En alguna visita del doctor Leonel Fernández Reyna, presidente de la República Dominicana, a México durante su primer mandato (1996-2000), hubo una celebración en Palacio Nacional para darse la mano y tomarse la foto con el presidente Zedillo. Un acto de gala y pompa, se dice de viva voz, en el que Zedillo habló exaltando al pueblo dominicano y, en especial, a un librepensador que dejó una huella honda en la cultura de México y de otros países latinoamericanos como Pedro Henríquez Ureña, lo que desató una cascada de aplausos. Las palabras de Zedillo fueron muy apreciadas por la comunidad dominicana. Era un momento en que los priistas aún hablaban de cultura frente al público sin equívocos.

Tocó el turno de hablar al doctor Fernández. Tenía que igualar o superar el discurso de Zedillo. Como discípulo político y humano de Juan Bosch, se esperaba bastante de don Leonel. Comenzó a hablar de los vínculos entre ambos países. Todo iba bien. En algún momento, tocó el turno de señalar a un mexicano que había sido crucial para la República Dominicana. Quizás el doctor Fernández no le dio muchas vueltas al asunto; no era necesario. Asió el podio con firmeza mientras los presentes se preguntaban si sería Benito Juárez o Alfonso Reyes, si contaría algo que la historia nacional no contaba a menudo, o qué. Pero no. Seguro de sí, y esperando recibir otra cascada de aplausos como su par mexicano, lanzó al ruedo: “…y ese mexicano es… ¡Cantinflas!”

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Como muestra la anécdota, en la República Dominicana no parece haber mucha afinidad al relevo generacional. En cuanto a la clase política, no resulta extraño ver candidatos postulados una y otra vez por los mismos partidos cada cuatro años, incluso después de haber sido presidentes de la nación, por nombrar únicamente la máxima magistratura del Estado. De hecho, lo insólito es ver nuevas caras. Ejemplos abundan. Juan Bosch fue candidato en 1966, 1978, 1982, 1986 y 1990 luego de ser depuesto como presidente en 1963 por las fuerzas armadas. Joaquín Balaguer, ex trujillista y acérrimo rival de Bosch, lo fue por el Partido Reformista Social Cristiano en todas las elecciones presidenciales entre 1966 y 2000 exceptuando la de 1996; en total, nueve ocasiones.

Hoy puede verse un fenómeno similar de cara a las elecciones presidenciales que se celebrarán el 20 de mayo de este año. Danilo Medina, candidato del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), ya había sido candidato en el año 2000 por dicho instituto político. Su contrincante actual, Hipólito Mejía, presidente del 2000 al 2004, también compitió hace 12 años y, de hecho ganó por el doble de votos con el Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Asimismo, Mejía fue candidato por segunda vez en 2004 tras su primer periodo presidencial, puesto que perdió ante Leonel Fernández, del PLD, quien es presidente actual de la República Dominicana bajo su tercer mandato (1996-2000, 2004-2008 y 2008-2012), además de hombre clave en la política nacional de cara a las elecciones de mayo de este año.

Lo que sugiere esta lista de nombres que suceden una y otra vez —ya ni para qué mencionar a los Trujillo, que se sucedían a placer y que mandaron por más de 30 años en un periodo en que destacó la autoridad sempiterna de Rafael Leónidas— es una disyuntiva que en términos de raciocinio se antoja muy simple pero que, al traducirse en realidades sociopolíticas concretas, pasa por un filtro de complejidades que ha sido el eje de la disyuntiva rectora en la historia de la humanidad, profundamente asociada por motivos inexorables con la esfera política: la disyuntiva entre continuidad o cambio.

En buena parte de la literatura y de la opinión pública, se tiende a ver la estasis política como algo negativo en sí mismo, sin evaluar sus cometidos de una manera objetiva. Se habla recurrentemente del cambio por el cambio; de terminar por terminar, por ejemplo, un amplio periodo presidencial que tiende al autoritarismo para suplantarlo con un tipo ideal (repito: tipo ideal) de régimen que permita una mayor participación y representación del hombre común o de ciertos grupos frente a una visión holística desde arriba, aunque no se sepa muy bien cómo hacerlo, si se tiene la experiencia, si rendirá frutos o incluso si las condiciones democráticas impecables que hay en países como Finlandia pueden ajustarse a las particularidades de sociedades como la libia. Sin embargo, en este año la legitimidad de ciertos regímenes —o de gobiernos que aspiran a pasar de ser un simple complemento del sistema político a convertirse en un “régimen” que sea su motor, como es el caso de Rusia, Venezuela en menor grado o, quizás en unos meses, México— se ve comprometida ante el creciente monitoreo de eso que se da en llamar sociedad civil. Si algo demostró el 2011 fue que ya no es tan fácil ser ese eje ni prolongar dicha estasis.

Menciono este preámbulo porque en República Dominicana esto fue entendido a la perfección. Sucede a menudo que los Estados pequeños le dan una lección a los grandes. La gran diferencia entre un Leonel Fernández y un Vladimir Putin —por poner un ejemplo ad hoc—, además de lo moreno y lo güerito, es que el primero tuvo la suficiente prudencia para saber cuándo retirarse del juego, pero la suficiente inteligencia como para seguir siendo parte de él. Putin, que supo hacerlo hace cuatro años, sufre reveses hoy y ve disminuir su legitimidad conforme se acerca la elección presidencial en Rusia al autoimponerse por tercera vez como candidato. Fernández, por su parte, bien pudo haber buscado una nueva reelección consecutiva (y, por ende, un cuarto término presidencial), opción que se barajaba hasta 2010. A pesar de una creciente concentración de poder en sus manos en los últimos años, por un lado, y ante una impopularidad en ascenso frente a la crisis económica mundial y el repunte político de Hipólito Mejía, por otro, el mandatario prefirió aceptar la candidatura de su rival dentro del PLD, Danilo Medina, amén de desavenencias y querellas en la prensa entre ambos correligionarios. Con ello, indudablemente, el partido en el gobierno da otra imagen al promover un candidato distinto, que no deja de ser un viejo lobo de mar. Y, sin embargo, Leonel sigue ahí: logró imponer a la Primera Dama, Margarita Cedeño, como candidata a vicepresidenta.

Pese a las movidas políticas del doctor Fernández, todo puede pasar en el Levante de La Española. Las encuestas, locales e internacionales, sugieren una competencia bastante reñida por primera vez desde 1996. Danilo e Hipólito, enfrentados ya en 2000, son los representantes de continuidad y cambio, respectivamente. La oposición perredeísta ve hoy una oportunidad real de regresar al poder con un candidato que, si bien ya fue presidente, no salió bien parado de su cuatrienio debido a escándalos bancarios masivos y una recesión que se cuenta entre las peores de la historia de la nación. Desde entonces (2004), el PRD declinó en las preferencias del electorado, en especial por los números intachables en la economía nacional que caracterizaron el segundo mandato (2004-2008) de Fernández —en ocasiones, con las tasas de crecimiento más altas en América Latina, que llegaron alrededor del 9.2%— y que contrastaban enormemente con los presentados por Mejía al término del suyo.

Hoy parece repetirse el mismo fenómeno, pero al revés. El modelo económico de Fernández, exitoso en su momento, ha venido desgastándose, menos como un prototipo agotado —pues los inversionistas aún se refieren al país como “el Singapur del Caribe”— que como una insuficiencia ante la crisis global iniciada en 2008 y, si bien las consecuencias para Dominicana no han sido tan graves como en 2004, el descontento ha aumentado entre la población por dicho tema, aunado al de la creciente inseguridad como resultado del tráfico de narcóticos hacia Estados Unidos —según varios estudios, alrededor del 8% de la cocaína que entra en la potencia continental pasa por República Dominicana.

Ante este panorama, el electorado tiene únicamente una alternativa creíble entre las opciones de gobierno: el PRD, que ni siquiera se halla unificado y tiene diversas corrientes internas que buscan imponerse al resto, lo que resta cierta credibilidad a su presencia política. El contraste con el PLD en ese sentido es enorme, pues éste goza de una campaña de unidad y un candidato “fresco”, que no ha sido presidente aunque sí partícipe de la administración pública. Esto haría del PLD un partido más atractivo según los convencionalismos de la teoría sobre la democracia; es sabido, sin embargo, que ésta nació y creció en medio de constantes equívocos e imprecisiones inexplicables bajo sus limitados términos.

Más lejano en la preferencia electoral se encuentra el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), creado en 1963 por Joaquín Balaguer y sectores remanentes del trujillismo, que gobernó a la sombra de dicho personaje por años y que en los últimos no ha sido muy popular, en especial desde la crisis política de 1996 en la que se acusó de fraude al partido. Es interesante hablar del PRSC hoy en día precisamente por eso: se ha convertido en una oposición neutralizada que, en ocasiones, ha coqueteado con el mandato de Fernández, comenzando con el apoyo que Balaguer dio a su campaña desde arriba en 1996 —para evitar un regreso del PRD al poder— y solidificándose por medio de ciertos cambios constitucionales que complacieron mucho a los sectores que conforman y se ven representados en el PRSC en 2010: clero, clases altas y algunos empresarios.

Leonel, que proviene de un partido que se reconoce abiertamente de izquierda, ha dado visos de mirar para todos lados. Por un lado, se ha entrevistado con Fidel Castro en La Habana y tomado fotografías muy sonriente junto al comandante, además de plantear junto con Caracas la entrada de la República Dominicana en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), lo cual nunca se concretó; por otro, con el apoyo legislativo de los tres grandes partidos dominicanos —a pesar de que el PRD también se dice de izquierda, como el PLD—, se aprobó una nueva Constitución en 2010 que penaliza el aborto en todas sus formas, así como fortalece el ius sanguinis de los dominicanos en oposición a la inmigración haitiana, cosa que tiene muy contento al PRSC y que fortalece una alianza de facto entre éste y el oficialismo.

En suma, para 2012 se vislumbran, axiomáticamente, dos escenarios: 1) el primero y menos probable es que el PRD se beneficie del swing electoral clasemediero ante un evento coyuntural como la crisis económica mundial y la creciente inseguridad en el país, y no tanto por méritos propios, llevando a Mejía de nueva cuenta al Palacio Nacional, quien tendría que afrontar el reto de no repetir la inacción ante la crisis de 2004 y tendría que actuar con mucha cautela, lo cual se antoja difícil ante la presencia electoral del PLD en las Cámaras Baja —57.3%, es decir mayoría absoluta— y Alta —31 senadores de 32—, por lo que se vería obligado a apostar políticamente en las elecciones parlamentarias de 2014 lo cual, como demuestra el caso de México, suele resultar funesto para el poder ejecutivo; 2) el PLD, con un candidato de unidad y apoyado desde arriba por un aparato cuya cabeza es Leonel Fernández, se beneficiará de los buenos números que ha dejado su presidente hasta el momento —toda vez que se entiende que la crisis actual no recae sobre él directamente— y de un nuevo electorado que solía ser afín al PRSC, además del voto duro peledeísta (sic) y la imagen atractiva de Danilo Medina y de la Primera Dama, quien goza de gran reputación entre la sociedad dominicana.

De lo que no queda duda es que Leonel Fernández seguirá desempeñando un papel bastante central en la política dominicana, al estilo de un Uribe en Colombia, quien se fue pero no se ha ido. Y tampoco se descarta que el señor doctor, después de todo, regrese como candidato para la elección de 2016. Habrá que ver cómo anda el mundo entonces para saber si será legítimo un cuarto término o pasará a la historia como un opresor más que buscaba el poder por el poder. De ser éste el resultado, tendrá que irse a su casa a ver películas de Cantinflas. Él feliz.