Quizá me equivoque o no sepa expresarme bien,

pero a menudo brota en mí el pensamiento de que

el progreso técnico y la paz relativa del mundo han creado

una especie de calma chicha, una atmósfera especial,

irreal y ficticia en la que una cierta clase de gente,

esa que han dado en llamar “los intelectuales”, puede

entregarse libremente a un juego, despreocupado y divertido,

con las ideas y con “la visión de la vida y el mundo”,

algo así como un invernadero del espíritu en el que

se mantiene una flora exótica, pero sin que exista ningún

vínculo con la tierra, con ese fondo real y firme en el que

se mueven las masas de seres vivos.

 

—Ivo Andrić, Un puente sobre el Drina

 

En la prensa mexicana rara vez hay un análisis profundo de conflictos internacionales. No hablo sólo de las notas informativas de las agencias, porque brillan por un desconocimiento generalizado y la repetición literal de información sin ponderar; me refiero sobre todo a los articulistas que, se supone, están versados por algún motivo de currículum para hablar acerca de diversos temas en sus columnas de opinión. Por desgracia, no siempre ocurre así.

Revisando lo que se ha escrito en México sobre el conflicto en Crimea, me parece alarmante que se hagan análisis tan a la ligera sobre temas importantes y serios de política internacional, sin que los autores conozcan la historia, situación, cultura o siquiera la demografía de las sociedades en cuestión. A continuación enlisto los ejemplos que me parecieron más sobresalientes.

Jorge Zepeda Patterson, por ejemplo, asevera que Víktor Yanukóvich era un “dictador”. Que el personaje sea ramplón o presuntamente corrupto es una cosa, pero Yanukóvich no sólo fue elegido democráticamente en una elección (2010) que la OSCE catalogó como “transparente y honesta”, sino que, durante la crisis política reciente, buscó incorporar a la oposición en el gobierno, liberó a todos los presos vinculados a las protestas y firmó el regreso a las enmiendas constitucionales de 2004, que le restaban todo poder: difícilmente algo que haría un “dictador”. Zepeda sabrá que un “dictador”, por definición, no tiene oposición, y que no necesita aliarse a otro partido en el Congreso para obtener mayoría legislativa. De hecho, Yanukóvich obtuvo mayoría sólo hasta 2012, cuando se alió con el Partido Comunista. Más ingenuamente, Zepeda dice que lo que sucedió en Tahrir (El Cairo) es “exactamente lo mismo” que en Maidán (Kiev), como para no tener que explicar nada y que mejor se explique solo; aduce, además, que detrás de ello hay muchos “Tlatelolcos fallidos”, y lo vincula con las autodefensas mexicanas que Dios sabe qué tendrá que ver.

Irene Selser afirma que Yanukóvich era “nefasto” —lo habrá conocido en persona—, en cuyo espejo debería verse Nicolás Maduro. Se entiende el sentido pero, de nueva cuenta, la frase invita a no pensar, porque todos sabemos que Nicolás Maduro es un loquillo que ha llevado a su país a la ruina (bueno, no todos).  Más adelante: “es claro que Ucrania no es Venezuela, y Nicolás Maduro no es Yanukóvich”. Dejando el axioma de que una persona no es otra, uno suele recurrir a ese “sí pero no, eh, no vayan a pensar…” para disfrazar que, en efecto, son “lo mismo”.

Como Alberto Peláez, para quien todas las administraciones presidenciales de Ucrania han sido “lo mismo”: un subterfugio para evitar averiguar que de hecho han sido muy diferentes y que, de haber sido idénticas, no se explicaría la coyuntura actual de aquel país. Si Leonid Kuchmá (1994-2005) y Víktor Yuschenko (2005-2010) eran “lo mismo”, ¿para qué hacer la “Revolución naranja” de 2004?

Hay otros que buscan explicar la situación de Crimea mediante el “nacionalismo”, bajo el supuesto de que separarse de un país por fuerza implica el surgimiento de una conciencia nacional. La lógica de las comunidades rusas fuera de Rusia es completamente la opuesta: trasnacional. Si fueran nacionalistas crearían una nación propia, sin buscar incorporarse a una tercera. Hay que recordar que Crimea no se declaró independiente, sino parte de otro país.

Marcel Sanromà afirma que la acción de Vladímir Putin (“mandatario megalomaníaco”) sobre Crimea corresponde a un “exacerbado nacionalismo”. Isidro Cisneros también “argumenta” que Crimea se anexa “en nombre de la pureza nacional”, pero curiosamente Putin, a diferencia de los nacionalistas ucranianos, declaró que Rusia sí respetará a las minorías no rusas en Crimea, que se reconocerían sus derechos y lenguas, como en otras repúblicas de la Federación. Ezra Shabot dice que la minoría rusa en Ucrania tiene un “nacionalismo excluyente”, “fomentando así el odio étnico, racial o religioso”. Hay que leer más. Son las elites nacionalistas ucranianas, hoy mayoría parlamentaria y hacedoras de la “revolución” de hace unas semanas, las que aislaron, basadas en un discurso nacionalista, a las minorías étnicas rusas, rumanas, húngaras, moldavas y búlgaras, con la derogación de la Ley de Idiomas de 2012. Hace poco escuchamos el audio de Yulia Timoshenko diciendo cómo le encantaría matar a los rusos de Ucrania; ignoro si fue un montaje, como ella aduce, pero si fuera un supuesto audio de Putin o de algún político mexicano, la opinión pública ya estaría invitando a su linchamiento.

La separación de Crimea no se explica sin esa variable, la de una reacción al nacionalismo ajeno y agresivo de la elite del noroeste de Ucrania. Shabot, quien por cierto ha sido presa de antisemitismo, podría echar una mirada rápida al flamante gabinete ucraniano, donde la mitad de los ministerios se los adjudicó desde febrero el partido Svoboda (“Libertad”), al cual nadie eligió para gobernar y cuyos líderes han dicho que la Shoah fue un “periodo de luz en la historia”. Quizás no piense igual cuando se entere.

No faltan quienes están muy enojados con el señor Putin y reducen la enorme y delicada complejidad del conflicto a su persona. Enrique Berruga afirma, con la gravedad que eso implica, que Putin era “el poder tras el trono cuando era Presidente Borís Yeltsin”, y gobernante “de facto desde la desaparición de la Unión Soviética”, pero extraño sería que alguien controle al país más grande del mundo siendo encargado de asuntos exteriores de la ciudad de San Petersburgo, cargo de Putin entre 1991 y 1996. En todo caso habrá sido un candidato que se perfilaba a dirigir al país desde 1998, cuando comienza su despunte político. Berruga también dice que Rusia no tiene “grandes contribuciones culturales” actualmente. Y Nikita Mijalkov en el cine, Valeri Guérguiev en la música —quizás el mejor director de orquesta del mundo— o Zajar Prilepin en las letras, por nombrar a un puñado, ¿qué son?

José Luis Valdés es más resuelto: Putin es un “zar ruso procedente de tiempos por definir (…) que de estadista sólo le queda la corbata”. Vaya: si es un “zar” todos sabemos de qué tiempos procede, por lo que no hay que esperar a definir nada —excepto lo que Valdés entiende por “estadista”. En el mismo artículo hay una pluralidad de adjetivaciones para el señor Putin: “déspota ruso”, “un personaje de la peor calaña”, “un nuevo zar hipersovietizado” [sic], quien “demuestra seguir crudo y zarista y soviético”, adolece de “incontinencia soviética” e hizo un “secuestro de Crimea y parcial de Ucrania”. Yo usaría la palabra con cautela: quienes secuestraban policías eran, de hecho, los elementos más radicales de las protestas ucranianas en días pasados, tan aclamadas por Occidente.

Valdés también se alarma porque Putin declaró en 2005 que la caída de la URSS era lo peor que pudo pasarle a su país. Si eso le asusta, que vaya preparando un marcapasos: en ese año, el 66% de los rusos pensaba lo mismo, y en octubre de 2013 el número apenas bajaba a 55%. Claro, dirá Valdés que o bien las encuestas mienten porque seguramente están al servicio del poder, o son parte del aparato de propaganda soviético que hizo bien su tarea, por lo que el 55% de los rusos sigue “crudo-soviético”. En otro artículo, Valdés dice que Yanukóvich fue un “cleptócrata”, pero no puede decirnos una sola política pública implementada en su periodo.

Para Leo Zuckermann, Putin es un “autócrata que lleva muchos años gobernando, que no tiene intensión [sic] alguna de retirarse y que ha desmantelado toda estructura que desafíe su poder”. Coincido al 100% con Zuckermann en que seguramente Putin no tiene la intensión de retirarse; acaso la intención sí la tenga. Pero no es la pregunta que yo me haría: el 72% de los rusos en marzo de 2014 aprobaba su gestión y, hablando con muchos de ellos, uno se entera de que mientras más años esté, mejor; no es algo que preocupe mayoritariamente al electorado en elecciones presidenciales.

Isabel Turrent enlista una serie de acciones del gobierno de Putin que, según ella, suman puntos para considerarlo una “dictadura” cuya cereza del pastel es la acción en Crimea. Afirma que Rusia Unida, el partido más grande del país (dirigido por el primer ministro Medvédev), es lo mismo que el soviético único, que “renació de sus cenizas”. La preponderancia en la vida pública rusa que Turrent da al partido debería tener muy agradecidos a sus líderes, pues es completamente exagerada. En las elecciones legislativas de 2011, que Turrent considera “fraudulentas”, Rusia Unida ganó 49% del voto; o sea, si contamos bien, la oposición ganó más votos que el partido de Putin y compañía. Quizás no sea tan todopoderoso y ultraomnipotente si no puede hacer que su partido saque al menos 50.1%.

Turrent, además, pinta a Mijaíl Jodorkovsky como héroe de la “democracia”, pero no dice que apoyó financieramente al Partido Comunista, principal oposición al Kremlin, que en su programa “está convencido de que la salvación de la Madre Patria sólo puede darse mediante un resurgimiento del sistema soviético y siguiendo el camino al socialismo”. No creo que sea la definición que Turrent profesa de “democracia”. Todas las acciones de Putin mencionadas por la autora, supuestamente dictatoriales, las ha tomado cualquier gobierno “democrático” de la historia: “fortalecer ligas con el ejército”; “meter en cintura” a gobernadores (que habla más de la condición federalista de un país, no de la “dictatorial”); “aplastar” rebeliones como la chechena (preguntémosle a India, Malí o Filipinas); ganar elecciones “abrumadoramente” (como Johnson en EEUU, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador), “nacionalizar industrias” (Argentina). Por último, Turrent inventa que VKontakte, el “Facebook ruso”, fue comprado forzosamente “hace unas semanas” por el Kremlin. A lo mejor confundió al gobierno ruso con una compañía telefónica, Megafón, a cuyo dueño se vendieron 12% de las acciones de Vkontakte en enero.

Me interesa citar un último artículo más extensamente: “Putin: Nobel de la Paz”, de Jean Meyer, una crítica a la anexión rusa de Crimea. El problema no es la crítica en sí, que nunca es problema, sino la nula calidad de la reflexión y el uso de argumentos sumamente endebles para aseveraciones tan enérgicas. Tratándose de Meyer, el problema es doble por ser uno de los pocos estudiosos —quizás el más prolífico— del mundo eslavo en nuestro país.

Cito textualmente: “Así como Hitler decía ‘todos los germanófonos son nuestros y debemos protegerlos’, Putin dice que todos los rusófonos son de Rusia y que el deber de Rusia es protegerlos, donde se encuentren”. Con “tales argumentos”, dice Meyer, Hitler se anexó Austria en 1938 tras un referéndum que arrojó “los mismos resultados que el de Crimea”. Amén de que el autor —como Selser en su texto— también recurre a “no quiero decir que Putin sea Hitler”, la comparación se cae sola. El conflicto peninsular reciente es una respuesta de los propios crimeanos a la negación que desde Kiev el nuevo gobierno “revolucionario” ha hecho de ellos, ya mencionada. Rusia, sin duda de forma oportunista —como toda potencia—, no ha hecho más que aprovechar el desastre institucional ucraniano: algo anda mal, para empezar, si Ucrania es desde hace 23 años un “Estado unitario” pero contiene una “República Autónoma” (con Constitución, además) dentro, caso único en el mundo.

En ese sentido, recordemos que el de 2014 no es el primero, sino el tercer referéndum en Crimea. Ya hubo uno en 1991, cuando 93% de la población decidió (link en ruso) recuperar el estatus de “República Autónoma” dentro de la decadente URSS —mucho antes de que Putin llegase al poder—, para luego reincorporarse a la Ucrania soberana tras negociar con el presidente Kravchuk. El 5 de mayo de 1992, Crimea se declaró independiente pues la autonomía prometida por Kiev resultaba nula y, como respuesta, el Parlamento ucraniano (Verjovna Rada) le concedió entonces ser “República Autónoma”. Pero lo era, otra vez, sólo en papel a pesar de tener una Constitución, pues la Rada podía vetar cualquier resolución del Parlamento crimeano. En 1994 vino un segundo plebiscito, que buscaba una autonomía real, igualar los derechos de ciudadanos ucranianos, tártaros y rusos, y dar mayor poder al Presidente crimeano; el resultado fue que la Rada lo desconoció (link en ucraniano) y disolvió la oficina de “Presidente” en la península.

De esa forma, hay un precedente importante en Crimea que el Anschluss y su plebiscito, históricamente probado como urdido desde Berlín, no tuvo. Éste sólo pretendía legitimar la invasión nazi al Estado alpino y reemplazar el referéndum propuesto por Kurt Schuschnigg, que buscaba probar a Hitler los ánimos soberanos de la República austriaca. El plebiscito nazi en Austria, además, se votó allí y en Alemania; por el contrario, ni en 1991, ni en 1994, ni ahora, los plebiscitos crimeanos se votaron en Rusia.

Sigo con Meyer: “Muchos rusos, como Putin, no aceptan que Ucrania sea un país independiente”. Entonces, ¿por qué Rusia tiene una Embajada en Kiev desde 1992, luego de reconocer su independencia el 5 de diciembre de 1991? ¿No es ésa la forma de reconocer la soberanía de otro país? Desde la llegada de Putin al poder, en 2000, Rusia ha tenido tres Embajadores distintos —¡y distinguidos!— en Kiev: Iván Abóimov (1999-2001), Víktor Chernomyrdin (2001-2009) y Mijaíl Zurabov (2009-2014). Si lo dice por la avanzadilla rusa en Crimea, ¿no sabe Meyer que, desde 1997, Rusia puede tener hasta 25,000 tropas en la península, Tratado renovado en 2010 con el gobierno de Yanukóvich, el cual no ha sido desconocido formalmente por el nuevo gobierno ucraniano? Los resquicios jurídicos permiten que esas tropas se mantengan, de hecho, hasta 2042, mientras Ucrania no desconozca el Tratado. Pero los nuevos líderes ucranianos parecen estar más concentrados en sus próximas elecciones que en denunciar el Tratado o su violación, lo que comenzaría a darles algo de razón.

Habrá que asumir, en otro tenor, que las fuentes del autor son bastante exclusivas como para afirmar que Moscú logró “montar la protesta o la insurrección contra el gobierno establecido [en Ucrania], [y] luego responder a un supuesto llamamiento popular con la entrada decisiva del ejército”. Es relevante señalar una afirmación como ésta, que no arroja luz sobre la fuente respectiva, pues los lectores de Jean Meyer esperaríamos lo contrario.

Con los antecedentes separatistas en Crimea, su estructura demográfica y la composición política de su Parlamento desde 2010, no parece haber necesidad de que Moscú “monte” algo. Parece bastante lógico que si la mayoría de la población es étnicamente rusa, los habitantes volteen a Moscú como alternativa cuando los nacionalistas en la Rada los desdeñan y discriminan, sobre todo si ya lo han hecho antes. En todo caso, quienes sí “montar[on] la protesta o la insurrección contra el gobierno establecido” fueron los manifestantes ucranianos desde noviembre; no sólo uno establecido, sino limpia y democráticamente electo, como ya se sustentó. Dudo que un liberal a ultranza como Meyer dude de la credibilidad que tiene la OSCE.

Las aserciones sin corroboración salpican a otros artículos del mismo autor. El 9 de marzo, por ejemplo, Meyer aseveraba que el oeste ucraniano es “católico”, parte de lo que según él explica la polarización ucraniana. Sin embargo, en un país donde según el Centro Razumkov de Estudios Políticos y Económicos sólo el 5.9% de la población practica el catolicismo (link en ucraniano), difícilmente esto es relevante. Es un error común ver a la Ucrania occidental como católica —también le pasa a Henry Kissinger. De hecho, únicamente en tres provincias del oeste ucraniano los católicos son mayoría (Lviv, Ternópil e Ivano-Frankivsk), sólo 3 de 13 que conforman el occidente ucraniano histórico. Es más: la mayoría de la población ucraniana (62.5%; véase link anterior) no profesa ninguna religión.

No obstante todo lo anterior, hay también columnas que parecen entender el conflicto con visos de objetividad y sobriedad reales, pero son las menos. Ejemplo de análisis imparciales son los de Gabriel Guerra, Luis de la Calle —quien, como José Carreño Carlon, condena que México la prensa no se interese por temas internacionales— o Mauricio Meschoulamm ([1] y [2]), quien invita a ver otras perspectivas en el conflicto. Esther Shabot al menos habla del conflicto a la luz del papel de Turquía. El mejor artículo, en mi opinión, es el de Günther Maihold en Nexos, bastante sobrio y atinado, pues destaca las debilidades de ambas partes, sin inventarse fortalezas inexistentes en una y debilidades forzadas en otra.

Para finalizar, me parece muy interesante el texto de Adrián Mac Liman, quien denuncia la política occidental de “doble rasero” en los casos de Kosovo y Crimea. A propósito, su artículo me hizo pensar podría juzgarse la acción de Putin precisamente por lo contrario: condenar la separación de Kosovo y defender la de Crimea. Pero en nuestra prensa eso no sucede; sólo hay salidas fáciles, la de señalar “dictadores” con el dedo y evidenciar —o, incluso, inventar— lo malvados que son.

Desde México se escribe poco sobre política internacional y, por lo general, cuando se hace, se hace mal. ¿Cuándo se dejará de hablar tan a la ligera de temas tan trascendentes para la política mundial?

Mencioné “plumería” en el título de este artículo porque según el Diccionario de la RAE es el “conjunto o abundancia de plumas”. Y tomé el término, precisamente, porque no indica si son las del tintero o las del gallinero.

 

Rainer Matos Franco. Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Se especializa en el espacio postsoviético y el mundo poscomunista. Colaborador de las revistas Nexos, Paradigmas y la Revista de la Universidad de México.