“¿Qué es el Oriente? Si lo definimos de un modo geográfico

nos encontramos con algo bastante curioso, y es que parte

del Oriente sería el Occidente…” Jorge Luis Borges

 

“La revolución política en América Latina…no es

sino una manifestación…del patrimonialismo

 hispano-árabe.” Octavio Paz

Alfajor, alberca, almohada, alcohol, alcázar, ajonjolí, ojalá, alacena, alacrán, alcalde, aldea, aceite, aceituna, alambique, alarido, albacea, albóndiga, albricias, alcahuete, alcancía, Alcántara, Alfaguara, alfombra, algarabía, álgebra, algodón, alhaja, barrio, Barragán, bellota, berenjena, café, cafre, canana, carcajada, carmesí, chisme, chivo, diván, elixir, escabeche, fideo, fulano, gacela, gandul, Guadalajara, Guadalupe, jabalí, jarabe, jirafa, joroba, limón, marfil, máscara, mazmorra, mezquino, momia, naranja, kermés, kiosco, rincón, robo, sandía, tabique, talco, tamarindo, tarima, toronja, zaguán, zanahoria y zócalo. Palabras españolas pero también árabes, símbolos irredentos de un matrimonio indisoluble. Reminiscencias de una alianza entre el tiempo y el espacio, alegorías de dos pueblos que son uno mismo.

El árabe es, después del latín, la lengua que más léxico ha aportado al castellano; pero los vínculos entre ambas culturas, regiones y formas de ver el mundo no sólo se limitan al campo del lenguaje sino que abarcan, prácticamente, todos los ámbitos, del político al social pasando por el ideológico y el religioso. Entre el mundo árabe, en particular el del Levante, su cuna y trono, y la América de habla española y portuguesa existen tantas similitudes como desconocimiento. Para comprobarlo basta recorrer los callejones, zocos, barrios y plazas de Damasco, Jerusalén y Beirut, tan familiares para los ojos, los oídos y las mentes latinoamericanos que resulta imposible abandonarlos, incluso después de haberlos dejado en el camino.

De Borges a Paz no hay pensador hispanoamericano que no haya hurgado en las raíces árabes, semíticas y levantinas del espíritu latino engendradas en el Califato de Córdoba, como tampoco hay corazón oriental que no anhele los días perdidos del universo andalusí. La añoranza es mutua y busca incesantemente consuelo, aunque sin encontrarlo. En 1492 Granada quedó en la orfandad; hoy, más de cinco siglos después, sus hijos, tanto árabes como hispanos, luchan, sin saberlo, por revertir lo que la historia nunca debió permitir.

Cada mañana el sol se levanta desde el oriente acariciando el malecón beirutí, baña lenta y seductoramente las fachadas de sus antiguos palacios inundados de agujeros de bala, herencia de la cruenta y omnipresente guerra civil que desangró al Líbano durante más de una década. Se cuela por entre ventanas y avenidas, saluda a esta vibrante capital mediterránea, fenicia, romana y bizantina pero sobre todo y sobre todos, árabe. Despierta a sus habitantes, cristianos maronitas y musulmanes chiíes, drusos, armenios y sefaradíes. Acompaña a los campanarios de las iglesias y a los muecines de las mezquitas en sus llamados matutinos. Se levanta al lado del monumento al emigrante empotrado en medio del viejo puerto apuntando, el primero con sus potentes rayos y el segundo con su mano petrificada, hacia América. Ahí mismo, mientras barcos van y vienen cargados lo mismo de crudo que de autopartes, la bandera de México ondea al lado de la del Líbano, el cedro se confunde con el águila y la serpiente; bajo el sol que cada mañana saluda a Beirut ambos símbolos se convierten en uno, se confunden y mimetizan.

En los barrios beirutíes de Hamra, de Verdun, de Antelias y de Aschrafieh, pero también en las montañas que separan estas costas del valle de la Beka y de la cordillera del Anti Líbano, en los pueblos del Chuf y de Bcharre, las mujeres y los hombres despiertan embelesados por esa melodía solar. Sus rostros cosmopolitas son los mismos que vemos de día y de noche en São Paulo, en la Ciudad de México , en Buenos Aires, en Santiago de Chile, en Caracas, en La Habana y en Santa Fe de Bogotá. Rostros elegantes, cargados de Historia y de historias, pintados por el sol, de facciones acuciantes y cejas pobladas, de una belleza que trasciende fronteras. Rostros que se mezclan con su entorno, que viajan incluso sin salir de casa. Rostros árabes y latinos que hablan español con acento levantino.

Aquí, en el Líbano, pero también en Siria, en Jordania y en Palestina, América, la nuestra, está presente. Desde aquí partieron hace mil trescientos años esos precursores de algo tan grande que a todos nos supera, esos que le dieron a Andalucía el nombre y a América el apellido. Desde aquí también en los años y siglos posteriores, pero también en los venideros, siguieron partiendo y continuarán haciéndolo, los hombres y las mujeres que proveen a Brasil, a México y a Argentina pero también a Cuba y a Venezuela de ese acento árabe que resulta imposible de rehuir. Hasta aquí llegan de igual manera los ritmos y los silencios, los continuos del mundo latinoamericano en un flujo incesante, estableciendo una comunicación inalterable y atemporal. Los estudiantes de licenciatura y de posgrado venidos de Medellín, de Mendoza, de San José y de Panamá; los intelectuales y los escritores; los misioneros en Tierra Santa; los actores de telenovelas y los empleados de compañías petroleras; los peregrinos y los activistas internacionales. Todos latinoamericanos que independientemente de la nacionalidad que ostente su pasaporte se sienten, tan sólo llegar, como en casa. El caos vial y la contaminación, el caótico orden de las ciudades y el campirano aire de los pueblos, las redes familiares y los valores sociales, los conceptos del amor y de la amistad, la solidaridad, la pasión y el sometimiento, la comida y los dulces, la música. En estas tierras árabes, tan lejanas pero al mismo tiempo tan cercanas, Latinoamérica se siente a sus anchas.

A pocos kilómetros de distancia, al otro lado de la frontera, en la ciudad de Sweida, al sur de Siria, entre aires revolucionarios y espíritus primaverales es una noche de jueves cualquiera. Familias enteras transitan a uno y otro lado de sus calles, asaltando con la vista los escaparates de tiendas y comercios, comiendo helados y shawarmas. Vecinos y familiares se saludan afectuosamente en este carnaval callejero. El ambiente en Sweida, con todo y sus 90 mil habitantes, es netamente árabe, nada diferente del de otras tantas ciudades del país y de la región y sin embargo en el aire se siente diferente, especial.

 

“Son 30 bolívares” advierte el dependiente de una óptica a un potencial cliente que se prueba unas gafas de sol, sin pestañear al dar el precio en la moneda corriente venezolana en lugar de la local (las libras sirias). Al otro lado de la calle, un letrero en perfecto castellano anuncia “se venden arepas”, en alusión al conocido alimento venezolano hecho a base de harina de maíz. En la tienda contigua una estridente canción de salsa salpica desde los altavoces apostados en su exterior a los transeúntes mientras que en el supermercado de la esquina parte de la decoración incluye posters del presidente venezolano Hugo Chávez y del prócer sudamericano Simón Bolívar. Este colorido espejismo latinoamericano en la ciudad de mayoría drusa podría sorprender al visitante primerizo y desprevenido pero no al conocedor, pues se trata nada más y nada menos que del legado, vivo y encantador, de muchas décadas de intercambio migratorio entre Siria y Venezuela.

“Pensar en Venezuela me humedece los ojos” afirma Leha Jame, uno de los miles de habitantes de Sweida con vínculos cercanos al país sudamericano. “Amo a ese país con todo mi corazón. Su gente son para mí familia; mis hermanos y hermanas”, agrega emocionado.

Hacia principios de los años sesenta, cuando las oportunidades laborales escaseaban en Siria, Jame -como tantos otros de sus compatriotas- empacó sus pertenencias y emprendió rumbo al continente americano en búsqueda de una vida mejor. “El mundo era diferente y Venezuela simbolizaba entonces un nuevo comienzo y una ventana de oportunidad para nosotros” declara Jame, propietario de la zapatería apropiadamente llamada El Nuevo Mundo, localizada en el centro comercial de Sweida. “Venezuela nos recibió con los brazos abiertos”, recuerda sonriente.

Tras dos décadas y cinco hijos en su haber, Jame decidió regresar a su natal Siria. Una decisión secundada por muchos otros de sus compatriotas a lo largo de los últimos diez años, inyectando dinero a la economía local, construyendo cientos de nuevas casas y proveyendo a la ciudad de un muy particular sabor latino. Hoy, de acuerdo con estimados de la Embajada de Venezuela en Damasco, cerca del 60% de la población de Sweida nació en territorio venezolano y posee la doble nacionalidad.

A pesar de la distancia geográfica la conexión con Venezuela es muy fuerte. “Trato de ir al menos una vez al año” afirma Majid, uno de los hijos de Jame,  quien auxilia a su padre en el expendio de zapatos. “Todavía tenemos negocios por allá y, por supuesto, mucha familia”, dice. Lo mismo opina la mayoría de los habitantes sirio-venezolanos de Sweida, quienes cruzan el Atlántico regularmente, manteniendo los vínculos humanos y económicos entre los dos países tan vivos como el mismísimo carnaval caraqueño.

La relación entre Siria, Venezuela y Sudamérica data de hace más cientos de años. La migración siria hacia los países hispanohablantes inició hacia fines del siglo diecinueve, cuando miles de cristianos y judíos sirios llegaron a América escapando el descalabro de los últimos años de vida del Imperio Otomano. Desde entonces, el flujo de personas entre Siria y Venezuela ha sido constante.

Hoy en día, numerosas comunidades venezolanas pueden encontrarse no sólo en Sweida sino también en otros importantes núcleos urbanos de Siria, como Alepo, Tartus y el suburbio damasceno de Jaramana. Lo que es más, de acuerdo con el Instituto de Estadística de Venezuela, cerca de un millón de venezolanos tienen orígenes sirios y más de 20 mil venezolanos están registrados en el catastro del consulado sudamericano en Damasco.

Los sirio-venezolanos se han adaptado perfectamente a las condiciones y al estilo de vida a ambos lados del Atlántico, asimilando elementos tanto de la cultura hispana como de la árabe en una mezcla perfecta que precede histórica y socialmente a los más recientes movimientos migratorios, fruto, principalmente de las milenarias conexiones entre ambas regiones del mundo. Conexiones que trascienden a Siria y a Venezuela y que se trasladan a Líbano, a Palestina y a Jordania pero también a Marruecos y a Túnez para aterrizar en Panamá, en Perú, en República Dominicana y en Guatemala. Conexiones que superan el entendimiento y, en muchos casos, la razón. Conexiones inquebrantables y evidentes aunque aún hoy en día para muchos, los más, desafortunadamente resulten invisibles.