“Te amo, te odio, dame más”, acentuaba con dureza Charly García cada vez que con Seru Giran cantaba ese himno del rock progresivo argentino que es “Peperina”, que entre otras cosas hablaba de grasa urbana y pajas ajenas. Sin embargo, el rockstar por excelencia de la música latinoamericana destilaba, en esa frase contundente, todo un estigma que parece atravesar a la historia del rock, cuando no a la historia de la música toda.

Desde un obsesivo y desesperado Wolfgang Amadeus Mozart, consumido de a poco (aunque en breve tiempo) por un Antonio Salieri voraz, hasta la flamante integrante del club de mártires del showbussiness, Amy Winehouse, la historia del negocio de la música suma cada tanto y en períodos más o menos regulares, nuevos muertos jóvenes y hermosos, ganadores de un lugar en el olimpo de los héroes del arte, en el medallero olímpico de los que cruzaron el borde y cayeron al vacío.

Cada ocasión en la que alguna luminaria del mundo del rock cae en el fragor de la batalla contra si mismo, se suele hablar hasta el paroxismo del mentado “Club de los 27”, compuesto por músicos que murieron a esa edad, como si se tratara de una característica propia del género, algo ligado a una eventual genética rocker, aquella que, a través de James Dean, parió la máxima del “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Jimmy Hendrix, Brian Jones, Janis Joplin, Kurt Cobain, el blusero Robert Johnson y los argentinos José “Tanguito” Iglesias y Rodrigo Bueno forman parte del olimpo que por estos días recibió a Winehouse y le dio su flamante carnet de membresía.

Más allá de la edad en la que los mencionados murieron, fatal coincidencia solo utilizada por especulaciones banales sobre el destino (relacionadas en gran parte con una idea popular y paleozoica del “castigo divino” como respuesta  a una vida de “pecado”) la muerte temprana y trágica de algunos iconográficos músicos de rock quizá tenga más relación de pertenencia con una maquinaria perversa que el showbussiness lleva implícita y que el público, en reiteradas ocasiones, ha demostrado que consume y, a su manera, alimenta con exacerbada fidelidad y morboso placer.

Adicciones, vidas tortuosas, letras desgarradoras sobre el sufrimiento de una vida vacía y demás pesares parecen componer un cóctel Molotov irresistible para cualquier campaña de marketing. Vender al músico que rompe en apariencia con el sistema es tentador, sobre todo desde el mismo sistema. Y el público compra con dedicación y alimenta el monstruo, pero con la culpa propia del caso, porque nadie quiere ver al objeto de su admiración destartalado sobre el escenario. ¿O sí?

En nuestra América Latina, el caso de Charly García es paradigmático. Si bien ya puede ser considerado un veterano de guerra, un sobreviviente, el hombre, que en 2008 inició un complejo tratamiento de desintoxicación y que en octubre próximo cumplirá 60 años, se encontró en el centro de la escena rocker durante cuatro décadas. En ese lapso, pasó de joven con inmenso futuro a rockstar todo terreno, artista de vanguardia, generador de escándalos variopintos y punk profesional.

La industria quiere vender, y el público, más allá de la situación lúdica que involucra el intercambio con el artista, quiere consumir. Y, claro, el consumo pide, exige, reclama. El borde, sin embargo, se cruza cuando llega el momento de la inmolación, cuando el artista juega un juego que en algunas ocasiones no domina, se le va de las manos hasta el grado del suicidio inminente. ¿Pensó alguna vez Charly García en matarse? Probablemente no, pero a mediados de los años 90 dio inicio a una carrera por perforar sus propios récords, que incluyeron performances demenciales, con noches en las que se realizaba cortes en los brazos en pleno show (con cuchillos alcanzados por propios y ajenos); postales cocainómanas entre tema y tema; la ya célebre clavada en una pileta desde un noveno piso, etc. Se trata de postales de una leyenda que se alimentó a base de pedidos reiterados y patológicos de una masa de fans que quiere, necesita para canalizar frustraciones, que la película del sex and drugs and rock and roll (fantástica, deseable, idílica) no termine nunca. Pero que los riesgos los asuma otro, desde ya.

Se busca un objeto a adorar y se le pide (uno supone siempre que desde la inconciencia) la inmolación. Hay que sostener el mito, hay que alimentarlo como sea y las 24 horas del día. Y Charly, en ese sentido, llevó la apuesta siempre un poco más allá, incluso por sobre las expectativas de sus propios salieris.

Ya podemos decir que el hombre ha superado la prueba y sigue en el mundo de los vivos. ¿Pero no nos gustaría disfrutar de un Charly más jugado, más activo, como en épocas en las que sabía controlar sus gustos políticamente incorrectos y  su salud inmediata no parecía en juego? No es cómodo asistir a la imagen de un músico que supo hacer guerrilla sobre el escenario, sucumbir ante el poder de los ansiolíticos, con los nervios domados por demás, con los músculos no del todo bajo control.

Te amamos, te odiamos, queremos más. No nos conforma un Charly que meramente interprete nuestra necesidad de excesos pero a resguardo y con garantía de devolución; queremos un Charly García en plan superhéroe, que vuelva a demoler hoteles, escenarios y todo lo que se presente o le oponga resistencia. Pese a él y en favor de nosotros, del show, de la idolatría que le dispensamos y que, suponemos, merece su retribución. Sea cual sea.