Viernes, 11 de junio, 2010. Hoy empieza el mundial de futbol de Sudáfrica y, en cuestión de poco tiempo, México jugará el partido inaugural contra el anfitrión. El juego comenzará a las 10 de la mañana, hora de Nueva York, ciudad en la que me encuentro. Me quedé de ver con mi amiga Deidre R., mexicana, en la estación de Columbus Circle, en la calle 59, para de ahí ir directo a un local de comida mexicana en esa zona de Manhattan que llaman Spanish Harlem, o también El Barrio, a ver la transmisión.

De acuerdo con un estudio de la City University of New York, el número de mexicanos en esta ciudad ya alcanzaba los 289,000 en 2007. Y es fácil identificarlos, sobre todo un día como hoy, de fervor mundialista: en el tren veo varias camisetas verdes, algunas banderas mexicanas, algunos paliacates tricolores. Falta media hora para que comience el partido y en el metro ya se siente un poco de festividad. Y eso, a pesar de que en Nueva York no hay fervores colectivos: esta sociedad está tan segmentada culturalmente que nada, ni el año nuevo, se celebra entre todos los habitantes de la urbe. Por otra parte, esa diversidad significa que siempre hay alguien celebrando algo (la fiesta nacional de alguna isla, un partido entre dos países, etc.). Hoy no es la excepción.

Deidre y yo nos bajamos en la estación de la calle 116 East y caminamos hacia el este, hacia el local que buscamos. Mientras que el poniente es conocido como la parte negra de Harlem, el lado oriente es su zona hispana. A principios del siglo XX era zona de italianos, pero poco a poco se fue convirtiendo en área de dominicanos y puertorriqueños. En años recientes –y al igual que en toda la ciudad de Nueva York– los mexicanos han aumentado sus números aquí de forma notable. Mis paisanos son, de acuerdo con el mismo estudio mencionado previamente, la comunidad inmigrante que más crecimiento tiene en esta ciudad. Hasta hace un par de décadas, los mexicanos habían pasado de largo la Gran Manzana, concentrándose mayoritariamente en los estados fronterizos. Incluso durante una época ya un poco lejana en que trabajé como mesero en un restaurante de esta ciudad, mis compañeros mexicanos que llevaban más tiempo aquí me contaban metarrelatos de los primeros mexicanos de Nueva York: la leyenda de dos hermanos oriundos de Atlixco (versiones poblanas de Rómulo y Remo, tal vez) que llegaron por accidente a Nueva York a finales de los sesenta y que se hicieron ricos fundando la primera tortillería de la ciudad. Si se trata de un mito o una historia con anclaje en la realidad, eso no lo sé. Pero lo innegable es que los mexicanos ya se han hecho sentir en esta ciudad, ya son parte de la realidad neoyorquina. Y aquí, en el Spanish Harlem, se nota: en las calles hay fondas con nombres que hacen referencia a la geografía del Bajío, locales que ofrecen películas en español, tiendas que venden productos mexicanos (capitalismo de nostalgia), carnicerías con toldos tricolores que a esta hora siguen cerradas, y toda clase de garitos desde los que ya emana el sonido de la narración del partido.

Pero la evidencia principal de que éste es un barrio con presencia de mexicanos es que, por la calle, hoy, a las 10:09 de la mañana, no se ven mexicanos. Hay personas caminando por la acera (con facha latina, incluso pero deben ser caribeños, de esos a los que  solo les interesa el beisból), pero ningún mexicano. ¿Por qué? Porque si eres mexicano, eso significa que debes estar ya pegado a las televisión. O eso asumo.

Deidre y yo apretamos el paso y no tardamos en llegar al restaurante mexicano (investigué antes de salir; incluso le pregunté a unos mexicanos de un local de pizzas: ellos fueron quienes me recomendaron buscar un lugar ya fuera en Washington Heights, en Queens, o aquí en El Barrio).  Entramos y ya corre el minuto trece del partido, pero el marcador sigue en ceros. Suspiramos. D. y yo tomamos una mesa y nos unimos al contingente de cientos de millones de ojos que, en todo el mundo, observan esto, la inauguración mundialista.

A nuestro alrededor hay, efectivamente, algunas mesas con personas, pero la escena dista mucho de la festividad que de seguro se está viviendo en México. El local tampoco es la quintaesencia de lo nacional: ofrece una mezcla de comida tex-mex (burritos) y comida de cafetería mexicana (chilaquiles, enchiladas), así como una buena selección de cervezas mexicanas ( a pesar de la hora, ya hay quien las bebe).

Avanza el partido. ¿Dónde están los mexicanos? Está el mesero, el gerente, las chicas de la mesa contigua, los dos señores de la mesa del fondo. ¿Quién más? ¿Habrá sido ingenuo pensar que los trabajadores mexicanos de Nueva York se iban a poder dar el lujo de tomarse un día libre para ver futbol cuando la necesidad más imperante es la de juntar dólares, sobre todo en esta época de recesión? Entonces, deduzco: todos los mexicanos de Nueva York están, o trabajando, o viendo el partido en sus casas, desayunando algo que ellos mismos se prepararon, porque las cosas no están como para andar gastando.

Somos pocos aquí (quizá un total de diez o doce) pero, contrario al menú, la tensión sí que es auténtica tensión mexicana. Tensión silenciosa, nerviosa, de esa que se aferra al pecho y no deja respirar bien. Nunca me he considerado un gran aficionado al futbol; en realidad, ni siquiera suelo estar al tanto de la liga nacional. Racionalmente, no hay nada que me identifique con la selección mexicana, con sus jugadores. Pero eso no significa que no haya una parte de mí que escapa del control de mi mente y que le va a México. En mi vida me he sacudido –razón mediante– las creencias religiosas que me inculcaron de niño, el amor supuestamente imbatible que sentí por alguna mujer, e incluso las formas dogmáticas de ciertas ideologías a las que me aferré durante muchos años. En algún momento intenté dejar de irle a México en el futbol, intenté reemplazar con la indiferencia esa pasión que me fue inculcada en la temprana infancia. Pero no fue posible: al igual que con aquellos amores que a uno le destrozan el corazón, una vez que sufriste por una derrota de México (esa tanda de penales contra Bulgaria en el 94 constituye uno de los recuerdos más decepcionantes de mi infancia) no hay forma de ver un partido de México con ojos abúlicos, mucho menos uno del Mundial. Es más fácil el odio (o desear la derrota mexicana) que el auténtico valemadrismo, estado mental que en el futbol sólo alcanzan las abuelitas, los niños y algunos monjes budistas.

Entre todos los comensales que atestiguan el partido del día de hoy, los que más llaman mi atención son un par de chicas mexicano-americanas de una mesa contigua. Hablan un español incompleto (una llama al mesero, y tiene dificultades para recordar la palabra ‘tenedor’), pero ambas celebran las jugadas. No esconden su pasión bicultural y aprovechan las circunstancias para hacer alarde de su mexicaneidad, esa identidad cuasi utópica que los hijos de migrantes convierten en un Aztlán interior, en una tierra prometida, idealizada; una tierra que conocen poco pero que imaginan propia y que, por eso mismo, se convierte en el campo perfecto para cultivar nostalgias imaginarias. Ambas se muerden las uñas con nerviosismo. Ambas, en diversos momentos de errores de los jugadores mexicanos, escupen insultos bilingües (What a pendejo! Fucking mierda!).

A los 58, gol de Sudáfrica. La casa se llena de silencio. De un silencio que siempre nos sorprende pero al que los mexicanos estamos más que acostumbrados. Los ánimos se desploman a una velocidad sorprendente, sobre todo porque, hasta ese momento, México había dado un mejor partido. Pero esto (recibir una dolorosa estocada en el momento en que mejor se están haciendo las cosas) no es algo a lo que no estemos acostumbrados en México. Por el contrario, es justamente la razón por la que los mexicanos en el extranjero buscamos ver los partidos en un sitio así: porque, tarde o temprano, necesitaremos que otros mexicanos nos acompañen en nuestro luto deportivo.

Al minuto 78, sin embargo, llega la anotación de Rafael Márquez y México iguala. El grito de gol inunda el restaurante, se desborda por la calle. Incluso un grupo de turistas gringos que iban por la banqueta se acercan corriendo a ver qué sucede. La celebración es total, ruidosa, a todo pulmón. Porque no sólo celebran los clientes: de un momento a otro, todos los empleados del restaurante salen corriendo de la cocina. Los cocineros, los lavalozas, los limpiadores, todos con sus uniformes blancos. Salen y se paran frente a la pantalla, emocionados, a ver la repetición del gol, a alzar los brazos en señal de satisfacción.

Y tan rápido como aparecieron, desaparecen.

15 minutos después de ese gol, termina el partido. Nos vamos con el empate, con la simetría del I-I. Ya en la calle, todo parece más o menos igual: relativamente pacífico, relativamente inmóvil (aunque ya hay más negocios abiertos y por las calles caminan más personas, algunas incluso con camisetas verdes). Afuera de un edificio identifico a unos hombres que podrían ser mexicanos y que bajan muebles de un camión de mudanzas. Se ve que ya llevan un rato descargando y cargando. Parecen completamente ajenos a México, al futbol, a todo lo que no sea el trabajo arduo y duro. Sin embargo, al pasar junto al camión, escucho el radio prendido y la voz de un locutor dando las últimas observaciones acerca del partido.

Y eso, digamos, resume la experiencia: tras 90 minutos de un extraño paréntesis en el que el futbol estuvo en la cabeza de la mayoría de los mexicanos de esta ciudad, se acaba el espectáculo y la gente vuelve al trabajo sin distracciones. Se reestablece la normalidad, la historia, la época: la ciudad recobra su pulso a una velocidad vertiginosa.