Enza García es una joven escritora venezolana, aunque no le interesa mucho la sumatoria de su nacionalidad en su trabajo. El difícil contexto que atraviesa su país ahora le hace añorar una normalidad ajena a su contexto actual. Y a la vez se imagina siendo dueña de una granja y criando animales, si pudiera escribir su vida como una de sus historias. Enza es una de los 22 autores del continente americano que participan en el Proyecto Arraigo/DesarraigoDistintas Latitudes conversó con ella, y esto fue lo que nos dijo.

¿Cómo te acercaste a la literatura y a la escritura?

En mi ámbito familiar no se cultivó el oficio lector.  Incluso podía percibirse cierta disposición al rechazo, especialmente por parte de mi madre. Para mí todo aquello –leer, dibujar, recrearse— formaba parte de un privilegio de alto riesgo con cara de perro bravo. El primer libro que leí fue uno de astronomía y nunca supimos de dónde había salido.

¿Qué recuerdas sobre ese primer cuento o pieza que escribiste?

Estaba en tercer grado. Se trató de un cuento sobre la enemistad entre el sol y la lluvia. Fue realmente emocionante escribir algo que no estuviera copiando de algún libro del programa escolar. Sigue siendo emocionante creerse por un instante que uno puede referirse al mundo como si fuera la primera vez en todo el universo.

¿Cómo piensas que tu identidad como venezolana te ha influenciado en términos generales y también en tu literatura?

No me interesa esa sumatoria. Hay una serie de rasgos inevitables, supongo. Supongo que en cierto punto no podría evitar comer arepas y tararear las tonadas de Simón Díaz o suspirar por los poemas de Eugenio Montejo. Pero de igual forma tengo la necesidad de no entregarme si veo que una camisa de fuerza me señala en la distancia. En cuanto uno empieza a enumerar los pormenores de la identidad, se falsifica, así que prefiero falsificarme definiendo otras cosas, o creyendo que lo hago; quizás uno solo sabe hablar de sí mismo. Estoy segura de que dentro de un mes leeré esta respuesta y voltearé los ojos porque no estoy de acuerdo.

¿Cómo llegaste a desarrollar lo que considerarías tu estilo propio?

Hay elementos, pulsiones y señuelos que me acompañan en la actividad permanente de diseccionar. Entonces creo que mi estilo, acaso, consiste en la ilusión de alcanzar algún tipo de meticulosidad. Lo cual se traduce en algún modo en luchar contra mi carácter distraído. Mi estilo es el combate contra mis resabios.

Uno de los aspectos más visibles de tu producción literaria es el erotismo, ¿qué significa para ti este elemento y cómo consideras que trasciende en tus textos?

Es una pieza del engranaje, como las referencias artísticas o las alusiones políticas. Es una de tantas otras excusas para investigar la condición humana. Durante la escritura de mi último libro noté que es un elemento que cada vez me interesa menos, menos como sustancia y más como adorno. Algunos lectores me reclaman que ya mi producción no aborda estos temas de una manera indiscutible. “Ya tus cuentos no dan ganas de masturbarse”, me dijeron. ¿Qué puedo hacer? No mucho. Mi búsqueda insiste en otros derroteros, aunque siempre por la fe en la misma derrota.

¿En qué proyecto estas trabajando actualmente?

En El dinosaurio blanco, un proyecto que se dice híbrido para darse importancia. Tiene poemas, dibujos, recortes, citas.

¿Qué es lo que más te apasiona?

Ver series y mantenerme viva. En Venezuela, con nuestro internet de pacotilla y las 25.000 muertes violentas al año, es difícil una cosa y otra.

¿Te gusta viajar? ¿Cúales son los destinos que más te llaman la atención?

¿Que si me gusta viajar? No lo sé exactamente. En Venezuela ha sido difícil experimentar ciertas cosas con normalidad. Hasta ahora he salido del país, con algunas comodidades, gracias a invitaciones literarias, y desde ahí sumida en asombros e inquietudes. De momento puedo leer ambas experiencias de este modo: para un venezolano, viajar es salvarse la vida por un instante, pero también es experimentar la vida, casi, por primera vez. Lo cual puede ser vergonzoso y doloroso. Cada vez me quedan menos recuerdos de lo que pudimos ser.

Si pudiera iría a Estambul. Quizás hay algo dañado en mí, parece que me gustan los imperios del mal (risas).

¿Qué proyectos tienes a mediano y largo plazo?

Estaré próximamente en la Residencia del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa y luego en la Residencia de City of Asylum, en Pittsburgh. Hablando de viajar. Mi primer proyecto es vivir, entonces. Aprender cómo se es escritor en otras condiciones.

¿Cuáles dirías que son tus ideas o convicciones más profundas?

No soy pueblo y no necesito que me rescaten. Necesito, en cambio, que los implicados garanticen justicia. Mi mayor convicción es que nadie debería sufrir por haber nacido en ningún lugar.

Si fueras un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo y cuál sería tu desenlace?

Mi nudo sería encontrar una manera honesta de tener mucho dinero para luego adquirir una granja y criar animales. Morir a los 85 años. Que en algún punto entre una cosa y otra alguien me ame.