A nivel global no cesa el insoslayable y creciente desastre ambiental; parece que nada está a salvo de la voracidad humana. Podemos observar con tristeza  sitios excesivamente contaminados, como el Golfo de México, y otros que, de manera incipiente, han experimentado una preocupante polución.

Ante tal panorama, no es de extrañar que la preocupación ambiental genere gran interés en ciudadanos de todo el mundo. Demandas por subsanar los daños causados y frenar la destrucción son ahora temas políticos de gran envergadura, aunque en la mayoría de los casos minimizar el impacto nocivo hacia la naturaleza contraviene intereses económicos propios de un sistema-mundo basado en el libre mercado y el consumismo.

El ambientalismo atrae millones de adeptos deseosos de modificaciones estructurales que permitan reverdecer el desmedido crecimiento urbano y la sobreexplotación de recursos naturales;  bajo esta perspectiva, en la mayoría de los sistemas políticos occidentales  han surgido diversos partidos políticos que pretenden, teóricamente, priorizar las políticas conservacionistas y sustentables por encima del crecimiento económico o infraestructural.

A mediados de 1970 surgió en la Alemania Occidental el concepto de Partido Verde cuando la activista Petra Kelly incentivó la ruptura del sector más radical del Partido Socialdemócrata para crear una nueva corriente. Por primera vez en la política contemporánea, el ambientalismo se convirtió en el tema prioritario de un partido –aunque no fue la única bandera de aquel nuevo partido, pues éste buscó la inclusión de minorías vulnerables, apoyó el movimiento  feminista, la diversidad sexual, la inclusión y respeto a migrantes de tercer mundo y la democracia directa. Para Kelly la tendencia de Los Verdes (Die Grünen) debió ser la de un partido antipartido, es decir, una organización política que rechazara el esquema político alemán a través de la promoción de medidas antisistémicas.

Tras el ejemplo alemán surgieron numerosos partidos verdes en Europa, todos de una clara tendencia izquierdista, y fue hasta finales de los ochenta y principios de los noventa que comenzaron a brotar este tipo de partidos en América Latina, donde cabe señalar los casos de Brasil y México, que serían los de mayor peso, pues sobreviven hasta la actualidad con un creciente número de electores. Si  a estos dos partidos agregamos el Partido Verde Colombiano, tenemos en la mesa a los tres partidos verdes con mayor influencia, recursos económicos y humanos de la región. Estos partidos surgieron aisladamente provenientes de movimientos de extrema izquierda, como es el caso de Brasil, o promovidos por criterios empresariales, como es el caso de México.

No fue sino hasta 2001, tras la solicitud del Partido Verde australiano, que la mayoría de los partidos de tendencia ecologista o “verdes”  se reunieron en Canberra para unificar e uniformar criterios básicos para construir propuestas políticas globales. Después de la reunión, los líderes de cada partido suscribieron una carta que contenía los principios que toda plataforma política verde debía considerar al momento de promover reformas en su respectivo país. Fue este el nacimiento de los denominados Verdes Globales (Global Greens) que continúan creciendo y consolidándose.

Sin embargo, aunque supuestamente debería prevalecer un criterio unívoco en los partidos verdes latinoamericanos, la realidad es distinta. Quizá el caso mexicano sea uno de los más controvertidos. En primer lugar, sería difícil identificar al PVEM (Partido Verde Ecologista de México) como un partido de izquierda, o como uno plural y democrático. El surgimiento del PVEM, no fue resultado de una lucha política activista o de una fragmentación de algún partido de izquierda; más bien se trató de un capricho de una familia empresarial, los González Torres, ricos de abolengo, quienes con gran olfato político vieron oportuno crear un partido “novedoso” para ampliar sus negocios. Paradójicamente, el PVEM se ha consolidado como la cuarta fuerza política del país y por muchos años fue la agrupación política verde más poderosa de América, con más recursos, mayor representatividad e influencia regional.  Sin una agenda política que externe preocupaciones ambientales bien definidas, durante la década pasada el PVEM se ha caracterizado por ejercer un exitoso pragmatismo, razón del paulatino aumento de su número de curules, sin la necesidad de presentar prestigiosos candidatos ambientalistas. Su estrategia se basó esencialmente en alianzas políticas que incluso lo llevaron, técnicamente, a alcanzar la presidencia del país junto al Partido Acción Nacional (de tendencia conservadora) en el año 2000; sin embargo, los verdes mexicanos ni siquiera obtuvieron la Secretaria de Medio Ambiente y terminaron por deslindarse del gobierno para posteriormente buscar nuevas coaliciones que le permitieran seguir obteniendo curules fuera del juego democrático disputado en las calles.

Fue hasta 2009 que una serie de reformas electorales le orillaron a competir sin sus estratégicas coaliciones políticas. Entonces, los verdes mexicanos buscaron una importante alianza con la televisora más importante: Televisa.  Para sorpresa de muchos, el PVEM alcanzó casi un 8% de la votación. Su campaña no presentó un sólo candidato fuerte, de claro perfil ambientalista o cierta relevancia política, sino que se limitó a utilizar actores y actrices de su nuevo aliado para promover reformas políticas que poco tenían que ver con lo estipulado en Canberra como la base de una política verde mundial, como su inverosímil deseo por reintroducir la pena de muerte, eliminada de la Constitución en 2005. Tal incoherencia con un principio básico de los Verdes Globales, quienes defienden la vida en cualquier circunstancia, le valió la expulsión de los Global Greens. Actualmente, todo parece indicar que el PVEM y Televisa, serán aliados muy rentables para llevar a la presidencia al virtual candidato del PRI (Partido Revolucionario Institucional) Enrique Peña Nieto, actual gobernador del Estado de México, y quien encabeza las encuestas en vísperas de las elecciones presidenciales del 2012. Y si bien el tema ambiental no será prioritario, todo parece indicar que el PVEM seguirá manteniendo, e incluso incrementando, su representatividad en México.

El caso Mockus en Colombia.

El caso más exitoso en América, y quizá en el mundo, ocurrió este mismo año en Colombia. Los partidos verdes, en términos generales, no habían podido sobrepasar el  umbral  de 15% en las votaciones; sin embargo, por primera vez en la historia de los partidos verdes, el candidato a la presidencia colombiana, Antanas Mockus, consiguió encabezar las encuestas durante varias semanas previas a la elección con estimados que sobrepasaban 40%.  Finalmente, los resultados de la primera vuelta electoral evidenciaron que Mockus, con el 21% de los votos,  estaba muy por debajo del candidato oficialista Juan Manuel Santos, quien terminó por derrotarlo por un amplio margen en la segunda vuelta. No obstante, el nuevo Partido Verde, refundado en 2009, se transformó en menos de un año en el más exitoso a nivel continental debido, en gran medida, a la inclusión de importantes y respetados políticos con exitosas gestiones; es el caso del ex gobernador Jorge Eduardo Londoño, y los ex alcaldes de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, Enrique Peñalosa y el mismo Antanas Mockus.

Aunque el Partido Verde de Mockus fue alegremente adherido a los Verdes Globales, no presentó como propuesta electoral una sólida política pro-ambiental y se limitó a repetir ideas generales sobre el ambiguo desarrollo sustentable. Con escasas declaraciones sobre el calentamiento global, su discurso se enfocó más hacia una revolución del pensamiento político, en el cual la administración responsable de recursos públicos se convirtió en su bandera principal.

La ola verde brasileña

El próximo 3 de octubre serán las elecciones presidenciales en el gigante sudamericano. Todo parece indicar que vencerá Dilma Rousseff, heredera directa del carismático presidente Lula. A pesar de ello, es notable la fuerza que ha alcanzado el Partido Verde Brasileño al postular a Marina Silva. Ella se integró a los verdes brasileños en 2009 después de abandonar en 2008 su cargo como ministra federal de medio ambiente bajo el gobierno de Lula, cargo que le dio proyección internacional debido a su convicción ambientalista –que incluso le valió la prestigiada condecoración Champions of the Earth (Campeones de la Tierra), el premio más grande de Naciones Unidas en el área ambiental, por su trabajo en favor de la flora y fauna amazónica, así como la valorización de las comunidades tradicionales de la región. Silva, en un acto que tuvo enorme cobertura mediática, abandonó su cargo público al argumentar la frustración que sentía al no poder  desarticular la red de corrupción e intereses monopólicos que destruyen la exuberante riqueza de la amazonia.

Marina Silva, de origen humilde e indígena, ha sido una activista pro-ambiental desde su juventud. Luchó contra la tala inmoderada junto al internacionalmente reconocido Chico Méndes, asesinado en 1988. A partir de 1990 comenzó su carrera política y hoy es considerada una reconocida ecologista con ideas frescas e innovadoras. Para un país que aparentemente ha seleccionado un camino de certidumbre económica durante la presente administración, no se prevé un triunfo de la oposición, por lo cual su desempeño electoral no alcanzará más del 15% (umbral sólo sobrepasado por el Partido Verde de Antanas Mockus en Colombia). Y aunque Marina Silva sea la figura política verde más reconocida de latinoamerica, abandonó su radicalismo por una posición pragmática al optar por adherir como candidato a vicepresidente a Guilherme Leal, quien según la revista Forbes es uno de los 500 hombres más ricos del mundo. Para Marina, estigmatizada como una indígena que piensa en una economía localista y anticapitalista, la unión con Leal implica un puente extraordinario con el mundo empresarial. Aunque  Marina Silva se declaró antisistémica, anticapitalista y anticonsumista,  ya durante la campaña electoral moderó su discurso proambiental para referirse a Brasil como una nación que podría ser más  competitiva en el mercado global basada en el desarrollo sostenible, cambio que no ha terminado por agradar a un electorado que quizá desea una cambio a una política profundamente ambientalista.

Los verdes no son precisamente verdes

Ser verde puede ser una cuestión sólo nominal y quizá el caso mexicano sea el mejor ejemplo. A mi juicio, los países con mayor avance en materia ambiental no han incluido en su sistema democrático un esquema político que se autodenomine ambientalista o “verde”; Al contrario, los avances ambientales son parte del sistema estatal que ve al medio ambiente como prioridad en toda política pública.

Quizá el mejor ejemplo sea Costa Rica, tercer lugar a nivel mundial en el Índice de Desarrollo Ambiental (Environmental Performance Index) –un programa que mide la sustentabilidad del manejo de recursos naturales, la preservación de ecosistemas y la escases de polución. Además, Costa Rica es el único país en la región que se compromete a ser una nación “carbono neutral”, es decir, a compensar en su totalidad  la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero con sus reservas forestales sin contribuir, en teoría, al calentamiento global. O bien Cuba, único país en el mundo que, de acuerdo con la ONU, cumple con altos índices de desarrollo humano y una huella ecológica sostenible.

Y por último es interesante observar a la Nación Multicultural de Bolivia, que con su administración  indigenista ha sido portavoz de reformas estructurales al modelo capitalista en beneficio del medio ambiente y se ha ganado un reconocimiento mundial por alentar el debate ecologista. Prueba de ello fue la cumbre de Cochabamba que, impulsada por el presidente Evo Morales, convocó a participantes de todo el mundo para solucionar el problema del cambio climático desde una óptica realista tras el fracaso que significó la COP15 de Copenhague en 2009.