Las ciudades son espacios múltiples. Son centros habitacionales, de trabajo, de entretenimiento, espacios políticos, culturales o religiosos. Es por ello que en la relación  entre  los habitantes y urbe se establecen relaciones complejas.[1] La ciudad es tanto los elementos urbanos y arquitectónicos que constituyen el “espacio físico de la ciudad”, como sus pobladores y visitantes. Las ciudades se viven, se imaginan  y se recorren.

En el espacio urbano que compone la Ciudad de México, los edificios que se levantan son representantes de tiempos nuevos y viejos.[2] Muchos han dedicado glosas a contar su historia, sus curiosidades, sus escondites. Pero hay algo que tal vez no se ha abordado como es debido: sus templos.

Y no nos referimos sólo a los maravillosos edificios novohispanos, las “casas de Dios” que alegran la vista incluso al simple paseante. Esta ciudad contiene un sinnúmero de templos, lugares donde se busca establecer ese contacto con algo superior, con lo divino… y con la comunidad.

La diversidad religiosa no es fenómeno nuevo. Sin embargo, la novedad se encuentra en  cómo las agrupaciones religiosas se han adueñado, poco a poco, con mayor o menor esfuerzo, de trozos de esta capital. Una vez que las diferentes agrupaciones se han instalado transforman la naturaleza del espacio. Un lugar “cualquiera” se convierte en templo y con su transformación establece nuevas relaciones entre la población y el área urbana. Si bien la principal actividad de los tempos se encuentra vinculada con actividades para propiciar, estrechar y difundir las relaciones con lo sagrado, también interviene en la vivencia “laica” de la ciudad; se convierten en puntos de referencia geográfica y de identidad.

Así tenemos, por ejemplo, el templo protestante, metodista para ser exactos, de Gante. Este espacio alguna vez fue parte del antiguo convento de San Francisco. El predio fue rematado por el gobierno y adquirido por el ministro Buttler, en 1873. Desde entonces es un importante bastión de la presencia metodista en la capital. En la calle de Gante número 5,  frente a la escultura de un libro abierto, se erige la colorida fachada de este templo.

Gracias al acelerado proceso de urbanización, la construcción de esta ciudad, tan caótica, dio cabida a cada una de las adscripciones religiosas a tomar su espacio y hacerlo suyo. Una de las iglesias más controvertidas es la Iglesia Universal del Reino de Dios, también conocida por su famoso lema “Pare de Sufrir”[3]. Se trata de un grupo de origen brasileño que compra viejos locales, teatros y salas de cine y las convierte en centros de encuentro con el espíritu santo. Con esta estrategia, el teatro Silvia Pinal y el Cine Jalisco se convirtieron en sitios de oración.

Otros templos que se han erigido en la ciudad también son resultado de la adquisición de los predios por parte de las comunidades. Un ejemplo está al norte, casi en la frontera del Distrito Federal con el Estado de México: el templo de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Fue construido en 1982 y se convirtió en el primer templo mormón de América Latina. A pesar de que los mormones llegaron poco más de un siglo antes, hasta ese momento no tenían propiamente un templo[4]. Por eso fue tan significativa la construcción: al fin contaban con un lugar propio, un lugar dedicado a sus servicios religiosos, para estudiar y difundir su doctrina.

Pero existen otras formas de irrupción de lo sagrado; otros métodos para expresar la religiosidad: los altares callejeros ¿Quién no ha visto los famosos altares antibasura que hay en algunas colonias populares? Casi siempre guadalupanos, se colocan para evitar que la gente siga tirando basura en un sitio (efectividad a medias, pues la basura aparece sólo un par de metros lejos de la Lupita).

Otra modalidad de esos altares son los dedicados a la Santa Muerte, la niña blanca. Es un culto urbano, extraño y extraordinario, muy conocido por los mexicanos: la muerte, la única certeza del ser humano. Recientemente ha irrumpido en la escena pública un nuevo tipo de imaginario de la muerte: ya no es aquella vieja imagen de la muerte, tan festiva y parte del folclore mexicano que se transforma en dulce o figura de papel maché cada noviembre. Ésta es una figura religiosa concreta, poderosa. Al igual que los cientos de santos católicos, se ha convertido en amiga y protectora de los seres humanos.

Condenado por la Iglesia Católica, el culto a la Santa Muerte -que hasta 2005 contaba con registro ante la Secretaría de Gobernación- cada día gana más y más adeptos. Cientos de personas se congregan alrededor de las capillitas y altares que se dedican a esta figura. Ya sea por agradecimiento, en cumplimiento de alguna manda o simple devoción, los fieles le dedican buena parte de su presupuesto para adornarla, vestirla, para presumir a su Santa Niña.

Por otro lado, de formas más discretas, encontramos los grupos religiosos extremo-orientales que probablemente en llegaron con los inmigrantes[5]. Sin embargo, estos cultos —ya sea por las políticas de orden racial[6] o por la asimilación de los inmigrantes al culto católico[7]—,  no tuvieron un espacio visible en la dinámica religiosa de la ciudad. Es con el arribo de la “era de acuario” que la presencia los cultos orientales sobresaldrían.[8]

Aunque las últimas estadísticas señalan que en el Distrito Federal la religión predominante sigue siendo la católica, desde hace años la diversidad religiosa es una realidad. Así, diariamente, la noche cae sobre la ciudad y deja, en la penumbra, a sus habitantes; estos se pierden en las horas nocturnas: en la soledad de las calles o en el sueño que visita la urbe. En ella, los miles de santos, oraciones, credos permanecen porque ellos prestan  auxilio y  mantienen las esperanzas.

Fuentes

Andrade, Lourdes, Arquitectura vegetal. La casa deshabitada y el fantasma del deseo, México, Consejo Nacional papa la cultura y las  Artes, 1997, 79pp. (Libros de la Espiral, 4).

Botton Beja, Flora,  “La persecución de los chinos en México”, pp. 477-486, en  Estudios de Asia y África, México, El Colegio de México-Centro de Estudios de Asia y África, Vol. XLIII, Núm. 2, mayo-agosto, 2008.

Domínguez Mendoza, Amelia, “Los mormones: Surgimiento, expansión, crisis y asentamiento en México”, p.113- 141, en Graffylia, año 1, número 2, BUAP,  Puebla, 2003.

Fujiwara,  Eiko, El zen y su desarrollo en México, México, CEAPAC-Plaza y Valdés, 1998. 226 pp.

Kim, Hyong-ju,  “La Experiencia Migratoria de la Nueva Comunidad Coreana en México” pp. 1-19 texto presentado en el  Segundo Encuentro de Estudios Coreanos en América Latina, La plata , Estudios Coreanos en América Latina – El Colegio de México-Centro de Estudios de Asia y África. 2006. Texto disponible en formato pdf en http://ceaa.colmex.mx/estudioscoreanos/images/kim.pdf

Krieger, Peter, “Desamores a la Ciudad. Satélites y enclaves”, pp. 587-606 en  Arnulfo  Herrera (Comp.) Amor y el desamor en las artes. XXIII Coloquio Internacional de Historia del Arte, Instituto de Investigaciones Estéticas – Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, 607 pp. (Estudios de Arte y Estética,  52).

Lozano, Agricol, Historia del Mormonismo en México, Editorial Zarahemla S.A, México,1983

Nakatani,  Emma , “Memorias de un inmigrante japonés” pp. 142-148  en  Istor. JAPÓN según los japoneses, México, Centro de Investigación y Docencia Económicas – Editorial Jus,  Año VI, Núm. 21, verano del 2005, 158 pp.

Ota Mishima,  María Elena, Siete Migraciones Japonesas en México, 1890-1978, México, El Colegio de México-Centro de Estudios de Asia y África, 1982, 202 pp.

Quirarte, Vicente, Elogio de la calle, Biografía literaria de la ciudad de México 1850-1992, México, ediciones cal y arena, 2001, 720 pp.


[1] Meter Krieger, “Desamores a la Ciudad. Satélites y enclaves”, pp. 588 en  Arnulfo  Herrera,(Comp.) Amor y el desamor en las artes. XXIII Coloquio Internacional de Historia del Arte, Instituto de Investigaciones Estéticas – Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, 605 pp. (Estudios de Arte y Estética,  52…)

[2] Vicente Quitarte, Elogio de la calle, Biografía literaria de la ciudad de México 1850-1992, México, ediciones cal y arena, 2001,720 pp., pp. 525 y 589.

[3] Esta iglesia, de origen brasileño y fundad en 1977, llegó al país en los años noventa. Su difusión consiste en programas pagados que se transmiten a media noche y cápsulas informativas entre programas. En ellos se enfatizan las posibilidades de mejorar la vida de los televidentes por medio de la oración al Espíritu Santo y la combinación con prácticas mágicas.

[4] Los primeros misioneros mormones llegaron a México en 1875, aprovechando las dádivas que otorgaba el gobierno porfirista para poblar el norte del país.   Amelia Domínguez, “Los mormones: Surgimiento, expansión, crisis y asentamiento en México”, p. 113- 141, en Graffylia, año 1, número 2, BUAP,  Puebla, 2003p. 136

[5] Como lo son las inmigraciones chinas a partir del siglo XIX; la inmigración japonesa en México se dará  a finales del siglo XIX y el XX. La primera  inmigración japonesa  se da en 1888, posteriormente habrá fuertes migraciones  entre 1925 y 1939 y la inmigración coreana a partir de 1905. Veáse los textos de  Flora Botton Beja,  “La persecución de los chinos en México”, pp. 477-486, en  Estudios de Asia y África, México, El Colegio de México, Centro de Estudios de Asia y África, Vol. XLIII, Núm. 2, mayo-agosto, 2008; María Elena Ota Mishima, Siete Migraciones Japonesas en México, 1890-1978, México, El Colegio de México-Centro de Estudios de Asia y África, 1982, 202 pp.; Emma Nakatani “Memorias de un inmigrante japonés” pp. 142-148  en  Istor. JAPÓN según los japoneses, México, Centro de Investigación y Docencia Económicas – Editorial Jus,  Año VI, Núm. 21, verano del 2005, 158 pp.,  y  Hyong-ju Kim,  “La Experiencia Migratoria de la Nueva Comunidad Coreana en México” pp. 1-19 texto presentado en el  Segundo Encuentro de Estudios Coreanos en América Latina, La plata , Estudios Coreanos en América Latina – El Colegio de México-Centro de Estudios de Asia y África. 2006. Texto disponible en formato pdf en http://ceaa.colmex.mx/estudioscoreanos/images/kim.pdf , respectivamente

[6] Flora Botton Beja,  “La persecución de los chinos en México…”, pp. 481-484.

[7] Emma Nakatani, “Memorias de un inmigrante…, p. 145.

[8] Como es el caso del  Budismo zen, rama del budismo cuya llegada a México se sitúa  a finales de la década  de los 50’s y que entre 1981 y 1985 tendrá varios intentos de fundar un Centro Zen en México. Eiko Fujiwara, El zen y su desarrollo en México, CEAPAC-Plaza y Valdés, México, 1998. pp. 5-7.