“Están recibiendo lo que merecen. Este triunfo que, insisto, nos llena de orgullo a todos los mexicanos”. De pronto ese momento que parecía sacado de un sueño, se tornó en algo que se asemejaba más al montaje de una broma, de la más cruel, donde las situaciones encajaron de manera perfecta para que cada uno de los hechos hiciera más grande e irónica la decepción…

Oro

Es 22 de septiembre de 2000 y el presidente de México, Ernesto Zedillo, está listo para hacer una llamada protocolaria a los recientes ganadores de las medallas de oro y bronce en los Juegos Olímpicos de Sídney.

Luego de una hora 18 minutos y 57 segundos de competencia, el marchista Bernardo Segura había cruzado antes que nadie la meta y se llevaba el primer lugar en la competencia de marcha de 20 km. Apenas unos segundos después, lo alcanzó Noé Hernández. Ambos rostros se escondían del sol, uno bajo una gorra blanca y el otro tras unas gafas. Sin embargo, sus sonrisas se asomaban, se escapaban, se desbordaban. En aquel momento, en el estadio Olímpico de Sídney, era más fácil ocultarse del sol que del sentimiento de gloria de los mexicanos.

Tras casi doce minutos de haber cruzado la meta, luego de haber dado una vuelta por la pista celebrando el triunfo, Bernardo roba cuadro en televisión nacional, al tiempo que, mediante unos audífonos enormes, escucha al presidente de México, quien le da unas palabras de felicitación. Atrás de Bernardo, y esperando su turno, se encuentra Noé luciendo un sombrero charro.

Mientras Ernesto Zedillo le remarca a Bernardo lo orgullosos que están todos los mexicanos de él, un hombre de gorra blanca, lentes y bigote, aparece en el cuadro, se para a unos centímetros y muestra una tarjeta roja al atleta mexicano, quien ni siquiera se enteró de la presencia del juez hasta que un reportero se lo dijo.

Segura
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Ya en el túnel, otros miembros de la prensa le confirman a Bernardo sobre su descalificación de la competencia. De un segundo a otro, la bandera que cobijaba a Segura, es estrellada y dejada en el suelo.

Minutos más tarde Bernardo también se encuentra en suelo, desconsolado, confundido, como buscando respuestas que no hay. Todo es desconcierto, lo verdadero es que al caer la noche no fue el himno de México el que sonó en la ceremonia de premiación, sino el de Polonia, que tras la descalificación de Segura, se había quedado con el oro.

Sídney 2000 significarían los últimos juegos olímpicos de Bernardo, nunca más podría volver por ese oro que sintió pero que no tocó.

Cambio

El año 2000 representaba ya por sí mismo todo un hecho, al menos en la cultura popular de nuestro país y de gran parte del mundo. Los cartones de leche ya no dicen ‘Alpura’, ahora dicen ‘Alpura 2000’, la llegada del nuevo milenio no es poca cosa.

Ernesto Zedillo, que llegara a la presidencia en 1994 luego de suplir como candidato del Partido Revolucionario Institucional, al asesinado Donaldo Colosio, cumple su último año de gobierno. Al momento de realizar la llamada a Bernardo Segura, Zedillo está a menos de tres meses de dejar el poder, pero no sólo lo deja él, sino que también lo deja el PRI luego de más de 70 años de habérselo apropiado.

‘Ya, ya, ya’ Es difícil que alguien que prendiera su televisor durante el 2000, no escuchara en algún momento esa palabra repetida una y otra vez, acompañada de un montón de manos haciendo la figura de la ‘y’ con sus dedos. Al final del recital aparece con su bigote Vicente Fox, candidato a la presidencia del país por la llamada alianza por el cambio, integrada por el Partido Acción Nacional y el Partido Verde Ecologista de México.

A pesar de que Juan Gabriel insiste en que ni Temo ni chente, sino que Francisco será el presidente, en el país se respiran aires de cambio, aires de Vicente Fox Quesada, cuyos contrincantes Francisco Labastida del PRI y Cuahtémoc Cárdenas del PRD parecen no tener otra que ver la victoria panista.

Finalmente el 2 de julio llega y entre las calles se siente un ambiente de fiesta, de alegría total. Por la noche el Ángel de la Independencia se inunda de gente y de los colores del PAN para celebrar la inminente e histórica victoria de Vicente Fox, quien con un porcentaje de 42.52 de las votaciones se llevó la jornada electoral por encima del 36.11 del candidato del PRI, Francisco Labastida, su contendiente más cercano. Después de 70 largos pero sobre todo dolorosos años, el cambio llega a nuestro país.

Fox Angel
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Mientras la gente se desbordaba por las calles, Ernesto Zedillo aparece en cadena nacional para dar un mensaje a la nación. A su espalda y pintado en un cuadro, Benito Juárez parece observar con cierto recelo al todavía presidente del México todavía priísta.

‘El IFE nos ha comunicado a todos los mexicanos que cuenta ya con información, ciertamente preliminar, pero suficiente y confiable, para saber que el próximo Presidente de la República será el licenciado Vicente Fox Quesada’

Es así como se hace oficial el fin de una era donde México ha sido controlado por un solo partido. De ese país represor, donde nadie tiene voz ni voto más que el PRI. De ese México que mató estudiantes, campesinos, indígenas y lo que tuviera que ser. De esa dictadura perfecta como definiera al país Vargas Llosa. Es así como este país alcanzaba la gloria.

Doce años pasaron, no hizo falta más para que México dijera que siempre no y que había extrañado al PRI. En julio de 2012, Enrique Peña Nieto fue electo para ser el próximo presidente del país. Regresando el poder al partido que lo había ocupado durante esos 70 largos y dolorosos años.

También es cierto que durante esos dos sexenios en los que el PRI dejó el poder hay pocas cosas que hagan entender cuál era la fiesta que México se traía aquel 2 de julio de 2000. Vicente Fox y Felipe Calderón representaron ese cambio o mejor dicho esa promesa de cambio que nunca llegó. Es innegable que la alternancia significó un momento histórico en México pero fue eso, sólo un momento.

Fue durante el gobierno de Calderón que el país empezó a sangrar por cuanto rincón tiene. La guerra contra el narcotráfico y sus “daños colaterales” dejaron decenas de miles de familias llorando las pérdidas de los suyos. Según cifras del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) de 2005 a 2012 se contabilizaron poco más de 136 mil homicidios violentos en México, de los cuales, estudios señalan que al menos un aproximado de 110 mil están ligados al narcotráfico. Del mismo modos, se estima que son cerca de 30 mil las personas desaparecidas por la misma causa. De manera que muchos de los deudos ni siquiera tienen dónde llorarle a sus seres queridos.

Tras la vuelta del PRI al poder, México siguió siendo ese país donde los mexicanos son asesinados y desaparecidos sistemáticamente. Aún sigue la interrogante de qué pasó con 43 estudiantes normalistas que se esfumaron de la noche a la mañana en el estado de Guerrero. También existe la pregunta de por qué México ocupó en 2015 el tercer lugar en la lista de los países con más periodistas asesinados de 1990 a la fecha, periodo en el que la tendencia ha venido a la alza, y de manera alarmante en estados como Veracruz. Otra duda es por qué según datos del INEGI, de 2013 a 2015, 6 mil 488 mujeres fueron asesinadas en México, representando un incremento del 46 por ciento respecto a las cifras que se registraron en el periodo de 2007 a 2011. Son sólo algunas preguntas, pero al igual que antes, no hay respuestas.

Glorias

“Están recibiendo lo que merecen. Este triunfo que, insisto, nos llena de orgullo a todos los mexicanos”. Bernardo permanece en silencio, mientras Ernesto Zedillo continúa con sus palabras de felicitación. En ese preciso momento ninguno de los dos lo sabe, pero sólo serán doce.

Tras doce minutos de oro, Bernardo cae en cuenta de que ese triunfo nunca fue. Tras doce años México se da cuenta y entiende que ese cambio nunca fue.

La frustración es la que se queda, tanto en Bernardo que jamás pudo colgarse esa medalla, como en México que no fue más allá de una noche de celebración, de esperanza y de añoranza de algo mejor.

Qué par de victorias perdidas para México. Qué momentos, qué grandes glorias. Las glorias que no son.