Hacen algunos años, al hablar de comunicación en Venezuela, el estudioso Jesús María Aguirre identificó el caso como una arritmia en relación a América Latina. Cuando el continente estuvo inmerso en las dictaduras de los 70, el país lideraba las luchas por democratización de medios y el Nuevo Orden Mundial de la Información y Comunicación (NOMIC).

En los 90, mientras emergía el boom de los movimientos por “otra comunicación”, Venezuela adormecía los sueños de cambios legislativos en el sector tras casi 40 años de una democracia apática. Para Elizabeth Fox (1997) esa sintomática disfunción denunciaba los efectos de una larga telenovela que narraba el casamiento informal entre medios privados y élites políticas.

Muchos años después, las arritmias cardíacas producidas por héroes y villanos salidos de un drama apasionado parecen seguir como dinámica en la peligrosa historia de amor y odio entre gobiernos y medios en las tierras bolivarianas.

Retrospectiva de los últimos capítulos

El último capítulo a disparar fuertes emociones fue protagonizado por la Asamblea Legislativa, que a las vísperas del final de mandato, aprobó un “paquetazo” de 16 nuevas leyes, entre ellas una nueva Ley Orgánica de Telecomunicaciones y otra de Responsabilidad Social en Radio y TV. Las medidas aumentaron los latidos acelerados del debate de la regulación de medios.

Para la oposición, las iniciativas anuncian el secuestro progresivo de la libertad de expresión, en que las redes de radio, televisión y medios electrónicos quedaron como víctimas indefensas, atrapadas  en la normatividad excesiva y en los súper poderes del villano. Hugo Chávez está reduciendo el cerco sobre los medios que lo cuestionan, acentuando su carácter punitivo y criminalizando la información independiente.

Entre los amigos del proceso revolucionario es consenso que las reformas buscan devolver al pueblo oprimido y expoliado su derecho a una comunicación como “servicio de interés público”. Para el otro lado del cuento, los medios habían sido aprisionados por una élite perversa que tenía el único objetivo de usarlos en defensa de sus intereses políticos y económicos.

Sin embargo, los maniqueísmos parecen perder sentido si miramos la trama completa. Como la vida supera la ficción, la realidad venezolana pinta a héroes y tiranos con ambigüedad y mutaciones de carácter.

El inicio de la trama

En los primeros capítulos de ese enredo, los medios de comunicación se volvieron “amigos con derechos” en dictaduras y gobiernos elitistas anteriores. En esas fechas, no evidenciaron ninguna preocupación con el pluralismo. En defensa del NOMIC, en los 70, reaccionaron ferozmente y ayudaron a matar las propuestas de cambios legislativos para democratizar el sector.

Esa historia de amor quedó registrada en la ausencia normativa durante toda la democracia del Punto Fijo.[1] De esa unión estable, nació uno de los más grandes conglomerados del continente, el grupo Cisneros, entre los 100 más ricos del mundo. Y mientras disfrutaba casi 100% del espectro radioeléctrico, fue indiferente (o connivente) con el control, represión y exterminio de las voces opositoras.

Un nuevo personaje misterioso

Hugo Chávez en 1992 frente a las cámaras de televisión venezolanas, anunciando el fracaso del golpe militar. Inesperadamente, la televisión se convirtió en el mayor aliado de Chávez, gracias al golpe mediático que significó este anuncio.

En los 90, los medios recurrieron a la manipulación informativa para marginalizar al candidato presidencial Hugo Chávez, que interrumpía la secuencia tranquila de cartas marcadas. El nuevo personaje surgió en 1993 y era un militar desconocido que, tras un golpe frustrado, usó la televisión para desarmar a sus fuerzas rebeldes. En 42 segundos de un discurso sereno, deseó buenos días al pueblo de Venezuela, pidió disculpas y asumió la responsabilidad por el fracaso, “por ahora”. Aun preso, se convirtió en la esperanza de millares de pobres y desilusionados que ocupaban papeles figurativos. Al salir de la cárcel, Chávez ya estaba convencido de la seducción arrebatadora de los medios.

Despreciado por ellos en las elecciones, intentó conquistarlos en los primeros años de gestión. Con la Constitución de 1999, declaró su amor a los Derechos a la Comunicación en un capítulo progresista y sin precedentes en el continente, pero que seguía resguardando las libertades de prensa tradicionales y los derechos de propiedad. En 2001, aprobó una Ley Orgánica de Telecomunicaciones que facilitó la explotación privada en el sector y atendió los deseos de los radiodifusores. Pero el coqueteo no duró mucho.

El capítulo dramático

Tras sucesivas campañas negativas a su gestión, Chávez fue traicionado en el episodio del golpe de 2002, que fue orquestado por y desde los medios privados. Se acabó allí la larga unión entre el Estado y el poder mediático.

Mientras las grades emisoras transmitían caricaturas, la “Radio Bemba” entraba en acción. A través de mensajes de celular, transmisiones clandestinas y de pocos medios independientes, la población se auto-convocó para defender la democracia y restablecer el presidente al poder. Con una prueba de amor de ese tamaño, se inició un nuevo momento en el corazón venezolano y su historia de los medios.

En 2002 se inició una serie de medidas que reconocían, incentivaban y apoyaban, desde el Estado, la creación de medios comunitarios. Una serie de emisoras que ya operaban en la clandestinidad y otras tantas emergieron en un “boom” de comunicación popular que protagonizó la novedosa red de contra-información y defensa del avance de la re-fundación del país.

El patito feo se convirtió en pieza clave para construir el Socialismo del Siglo XXI. Tras años de proscripción y olvido, la comunicación popular se abandonó a los brazos de su libertador. Conquistó un reglamento que la legitimaba, una secretaría específica para cuidarla, recursos financieros y equipos, cursos y capacitaciones, además de un asignación récord de frecuencias.

Pero cada día más apasionada por el poder, la familia gobernante empezó a temer esa novedad que demandaba altos costos, tenía poca audiencia, era dispersa, fragmentada, incontrolable, imprevisible y por eso, poco confiable. Los medios comunitarios seguirían en el blanco de los aliados, pero bajo vigilia, y jamás ocuparían el lugar del gran amor Chavista.

Nuevas revira-vueltas

Dispuesto a conquistar las grandes audiencias a cualquier precio, el presidente decidió imponer su fuerza a través de la transmisión obligatoria de sus discursos en cadena nacional. También optó por la creación de medios propios, como VTV, Venevisión y Telesur, además de  protagonizar el “Aló Presidente”.

En 2004, aprobó la Ley de Responsabilidad Social en Radio y TV (Resorte), la cual anunciaba una regulación mínima de los contenidos mediáticos basada en los derechos de los usuarios. Sin embargo, su aplicación reproducía la trampa de la polarización. Como en toda novela pasional, la discrecionalidad no hacía parte del texto.

Eso se volvió visible en 2005, cuando sin revelar criterios claros, el Estado rompió con la tradición latinoamericana de renovar automáticamente las concesiones públicas de medios privados. Alegando soberanía nacional y la falta de compromiso de la emisora con una comunicación de calidad, negó el permiso al canal RCTV, uno de los protagonistas del golpe de 2002. La traición estaría vengada. Para Waisbord (2011), el populismo prevaleció y se interpuso en el activismo comunicativo venezolano como la falsa dicotomía entre amigos y enemigos, exigiendo de los actores de medios comunitarios adhesiones incondicionales.

Escenas de los próximos capítulos

Desde entonces, otros episodios menores complementan la trama que Marcelino Bisbal bautizó del “Estado Comunicador” en la  construcción de una nueva hegemonía socialista. Pero pese a los rumores de que ese personaje misterioso premedite generar un latifundio mediático estatal, los medios privados siguen ocupando un margen superior a 70% del espectro.

Son frecuentes las denuncias de mecanismos de control indirecto y manejo discrecional de la publicidad estatal. Amenazas, persecuciones y el miedo aterrorizante, que produce la “auto-censura” informativa, completan el horror de una casi-dictadura.

Pero si comparada con enredos de democracias supuestamente menos cuestionables, el caso venezolano pierde mucho de su tinte fatalista. Los episodios de asesinatos hacen parte del cotidiano de la trama de México y Honduras. Las violaciones a la pluralidad comunicativa también son constantes en Brasil, Colombia, Guatemala, entre tantos. Además, cualquier tele-espectador desatento percibe que la crítica ácida al candidato a villano, o heredero de Bolívar, sigue presente en la pantalla venezolana. En ese escenario, ¿quién es el héroe y quién es el malo?, ¿se salvará la democracia comunicativa?

Como toda buena trama, ante la inestabilidad emocional de sus personajes, el desenlace de la reglamentación de medios en Venezuela gana contornos dramáticos e imprevisibles.

Sin intenciones de justificar a los personajes y sus actos desesperados, ese ejercicio busca revelar la visceralidad de ese cuento. Antes de juicios y adhesiones precipitados, sugerimos la revisión de la historia y las motivaciones de los actores como parte de un enredo mucho más largo, rico y complejo que las escenas sobresaltadas de los últimos capítulos. En el caso de Venezuela el esperado final feliz parece depender de qué concepto de felicidad y de qué partido el tele-espectador elija. Pero todo indica que grandes emociones no faltarán en las próximas escenas, aumentando las arritmias y riesgos de un ataque cardíaco para sus personajes y aficionados.

[1] La democracia de Punto Fijo se desarrolló en Venezuela de 1958 a 1993, luego de un pacto entre los tres principales partidos de la época: Acción Democrática (AD), Unión Democrática Republicana (UDR) y COPEI.

Bibliografía:

Aguirre, J. M. (2005). Democratizar la comunicación: El caso Venezuela. aprendiendo de la adversidad. Caracas: 17 Anuario Ininco – Investigaciones De La Comunicación, 1.

Bisbal, M. (2006). El estado-comunicador y su especificidad. diagnóstico inacabado y estrategias. Caracas.

Cañizáles, A. (2007). Pensar la sociedad civil: Actores sociales, espacio público y medios en venezuela. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.

Fox, E. (1997). Latin American Broadcasting: From Tango to Telenovela. Luton, UK: John Libbey Media.

Fox, E., & Waisborn, S. (2002). Latin politics, global media (1st ed.). Austin: University of Texas Press.

Sel, S. (2010) (org). Políticas de Comunicación en el Capitalismo Contemporáneo – América Latina y sus Encrucijadas. Buenos Aires: Clacso.

Waisbord (2011). Between Support and Confrontation: Civic Society, Media Reform, and Populism in Latin America. Communication, Cultura & Critica, Vol. 4. Issue 1. Feb 2011.