Las dictaduras visionarias, ya sean de un solo hombre o del proletariado, suelen desaprobar el sexo irregular. Los dictadores compensan su profunda inmoralidad en los asuntos públicos haciendo hincapié en lo que creen que es una moralidad rigurosa en los asuntos privados.

Gore Vidal, Sexualmente hablando

 

En el verano de 2003 llegué a La Habana por primera vez. El hotel donde pernocté esos días estaba en la zona conocida como Miramar, al oeste de la ciudad. Desde mi ventana se veía el mar, así que el primer día de mi llegada se me hizo muy fácil bajar y caminar unos cuantos metros para instalarme en una playa de arena fina y mar turquesa (según la publicidad que promociona la isla como el mismísimo paraíso en las Antillas), pero no fue así. En esa parte no hay nada parecido a una playa pues lo que uno pisa es pura piedra filosa, una especie de arrecife en el exterior, y el mar es bastante sucio dado que allí se arrojan los desechos que produce la ciudad.

Ante mi asombro me acerqué a una pareja de jóvenes cubanos que bebían ron frente al mar. Uno de ellos estaba en completo estado de ebriedad, el otro al parecer no había bebido demasiado, o el ron no le había producido aún una ebriedad notable. Luego de saludarles, los cuestioné sobre este tipo de playa que no era por el cual había ido hasta Cuba. Me dijeron que para encontrar las mejores playas tenía que ir en dirección contraria, es decir a unos 20 kilómetros al este de la ciudad, pasando la bahía y todavía más allá. El menos ebrio, o el no-ebrio, me dijo que si tenía muchas ganas de nadar podía ponerme sus zapatos para poder patalear en ese tipo de mar sin lastimarme los pies. Le agradecí el gesto de amabilidad pero no lo hice; ya habría tiempo para ir a las playas del este.

A los pocos minutos llegaron dos muchachas quienes, como después deduje, eran sus respectivas novias. Platicamos un poco y cuando empezó a posarse un nubarrón anunciador de un chubasco tan típico de la isla decidimos partir antes de empaparnos, y no precisamente por agua de mar. Nos despedimos en la puerta de mi hotel, subí a mi cuarto y ellos se internaron en la isla. Pensé que no los volvería a ver pero un par de días después, mientras estaba en mi cuarto leyendo alguno de los libros de literatura cubana que había comprado en la Plaza de Armas, sonó el teléfono. Contesté y era una de las parejas de muchachos con los que había estado en la “playa”. Bajé al lobby del hotel y los invité a tomar una bebida. Fue en la mesa del bar donde, luego de los saludos y de unos minutos dedicados a una plática banal, la muchacha me increpó diciéndome que si quería me podía subir a su novio a mi cuarto para tener relaciones. Él era un muchacho alto, de una piel negra casi púrpura, de hermosas facciones y cuerpo fornido además de ser muy simpático y desenvuelto, aunque a la hora de tocar ese tema se encogió de hombros; era aquél que me había ofrecido sus zapatos para poder nadar la tarde de mi llegada.

Debo confesar que la propuesta de la muchacha me tomó por sorpresa porque, aunque alguna parte interna de mi ser sabía que aquello pasaba, nunca pensé que me tocaría vivirlo directamente y, menos, al poco tiempo de llegado. Además, no podía creer que fuera ella la que me estuviera ofreciendo a su propio hombre para “singar”, como dicen allá (más bien, esperaba que él mismo se ofreciera). Todo eso no encajaba. Por si fuera poco, el precio no era muy negociable: 40 o 50 dólares porque la mitad sería para ella y la otra mitad para él. “Son unos descarados”, me dije, como dicen ellos con su particular acento caribeño. Aunque la propuesta era tentadora —más por el ejemplar de hombre que tenía frente a mí que por la tarifa, claro está—, lo cierto es que la rehusé. En mis posteriores visitas a esa maravillosa isla caribeña pude percatarme que ese tipo de transacciones se dan con bastante naturalidad y regularidad, ya fuera que él ofreciera a su chica o ella a su chico, o que los dos se ofrecieran para complacer las fantasías sexuales del turista. Me quedó claro que la prostitución se había convertido en la manera más fácil de conseguir dinero en un país donde los empleos son mal pagados y la economía depende, en un porcentaje muy alto, del turismo (incluido el llamado “turismo sexual”).

Luego del triunfo de la Revolución Cubana una de las tantas cosas que se proclamaron mil y una veces fue que Cuba dejaría de ser el burdel de Estados Unidos. Lo dejó de ser, en cierta medida, pero para convertirse en el burdel de todo el mundo. En la actualidad el “turismo sexual” es una de las mayores atracciones de la isla, aunque los gobernantes nieguen esta realidad cuantas veces quieran. Esto se da porque en Cuba todo el ambiente está impregnado de lo sexual, la sexualidad se respira, pulula en el aire muy probablemente porque el sol tropical funge como el más efectivo de los afrodisíacos (o al menos ésa es la teoría que he aventurado); aunado todo eso a la belleza escultural de los cuerpos de negros, mulatos, trigueños, jabaos, blancos o rubios que deambulan con total naturalidad por las calles habaneras.

El tiempo no ha absuelto a Fidel Castro pero, en cambio, le ha ayudado para contradecirse y dar versiones distintas sobre un mismo asunto: el “problema” de los homosexuales en Cuba, como una vez lo llamó. Al respecto, es muy valioso el testimonio del editor italiano Giangiacomo Feltrinelli quien, luego de una larga entrevista con el comandante durante su estadía en La Habana en 1964, escribió: “Es previsible que sus iras se dirijan también contra los intelectuales: arquitectos, escritores (ejemplo: Del Puente), el mundo teatral, etcétera, es decir, que se extienda una noción heroica… contra los intelectuales cubanos”; y agregaba sorprendido: “¡Ay! ¡Veo peligrosos nubarrones de intolerancia!”. Sobre el “problema” en concreto, Feltrinelli cuenta lo que Castro le dijo sin titubear: “Debemos potenciar en este período las mejores cualidades de nuestro pueblo. No hay sitio para los parásitos (como si no hubiera parásitos que no fueran pederastas), que se concentran en ciertas posiciones e influyen en la juventud. Patéticos casos individuales”. (Citado por Iván de la Nuez en Fantasía roja, Debate, México, 2007, p.77.)

Cuarenta años después, entre 2003 y 2005, Castro le ofreció una serie de entrevistas al periodista español Ignacio Ramonet en las que hace un recuento de su vida y de su gobierno. En una de ellas, Ramonet le pregunta expresamente sobre la homosexualidad en los primeros años de la Revolución Cubana, a lo que Castro contestó tajante:

En pocas palabras, usted está hablando de una supuesta persecución a los homosexuales.

Yo le debo explicar de dónde nace eso, por qué nace esa crítica. Sí le puedo garantizar que no hubo nunca persecución contra los homosexuales, ni campos de internamiento contra los homosexuales.

¿Es posible que los iracundos pensamientos antintelectuales y homofóbicos que Feltrinelli testificó no se hayan concretado en acciones dirigidas contra los artistas, escritores y homosexuales? Lo contrario resulta poco creíble. Castro le explica a Ramonet que en esos momentos, luego de la invasión a Playa Girón (como lo llaman los cubanos y que los estadounidenses llaman “Bahía de Cochinos”: las dos partes retóricas de un mismo acontecimiento), tenía que entrenar militarmente a toda la población posible y estar preparados para cualquier reacción del Imperio Yanqui. Y sigue:

 Estaba la situación [ojo: ya no le llama “problema”] de los homosexuales. Y en aquellos tiempos, mujeres ni pensar en que fueran al servicio militar…. Bien, yo me encuentro en problemas de resistencia fuerte contra los homosexuales, y al triunfo de la Revolución, en esta etapa de que estamos hablando, el elemento machista estaba muy presente [sic], y había ideas generalizadas relacionadas con la presencia de los homosexuales en las unidades militares.

Estos tres factores determinaron que, al principio, no se les llamara a las unidades militares; pero después, aquello, que podía parecer como un privilegio, se convertía en una especie de factor de irritación, incluso algunos usaban [sic] el argumento para criticar aún más a los homosexuales.

Con aquellas tres categorías se crearon las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde iban personas pertenecientes a esas tres categorías de gente: los que por su débil nivel de estudios no podían manejar aquellas armas, o personas que por su fe religiosa eran objetores de conciencia…, o varones en condiciones físicas adecuadas [pero] que eran homosexuales. (En Fidel Castro. Biografía a dos voces, Debate, México, 2006, pp. 204-206.)

Así, durante la década de 1970, mientras en casi todo occidente se vivía una sorprendente liberación sexual luego de las revueltas juveniles de 1968, en Cuba, por el contrario, se implantaba una moralidad rigurosa donde el Estado se metía hasta la cama de la población, es decir, en todos los asuntos privados incluyendo la forma de ejercer la sexualidad y las prácticas de una vida sexual activa. Se crearon las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, con el firme propósito de concentrar a las llamadas tres P: Prostitutos, Proxenetas y Pederastas, a quienes se les imponían trabajos forzados; los abundantes testimonios que hablan de la explotación a la que eran sometidos quienes iban a dar a una UMAP desmienten contundentemente lo antes dicho por Castro (véase, por ejemplo, el excelente libro de Alma Guillermoprieto: La Habana en un espejo publicado por Mondadori en 2003). Para muchos de los dirigentes de la Revolución Cubana esos grupos eran la “escoria de la sociedad”, por eso se les enviaba a las UMAP donde se “rehabilitarían” y sólo así podían reintegrarse a la sociedad socialista, nueva, solidaria que nacía para enfrentar al imperialismo. Evidentemente porque ser prostituto, matrona, homosexual o travesti iba en contra del sentir del “Hombre Nuevo”, según el concepto del Che Guevara.

Feltrinelli no se equivocó: algunos de los escritores más notables de la época fueron perseguidos por su homosexualidad: José Lezama Lima (1910-1976), Virgilio Piñera (1912-1979), Reinaldo Arenas (1943-1990), Calvert Casey (1924-1969), Antón Arrufat (1935), y todavía en años más recientes están los casos de Abilio Estévez (1954) y Antonio José Ponte (1964) (otros, como Severo Sarduy, salieron a tiempo y se salvaron de padecer aquella opresión). Se les consideró “apátridas”, “subversivos”, “antirrevolucionarios” (lo que sea que eso signifique) y, claro, “gusanos”, “proyanquis”. Para corroborar que Feltrinelli fue visionario en este sentido está el hoy famoso “Caso Padilla”, o es harto conocida la anécdota que atestiguó Juan Goytisolo en la que el Che Guevara tira por la ventana de la embajada cubana en Argelia un libro de Piñera aludiendo directamente a su homosexualidad (anécdota de la que, por cierto, Lee Anderson no dice ni una palabra en su biografía sobre el Che publicada por Anagrama en 2006). Pero quizá el testimonio más conocido sea el de Reinaldo Arenas quien, en sus memorias –Antes que anochezca (Tusquets, 1991)-, cuenta los pormenores de la persecución que se desató en su contra no sólo por ser homosexual sino también no escribir bajo los dictados del Estado, porque recuérdese que fue ante algunos de esos escritores reunidos  que Castro pronunció las palabras claves de su régimen: “Con la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

En los gobiernos totalitarios, ya sean socialistas o neoliberales, del proletariado o de una persona, la homofobia siempre ha sido una práctica constante, uno de sus rasgos distintivos. En unos y otros, en Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, China, Corea del norte, Turquía, Chile y en general durante todas las dictaduras militares en América Latina, y hasta hace un par de años en Nicaragua, la homofobia institucional propició que esos gobiernos fueran indiferentes a las necesidades, primero, y luego a las exigencias de las minorías sexuales; incluso implementaron directamente políticas de represión para eliminar o esclavizar a los homosexuales: en algunos países la sodomía era penada con cárcel, en otros, eran llevados al paredón sin juicio previo: más o menos como sucede hoy en día con los gobiernos dogmáticos en los países del Medio Oriente, como Irán. Los países de Europa del Este, que por mucho tiempo arrastraron con estas prácticas stalinistas, fueron condicionados: sólo si adoptaban leyes antidiscriminatorias a favor de las minorías sexuales podían ingresar a la Unión Europea (Polonia, por ejemplo, aún bajo el gobierno conservador de los hermanos Kaczynski tuvo que cede pues de otra manera seguramente le hubiera sido denegado su ingreso). En todo esto Cuba no ha sido la excepción, pues la dictadura del proletariado, contenida en la persona de un solo hombre, ha violado y sigue violando sistemáticamente los derechos humanos de las minorías sexuales. La homofobia es uno de los puntos que hacen que los extremos políticos se toquen.

Para la siguiente década, la represión se agudizó —esta vez sí como en todo el mundo— con el surgimiento del SIDA. En Cuba rápidamente se crearon los conocidos sidatorios (también llamados “sidaretos”: haciendo referencia a los lazaretos, el lugar donde se encerraba a los leprosos en la Edad Media), una especie de hospitales exclusivos para infectados que en realidad repetían el patrón de confinamiento de las UMAP, pues al ser ingresados los portadores del VIH nunca volvían a salir con la excusa de que así no infectarían a alguien más (a los habitantes, en primer lugar, pero también, y en particular, a los turistas, que allá son vistos y tratados con ciertos lujos de los que carece el resto de la población, aunque paradójicamente hayan sido los propios turistas quienes llevaron y propagaron el virus en la isla). Esto causó una gran polémica a nivel mundial pues los organismos médicos internacionales condenaron la radicalidad de la medida al restringir los derechos humanos básicos de los enfermos sólo por ser portadores de una infección. Pero cuando se trata de regodearse por sus logros, el gobierno cubano vuelve a la carga diciendo y prometiendo lo que ningún sensato se atrevería. Es así como infinidad de veces a lo largo de estos años, uno se puede encontrar en la prensa del mundo con notas en las que la medicina cubana asegura que de sus laboratorios saldrá la vacuna contra el  SIDA, y, además, que será pronto, muy pronto.

Por mucho tiempo, la dictadura impuso un estilo de vida, de sentir, un nacionalismo extremo en el que el cosmopolitismo no tenía cabida, así que mucho menos la homosexualidad (la más visible dentro de las minorías sexuales), pues a los homosexuales siempre se les ha catalogado de exquisitos, elitistas, es decir, ajenos a lo popular. Este proceso no se aceleró de ningún modo con el derrumbe de la Unión Soviética y la consecuente caída del Muro de Berlín. En Cuba, la profunda crisis económica (llamada eufemísticamente “Periodo Especial en Tiempos de Paz”) hizo que la prostitución se agudizará de forma incontrolable y que la sociedad se rebelara como no se había pensado que lo haría: surgió el llamado “Maleconazo”, el éxodo de cubanos hacia Estados Unidos en embarcaciones deficientes que, desde 1995 hasta la fecha, los siguen poniendo en riesgo en alta mar. Fue un movimiento social de y para las propias masas —y no solamente de un grupo para sí mismo, como pudo haberlo sido para la comunidad gay de la isla—, que por momentos sacudió todo el aparato estatal.

En medio de esa profunda crisis social, surgió un caso estremecedor que en su momento no tuvo la suficiente difusión para tomar medidas al respecto. El caso lo muestran los documentales Maldito sea tu nombre Libertad, de los cubanos Vladimir Ceballos y Carlos Sequeira, y el que produjo la televisión sueca, Socialismo o muerte (1995): un grupo de 200 jóvenes, aproximadamente, cansados de la persecución policíaca en su contra por su estilo de vida rockero (escuchaban, por ejemplo, a Nirvana —grupo prohibido por el régimen, como antaño lo fueran los Beatles—, y no podían ni siquiera vestir con ropas negras, portar tatuajes o peinados punks) se autoinocularon el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) con la finalidad de ser encerrados en los sidaretos donde, creían, vivirían mejor al tener un techo y alimento seguro. Y, lo fundamental, sin la persecución policíaca. Todo lo anterior creyendo que pronto se encontraría la cura a esa enfermedad que ellos creían pasajera; al día de hoy no queda un sobreviviente de ese acto suicida. Esta otra juventud rebelde realizó un gesto muy simbólico pues la isla realmente estaba enferma por las medidas tomadas en un nuevo arrebato de autoritarismo.

Desde luego, la tolerancia sexual por parte del régimen sólo cedió al paso del tiempo, y aún así es nula tomando en cuenta que el dogmatismo sigue rigiendo las conductas de los dirigentes y las políticas públicas. En contraparte, en general en las clases populares los gays y travestis han sido más asimilados a pesar del alto grado de machismo que  impera en el pueblo cubano (al igual que en gran parte de Latinoamérica). El verdadero punto de quiebre para la comunidad gay cubana se dio con la película Fresa y chocolate, basada en el relato El lobo, el bosque y el hombre nuevo con el que Senel Paz ganó el premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional a principios de los años noventa. La aguda crítica que el personaje gay hace del régimen y la persecución de la que es objeto por su sexualidad y su actividad cultural en un ambiente opresivo, sólo confirmaron lo que ya se sabía en todo el mundo. Pero fue sólo gracias al rotundo éxito de una ficción que la comunidad mundial ejerció presión para que el régimen pusiera atención en las minorías sexuales de la isla y creara organismos de atención a la salud sexual como el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), que dirige Mariela Castro Espín, sobrina de Fidel.

Hoy en día, a casi 40 años de haberse creado las UMAP y 30 de los sidaretos, la homofobia y la estigmatización persisten, aunque mejor disimuladas. Ya no hay esa marcada intención por erradicar estas “prácticas perversas”, pero sí  un persistente acoso policial que se hace aún más evidente al ir directamente a un grupo vulnerable. De manera constante, los policías pasan intimidando a los “pájaros”: gays y travestis que se reúnen entorno del cine Yara, bajan por la famosa Rampa y pasan la noche en el malecón, frente al Hotel Nacional, en la fiesta perpetua: intentan dispersarlos todo el tiempo, con su sola presencia un policía logra que los grupos que platican en la calle se dispersen y aparten, a otros les piden su carné de identidad y los amenazan con remitirlos a la tan temida cárcel si los vuelven a ver por ahí (porque recuérdese que en Cuba la homosexualidad sigue siendo un delito según el Código Penal obsoleto pero vigente).

El documental La noche abre su flor (2006), del videoasta mexicano Víctor Jaramillo, muestra la persecución de la que todavía hace un par de años eran objeto los transexuales y travestis. Los testimonios son desgarradores pues hablan incluso de que tenían que esconder sus ropas femeninas si no querían ser encarcelados (y dado el tétrico sistema carcelario cubano, se vuelve una cárcel aún más terrible que esa cárcel rodeada de agua, como la calificó Virgilio Piñera). Lo anterior, para no hablar de las puertas que se les cierran al buscar una empleo “normal” y entonces tienen que optar hacer shows en bares y discotecas imitando a algunas de las cantantes pop de moda. A pesar de eso, ante el creciente número de travestis y transexuales, en fechas muy recientes la Asamblea del Poder Popular ha impulsado una ley bajo la que se autorizarían y se practicarían de manera gratuita las operaciones de reasignación de sexo y se reconocería el cambio de identidad en todos los documentos oficiales. Una vez más, el régimen  ha tenido que irse adaptando a los vertiginosos cambios sociales.

Hace un par de años, la televisión pública producía y transmitía una telenovela, La cara oculta de la luna, donde se abordaba de manera muy abierta el tema de la bisexualidad, la homosexualidad, la vida gay y el SIDA. Esto hubiera sido impensable todavía hace muy pocos años, cuando éstos eran verdaderos temas tabú en las oficinas gubernamentales encargadas de la censura. Desde luego, el programa causó sorpresa en la propia sociedad, que no esperaba ver plasmados esos temas como si fuera la vida diaria al verse en una telenovela, el género televisivo que prácticamente paraliza la vida insular luego de la comida —que en Cuba se hace casi entrada la noche.

A pesar de la presencia de Mariela Castro Espín en una institución de gobierno, de su constante defensa de la diversidad sexual isleña y de ser hija de “Raúl” (así, a secas, como llaman en la isla a Raúl Castro Ruz, hermano menor y hoy sucesor “temporal”* de Fidel), los avances por parte del gobierno actual han sido prácticamente nulos en materia sexual. (Dicho sea de paso, entre la población existen constantes rumores sobre la homosexualidad de ambos,: se especula acerca de una posible orientación sexual distinta a la heterosexual tanto de la hija como del padre.) Estas libertades mínimas —verdaderos logros de héroes— se deben a la propia y nada homogénea comunidad diversa de la isla, la cual empieza a organizar pequeñas pláticas informativas entre grupos vulnerables (trabajadores sexuales — “pingueros”, como los llaman allá— y travestis), forma agrupaciones gays en algunas provincias que  comienzan a demandar acciones en su favor y en 2006 organizó el primer Festival de Cine Gay y Lésbico en la capital.

En pleno siglo XXI sorprende corroborar la teoría de Michel Foucault, pues los grados y estilos de poder siguen determinando qué es lo sexualmente prohibido al imponer la normalidad; el propio Foucault decía que el poder no juzga el sexo, lo administra. Mientras esto continúe, el sexo será un detonante de cambios sociales: en el relajamiento de la moral y la modificación de instituciones, leyes, usos y costumbres. Más aún en un país tan sexual como Cuba.

*Este ensayo fue escrito en mayo de 2007, para ser traducido y publicado en la revista de una universidad francesa; en ese momento, Raúl Castro era el sucesor “temporal” de Fidel, pero ya presentía yo que no sería así y que ésa era la forma más sutil de hacer la tan anunciada transición del poder entre los hermanos Castro.