Escucho la radio mientras manejo, pongo las noticias en la televisión por las mañanas, y siempre, invariablemente ella está ahí. La violencia, sus expresiones macabras. Está ahí como eso en lo que la hemos convertido: en parte de la cotidianidad.

Tan cotidiana es que hay diarios y programas especializados en ella, en exponerla y enseñarnos a todos aquello de lo que podemos ser víctimas. Eso pasa ahí afuera nos dicen, y el resto de las noticias nos muestran, nos afirman la incapacidad de las autoridades para cambiar la realidad, para frenar la violencia, mucho menos para reducirla o eliminarla.

Es que la violencia de la que nos hablan los medios es la de sangre, la de balazos, la de descuartizados y mujeres violadas, decapitadas, de cuerpos metidos en sacos que son encontrados por niños en campos de fútbol.

Ella es causada por los malos, por los poseídos del demonio, por los malandros que se meten drogas, la mayoría son pobres, pertenecientes a una mara, vinculados de alguna u otra manera a lo malo, lo incorrecto. Eso nos dicen, eso nos dicen y nos venden la sangre.

Los otros, los violentos que nadie identifica como tales, funcionarios, diputados, empresarios, son los intocables, los medios se vuelven sus cómplices. De vez en cuando un chivo expiatorio, de vez en cuando un caso que acapara las portadas y los titulares de los telediarios, de vez en cuando para que mientras nos distraen, los otros, los demás a cargo de esta pobre nación, siguen alimentándola de pobreza, de violencia.

Para eliminar la violencia, hay que empezar por eliminar la pobreza. Eso dicen organismos, instituciones del Estado, columnistas acá y por allá, y se hacen programas para darles de tomar atoles súper vitaminados y dulces, se les vacuna y se habla con caras serias sobre la necesidad de darles educación primaria e ir creando puestos de trabajo para que puedan, a su turno, darle una educación primaria y una dependencia de atoles estatales a los hijos que tendrán pronto, y que seguirán alimentando el ciclo.

El ciclo de la violencia, con un pasado y causas estructurales, no negadas pero tampoco abordadas. El ciclo de la violencia, con gordos diputados y gordos asesores de diputados y flacas secretarias de nalgas duras. Causas estructurales no negadas, pero tampoco abordadas para no acabar con la fuente de la riqueza de los funcionarios, de los empresarios, del Estado que sigue viendo en la ignorancia, la fábrica ideal de mano de obra barata, con cerebro de educación primaria, con cuerpo de atol rosado y con alma de cristiano.

Con sexualidad de cristiano, que hace pero esconde, que desvía en el sexo las angustias. Con la culpa a cuestas, promete fidelidad o castidad en confesión, en misa, en el culto, promete fidelidad y castidad y peca. Cae una y otra vez, peca y trae mano de obra al mundo. Mano de obra que es parte del designio divino, mano de obra que debe de traerse a toda costa para no ofender a dios. Ni se te ocurra hablar de anticoncepción, para nosotros, para los pobres, los hijos son la riqueza. De ellos nos alimentaremos.

La pobreza, fuente de la violencia, se combate con positivismo y con religión. La pobreza nos dicen, es un estado de ánimo, es una cultura que no quiere cambiar porque se ha acomodado, porque se ha vuelto parte de la apatía. Entonces nos inundan de historias de gente exitosa, y el éxito se resume a tener.

Manejo, las vallas adornan mi camino, me dicen cuál es el jeans que hará que todos volteen a verme, y en la radio la noticia de una mujer descuartizada, me dicen que debo aprovechar la oferta de la hora de almuerzo y en la radio, el testimonio de aquellos que sobrevivieron una avalancha de lodo. Un reloj de oro, un asalto que terminó en drama, lencería sexy, una mujer asesinada por su esposo, vallas de políticos y bloqueos de carretera. Esta en todas partes, la respiramos, la vemos a diario en las esquinas.

Esquinas adornadas por vendedores de flores, de dulces, de recargas de telefónicas. Esquinas en las que se turnan niños con cara de payasos y adultos maquillados intentan sonreír bajo la miseria, que con los ojos cansados piden dinero. Y nosotros, dentro de los autos, en los buses les tememos. Siempre cabe la posibilidad de que el payaso asuste, asalte, asesine.

Y entonces en las equinas, mientras el semáforo está en rojo, o mientras se dormita dentro del bus, las armas son acariciadas por aquellos que temen la violencia. Su cuerpo frío da la seguridad de defenderse, de no depender de los que andan de negro en negras patrullas, acompañados de hombre de verde olivo, de esos que todos saben que son parte de la violencia, que le dan de comer en la boca, que juegan con ella, que la tienen como compañera y amiga.

Hay personas que han propuesto incluso cambiar el nombre del país, quitarle el “mala” como si eso resultara en un conjuro con el que la pobreza y su hermana la violencia, quedaran congeladas en el tiempo.

Cada cuatro años, como ahora, nos gusta sentirnos niños que escuchan cuentos, niños a los que les gusta ver banderas y jovencitas en shorts que bailan al ritmo de canciones que prometen el cambio, aplaudimos y tomamos calcomanía, soles de fomy, guacales camisetas con logos de partidos, con rostros de candidatos. Cada cuatro años, ellos, esas caricaturas de democracia, alzan la voz y nos prometen en nombre de dios, cambiar las cosas, eliminar la pobreza. Este año nos prometen mano dura y pena de muerte y la mayoría quiere creer en los candidatos como creen en dios que castiga a los malos, como dicen creer en él. Y pensamos, cada cuatro años, que es posible “reiniciar” el país, dejar atrás la historia, especialmente la vergonzosa guerra que en unos años parecerá cosa de niños, cuando el recuento de los muertos de la paz sobrepase a los del conflicto armado interno.