Sin estar muy seguros de qué es realmente, sin tampoco haber jamás recibido una introducción práctica a lo que es la globalización, ésta se nos presentó como el modelo de integración mundial sin parangón que ofrecería, al menos, cuatro paradigmas de la movilidad y el contacto: el libre tránsito de bienes, productos y servicios; la difusión masiva de las ideas y la información; el flujo constante de capitales y, por último, la libre circulación de individuos a lo largo y ancho del planeta. Más allá del enriquecedor pero complejo debate acerca de si la globalización es el epítome de modernidad (cuyos inicios se rastrean a los siglos XV y XVI) y, por lo tanto, la cúspide de los nuevos mecanismos de entendimiento humano (falso, por supuesto), digamos simplemente que la globalización, tal como ha sido presentada, difundida y publicitada por los esquemas económico-culturales y las esferas políticas del Occidente y del Capitalismo no cumplió con esas promesas de conexión e intercambio de las que tanto se ufanaba…

…o quizá sí las cumplió, pero sólo para unos cuantos; sólo para ciertos sectores sociales relativamente fáciles de identificar y con comportamientos en común que juegan un papel interesante, pues al mismo tiempo que se nutren de los patrones que la globalización propone, permiten retroalimentar a la globalización misma. Además de los ricos (verdaderamente una ínfima minoría sobre este planeta), la globalización alcanzó a hacer válidas sus expectativas para capas medias y medias altas de la población mundial. Como veremos en los párrafos siguientes, sectores medios y medios-altos importantes de las sociedades latinoamericanas comparten mucho más entre sí (en términos de hábitos de consumo, de intereses políticos y gustos artísticos) que con otras capas socioeconómicas de sus propios países, provincias o ciudades. Es crucial hacer notar que son los sectores medios y medios-altos los que más se han beneficiado de todo el enredado proceso globalizador por dos razones esenciales: primero, porque son relativamente recientes y, por lo tanto, ajenas a la historia social latinoamericana y estrechamente ligados a los procesos de la globalización: pensemos que las clases medias irrumpieron durante el siglo XX (aunque quizá antes en el Cono Sur) como un verdadero desestabilizador de la clásica división social entre élites –muy ricas– y pueblo –numerosísimo y paupérrimo-. En segundo lugar, porque las clases medias son quizá las que más sufren de una paradoja que la globalización sabe reproducir con gran éxito: la paradoja entre la ávida curiosidad y afán de cambio, y la cómoda y tranquila apatía de quien ya alcanzó algo que no quiere dejar ir. Por eso las clases medias son las grandes protagonistas del consumismo y de la crítica al sistema; de la riqueza intelectual y científica y de la apatía política; de la fascinación por la información y la tecnología y el desprecio por el cambio.

 

Clasemedieros con aspiraciones consumistas

No sabría cómo nombrar a este sector. Quizá se trate de la idea más común de lo que representa ser clasemediero en América Latina, pero aún así implica muchísimas diferencias. Pienso, por ejemplo, en las familias de clase media que por generaciones han vivido en las grandes ciudades (Santiago, Medellín, Monterrey o Mendoza) y que han adaptado sus hábitos de consumo y entretenimiento al modelo preponderante de la globalización: cine los viernes (de preferencia una película de Hollywood), restaurante familiar el sábado y paseo a la plaza comercial el domingo, mientras que, durante la semana, visten camisa y corbata para trabajar en los mandos medios de la burocracia nacional o empresas de buen tamaño (nacionales o extranjeras).

La aspiración más común es poder cambiar de carro cada cinco años y quizá, cerca del retiro, conseguir una casa de campo a las afueras de sus congestionadas ciudades. Es quizá el sector de la clase media que con mayor facilidad, casi por impulso, persigue el american dream, inscribe a sus hijos a colegios de paga (frecuentemente religiosos), paga puntualmente sus impuestos pero se queja (finalmente es contribuyente cautivo), vota por partidos liberales o conservadores pero no se arriesga a pensar en alternativas de izquierda y, definitivamente, aspira a pagarse unas vacaciones todo incluido en alguna bonita playa.

Esta gente  ambiciona invertir sus ahorros en unas vacaciones familiares en Miami para visitar los grandes malls estadunidenses y poder vestir la última playera del Real Madrid un domingo por la tarde. Al mismo tiempo, las tradiciones familiares y religiosas están más o menos presentes: sus casas presentarán más adornos navideños que cualquier otra, por ejemplo.

 

Los chairos

Los chairos son un subsector de la clase media mexicana fácil de identificar, sobre todo, en la Ciudad de México, pero estoy 120% convencido de que tienen sus fieles pares en toda la región. Hablo aquí de esa clase media muy familiarizada con lo latinoamericano (sea lo que sea que eso signifique), muy comprometida con “lo nuestro”. Es una clase media que existe desde hace ya varias décadas y que cobró importancia sobre todo en los países del Cono Sur, Venezuela y México. Es una clase media comprometida políticamente e ideologizada, aunque en muchos casos ese activismo político se limite al discurso y rara vez pase a la acción. Es cierto que hace algunas décadas fueron los sectores sociales, sobre todo urbanos, más violentados por los regímenes dictatoriales del continente: estudiantes perseguidos, profesores exiliados, guerrilleros urbanos desaparecidos… aparecen en las películas de Costa Gavraz y en las canciones de Violeta Parra. Poco después, cuando las persecuciones disminuyeron y los militares regresaron a sus cuarteles, se convirtieron en voces activas por la democracia social, ayudándose con los versos de Atahualpa Yupanqui, asistiendo a conciertos de Silvio Rodríguez e Inti-Illimani y vistiendo trajes típicos de los pueblos indígenas de su región, acompañados con pantalones de mezclilla y un libro de marxismo o de poesía martiniana en el bolso. Los chairos más politizados y más activos se confundirían fácilmente con los globalifóbicos de otras latitudes.

Cuando jóvenes, sus protestas se repiten casi de forma idéntica en Seattle, Guadalajara, Río o París y, en conjunto con sus homólogos europeos, están conscientes de que todos son productos de la globalización: se hicieron amigos de jóvenes de otros países latinoamericanos (gracias al último foro de estudiantes de historia latinoamericana, gracias a Distintas Latitudes  o gracias al último concierto de Manu Chao en Bogotá o en Quito) y son los potenciales contribuyentes y facilitadores de organizaciones como Amnistía Internacional, cuyas campaña publicitaria más contundente en América Latina decía: “Alza tu voz” –tú que eres escuchado– “para que liberemos a Mahmoud Al-fatah”, preso por querer expresarse en un país que no es como el tuyo, “preso por defender los derechos humanos derechos” –que, en tu condición de clase mediero alto, tienes garantizados en tu ciudad de Curitiba o Lima. “Envía esta petición por correo electrónico y Facebook” –herramienta de la globalización a la que tienes acceso– “y no olvides comprar nuestras playeras en la boutique de Amnistía”. Estos chairos se involucrarán conscientemente en protestas sociales que son muy particulares a nuestra región: la lucha contra las empresas mineras extranjeras, contra la violencia, contra la discriminación hacia nuestros connacionales indígenas, la educación… Es un sector de la clase media que habla mucho de la unidad latinoamericana y de la importancia de forjar vínculos inquebrantables entre “nuestros países hermanos”; que intenta viajar con una mochila al hombro por el continente y conocer realidades que le son tan cercanas y a la vez tan ajenas.

 

Las clases medias altas en América Latina

En nuestra región hay también un sector importante de la población que se siente alejada del común denominador de las clases medias, a la vez que no quiere identificarse con el exuberante derroche de los verdaderamente ricos. Este sector intermedio, clase media alta, está sobre todo compuesto por profesionistas exitosos independientes de las cuerdas del Estado burocrático, por eminencias de la intelectualidad académica latinoamericana, por escritores y artistas de renombre y por algunos otros personajes distintivos de un mundo globalizado. Por lo general, es gente que tiene mucho contacto con el exterior, pero más con Europa y Estados Unidos que con el resto de América Latina. De niños quizá estudien en escuelas de paga de carácter piagetiano estilo Montessori; sus estudios universitarios sucederán indistintamente en las grandes universidades públicas de sus países o en escuelas privadas de élite (donde, mediante esfuerzos extras, intentarán obtener becas); una primera aspiración de calibre será estudiar un posgrado en Europa y, quizá, volver al país a ejercer.

Las clases medias altas disfrutan un buen vino en compañía de sus cosmopolitas amistades y se sentirán muy a gusto en los círculos artísticos e intelectuales de Sao Paolo, Buenos Aires o México. Frecuentarán museos y teatros, buscarán regalarles a sus hijos un viaje a Europa cuando cumplan 18 años y harán lo posible por aprender varios idiomas. Harán alusión a su refinamiento y conocimiento del mundo sin por ello politizarse hacia la derecha; más bien conservarán una postura ligeramente crítica y tímidamente inclinada hacia la socialdemocracia. Comparten con sus pares latinoamericanos el gusto por un buen concierto de Joan Manuel Serrat o las inteligentes bromas de Les Luthiers, mientras que leerán a Bolaño y a Piglia con religiosidad. Criticarán el consumismo desenfrenado de las clases medias más mediocres con aspiraciones materiales y tampoco creerán mucho en el activismo y la nostalgia bolivariana de los chairos. Para ellos, América Latina seguirá siendo víctima de la corrupción y los malos gobiernos mientras su gente siga creyendo en grandes utopías, en líderes carismáticos o en el nocivo valor del dinero y el consumo.

Por supuesto que ésta es sólo una simple clasificación de lo que podrían ser las clases medias en América Latina. El punto en común entre los tres estilos es la facilidad que tienen para aprovechar de los medios de comunicación, de los patrones de consumo y de la información que la globalización a puesto a su alcance. Son sectores sociales que, a su modo, tienen mucho más en común con sus homólogos de otros países de la región que con poblaciones rurales, campesinas, indígenas o empresariales de sus propios países.