*Texto de Fernando Dámaso, segundo lugar de literatura adulta en el concurso Cuba 2020

Imaginar a Marte en el 2200 es más fácil que imaginar a Cuba en el 2020. Aunque ambos fenómenos pertenecen al campo de la ciencia ficción, lo que sucederá en el primero es mucho más predecible que lo que sucederá en la segunda. Intentarlo exige convocar a unos cuantos santos y “orishas” para que, en comunión ecuménica, presten ayuda.

Lo que quede de la otrora importante y hermosa Ciudad de La Habana, si es que queda algo después del paso del Gran Huracán del año 18, será motivo de múltiples visitas arqueológicas dirigidas, al igual que se ha venido haciendo desde hace años en Pompeya y Herculano, en Italia. En cientos de imágenes digitales los interesados -quienes deberán acudir por mar (no existirán aeropuertos),  equipados con suficiente  agua y alimentos para su consumo, medicamentos para combatir las epidemias, así como con sacos de dormir o tiendas de campaña personales o colectivas para utilizar durante su estancia-, se llevarán los recuerdos del último “bastión” del socialismo, para mostrarlas a sus hijos, nietos y amistades; demostrándoles que hubo un tiempo en que, en un  lugar del mundo, en un archipiélago del Mar Caribe, existió un sistema totalmente absurdo, durante más de cincuenta años.

La mayoría de la población adulta, machete en mano, estará dedicada a la tarea de desbrozar el marabú. Éste, a pesar de las prolongadas actualizaciones del “modelo” durante la década anterior, se habrá extendido y cubierto todas las zonas rurales; alcanzará los accesos de pueblos y ciudades, algunos incomunicados ya entre sí, al colapsar las carreteras y caminos, obligando a los ciudadanos a residir en reductos limitados, aislados unos de otros. Dentro de éstos, los niños y jóvenes se dedicarán preferentemente a la recogida de escombros para su reciclaje, creando pequeños espacios abiertos para el disfrute colectivo.

En las zonas costeras no existirá ningún tipo de embarcaciones, utilizadas todas en el Gran Éxodo del último lustro, que redujo la población a unos cuantos miles de habitantes. Ahora estará compuesta por quienes no pudieron alcanzar espacios en las mismas, y fueron obligados por el destino, aún en contra de su voluntad, a quedarse para cumplir la sagrada misión de “salvaguardar la identidad nacional”. En las zonas bajas de El Vedado, que sufrieron continuas penetraciones del mar, áreas enteras permanecerán anegadas, esperando la lenta evaporación natural. En los lugares más profundos, tenaces practicantes de deportes náuticos continuarán su preparación con vistas a la próxima olimpiada, a celebrarse en el verano en Puerto Príncipe, capital de la vecina Haití, después de restablecida del terremoto. Otros, utilizarán los estanques naturales para la cría de peces de agua salada, con el objetivo de asegurar la alimentación de sus familias, e intercambiar los excedentes por otros productos necesarios.

Una economía de supervivencia, convertida la mayoría de la población en recolectora y cazadora, tratará de asegurar la alimentación de la “tribu”, convencida de que “llegarán tiempos mejores”: algo conceptual en la idiosincrasia del cubano desde los tiempos del indio Hatuey. En los ratos de esparcimiento (que también los habrá), se bailará y cantará para olvidar las penas; se harán bromas y algunos, pasados de tragos (preparados con la caña cimarrona que haya quedado después de los múltiples fracasos azucareros), se irán a las manos. Se producirán hechos de violencia que, a pesar de todo, no tendrán mayores consecuencias, ya que todo quedará entre cubanos, y oxigenarán el ambiente bucólico y aburrido de cada día. Algún que otro loco, en lugar de sólo trabajar, se dedicará también, aislado de los demás, a anotar en su diario los hechos más relevantes de cada día, echando las bases de la Nueva Historia.

Como las comunidades vivirán separadas unas de otras, resolviendo cada una sus propios problemas, sin preocuparse de los de las restantes, se reducirá el lenguaje a las palabras absolutamente imprescindibles dentro de ellas. En cada comunidad aislada surgirán lenguas y dialectos los que, transcurridos algunos años, servirán de materia prima para que, lingüistas, sociólogos y otros especialistas, tengan aseguradas fuentes estables de trabajo. Al no producirse traslados fuera de las mismas,  será innecesario  cualquier tipo de transporte público, ayudando con ello a disminuir el consumo de combustibles fósiles, la contaminación ambiental y el efecto invernadero, estableciéndose, con el tiempo, una sociedad verdaderamente ecológica. El orden público, debidamente reorganizado sobre la conciencia individual de cada habitante, asegurará la disciplina social y la convivencia ciudadana, funcionando de forma independiente en cada comunidad. No hará falta ningún medio tecnológico de comunicación, restableciéndose la de tipo personal por gestos y por señales visuales, tanto de día como de noche, evitando las afectaciones a la salud, que producen los campos magnéticos y la creación de grandes cantidades de desechos industriales. De acuerdo a las posibilidades y, en correspondencia con su existencia, se utilizarán palomas mensajeras para el intercambio de información, las cuales estará prohibido cazar y consumir, sancionándose los infractores con largas penas de trabajos forzados. Al no existir periódicos, revistas ni libros, se producirá un sustancial ahorro de tiempo, pues no se desperdiciará en la lectura, y se incrementarán  las áreas boscosas. Al no fabricarse papel, se logrará al fin la tan ansiada repoblación forestal de la isla principal y de las islas y cayos adyacentes.

Como no quedará ya nada por destruir, desaparecerá la razón de ser de las tormentas y los huracanes en el área, trasladándose más hacia el norte, donde tendrán mayores posibilidades de actuar letalmente. Sobre un muro carcomido de la que fuera la Avenida Paseo, donde antes se leía “¡Comandante en Jefe, ordene!” en grandes letras rojas sobre fondo blanco, dos rotulistas darán los toques finales al logotipo de la Coca Cola en letras blancas, ahora todo pintado de rojo. Un carretón tirado por un caballo famélico trasladará algunos melones, cultivados entre los hierros retorcidos de la imagen del Ché, en los terrenos donde un día se levantara la sede del Ministerio del Interior, protegido de los depredadores por un negro harapiento, armado con una lanza de madera. En las alturas, donde antes se encontraban las edificaciones  del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido, familias serranas llegadas en la Gran Migración del invierno del año 18. Tratarán de preparar la tierra para iniciar el cultivo del café caturra. Un poco más allá, cientos de orientales sobrevivientes del terremoto que destruyó la ciudad de Santiago de Cuba en julio del año 19 intentarán sembrar moringa. Ésta habrá sido designada por decreto gubernamental, algunos años antes, la panacea vegetal por excelencia, al ser un sustituto de la carne de todo tipo de animal;  por incluir en si todas las vitaminas, proteínas, minerales, carbohidratos, etcétera, preservando así a los animales de su extinción, al no ser necesario  su sacrificio. En las Alturas de Belén, un “twittero” solitario tratará infructuosamente de enviar un “twitt”, para dar a conocer lo que está sucediendo.

En los terrenos del antiguo Ministerio de las FAR, ahora convertidos en una gran planicie, se  improvisará un rústico campo de béisbol, donde algunos niños practicarán el juego con guantes y pelotas viejos, utilizando trozos de ramas de árboles como bates, soñando con jugar algún día en las Grandes Ligas. Unos pocos espectadores, fanáticos del antiguo equipo Industriales, los observarán desde las ruinas de la que fuera la Biblioteca Nacional.

El repetido zumbido del reloj despertador me sacó del largo sueño, más bien de la pesadilla seriada. Me revolví entre las sábanas y noté junto a mí, todavía dormida, a Rebeca. A nuestros pies ronroneaba el gato. Pensé que, en el año 2020, lo más importante será que la otra pesadilla, la real totalitaria, habrá desaparecido. Sus dirigentes históricos se habrán trasladado de éste al otro mundo, dedicándose a practicar sus entretenimientos favoritos: ver películas de vaqueros y jugar al dominó. Además,  con las primeras lluvias de mayo se lavarán todas la ruinas y, húmeda la tierra, habrá comenzado a renacer el nuevo árbol de la nación; árbol que extenderá sus ramas a lo largo y ancho del país, permitiéndonos, a pesar del mucho trabajo a realizar y de tener que vencer grandes dificultades, transitar por los caminos del progreso y de la civilidad, volviendo a formar parte del mundo real.