 567.4% en Brasil. De ese total, un 68% son mujeres negras. En ese mismo período, la población de hombres encarcelados aumentó un 220.20%. Estos datos fueron revelados por la Defensoría Pública de São Paulo, con base en el Levantamiento Nacional de Informaciones Penitenciarias.

Del total de mujeres encarceladas, una de cada cinco es madre o está embarazada. La mitad de estos niños tiene menos de 7 años de edad.

“Considerada la matriz histórica del patriarcado que informa el funcionamiento del sistema penal en el país, el tema del encarcelamiento de mujeres merece destaque”, se dice en el informe del cual salen los datos.

Pero, ¿qué hay detrás de este aumento tan dramático en la población carcelaria femenina? De acuerdo con el abogado José Matins Segalla, uno de los motivos puede ser el endurecimiento de la ley de drogas en 2006. En esta afirmación lo respalda Drauzio Varella, médico que trabaja desde hace 11 años en cárceles de mujeres.

Por cada tres mujeres presas, dos fueron detenidas por tráfico [de drogas]. Esto en los más variados niveles, pero, en general, por tráfico pequeño. La mujer ocupa la jerarquía más baja [en las organizaciones criminales]. Aunque algunas lleguen a un nivel intermedio, la jefatura, todo el comando, es de los hombres. Lo que nosotros tenemos en las cárceles de mujeres es un gran número de pequeñas traficantes. Esto, porque ellas están en la calle, están en el tráfico de hormiga, ese que sale, toma la droga aquí y la lleva allá, la vende. Ellas son más visibles. Por lo tanto, son ellas quienes arcan con la represión más frecuente”, dijo Varella a Alma Preta.

En estos casos, este perfil de las mujeres que terminan presas en Brasil es atravesado por factores de clase, género y raza. El informe permite observar que, en general, las mujeres encarceladas son jóvenes, madres, responsables por el sustento de sus familias, están al cuidado de otras personas vulnerables y tienen baja escolaridad.

“Cuando un hombre es preso genera un impacto financiero en la familia, solo cuando él realmente colabora en la casa. Y su mujer sigue cuidando a los hijos. Cuando ella es presa, lo hijos se esparcen entre parientes e instituciones, expuestos a todo tipo de violencia”, agregó Varella.

Alternativas a la cárcel

De acuerdo con la organización “Mulheres em prisão” (Mujeres en la cárcel), una ONG brasileña que lucha por los derechos de este grupo, actualmente hay más de 34 mil brasileñas tras las rejas.

“Mulheres em prisão” propone que el país revise su legislación a la luz de la “reglas de Bangkok“, un documento de la Organización de Naciones Unidas, creado en 2010, en el cual se presentan 70 lineamientos para lidiar con las mujeres y sus derechos en los sistemas penitenciarios. Además, se propone evitar, hasta donde sea posible, el encarcelamiento, y buscar alternativas, como el arresto domiciliar.

La organización plantea la pregunta: ¿deberían estar mujeres realmente estar encarceladas? Su respuesta es que no deberían estarlo, aún más teniendo en cuenta que la mayoría están presas por movilizar pequeñas cantidades de drogas, y la mayoría tampoco contaba con antecedentes criminales antes del delito por el cual se les privó de libertad.

Al encarcelar mujeres el sistema de justicia opera de forma moral, tomando por modelo una forma supuestamente “correcta” o “deseable” de ser mujer –pura, dócil, afable, fiel- y penalizando a aquellas que no encajan en este molde”, señala la organización en su sitio web.

Desirée es una de las miles de mujeres brasileñas que está a la espera de saber si será enviada a la cárcel o no. Ella tiene una condena de 6 años por posesión de droga, tras un operativo llamado “Operación Sofoco” en el barrio marginal conocido como Cracolandia, en São Paulo. Desirée tiene un hijo de 3 años, además de otros tres, con los cuales ya no tiene vínculo, debido a una condena anterior.

“Yo tengo mucho miedo. No entro de lleno en nada, porque no sé qué será del día de mañana. Infelizmente continúo sentenciada a 6 años, entonces vivo cada día como si fuera el último. Yo no veo la menor lógica de que ellos me manden a la cárcel hoy, porque me van a quitar mi vida. Él no va a entender, porque tiene 3 años. ¿Qué va a entender de la vida si me arrancan de su lado de un momento a otro?”, dijo entre lágrima la mujer, en un video elaborado por “Mulheres em prisão”.

Las mujeres no son jefas del narcotráfico. Pero normalmente sí son jefas de familia, especialmente las mujeres jóvenes, negras, pobres y de baja escolaridad que terminan en las cárceles de Brasil. “Mulheres em prisão” señala que, teniendo todo eso en cuenta, lo ideal sería evitar los arrestos. No obstante, las estadísticas muestran que el Estado brasileño aún no ve el problema de la misma forma.