Viernes por la noche. En La Habana se hizo un silencio atronador. Luego de haber vencido 600 veces la muerte, y los cubanos prepararse 600 veces para enterrarlo, llorarlo y empezar de nuevo, llegó la noticia. Dicen que nadie se lo esperaba, porque de tanto esquivar a la muerte, parecía que la había vencido. Por eso todos callaron cuando recibieron el mensaje: un nieto los despertó en la madrugada con la noticia, o un amigo los llamó por teléfono. La muerte le puede llegar hasta a Fidel Castro. Lo confirmó el presidente y hermano Raúl Castro por cadena nacional el viernes 25 de noviembre después de las 10 de la noche.

En Distintas Latitudes recopilamos testimonios de tres jóvenes cubanos sobre lo que les significó la muerte y la vida de Fidel Castro y de la Revolución Cubana, en un mundo donde las ideologías se acaban poco a poco.

Desde afuera. Por Irael Rosado Noa:

[Irael Rosado Noa es colaborador de Distintas Latitudes]

Quito, Ecuador, 2. 43 am. Me despierto. Miro el celular. Varias notificaciones, una destacó: NOTICIA DE ÚLTIMA HORA ACABA DE FALLECER FIDE. Solo fue necesario las primeras cuatro letras del nombre. Se me detuvo el tiempo por un momento.

Grupos de cubanos que viven en Ecuador, creados voluntariamente en las redes sociales, se hicieron eco de la noticia. Los comentarios a favor y en contra del legado de Fidel Castro, pulula como la misma imagen que hoy se erige, como el hombre que puso el nombre de un pequeño archipiélago antillano en la historia mundial.

Pero desde dentro de la Isla, llegan mensajes de colegas, amigos… ¡A muerto Fidel, tristeza en tu tierra, el hecho nos ha golpeado fuertemente, estamos consternados, pero firmes!

En mi mente, sentía los trazos de Oswaldo Guayasamín. Con luz de fondo de la Capilla del Hombre, el artista ecuatoriano ya repetía en la eternidad: “Para mi Fidel es el genio de este siglo, a la altura de América Latina y del Mundo. Fidel es el único personaje que no he podido atrapar en sólo cuadro. Tiene muchas facetas y cada una merece un retrato: su ternura, su memoria, sus conocimientos, su oratoria, su firmeza, su fe en los pueblos, su generosidad, su dignidad… Tendré que pintarlo 20, 30 veces para captar cada una de sus maneras profundas de ser”.

 

Desde adentro. Por Elaine Díaz Rodríguez:

[Extraído del blog personal de la periodista: espaciodeelaine.wordpress.com]

Lo hemos ensayado durante diez años. Desde que se enfermara en 2006 y cediera la mayor cantidad de cargos públicos acumulados en manos de una sola persona en la historia de Cuba. Lo ensayamos antes, incluso. Cuando cayó al piso en medio de un discurso en el municipio Cotorro, de la capital cubana, allá en el año 2004, y las cámaras de la televisión que trasmitían en vivo apuntaron, curiosamente, al cielo. Descubrimos que era hombre, que sudaba, gemía, escupía. Ayer, pasadas las diez de la noche, descubrimos que también moría.

Y cuando amaneció, cuando amainó el paroxismo de las llamadas, había muchas Cuba. Donde dice Cuba, trascienda el espacio geográfico que ocupa en el planeta la isla de once millones de habitantes. Piense en el espacio físico que ha ganado cada uno de sus ciudadanos en el mundo. Las más perceptibles eran la que festejaba la muerte en Miami y la que hacía luto en La Habana. Pero hay quienes habitan en los márgenes del festejo descarnado de Miami y del luto abrazador de La Habana. Hay quienes habitan en el silencio.

Como el anciano de casi 90 años que vive en algún sitio de Campo Florido, un pueblo al este de La Habana. Quiere llorar pero no puede. Hace apenas una semana le diagnosticaron pérdida de la memoria por vejez. Al campesino de Campo Florido –campesino desde los cinco años– le fusilaron a uno de sus hermanos durante la dictadura de Fulgencio Batista. Recibió tierras durante la primera Ley de Reforma Agraria. Cultivó las tierras hasta que hicieron un llamado para ir a luchar a Etiopía en 1977. Se fue a la guerra y regresó. Hubo quienes nunca regresaron. Y también quienes hubieran preferido no regresar. Quiere llorar, pero puede que haya olvidado cómo. Por eso ha salido esta mañana bien temprano al campo, a acariciar con su guataca las tierras de aquella primera Ley de Reforma Agraria.

Sabíamos que sudaba, que escupía, que gemía. Pero no tomamos en serio ninguno de los síntomas. No supimos que moría.

 

“Rescatar a Cuba de la memoria de Fidel”. Por Juan Orlando Pérez:

[Extraído de El Estornudo, una revista digital cubana de periodismo independiente]

Fidel no murió el viernes 25 de noviembre del 2016, sino diez años antes, cuando tuvo que dejar la administración del país a su hermano menor, y resignarse a escribir enigmáticos artículos para Granma. Ningún cubano menor de 18 años lo recuerda bien. Los mayores de 18, los que recuerdan todavía cómo era la vida en Cuba cuando Fidel dominaba cada pequeño aspecto de ella, los periódicos, las películas en los cines, el curso de los ríos y de las corrientes del mar, la forma de cocinar los frijoles negros, se acostumbraron muy rápidamente a no verlo, no escucharlo, no temerlo.

Fidel sabía perfectamente qué entierro le iban a hacer los cubanos, conocía mejor que nadie cada uno de los defectos y vicios de su pueblo, pudo imaginar que habría, por supuesto, un carnavalito en Miami, porque siempre hay un carnavalito en Miami por cualquier quítame allá esas pajas, que escuadras de sus enemigos, arriesgándose valerosamente a recibir una respuesta hostil de otro heroico usuario, lo acribillarían en Facebook o Twitter con los insultos que casi nadie se atrevió a decirle en su cara cuando estaba vivo, y que en la Plaza de la Revolución de La Habana, bajo la filosa mirada de los agentes de la Seguridad del Estado, un millón de mustios hombres y mujeres, y quizás dos millones, o tres, hasta podrían caer esos viejos récords norcoreanos, pasarían frente a sus cenizas y su retrato y pretenderían estar desolados, y que incluso algunos lo estarían de verdad, y llorarían por él como no lloraron por los muchachos de la UMAP, por los escritores y artistas prohibidos durante el quinquenio gris, por los 125 mil marielitos, por las víctimas del remolcador 13 de Marzo, por cada uno de los miles de cubanos que se han ahogado en el Estrecho de la Florida o han sido devorados por los tiburones, por los 75 prisioneros de la primavera negra del 2003, por aquellos que no vieron más a sus padres, o no vieron más a sus hijos, o no vieron nunca más a sus amigos.

Los cubanos podrían ahora rescatar a Cuba de la memoria de Fidel, desfidelizarla, rescribir la historia de la isla con un protagonista colectivo, y no como la canción heroica de un único personaje, más grande que la isla misma. Si cada cubano se pusiera ahora a pensar qué hizo, o qué no hizo, para evitar esta catástrofe, o para hacerla más devastadora, si fuera esta una ocasión para recordar y meditar, en vez de para descorchar el champán o freír chicharrones, Fidel bien podría ser definitivamente enterrado, y su memoria entregada a los historiadores para que le hagan, cuando se pueda, la más rigurosa y justa autopsia. Pero el primer día de Cuba después de Fidel no fue prometedor, no dio ninguna razón para pensar que, sin Fidel, los cubanos van a ser más virtuosos y sensatos. Dondequiera que haya ido a parar, Fidel mira a los cubanos, dispersos por el mapamundi de sus rencores y su cobardía, y se ríe, a carcajadas.