En el escenario internacional contemporáneo, Colombia es sinónimo de violencia, mafias, violaciones a los derechos humanos, pobreza y crisis estatal. A estos sentidos anómicos se les han venido adicionando unos más “positivos”, que vislumbran al país andino como centro productor de cultura y escenario “privilegiado” de la “belleza femenina”. Estos significados, sin embargo, no siempre han estado asociados al imaginario que circula sobre la nación suramericana. Hasta hace cuatro décadas, cuando se hablaba de Colombia, se mencionaba la fortaleza y estabilidad de sus instituciones democráticas, su pujante economía agroexportadora y en algunas versiones extremas, aunque no marginales, su armonía social.

Estas ideas estaban relacionadas con las “realidades” del Estado colombiano. Los regímenes autoritarios que padecieron muchas sociedades latinoamericanas durante el siglo XX fueron en apariencia ajenos al devenir político del país cafetero. Los corporativismos y populismos de izquierda o de derecha no lograron institucionalizarse. La amenaza del comunismo fue confinada “exitosamente” a la periferia geográfica y política del país. La economía colombiana -hasta finales de siglo XX- no se vio afectada por las crisis y guerras internacionales, manteniendo modestos pero sostenidos niveles de crecimiento jalonados por el café -producto de monoexportación- e incentivados por una política económica proteccionista de corte cepalino (Kalmanovitz y López, 2006).

Para esa época, la cultura colombiana se percibía como una de las tantas manifestaciones “folklóricas” o “exóticas” que abundaban en la región. Los problemas sociales parecían muy similares a los del resto de América Latina. La feminidad y la opresión de género, producto de la sociedad patriarcal, era muy similar a la del resto de un continente lacerado por la dependencia económica, el monopolio del poder político, las profundas brechas sociales y las divisiones raciales enquistadas en los proyectos nacionales.

En la década del ochenta se presenta una ruptura en las percepciones internacionales y en las realidades en que se cimientan. La historiadora estadounidense Mary Roldán sintetiza muy bien en el plano de lo simbólico y lo real estas transformaciones a finales siglo XX:

“Para muchos, Colombia y violencia son sinónimos. Después de todo, Colombia produce la mayor parte de la cocaína procesada y enviada al mayor consumidor del mundo […] y padece el crimen y la corrupción que resulta de este comercio ilegal. Colombia también alberga la más antigua insurgencia guerrillera del hemisferio occidental; es el país donde ocurrió la mitad de los secuestros en el mundo durante el año 2000 y donde los paramilitares […] inscriben con motosierras mensajes amenazantes en los cuerpos de sus víctimas, en su mayoría campesinos.[…] [Es un país] donde el Estado central ejerce poca autoridad, [es] una democracia formal donde un puñado de familias monopoliza el control de los medios, la política y la economía (legal) del país. (2003: 17).

En este contexto se adicionan otros elementos a la representación de la colombianidad. Me refiero por un lado a aquellas visiones que exaltan la “belleza y sensualidad” de las mujeres de este país y, por otro, a la idea de que la sociedad colombiana es un centro productor y exportador de cultura. No me interesa discutir qué tan ciertas son estas percepciones, debido a que categorías como “belleza” no son realidades objetivas, sino construcciones sociales e históricas basadas casi siempre en prejuicios racistas, clasistas y machistas. Tampoco me parece importante dilucidar si en realidad existe esta “industria”, en la medida en que la cultura colombiana de exportación de hoy tiene como matriz la cultura popular secularmente excluida y menospreciada por la élite, pero producida por empresas globales del entretenimiento, lo que le quita el carácter “nacional” a la empresa -con excepciones-. Propongo hablar más bien de procesos de mercantilización de la belleza femenina y de la cultura nacional popular.

El proceso mediante el que la sociedad colombiana comienza a ser percibida internacionalmente como anómica, es paralelo al proceso de mercantilización de su cultura y feminidad. Estas representaciones se funden en una idea de la mujer colombiana como una “muñeca de la mafia” tropical. La colombiana no es la primera ni la única sociedad latinoamericana que vive estos procesos: la región entera sufre la mercantilización de la “belleza femenina” y de la cultura popular. La especificidad colombiana, sin embargo, es la sinonimia con la anomia o lo fallido de sus instituciones.

Como ejemplos en los que se condensan los sentidos que se le han adicionado a la colombianidad, se pueden mencionar dos libros testimoniales posteriormente llevados a la televisión y exportados al resto de Latinoamérica. Me refiero a El cartel de los sapos y Sin tetas no hay paraíso. La circulación que han tenido los textos y las producciones de televisión en el mundo de habla hispana, son un claro ejemplo de cómo Colombia se ha convertido en un centro de producción cultural -no necesariamente nacional-. La forma cosificada en que es retratada la mujer en estas representaciones -en tanto juguete y/o instrumento de los narcos-, condensa los sentidos anómico y machista de la colombianidad de los que he venido hablando.

No se puede negar que las realidades se reflejan en las representaciones. Sin embargo, éstas no son espejos de aquellas, y una sola manifestación no agota todo el panorama de lo real. Los mencionados productos culturales contienen memorias de actores inmersos en procesos sociales acotados. En un país donde la violencia parece endémica, las memorias asociadas a hechos extremos son abundantes y variadas. La mayoría de esos recuerdos no salen del espacio privado y sólo algunos toman la forma de testimonios escritos, obras literarias o series de televisión.

Obviamente es la industria editorial y televisiva globalizada la que selecciona qué se publica o se graba. La percepción sobre la mitad de la población colombiana no debe formarse tomando como base una sola representación, seleccionada por los grandes consorcios mediáticos cuyos fines mercantiles son evidentes. Para formarse un criterio completo y complejo de la condición de las mujeres en el marco de las violencias colombianas, hay que tener en cuenta la realidad de la mujer indígena, campesina y afrodescendiente; que sufre la acumulación de la opresión de género, clase y raza. No se puede dejar de lado el testimonio de la joven de los barrios populares que no tiene posibilidades de estudiar o conseguir un trabajo digno. No se puede obviar el testimonio de valientes luchadoras sociales que son encarceladas por sus ideas y separadas arbitrariamente de sus familias. Hay que tomar en cuenta la memoria de la mujer expulsada de su territorio por la voracidad del gran capital y que llegada a la ciudad, ve morir a sus hijos en manos de la autoridad y ella misma es asesinada cuando con dignidad se convierte en defensora de los derechos de su gente.

Si para alguien es suficiente con la versión mercantilizada de la mujer colombiana propuesta por los grandes emporios mediáticos, aporta mucho con su silencio.

La señora de la fotografía es Ana Fabricia Córdoba Cabrera, luchadora social antioqueña, asesinada el 7 de de junio de 2011 en Medellín.

Bibliografía

Kalmanovitz, Salomón y Enrique López Enciso. 2006. La agricultura colombiana en el siglo XX. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, Banco de la República.

Roldán, Mary. 2003. A sangre y fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953. Colombia: Instituto Colombiano de Antropología e Historia -ICANH-.