Hace más de tres años, la Ciudad de México fue testigo de lo que sería una tragedia colectiva: la muerte de trece jóvenes, víctimas de la negligencia y de la violencia de los órdenes coercitivos. El lugar de los hechos fue el “New’s Divine”[1], un antro ubicado al norte del Distrito Federal. Algo muy similar sucedió en la ciudad de Buenos Aires hace ya varios años; el caso del boliche “República Cromagnon”[2], que dejó 175 víctimas fatales y centenas de heridos, todos ellos entre los 13 y los 30 años de edad, también víctimas de la negligencia. Además de la tragedia, estos eventos tienen en común el desprecio y el desecho de ciertos cuerpos considerados menos valiosos, sujetos del abuso, discriminación y exclusión por parte del Estado y de la ideología generalizada en la sociedad.

Actualmente, características como la desigualdad, la individualización y la “elitización” se han incrementado en las ciudades, a la par de una multiplicidad de discursos sobre igualdad, democracia, equidad y justicia. Dentro de este ambiente urbano, los jóvenes, uno de los sectores de la población más dinámicos, heterogéneos, transformadores y vulnerables, han sido blanco de ataques por parte de las políticas del Estado y captados como “mano de obra” del crimen organizado. Basta con ver las cifras oficiales de deserción escolar, pobreza, marginación y violencia que este sector presenta. La juventud de la Ciudad de México se encuentra inmersa en numerosas relaciones y códigos compartidos de exclusión y violencia, características clave en el espacio de la vida nocturna juvenil. Es necesario resaltar que no se trata de una noche, sino de muchas noches, que están atravesadas por ejes de clase, raza y de género. Al analizar los distintos “tipos” de vida nocturna, llama la atención el caso de los antros, también conocidos como discotecas o boliches, en Argentina. Este tipo de lugares dan luz a los ambientes de exclusión vinculados con la clase, el género y el color que albergan las ciudades. Ambientes que, al final, en muchos casos alimentan la violencia en las relaciones de clase y en las relaciones con el Estado. Estos íconos de la vida nocturna juvenil son un emblema y ejemplo del contexto discriminatorio y excluyente que se vive a diario en este país.

¿Qué relación tiene la noche con los jóvenes y los antros?

Los antros se han resignificado a través del tiempo. Han ido clasificándose y “elitizándose” cada vez más. Hoy día, en la Ciudad de México, y también en otras ciudades Latinoamericanas como Buenos Aires, hablar de un antro implica hablar de un lugar donde no todos pueden pasar. Implica hablar de dinámicas altamente discriminatorias y excluyentes, en un ámbito donde el motivador central sería la búsqueda del contacto, la libertad y el escape. La cultura de la noche juvenil –salir de noche – desde hace unas décadas se ha constituido como un espacio de búsqueda de la libertad de los roles establecidos durante el día, una guarida nocturna, terreno fértil para la diversión, el goce y la ensoñación. Un ambiente que, sin embargo, no deja de hallarse dentro de prácticas y dinámicas “diurnas” que responden a los estereotipos, la intolerancia y los prejuicios.

Aunque los jóvenes, generación tras generación, hayan colonizado la noche y hayan hecho de ésta un espacio de acción, cabría preguntarse ¿quiénes mueren en estos lugares?

Cuando ligamos lo anterior con los casos New’s Divine y Cromagnon, se pone de manifiesto la parcialidad y la segmentación de prácticas violentas de control, de negligencia y de desigualdad por parte de las autoridades. No implica lo mismo ir a un antro en la Gustavo A. Madero que ir a uno en Lomas de Chapultepec. La situación de la vida nocturna juvenil en México constituye un emblema de la situación de los diversos grupos sociales en el país. Tener determinado color de piel, ingreso económico y capital social, preferencia sexual y género, son indicadores de status dentro de la escala social. Tener cierta fisonomía –a menudo más blanca, más güera, más comerciable- puede hacer a un sujeto acreedor, o no, de derechos “inalienables” a la condición humana. El violento caso de la discoteca New’s Divine vio la muerte y daño de muchísimos jóvenes durante el operativo policiaco, algo que tendrá oscuras secuelas durante generaciones. El desprecio y rechazo de los cuerpos jóvenes, dóciles, pobres y excluidos contrasta con el privilegio, cuidado y cautela con que se trata a los cuerpos más blancos y “deseables”. Nuestras sociedades han sido ideadas conforme a imaginarios excluyentes y discriminatorios, conforme a ideales de raza, sexo, género y clase, y por ende, todo lo que no entre en juego deberá de ser ocultado, invisibilizado y exterminado. El Estado y otras instituciones se han encargado de dejar claro que hay jóvenes de “primera” y otros de “segunda”. No todos valen igual ante las estructuras hegemónicas. Esta premisa se replica y se inserta en la sociedad. Se excluye y discrimina una y otra vez a los “indeseables”.

La relevancia de analizar la vida nocturna en el contexto juvenil radica en que existen establecimientos que, solapados por el Estado y por la mayor parte de la sociedad, replican explícitamente la premisa de que la desigualdad es natural y normal en nuestros países. Lucran con una dinámica discriminatoria y excluyente, juegan con la dignidad de los individuos e inoculan resentimientos y asperezas sociales. Utilizan el recurso de las cadenas para comunicar que, física y simbólicamente, su espacio es un espacio privilegiado, legítimo. Estos antros son referentes de una desigualdad que traspasa las fronteras de la noche. Por otro lado, existen otros establecimientos – más baratos, más populares, menos poderosos – que operan ilegalmente y que viven de la compra-venta de aspiraciones (New’s Divine: palabras que evocan lo nuevo, lo divino, lo gringo, estar más arriba). Estos lugares, frecuentados por clases más populares, son verdaderas trampas mortales. Ante los ojos de las clases superiores son lugares de vicio, de perdición y de violencia, y por ello deben de ser erradicados. Porque son lugares ilegítimos, espacios con menos valor económico y social. Porque si a estos jóvenes más pobres y menos güeros se les mata, no pasa nada, son daños colaterales poco lamentables. Esto nos habla de políticas públicas corruptas que se ensañan contra los más débiles económica y socialmente (mientras que protegen a los cuerpos más rentables, estéticamente correctos y más poderosos), y habla también de sociedades fragmentadas y aspiracionales que giran en torno a ideales ilusorios, despojando de valor y dignidad a los otros que no cumplan con sus expectativas.

Hablar del New’s Divine debe convertirse en una forma de demanda, de no-olvido, de búsqueda de la no-repetición y de una esperanza de sensibilización de los jóvenes y de la sociedad en general. Somos nosotros –la sociedad civil- los que debemos evidenciar, subrayar, recordar y sensibilizar acerca de la violencia de Estado, ejercida sobre los grupos vulnerables más pobres, hacia los “otros” más desechables, con menos poder económico, más oscuros, más alejados de las escabrosas cúpulas de poder y la protección, preservación y cuidado de los sujetos poderosos, ricos y blancos. Porque si el ejercicio de una “nocturnidad” libre no es de todos, entonces ¿de quién es la noche?

La ciudad es un texto en espera de ser leído. Leerla implica recorrerla, observarla y vivirla; la noche en la ciudad es un juego de destellos en donde las piezas se construyen paulatinamente: las identidades se crean, se reafirman y se resignifican. La noche y sus antros son narraciones interpretables, textos de los encuentros y desencuentros, identidades y diversión de los jóvenes atravesados por la clase, el color y el género; son narraciones de jóvenes con distintas formas de vivir, sentir y de aprehender el mundo según su contexto y realidad. Entonces, si color, clase, sexo y género son ejes transversales en la sociedad, ¿qué posibilidades hay de que las ciudades latinoamericanas alberguen espacios nocturnos de contacto?, ¿cómo lograrlo?

La apuesta es lograr que los antros no sean más una metáfora violenta de la exclusión de ciertos grupos “indeseables”, que los cadeneros dejen de personificar a la cadena simbólica de la desigualdad, la inequidad y la injusticia en nuestro país. Y más aún, que nuestras dinámicas sociales dejen de ser espacios fértiles para la violencia, la exclusión y la desigualdad. ¿Cómo pedir justicia de un caso como es el de nuestros jóvenes del  Divine, en un país donde es correcto condicionar el acceso a una discoteca sólo por la apariencia física? ¿Cómo concertar la indiferencia con la justicia? ¿Cómo lograr el contacto interclase?

El filosofo Tomás Abraham propone, “desarticular la impunidad” (Abraham, Bidonde, et. al. 2007:31). New’s Divine y Cromagnón son dos puntas de iceberg. Por ello, una de las formas más acertadas para entender esto es a través de la responsabilidad colectiva. De que Cromañón y New’s Divine nos pasaron a todos. Desde entender que mientras hayan “güeros” y “prietos” seremos una sociedad desgarrada y fragmentada por la desigualdad, que mientras haya “gente bien” y “nacos”, seguiremos siendo una sociedad marcada por la mercantilización de las personas, donde unas valen y otras no.

La sensibilización y la formación de conciencia de los jóvenes con respecto a la vida nocturna, la importancia de la noche como espacio de transformación, la división racista y clasista, y el tratamiento de las diferencias resultan sumamente importantes para la construcción de una cultura del contacto, de la inclusión y de la equidad. Es necesario poner sobre la mesa y bajo la luz de los reflectores los impactos de una serie de prácticas que promueven la destrucción del tejido social.

Es necesario impulsar pensar en una noche desde y para los jóvenes, y la creación de espacios y dinámicas que logren una noche más libre, una noche más justa, una noche de todos.


[1] El New’s Divine fue un antro ubicado en la Delegación Gustavo A. Madero en el que, el 20 de junio de 2008, tras un operativo policiaco, murió una decena de jóvenes y muchos más resultaron malheridos física y psicológicamente. Este establecimiento se tomó como muestra del trabajo que realizaba el gobierno en turno en cuanto a detección de puntos de venta de droga y alcohol a menores. El operativo estuvo mal planeado y ejecutado, y provocó un estallido de descontrol, abuso de autoridad, vejaciones y muertes por asfixia, golpes y heridas, lo que puso de manifiesto la parcialidad de las autoridades y la vulnerabilidad de los jóvenes con menos poder económico y social.

[2] El boliche “República Cromagnon”, ubicado en el barrio de Once, en Buenos Aires, se caracterizó por la organización y gran éxito de conciertos masivos de rock nacional popular. El 30 de diciembre de 2004, durante el concierto del grupo “Callejeros”, una bengala estalló dentro del establecimiento, y provocó un incendio. Las salidas de emergencia no funcionaban y las autoridades llegaron demasiado tarde. Entre la estampida, la asfixia por el humo y el fuego, murieron más de un centenar de jóvenes. Los familiares de las víctimas y los sobrevivientes llaman a esta desgracia una “punta de iceberg”, poniendo de manifiesto la corrupción y la falta de protección y seguridad por parte del Estado.