Por Natalia Rivera Hoyos

Un año antes de engullir un puñado de píldoras, en febrero de 1942, para quitarse la vida, Stefan Zweig publicó un libro sobre las impresiones del país que había elegido, casi por azar, para vivir el exilio. “La primera impresión que da este país –escribió- es de una opulencia perturbadora. Todo es intenso, el sol, la luz, los colores. El azul del cielo es aquí más vivo, el verde es más cargado, la tierra es compacta y roja; ningún pintor podrá encontrar en su paleta tonos de color más deslumbrantes, más irisados de los que aquí tienen las aves en su plumaje, las mariposas en sus alas.” Inmediatamente después, como consecuencia casi obvia, la impresión de lo natural se reflejaba en el orden económico: “aquí se originaron con secuencia casi regular crisis de superproducción, únicamente porque todo corre demasiado rápido y fácil; Brasil, luego que comenzaba a producir alguna cosa, tenía siempre que contenerse para no producir de más.”

Aunque era el tono usual de las impresiones americanas en ojos europeos –la naturaleza exuberante, la fertilidad del suelo, la riqueza de lo natural- el argumento, por supuesto, no vale para las crisis; y poco, a decir verdad, para las economías del subcontinente en la segunda mitad del siglo xx. Aunque los pronósticos económicos para Brasil al cerrar el año pasado eran de los más optimistas en la economía mundial,[1] la crisis financiera que explotó a finales de 2008 ha empezado a resentirse y ha provocado reajustes en las estimaciones de crecimiento. Algunas de tonos poco alegres, como la de The Economist, que cambió su pronóstico de crecimiento brasileño para 2009 de 2.4 a 1.6% sobre cifras que también se van encogiendo: la inversión directa bruta caería en 8%, mientras que el consumo privado lo haría en 0.8% y la demanda agregada en 1.5%, siempre y cuando el gobierno mantenga sostenido su consumo. Sería, por lo tanto, el fin de cinco años consecutivos de crecimiento brasileño.[2]

Y es que el desempleo ha empezado a crecer. En enero se perdieron, según el Ministerio de Trabajo, 101,748 empleos formales, sumados a los casi 655 mil que se perdieron en diciembre y a los 40 mil de noviembre. Las cifras remataron la tendencia, pues entre enero y octubre del año pasado se habían generado 1,45 millones de puestos formales, 10% menos que en el mismo periodo del año anterior. El sector más golpeado ha sido el industrial, seguido por el comercial y el agrícola. Pero los brasileños no se han cruzado de brazos, pues saliendo a las calles lograron borrar la mano invisible del mercado laboral. En el sector metalúrgico, por ejemplo, se ha firmado más de una veintena de acuerdos entre empresarios, trabajadores y gobierno, para reducir salarios y jornadas, pero conservar puestos.

El gobierno federal también prepara pintar su mano en otros sectores de la economía. La política monetaria estará a la orden del día. Las instituciones financieras públicas, El Banco de Brasil y la Caja Económica Federal, alistan grandes paquetes de créditos, préstamos y financiamiento para inyectar liquidez a la economía, con un presupuesto base de 21 mil millones de dólares; podrán comprar instituciones financieras en dificultades, y asistirán la estrategia federal de gasto público, el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), que cuenta con 9,200 millones de dólares asegurados en el presupuesto de este año, pero que con aumentos y nuevas liberaciones, suma poco más de 23 mil millones de dólares. Las empresas estatales federales deberán liberar, al menos, 17,500 millones de dólares en inversiones para ayudar a empresas nacionales a que les suministren insumos y materias primas, mientras que el apoyo al sector agrícola sumará 6,500 millones de dólares mediante créditos y ayuda a cooperativas. La idea, en general, es financiar proyectos que mantengan la demanda agregada interna, y para ello, los instrumentos monetarios ofrecen mayor velocidad de reacción que otros instrumentos, incluso que los fiscales. Sin embargo, también se aprobaron reducciones tributarias que contemplan alrededor de 3,700 millones de dólares para impulsar el consumo.[3]

Brasil ha planteado una canasta de muchos huevos: ha puesto a funcionar créditos, préstamos, financiamientos, programas de transferencias directas, inversión pública, reducción de la tasa de interés, nacionalización de banca, recortes tributarios y pactos laborales con empresarios y trabajadores. Ello porque las características de esta crisis exigen remiendos y bomberazos por todos lados. Si bien es necesaria la liquidez y tasas de interés bajas, mayor liquidez no garantiza aumento de la oferta de crédito, mientras que mayor oferta de crédito tampoco garantiza mayor demanda de bienes. La Cepal considera que “si bien la política monetaria y aun la cambiaria deben formar parte de un conjunto ordenado y coherente de medidas, es la política fiscal la más potente en estos casos”.[4] Pero no cualquier política fiscal, sino una orientada a aumentar el gasto y no solamente a reducir impuestos, pues el aumento del ingreso disponible eleva las probabilidades del ahorrar sobre el gastar en tiempos de incertidumbre.

Gran parte de la viabilidad y del éxito de estas medidas dependerán de la disponibilidad de recursos para financiarlas, del «espacio fiscal» que pueda tener Brasil para ejecutar su política contracíclica. Tras cinco años de crecimiento consecutivo, la administración brasileña ha logrado ahorros y reservas suficientes para respaldar su proyecto (en 2008, las reservas internacionales sumaron 206,860 millones de dólares, y aunque el saldo en cuenta corriente de la balanza de pagos es negativo, no llega a 2% del PIB nacional). Lo que no ha logrado el proyecto político de izquierda ha sido cambiar la configuración social del país. Son ya más de 195 mil millones de habitantes, de los cuales 21.5% vive con menos de 2 dólares al día, y 61% del consumo nacional responde al gasto del 20% más rico de la población.[5] En política, lo decisivo será el próximo año, cuando el gobierno de Lula da Silva tenga que rendir cuentas en las elecciones generales. La favorita del presidente para sucederlo es Dilma Roussef, jefe de gabinete y coordinadora del PAC. El fracaso económico daría, por lo tanto, la victoria a la oposición, al posible candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), José Serra, actual gobernador del estado de Sao Paulo, entidad que aporta un tercio del total del PIB nacional. Sería el fin, junto con el del crecimiento económico ininterrumpido, del gobierno izquierdista del PT, pues el PSDB ha ocupado, desde el fin de la dictadura militar en 1985, un nicho importante en la política brasileña, el de un ánimo modernizador, pero de posturas económicamente conservadoras: la elección de empresarios y profesionales de las clases media y alta, que, como grupo, han crecido y se han fortalecido económica y numéricamente en los últimos cinco años. Al final, antes de augurar victorias o fracasos, habrá que ver en qué resultan los huevos de la canasta. Y si Brasil se mantiene a flote con estas medidas, el crecimiento económico podrá empezar a repuntar para mediados del próximo año.


[1] La última estimación de 2008 del Fondo Monetario Internacional auguraba para Brasil un crecimiento de 3% de su PIB, 0.8% arriba de la media mundial. México cerró el año con una estimación de 0.9%, mientras que Japón, Francia, Italia, Estados Unidos, España, Alemania y el Reino Unido, por ejemplo, cerraron con estimaciones negativas.

[2] Véase “Set to Shrink”, The Economist, publicado el 25 de febrero en su página electrónica. http://www.economist.com/agenda/displaystory.cfm?story_id=13175859.

[3] Cepal, La reacción de los gobiernos de América Latina y el Caribe frente a la crisis internacional: una presentación sintética de las medidas de política anunciadas hasta el 30 de enero de 2009, Santiago de Chile, Naciones Unidas, 2009. Disponible en su página electrónica.

[4] Ibid., p. 4.

[5] PNUD, Relatório de Desenvolvimento Humano 2007/2008, Nueva York, 2007, tabla 3 y tabla 15. Disponible en http://www.pnud.org.br/arquivos/rdh/rdh20072008/hdr_20072008_pt_complete.pdf