Cuando tenía 14 años, Carlos Fonseca quería ser matemático. La matemática lo llevó a la lógica, a la filosofía y, finalmente, a la literatura. Nacido en Costa Rica, pero criado en Puerto Rico, Fonseca terminó sin ser ni de un lado ni del otro. Este aspecto identitario, así como su gusto por la matemática, la filosofía y la ruptura de límites y fronteras se materializan en su obra. Con una novela publicada, y una segunda en camino, Fonseca conversó con Distintas Latitudes acerca de su vida, su estilo y sus proyectos. Carlos Fonseca es uno de los 22 autores del continente americano que participan en el Proyecto Arraigo/Desarraigo, una iniciativa para destacar la nueva literatura del continente.

¿Cómo te acercaste a la literatura?

En mi caso, fue un acercamiento un poco inusual, ya que cuando yo tenía 14 años mi gran sueño era ser matemático. Participé muchísimo en estas olimpiadas de matemáticas y demás, y me interesaba más ese mundo de las teorías matemáticas, pero poco a poco fue cambiando la cosa.

De las matemáticas pasé a la lógica matemática, y de ahí un poco a la filosofía, y de repente me di cuenta de que de la filosofía lo que me gustaba realmente era más la escritura de los filósofos que la filosofía misma. Poco a poco, sin darme cuenta, había pasado desde las matemáticas hasta la literatura. Entonces, más o menos como a los 18 años ya sabía realmente que lo que me interesaba era algo que estaba cercano a la literatura, cercano a la ficción, pero que también tenía que ver con la ciencia, con la filosofía, que son cosas que todavía, en lo que escribo, están muy presentes.

¿A qué edad empezaste propiamente a escribir?, ¿qué recordás sobre esas primeras historias que escribiste?

A los 16 o 17 años es que empiezo a escribir los primeros fragmentos, por así decirlo. Ni pensar en cuentos, ni pensar en novelas, eran más bien fragmentos que estaban ahí entre la filosofía, entre la escritura, y eran fragmentos que surgían desde mis lecturas en ese entonces.

Recuerdo que una de las primeras autoras que leí con muchísima pasión fue a Clarice Lispector, y después de leerla a ella, ese tipo de escritura así sumamente libre, que no tiene que contar una historia, sino que más bien es algo que está entre la prosa y la poesía, creo que era el tipo de modelo que yo tenía.

Eran pequeños fragmentos, filosóficos, poéticos, que escribía yo sin ninguna intención de incorporar, ni publicar ni nada. Y la verdad es que me mantuve haciendo ese tipo de ejercicios de escritura durante mucho tiempo, hasta que a los 20 años decidí que quería escribir una novela. Y escribí una novela que nada más leyó una persona, es decir, nunca la publiqué, nada más se la pasé a un amigo y me dijo: «Está bien, pero tampoco es nada tan interesante». Entonces, nunca lo publiqué. Y realmente la primera cosa que publiqué en el sentido absoluto de la palabra, ni siquiera había publicado un cuento, fue la novela [Coronel Lágrimas].

¿Cómo surge la idea y el planteamiento para la novela Coronel Lágrimas?

Surge, en parte, gracias a una anécdota que me había contado un amigo que sí se convirtió en matemático. Me contó la vida de un matemático llamado Alexander Grothendieck, que fue uno de los grande matemáticos de la segunda mitad del siglo XX, pero también tuvo una vida alucinante, en el sentido de que era hijo de padres que habían batallado en la Revolución rusa, que luego habían estado en la Guerra Civil española, que eran judíos y pasaron por todo lo del Holocausto… Él luego se convierte en un ser apátrida, transnacional, que se convierte en un gran genio matemático, pero en algún momento, luego de participar en las críticas a la guerra de Vietnam, se radicaliza políticamente y decide que quiere separarse de la sociedad, y se va a vivir a los Pirineos, y ahí estuvo hasta recientemente, cuando murió.

Entonces tenía esa historia que me parecía interesante y quería contar, y, por otra parte, un día básicamente estaba aburrido de escribir otra novela que estaba terminando o trabajando y escribí el primer párrafo, que es un párrafo donde aparece como una voz narrativa que a mí me parecía, por lo menos, interesante o extraña.

La novela surge un poco de esas dos cosas, del intento de narrar la vida de Alexander Grothendieck, pero por otra parte también del intento de explorar esa voz narrativa o ese estilo que había surgido en ese primer párrafo.

En todo este proceso, ¿cómo empezaste a desarrollar lo que considerarías tu estilo propio?

Creo que la gran diferencia entre esa primera novela que te mencioné, que guardé en un cajón y que nada más leyó un amigo, y esta novela, es que tal vez aquella novela era muy fácil de descifrar si uno sabía cuáles eran mis lecturas. Es decir, en ese entonces yo me había vuelto un fanático total de la obra de William Faulkner, de la obra de [Juan] Rulfo, de la obra de [Juan Carlos] Onetti, y esta novela iba muy en esa onda.

Mientras que con Coronel Lágrimas, era una novela que, aunque un poco «borgiana» y demás, al momento de yo escribirla no tenía ni idea de qué estaba haciendo. Es decir, no era lo que respondía inmediatamente a mis lecturas. Entonces, tal vez aunque sea una novela más imperfecta, es algo que era más mío, en el sentido de que no era realmente algo que fuese una consecuencia natural de mis lecturas, sino que era algo que mezclaba todo y creaba algo, por lo menos en cierto sentido, distinto a lo que había hecho hasta entonces.

Vos sos costarricense, pero fuiste criado en Puerto Rico. ¿Cómo influye esta mezcla de identidades en tu obra, tu literatura?

Nací en Costa Rica, a los 7 años me mudé a Puerto Rico, mi padre es tico, mi mamá es boricua, puertorriqueña, y a los 18 años me fui a estudiar a Estados Unidos, y después me mudé a Londres, así que un poquito de todos lados.

Lo que ocurrió fue lo siguiente, en términos de mi acento, en Puerto Rico no tengo acento puertorriqueño, y en Costa Rica no tengo acento tico. Entonces, en Costa Rica me consideran de Puerto Rico, y en Puerto Rico me consideran de Costa Rica. No era yo ni de un lado ni del otro. Y eso produjo el hecho de que tal vez en la literatura que me interesa, o en cierta tradición de literatura que me interesa, la nación aparece, pero dentro de contextos más globales, tal vez.

Es decir, como los personajes que aparecen en Coronel Lágrimas, y los personajes que aparecen en algunos de los cuentos que he escrito, y en la novela que saldrá pronto, son personajes que cruzan fronteras muy fácilmente, y que de alguna manera siempre están un poco, no en batalla, pero sí poniendo en cuestión la noción de las fronteras nacionales, y buscando espacios más amplios en donde articular historias.

¿Te gusta viajar?, ¿cuáles son los destinos que más te llaman la atención?

Me gusta viajar, aunque antes le tenía mucho miedo a los aviones. Ahora ya me he acostumbrado un poco más y ya por lo menos no me pongo tan nervioso. Pero, a ver, nunca he estado en Asia. Sería un lugar que me interesaría.

En términos literarios, a mí me encantan los desiertos. Estuve hace muchos años en el Gran Cañón, por allá en el desierto de Arizona, y ahora pude estar en el desierto del Atacama, y realmente me parecen espacios que desde el punto de vista literario me interesan mucho. Y también está esa relación con uno de mis autores favoritos que es Don DeLillo, que ubica muchas de sus ficciones en el desierto.

Se me ocurre que el desierto es uno de los lugares en donde me interesaría explorar, eventualmente, ya sea viajando allá o escribiendo algo sobre eso.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Estoy en las últimas correcciones de una novela que saldrá en septiembre. De hecho, a finales de agosto puede ser que esté lista para la Feria del Libro de Costa Rica. Esa novela ya básicamente la terminé.

Estoy escribiendo también algunos cuentos, que espero incorporar en un libro de cuentos que terminaré probablemente a mediados del próximo año. Diría que esos dos proyectos son los que me tienen ahora más ocupado.

¿En el largo plazo tenés contemplado algún proyecto?

Tengo algunas ideas para la próxima novela, que sería la tercera. Pero la verdad es que esta segunda novela, que es un poquito más extensa, me dejó bastante exhausto. Entonces, me estoy tomando unos dos meses, por lo menos, antes de tirarme a un nuevo proyecto, por lo menos de novela. Cuentos cortos se me hacen un poco más fácil. Pero tal vez descanso un poco de la novela.

¿Cuáles son las ideas o convicciones que se materializan a través de tu trabajo?

Yo creo que a veces uno escribe más desde el desconcierto que desde las certezas. Entonces, no está muy claro qué certeza se expresa en el trabajo de uno. Aunque, ahora que acabo de terminar esta segunda novela, empiezo a ver ciertas líneas narrativas que se repiten a través de los cuentos, de las novelas que escribo. Es la noción de que lo que me interesan son personajes bastante obsesivos, que se obsesionan usualmente con una idea, que persiguen cierta idea fija, la llevan hasta el límite, y ven que en ese momento, cuando la idea llega al límite, se convierte en otra cosa.

Tanto en Coronel Lágrimas, como en esta segunda novela que se titula Museo animal, son personajes que de alguna manera parecen ser muy racionales, pero encuentran que cuando uno lleva la razón hasta el final, la propia racionalidad se puede convertir en otra cosa. Ya sea en arte, en política, y ése el momento que me interesa a mí. El momento donde la idea fija cruza fronteras disciplinarias.

En el caso de Coronel Lágrimas, el matemático lleva la matemática hasta el punto en donde se convierte en arte, y yo creo que en esta nueva novela, Museo animal, los artistas llevan el arte hasta el punto en que se convierte en política, y los gestos políticos son llevados hasta el límite en donde se convierten en arte o en otra cosa. Eso es algo que tal vez no es una certeza, pero es algo que parece que me interesa, una de las obsesiones desde las cuales escribo o trabajo.

Si fueses un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo y cuál sería tu desenlace?

Los términos de nudos y desenlaces me parecen una metáfora muy bonita bajo la cual pensar la literatura. Me gusta la idea de que la propia escritura es una manera de enredarse uno, y al día siguiente desenredarse. A veces cuando me preguntan cómo escribes tú, me gusta esa idea de Hemingway de que uno tiene que parar de escribir cuando sabe qué va a escribir al día siguiente. Pero todavía me parece más interesante la idea de que uno escribe hasta el momento donde enreda la trama lo suficiente como para el día siguiente tratar de desenredarla.

Dicho esto, creo que me gustaría ser uno de esos personajes de las novelas de William Faulkner, en donde realmente lo que hacer Faulkner es llevar al lector a comprender cuán enredado puede ser el destino de una persona, para después, casi como en el sentido del destino trágico del personaje, mostrarle al lector ese momento en el que el personaje comprende que desenreda todas las complejidades de lo que tiene por delante y comprende su destino. Entonces, tal vez me gustaría ser uno de estos personajes de William Faulkner, que de repente parece que todo está enredado, y uno no comprende nada, y llega a la página 120 todavía no entendiendo nada, y de repente en la 121, una frase o un párrafo le aclara tanto al lector como al propio personaje todo la historia que está viviendo, y el destino hacia donde se dirigen todas las cosas.