Por José Luis Lezama

Nada resulta más amenazante para la sobrevivencia humana y para la vida en general que el exitoso proceso de deforestación que está teniendo lugar hoy día a escala mundial. Los árboles, los bosques y el reino vegetal en su conjunto no son únicamente elementos decorativos sino componentes insustituibles de la llamada fábrica de la vida. La deforestación se ha venido produciendo desde hace algunas centurias y ha estado asociada a la industrialización, a la industria forestal, al desarrollo de la agricultura comercial y a la de subsistencia, al inmenso crecimiento de la ganadería que, a su vez, responde a la gran demanda de carne en el mercado, al crecimiento demográfico y a sus patrones de consumo, a la urbanización y su avance sobre suelo de conservación, así como a su demanda energética y de recursos provenientes de distintos ámbitos regionales.

Los bosques cubren cerca de 4 mil millones de hectáreas, lo cual equivale al 30 por ciento de la superficie del planeta. Del total a nivel planetario, el 56 por ciento está integrado por los llamados bosques tropicales y subtropicales. Existen diversas formas de valorar la importancia de los bosques, la más usual es aquella que los aprecia en función de su papel para satisfacer las necesidades humanas. Desde este punto de vista pueden ser considerados como multifuncionales, puesto que satisfacen una gran cantidad de necesidades brindando beneficios económicos, culturales, ecológicos y recreacionales. Entre los diversos beneficios que brindan pueden mencionarse los productos forestales, la producción de oxígeno, la retención del carbono, la regulación de la humedad y la temperatura, la formación de humus y suelo, la recarga de los mantos acuíferos. Pero además de estas funciones relacionadas con las necesidades humanas, los bosques llevan a cabo una más importante, que es la de asegurar la biodiversidad y la permanencia misma de la vida en el planeta.

En lo que respecta a México, según el Inventario Nacional Forestal (SAHR 1994), el 29 por ciento del territorio nacional (56.5 millones de hectáreas) está cubierto por bosques y selvas. De éstos, el 54 por ciento (30.2 millones de hectáreas) son bosques de zonas templadas y el 46 por ciento (26.3 millones de hectáreas) son selvas y bosques tropicales secos. No obstante la importancia de los bosques en México, la producción forestal no posee una gran relevancia económica en relación al producto interno. A principios de los años noventa la producción comercial de madera era poco menos de 1 por ciento del PIB nacional; su participación disminuyó en más del 20 por ciento desde 1987. De hecho el propio gobierno no ha destinado una parte significativa del presupuesto agropecuario a esta actividad. Históricamente, las inversiones realizadas por el gobierno en el sector forestal no han alcanzado el 5 por ciento del presupuesto total destinado para la agricultura. La producción de madera y la industria forestal mexicanas no están consideradas como internacionalmente competitivas porque, por una parte y de acuerdo con el Banco Mundial, los costos de producción son muy altos y, por otra parte, por problemas de gestión y de carencia de infraestructura.

Según lo demuestran algunos especialistas, el proceso de deforestación en México se ha traducido en una pérdida anual de 86 mil 718 hectáreas de bosques templados y de 263 mil 570 hectáreas de bosques tropicales, que suman una pérdida total de 350 mil 288 hectáreas (Barton y Merino, 2004). Tan sólo en la última década, las estimaciones van desde las 316 mil hasta las 769 mil hectáreas al año. De acuerdo con la FAO, esta cifra alcanza las 631 mil hectáreas anuales, lo que coloca a México como el quinto país que más superficie deforesta cada año.

De acuerdo a especialistas, la primera causa de deforestación en México es el desmonte agropecuario, seguido de la tala ilegal y los incendios forestales. Sin embargo, en regiones como la Lacandona y el sureste de Campeche, la extracción forestal precede claramente a la expansión de la agricultura y la ganadería, haciendo el proceso de deforestación secuencial y multicausal (Barton y Merino, 2004).

Los incendios forestales son responsables de la afectación de superficies importantes en todo el país, principalmente durante la época de secas. Entre los años 1998-2000 el territorio afectado por incendios superó las 300 mil hectáreas, destacando especialmente el año 1998, en el cual se registró un incremento del 50 por ciento en la ocurrencia de incendios.

A pesar de que los incendios se consideran un riesgo natural, la mayoría de éstos están asociados a actividades humanas, principalmente a las agropecuarias como la quema de pastos y la práctica de roza-tumba y quema. Los bosques están desapareciendo a una tasa de 0.79 por ciento o 2 mil 672 kilómetros cuadrados al año. Aunque en algunos estados la superficie arbolada se ha recuperado, como sucede principalmente a lo largo de la Sierra Madre Oriental, en otros se observan las tasas más elevadas de deforestación, como los localizados en la Sierra Madre Occidental, el Bajío y el centro del país. Las selvas son deforestadas a una tasa casi del doble (1.58 por ciento anual), y en las zonas como la Huasteca, Yucatán y Veracruz a una tasa que rebasa el 2.5 por ciento.

De la deforestación anual en México, que llega a las 500 mil hectáreas, el sureste del país es el más afectado, ya que ahí se pierden casi 200 mil. Aunado a esto se tiene que con la pérdida del bosque están en peligro de extinción 162 especies de flora y fauna. De acuerdo con un análisis del Centro de Estudios para el Desarrollo Sustentable (Cespedes), se ha perdido más de la mitad de los bosques templados de coníferas y encinos.

Los estudios existentes sobre las causas sociales, económicas y ambientales de la deforestación sostienen que una alternativa para frenar el proceso de desaparición o deterioro de los bosques es la gestión comunitaria, la cual ha mostrado también su eficacia en la reducción de los incendios. Barton y Merino (2004) mencionan en sus trabajos diversos ejemplos exitosos de este tipo de manejo, los cuales incluyen casos mexicanos. No obstante, una política de esta naturaleza deberá hacerse con mayor voluntad política y mayores recursos económicos. La deforestación representa una grave amenaza para el desarrollo futuro de México. Es uno de los problemas sobre los que deben poner especial atención quienes hoy aspiran a dirigir a este país y sobre el que deberán proponer soluciones que logren superar lo poco que se ha logrado. Estos son tiempos que exigen tomar decisiones basadas en un conocimiento más profundo sobre las causas y las consecuencias de este fenómeno, lo cual exige iniciar un análisis más profundo complementado por la discusión y el debate de propuestas. Los candidatos van a tener que demostrar que poseen algo de lo que hasta la fecha se ha carecido: voluntad, compromiso e imaginación política.