El Mundial de Brasil 2014 está a la vuelta de la esquina, lo que nos otorga un escenario perfecto para reflexionar acerca de cómo los chilenos se piensan a sí mismos, a su país y cuál es su lugar en el mundo, al menos en el universo futbolístico. Porque en definitiva, cuando hablamos de fútbol y de la selección nacional, estamos reflexionando sobre todo acerca de la identidad chilena. En Brasil al equipo dirigido por Jorge Sampaoli le tocó disputar el grupo B junto a España, Holanda y Australia, y aunque lo más lógico sería suponer una eliminación en primera ronda ante los actuales campeones y subcampeones del mundo, la marca de cerveza Cristal, en una serie de comerciales, afirma que “Chile mete miedo”. El mensaje de uno de los principales auspiciadores del equipo de todos, es que los rivales temen al “cuco” chileno. Una idea similar (aunque más matizada) planteó Arturo Vidal, una de las máximas figuras nacionales, al manifestar que el partido amistoso jugado en marzo de este año contra Alemania “debe servir para que España y Holanda nos teman”. En definitiva, en ambas expresiones subyace una mentalidad ganadora en la cual las expectativas para la Copa del Mundo son, al menos – y a pesar de la dificultad del grupo – pasar la primera fase.

Esta exigencia deportiva es coherente con la idea de que en los últimos ocho años el fútbol chileno ha experimentado un crecimiento exponencial. No en vano es primera vez que nuestra selección accede, a través de rondas clasificatorias, a las fases finales de dos mundiales consecutivos. De hecho, por la calidad de su juego, la selección tiene posibilidades reales de salir con vida del grupo mundialista más difícil que le ha tocado en la historia. Sin embargo, las expectativas sociales que genera un acontecimiento futbolístico no responden exclusivamente a criterios deportivos. Los voluntaristas hinchas chilenos, olvidando que los rivales también juegan, y juegan muy bien, censuran a todo aquel que ose afirmar cualquier pronóstico que no sea la clasificación a segunda fase. Sin embargo, las expectativas chilenas no fueron siempre las mismas– de hecho, fueron completamente diferentes hace cuarenta años, cuando otra selección chilena disputó el Mundial de Alemania 1974.

Tal como ahora, en el primer Mundial alemán los chilenos debieron disputar su paso a la segunda ronda en un grupo que, en la época, fue considerado como el más difícil que les había tocado hasta ese momento. No sólo debían medirse con el equipo local, la República Federal Alemana, sino también con la República Democrática Alemana y Australia. El emparejamiento fue considerado tan perjudicial que Francisco Fluxá, importante dirigente del fútbol nacional, ironizó afirmando que: “suerte que no hay tres Alemanias, pues de ser así, nos hubiera tocado con todas ellas”. Luis Álamos, entrenador de esa selección, agregó que “los sorteos son sorteos y Chile siempre tiene mala suerte en este tipo de cosas”. El Zorro Álamos consideraba que el grupo no podría haber sido más desfavorable, ya que en Berlín, sede del grupo, ambas Alemanias iban a ser prácticamente locales. En contraste con lo que pasa en la actualidad (cuando el grupo que le tocó a la selección chilena es aún más difícil que hace cuarenta años), no se creía que la selección fuese siquiera capaz de llegar al tercer partido del grupo con chances de clasificación.

Si bien se pensaba estar en presencia de una de las generaciones más brillantes del fútbol chileno (al punto que la revista Estadio consideraba que el equipo de 1974 podía mirar “cara a cara al del Mundial del 62”), a la selección no se le exigió alcanzar la segunda ronda, y menos, los puestos de honor. En Chile, como destacó la prensa, existía suficiente “conciencia de las limitaciones y posibilidades de la representación que ha viajado a Europa. Hay países que, por contar con mayores medios de todo tipo, aparecen con superior opción”. De hecho, Jaime Guzmán consideró que ante la Alemania capitalista cualquier resultado que “no fuese una derrota hay que considerarlo un milagro”. Se asumía que no se le podía pedir más de lo “que realmente somos” y que ante “a nuestros rivales estamos frente a una posición bastante débil”. Al contrario de lo que pasa hoy en día, cuando todos abogan por ir a jugar de igual a igual contra españoles y holandeses (porque, se dice, para salir campeones del mundo hay que ganarles a los mejores), la mayoría coincidía con el Zorro Álamos en que la táctica a usar debía ser ultradefensiva.

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                                (Imagen: Selección Chilena 1974)                                     

Aunque era cierto que nuestro fútbol era bueno, en Chile se aceptaba sin complejos “que el juego europeo es superior”. El futbolista nacional destacaba tanto por su depurada técnica como por abusar del juego lateral, “lento hasta la exasperación”, sin profundidad ni desborde por las bandas. Ya en esos tiempos se reclamaba que “acá hay un partido con 70 minutos de juego en media cancha”. En cambio, en Europa esa era una zona de tránsito rápido, y el grueso del juego, según se decía, se daba en las áreas. Esa verdad futbolística, por cierto, terminaba por justificar una impresión, que lejos de ser deportiva, era identitaria: la de que nuestro problema “es la flojera. Esa es una verdad indesmentible”. Según Julio Martínez, como no se podía “combatir con las mismas armas”, lo importante era “cumplir con decoro, altivez y dignidad”. Por su parte, Sergio Livingstone consideraba que el Mundial no era más que una prueba para saber “cuanto valemos y qué pretendemos” en el mundo futbolístico. En esta visión desarrollista del deporte, tan moral como etapista, Alemania era relevante, “pero sólo como calibrador de nuestra potencia actual”. En esta concepción, de la que esta frase de Livinsgtone es sólo una expresión más, “ni la vida ni la patria ni el honor están involucrados en una derrota. Ganar, perder, son contingencias transitorias. Ser íntegros, rectos y leales va más allá de la transitoriedad”.

Efectivamente los chilenos podían considerarse futbolísticamente inferiores en el concierto mundialista, pero sí eran dignos, y por ende, eran buenos deportistas. Por eso hacer un buen papel no significaba necesariamente ganar, pero sí “competir en forma honesta”. Eso recalcó, paradójicamente, quien había encabezado el Golpe de Estado que derrocó al Presidente Salvador Allende. Augusto Pinochet le dijo al plantel: “Ustedes señores van a desplegar el mayor esfuerzo para obtener la victoria. Si no la obtienen es porque no pudieron. Pero llevan ustedes el respaldo de todos sus compatriotas”. Sin mucha presión, como reconoció el Zorro Álamos, el plantel se despidió de Chile con la tranquilidad de que “no nos vamos a achicar”, pero “si jugamos bien y perdemos no hay nada que decir”. Es que para ese “país chico, pero libre y generoso”, el sólo haber llegado al Mundial era, como dijo Pedro Morales, un premio. Por eso, lo que se veía venir era “algo así como una propina”.

En 1974 a la selección sólo se le pidió demostrar “decoro, mostrar un fútbol digno y exhibir una conducta deportiva ejemplar. Con eso estaría justificada la presencia chilena en la cita cumbre”. De hecho, al emprender su viaje rumbo a la Copa del Mundo, la revista Estadio le recordó al plantel:

“Nadie en Chile se sentirá humillado por una derrota. Los millones de chilenos sólo les piden que jueguen como si quisieran ganar, a ganar con la mística con que se ganó en Ñuñoa, Montevideo y Moscú; con la fe de los que pueden caer ante un adversario pero nunca por sus propias debilidades y temores. Con luchar así, habrán cumplido. Nada más y nada menos se les pide. Buena suerte.”

Hace cuarenta años, cuando se pensó que los rivales eran futbolísticamente muy superiores, no se consideró que quedar eliminados en la primera ronda, en un grupo extremadamente difícil, fuese un fracaso. En esa época, los chilenos creían que, “como dice el lema olímpico, lo importante es competir”. Hacer “lo mejor posible” no significaba ganar sino “competir en forma honesta”. Por el contrario, en la actualidad, cuando el grupo mundialista es aún más complicado que hace cuarenta años, el presidente de la ANFP, Sergio Jadue, reconoce que Chile “debe ir a todas las competencias pensando en conseguir el premio mayor”. Misma mentalidad ganadora refleja el actual capitán del cuadro nacional, Claudio Bravo, cuando afirma que “no vamos al mundial sólo a participar”, sino pensando en “que vamos a hacer un mundial increíble”. De hecho, para el ex seleccionador Nelson Acosta si la Roja no consigue acceder hasta los octavos de final “sería un fracaso”.

Evidentemente hay razones futbolísticas que explican formas tan distintas para enfrentar una Copa del Mundo. Mientras en 1974 el futbolista chileno tenía escaso roce con el fútbol europeo, en la actualidad, la mayoría de quienes integran la selección juegan o han jugado en las principales ligas del mundo. Además, y desde la llegada de Marcelo Bielsa al país, parece que cambiamos con bastante éxito el tradicional letargo de nuestro juego lateral por uno vertical y que ocupa vertiginosamente las bandas. Estas, entre otras razones, permiten explicar desde una perspectiva exclusivamente futbolística el por qué hoy en día se espera y exige mucho más de la selección chilena. Sin embargo, no son las únicas ni las más importantes. Efectivamente, en este país las nociones futbolísticas se han entroncado recíprocamente con las visiones identitarias de Chile que han sido hegemónicas. Específicamente en los últimos cuarenta años, la sociedad chilena ha experimentado un cambio identitario, que ha ido a la par a la transformación de la representación que los chilenos tienen de su nación, y que es vital para entender cómo ha cambiado la manera en que vivimos e interpretamos las actuaciones de nuestro seleccionado nacional de fútbol.

*Texto originalmente publicado en el sitio http://historiaycultura.cl

Pueden consultar el texto completo y con referencias en: http://historiaycultura.cl/observatorio/Chile_Brasil2014.pdf