Los episodios migratorios más importantes de América Latina evidencian que no existe, por supuesto, un solo patrón en la región. Mientras que los países de Centroamérica, México y el Caribe son netos expulsores de migrantes desde hace varias décadas, otros países –especialmente del Cono Sur– deben su pluralidad cultural a la constante recepción de variopintos inmigrantes durante muchas décadas entre los siglos XIX y XX. Incluso países vecinos como Brasil y Bolivia son ejemplos de historias migratorias disímiles. Mientras que la población andina ha tendido a explorar nuevos horizontes fuera de sus fronteras, principalmente por razones económicas, la sociedad carioca está en deuda con decenas de comunidades inmigrantes que han configurado su naturaleza multicultural.

La migración boliviana hacia Brasil, fenómeno agudizado por la globalización, se trata, brevemente, de un movimiento de poblaciones relativamente nuevo, cuyos pioneros llegaron, en cantidades significativas, a finales de la década de los años setenta. Tal ambiente globalizador, desigual y desequilibrante respecto a las disparidades entre países y sociedades cada vez más acentuadas, ha favorecido la industrialización y las exportaciones brasileñas, mientras que ha perjudicado las actividades agrícolas y, sobre todo, los niveles de vida de millones de bolivianos, prueba de que ha beneficiado el libre intercambio de bienes y capitales, olvidando casi por completo el libre tránsito de individuos. En ese contexto, países como Bolivia han sufrido programas de ajuste económico (liberalización de mercados financieros, disminución del gasto público y desmantelamiento del Estado incluso en sectores esenciales) que han significado mayor pobreza, marginación y desencanto con las promesas políticas locales. Por el otro lado, la globalización ha favorecido a países como Brasil (no sin bemoles, por supuesto) en cuanto han incrementado sus capacidades industriales, manufactureras y comerciales y se han convertido en los motores de procesos de integración comercial y política en sus respectivas regiones –y Mercosur es el ejemplo sudamericano más acertado.

En 2007 había poco menos de dos millones y medio de bolivianos viviendo en el exterior. Se trata de un porcentaje impresionante respecto a la población que se queda en Bolivia (25%) que sólo es similar a la de países como México con una larga historia de emigración. Un segundo dato sorprendente es que 40% de esos emigrantes (alrededor de un millón de bolivianos) salió recién entre 1999 y 2007. Resulta relevante el dato: un millón de bolivianos dejaron su país en los años inmediatamente previos al gobierno de Evo Morales. Sin sugerir por tanto que con la llegada del MAS al poder la emigración haya disminuido drásticamente, parece posible pensar que los periodos de crisis económica que precedieron a Morales tuvieron efectos decisivos en los movimientos migratorios.

Las remesas de los emigrantes bolivianos equivalen a 8.5% del PIB. Es, después del gas natural, la segunda fuente de ingresos para el país. Estas remesas, que ascienden a más de mil millones de dólares cada año, están sorprendentemente equilibradas entre los distintos estratos sociales (el quintil más pobre recibe 30% de éstas, mientras que al más rico corresponde 25%). Ahora bien, estas remesas eran responsables, entre 1999 y 2005, de 2.3% del crecimiento económico, pero a partir de 2006 su relevancia ha caído a 0.27% sin que el valor de las remesas haya disminuido (muy al contrario, pues éstas no dejan de aumentar). Esto significa que el Estado boliviano ha logrado diversificar y mejorar la economía y que los lazos de las familias con el exterior, si bien siempre importantes, no serán imprescindibles como en años anteriores.

Brasil se ha convertido en el destino de mayor crecimiento relativo entre los emigrantes bolivianos (en 2007 había cerca de 300 mil, por lo que es el cuarto país receptor) después de España. Además, la suma de todos los inmigrantes bolivianos en otros países de Latinoamérica y Europa (excepción hecha de España) no alcanza la cifra de inmigrantes en Brasil[1].

Brasil, por su parte, recibió varias olas migratorias, especialmente del Sur de Europa y de Japón, durante varias décadas a finales del siglo XIX y principios del XX. Italianos, portugueses y españoles, pero también alemanes y polacos, no cesaron de llegar a Brasil, junto con los japoneses, hasta bien entrada la década de los años cincuenta. No fue sino hasta los años setenta que Brasil equilibró su tasa migratoria (el número de inmigrantes comparado al de emigrantes), y hasta diez años después que tuvo, por primera vez en su historia, una tasa inclinada a la emigración (principalmente hacia los Estados Unidos). Esa condición dual –como tantas otras del Brasil contemporáneo– entre la recepción y la expulsión de migrantes, es más una ventaja que una ambigüedad. Por un lado, es cierto que existen redes criminales que extorsionan a los brasileños dispuestos a emigrar hacia el norte, así como grupos empresariales son escrúpulos que, por abaratar costos, deciden contratar a extranjeros que llegan a Brasil sin otorgarles ningún tipo de seguridad social ni salarios justos. Pero por el otro lado, promover políticas de integración y asistencia a los inmigrantes podría ayudar a la diplomacia brasileña, no sólo frente a los países de donde provienen sus inmigrantes, sino también frente a aquellos Estados que reciben a sus ciudadanos migrantes.

Pero muchas veces las promesas se quedan vacías. Según el historiador carioca Luiz Felipe de Alencastro, la gran mayoría de los inmigrantes ilegales en Brasil carecen de acceso a educación, salud y seguridad social por disposiciones legales; y lo cierto es que un buen número de los bolivianos en Brasil son ilegales, al punto que, aunque su migración es cada vez más significativa, Bolivia no aparece en la lista de los veinte países que en 2004 recibieron más permisos permanentes de trabajo por parte de Brasilia. Como en muchos otros países, los inmigrantes ilegales en Brasil viven en la miseria o en situaciones muy precarias y carecen, generalmente, de las calificaciones laborales necesarias para obtener puestos en la economía formal. Irónicamente, ya sea por cuestiones de seguridad o por cierto recelo e intolerancia cultural, mientras el gobierno y la sociedad intentan regularizar estas situaciones –o en el peor de los casos, limitarla–, algunos sectores empresariales brasileños aprovechan de la ilegalidad de muchos migrantes para contratarlos en condiciones injustas e inhumanas para abaratar costos salariales, aumentar la producción y limitar el pago de impuestos. Las cifras oficiales sugieren que no hay más de 50 mil bolivianos trabajando legalmente en todo Brasil (sobre todo los estados fronterizos de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul y en Sao Paolo), pero los diversos cálculos insisten en que, tan sólo en la metrópoli paulista, viven entre 80 y doscientos mil bolivianos.

Decíamos ya que el aumento de la migración entre Bolivia y Brasil es un fenómeno reciente y de incremento sostenido, y es que, si bien su número real no supera al de grandes comunidades migrantes instaladas en Brasil desde hace muchas décadas (portugueses, japoneses, libaneses, italianos o argentinos), entre 1990 y 2000 la comunidad inmigrante boliviana fue la tercera de mayor crecimiento relativo en Brasil (alrededor de 29.5%), tan sólo detrás de la paraguaya (47%) y la peruana (70%, aunque esta migración es muy reciente y todavía no alcanza cifras considerables)[2]. Pero la llegada de más bolivianos a Brasil no es garantía de considerables mejoras en sus propios niveles de vida, pues el trabajo que realizan es, en muchas ocasiones, uno depauperado y explotado. En un ambiente de globalización y liberalismo, donde los procesos de industrialización nacional están muchas veces supeditados a la especulación financiera o, en todo caso, a la competencia con Asia por el mercado de manufacturas baratas, la inmigración boliviana no se inserta en un marco de trabajos cada vez mejor remunerados, como pudo serlo el impulso industrializador de los años cincuenta y sesenta que aprovechó a la mano de obra de las migraciones internas brasileñas. Al contrario, con un escenario de crisis durante los años ochenta (tan sólo mejor a la propia crisis boliviana) los inmigrantes bolivianos parecieron condenarse a una vida de pauperización laboral y casi lumpen proletarización en la medida que eran contratados, muchas veces ilegalmente, por empresarios nada preocupados por mejorar sus condiciones de vida y trabajo.

La movilidad social es un premio raro que parece difícil de alcanzar, y una vez logrado las disparidades con los inmigrantes recién llegados es brutal: mientras que un boliviano “ilegal” en Brasil ganará entre 50 y 200 dólares mensuales, más de 60% de los inmigrantes bolivianos con papeles y permiso laboral son dueños de sus casas y/o de sus unidades de producción (talleres, pequeñas fábricas, proveedores de servicios…)[3]. Sin duda los bolivianos enfrentan varios retos al instalarse en Brasil: no hablan el idioma y, en términos generales, llegan al país con niveles educativos menores a los de cualquier otro grupo inmigrante, excepto por los paraguayos. Esas desafortunadas condiciones los dejan en un estado de vulnerabilidad ante el gobierno brasileño, los empleadores, la administración y la impartición de justicia o provisión de bienes públicos; mientras que los inmigrantes uruguayos o chilenos, con mejores niveles educativos, ocupan puestos en sectores como la educación, las finanzas o las artes, los inmigrantes bolivianos suelen encontrar trabajo en maquilas, en pequeñas industrias o talleres e incluso en el campo.

El Estado brasileño debiera ser mucho más estricto en cuanto al respeto de las libertades laborales de los migrantes y mucho más flexible en sus leyes sobre inmigración e integración social. Por otro lado, un país como Bolivia, tan dependiente de sus remesas y de la laboriosidad de sus compatriotas en el exterior, debería modificar sus propios proyectos económicos y sociales, de tal suerte que la movilidad laboral dentro del país sea más sencilla, aumenten los ingresos y disminuyan drásticamente las disparidades. De esta manera podrían darse pasos importantes en pos de la disminución de las desigualdades que el proceso globalizador trae consigo. No podemos permitir que la migración (sobre todo siendo inherente a la mundialización) se convierta en un flujo de mano de obra barata que, debido a severas leyes migratorias y de integración social, sea fácilmente explotada y cuyos derechos económicos y sociales no sean respetados. Migración si (y mucha); desigualdad, explotación, intolerancia y arbitrariedades legales, no.


[1] Todos estos datos provienen de la CEPAL y fueron citados, al igual que los referentes a las remesas, en “Bolivia: Migración, remesas y desempleo”, Comercio Exterior, Vol. 16 (2008), N. 159, pp. 3 a 17. (Publicación del Instituto Boliviano de Comercio Exterior). Argentina es, todavía, el destino predilecto de los emigrantes bolivianos (alrededor de un millón cien mil viven y trabajan en tierra platense).

[2] Neide Lopes Patarra y Rosana Baeninger, “Migrações internacionais, globalização e blocos de integração econômica: Brasil no Mercosul”, en Alejandro Canales (ed) Panorama actual de las migraciones em América Latina, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2006, PP. 117 a 139.

[3] Ricardo Nobrega, “Migraciones y Modernidad brasileña: italianos, nordestinos y bolivianos en Sao Paolo”, en Susana Novick (ed.), Las migraciones en América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2008, pp. 113 a 131.