Por Carlos González

Hace algunos meses, viajando en el metrobus de la ciudad de México, llamó mi atención una cartel que anunciaba la exclusividad de los primeros vagones para niños, mujeres, personas con discapacidad y adultos mayores. En términos de eficiencia, la medida ha resultado insuficiente en su aplicación: mientras los primeros vagones llevan, buena parte del tiempo, varios asientos desocupados, en los vagones traseros los “hombres sin atributos” se apretujan unos sobre otros, confirmando, mediante el hedor que despiden sus cuerpos a las dos de la tarde y en esas condiciones, que son seres desagradables y peligrosos, frente a los que hay que proteger a aquellos indefensos en los vagones de adelante.

Hará unas dos o tres semanas, pensando no sé qué o no recuerdo qué (no sé o no recuerdo, tampoco, si en el momento sabía realmente lo que pensaba), volví a notar el letrero aquel que, con una multiplicación de señaléticas (la figurilla de una mujer en falta, una cabeza con ruedas para las personas con discapacidad, personitas simpáticas para los niños, y figurillas encorvadas con tres piernas para los “adultos mayores”), restringía el paso para los primeros vagones. Lo que pensaba (y que no recuerdo qué era), me hizo pensar más sobre el letrero aquel: ¿qué sentido tiene esa división exacerbada?, ¿qué me dice sobre la cultura pública de la ciudad?, ¿qué consecuencias puede tener en términos de convivencia social?, si una división siempre supone, en el orden humano de las cosas, una jerarquía, ¿quién es aquí el paria y quién el superior?

Desde hace décadas vimos desatarse esta ansiedad clasificatoria, una supuesta reacción al modelo decimonónico y liberal del individuo moderno: hombre, adulto, sano e inteligente. Y digo una reacción porque el ímpetu clasificatorio intenta dar nombre a lo que aquel modelo dejaba fuera, en un acto presuntamente justiciero. Mientras el proyecto liberal-ilustrado postulaba una legislación universal, basada en el principio de igualdad (lo que no suponía erradicar las divisiones que, sin coartar las libertades de los demás, pudieran producirse en el seno de la sociedad), de las últimas décadas del siglo XX para acá hemos visto el asalto del sentimentalismo clasificatorio a la legislación: ¿legislación universal?, ¿trato igualitario? No, no hay “seres humanos”: hay mujeres, niños, niñas, adultos mayores, indígenas, personas con discapacidad, etc., que requieren legislación especial y vagones especiales.

Tras la masificación de la virtud, el hombre moderno, sin perder ni su racionalidad ni su salud, fue aquel antihéroe que ya dibujaba Baudelaire o incluso Stendhal: este patético personaje que cree que puede y no puede, que sueña y no logra, que, tras el impulso de la juventud no le queda, llegado a los treinta, sino vivir su vida y morirse lo mejor que pueda. ¿No es acaso este personaje el resto del sistema clasificatorio que se articula hoy en día?, ¿qué queda si quitamos a las mujeres, a los niños, a las personas con discapacidad y a los adultos mayores sino ese hombre mediocre en todos los sentidos, ese fétido personaje que va y viene una y otra vez, cada día todos los días, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, y que ahora es un peligro para los seres sagrados?

Pero desde el discurso de la reivindicación, lo que queda es el hombre tiránico: opresor de las mujeres, indiferente frente a las personas con discapacidad, violento con los niños e insensible frente a los “adultos mayores”; este hombre tiránico que ha hecho, desde la fundación falocentrista de la sociedad, todo para beneficiarse. Y helo, sin embargo, aquí, junto a mí en el metrobus, cansado, hediondo, alguno enamorando a la chica dos asientos adelante, sabiendo, sin embargo, que carece del carisma para compensar su mala facha; otro, con un juguete evidentemente nuevo entre las manos, piensa en llegar a su casa para sorprender a un niño que probablemente será un poco malagradecido – como todos. Otro se rasca la nariz, mientras estudia detalladamente el patrón de círculos en el tapete del vagón; otro lee el periódico y lo levanta hasta tapar su rostro al descubrir que lo observo. En fin: Helo aquí, al hombre, junto a sus pares, hombres de mediana edad y más o menos buena salud, sus cómplices en su histórica imposición sobre los débiles, viendo de lejos a sus víctimas: mujeres, niños, adultos mayores, personas con discapacidad.

Del otro lado, calmos en los brazos de un Estado protector, las otrora víctimas dan sus primeros respiros en paz: mujeres, niños, adultos mayores y personas con discapacidad descansan del vértigo al que fueron expuestos en su contacto con los hombres, esos seres despreciables que se amontonan en el vagón de atrás, amenazantes tan cual pueden ser. Bendito sea el cristal que nos separa. Por fin la mujer puede liberar sus virginales curvas de la lasciva mirada de aquellos cerdos. “Niños y mujeres primero…”, rezaba un precepto que desde el siglo XIX predominó en el código de conducta para los marinos. Lo interesante aquí es que, mientras en aquel código eran los hombres los que lo aplicaban y mostraban su virtud en su aplicación, aquí, lo que se postula en el acto clasificatorio es, precisamente, una instancia que ordena, la idea del Estado como un tercero que no es ni el hombre virtuoso ni la mujer necesitada, sino el ente que se interpone entre el hombre amenaza y el ser vulnerable.

Y téngase bien claro que no me opongo a ninguna medida que aporte a la nivelación de oportunidades entre los individuos.  Lo que intento aquí es reflexionar sobre cómo opera todo este sistema clasificatorio no en un plano ético-político, sino en un nivel más complejo de discursividad, intersubjetividad y recursos identitarios: imaginar las fronteras que delimita, los cortes que realiza en el (des)orden social para la promoción de nuevos órdenes y las valoraciones consecuentes que acompañan dichos órdenes.

Porque, como decía arriba, en el orden humano de las cosas la igualdad se puede postular pero es casi imposible de asimilarse y de regir, en realidad, la vida cotidiana de los seres. De este modo, aunque el especialista en género o en accesibilidad pueda tener claro que no se está postulando ni una desigualdad esencial ni una jerarquía en el orden social (que ni el especialista ni la claridad se dan muy seguido), la apropiación del discurso especializado por parte de la cultura pública supone una articulación mucho más laxa en términos lógicos y profundamente afectiva: víctimas, victimarios; imposición, represión social; machismos, malditos hombres (todos), pobres mujeres (todas), pobres personas con discapacidad, no pueden hacer nada, hay que ayudarles a hacer todo; pobres “viejitos”, hay que dejarlos hacer canastitas para que se sientan útiles…

Si la idea de la igualdad es difícil de asimilar, en un argumento de temperatura teológica se dice todavía que sí, somos iguales, pero diferentes…o sea que el padre es el hijo y el espíritu santo, uno y al mismo tiempo, y cuando digo una cosa digo otra. ¿Qué le queda a cualquier persona no especialista en estos temas, sino dejar de lado la igualdad, tomar el lado de la diferencia, meterle un twist maniqueo y vivir con ello su vida?  Los cristianos, la masa de cristianos no dedicados a la reflexión teológica sino a vivir sus vidas, no han hecho otra cosa con la Santísima Trinidad y todas las paradojas que fundan la doctrina cristiana: ser uno y tres, hombre y dios, madre y virgen, etc. La pregunta de la cultura pública, en la que es posible fundar realmente la vida cotidiana es: dime quién es el malo, quién es el bueno y cómo le hago para caerle bien.

En fin. Creo que pude haber empezado con el final y llegar después al principio. Lo que intenté, en todo caso, es presentar una aproximación, novelesca y de primer intento, al asunto del orden social, la identidad y el postulado de igualdad a la luz de estas estrategias de clasificación y división social. Cabría, en un segundo momento, distinguir entre los órdenes producidos por la articulación y rearticulación casi espontánea de los sistemas culturales, de los órdenes pretendidos por estrategias decididas de manera consciente por instancias de gobierno, a fin de distinguir y reflexionar sobre sus distintas manifestaciones y consecuencias.