Medio siglo de guerrilla en Colombia protagonizado por las armas, el conflicto, la violencia, y el miedo. Medio siglo que se pensaba culminaría con el plebiscito del pasado dos de octubre, en donde sorpresivamente ganó el NO. Ahora, la obtención del Premio Nobel de la Paz, por parte del presidente Juan Manuel Santos da una nueva esperanza de que se puedan implementar.

Los acuerdos de paz que se desarrollaron durante cuatro años en Colombia tuvieron en vilo al país, y al mundo entero. Es que estos no fueron acuerdos de paz como cualquiera. Entre otras cosas, se destacan por ser los primeros con perspectiva de género transversal en el mundo. Por atender de forma individual la situación de cientos de miles de mujeres durante el conflicto, y por darles lugar en las negociaciones de paz.

A las víctimas, las desplazadas, las violadas, las torturadas, las que tuvieron que rehacer su vida, las que sufrieron múltiples violencias, las sobrevivientes, las que siguen en pie de lucha. Del campo y de la ciudad. Niñas, adolescentes, jóvenes, adultas y ancianas. “Las más afectadas”, dicen quienes saben en Colombia. A las mujeres.

Medio siglo de guerra machista

Las especialistas coinciden que durante el conflicto armado entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Estado colombiano, las mujeres fueron las más afectadas. Especialmente victimizadas por una guerrilla que no crearon ni eligieron padecer. Una guerrilla jodidamente machista.

“Las mujeres siempre han sido las más afectadas, porque a los hombres [los principales combatientes de la guerra] los matan y desaparecen, pero a las mujeres las desplazan, les provocan todo tipo de violencias, y son ellas las que tienen que rehacer el tejido social luego del conflicto”, dijo a Distintas Latitudes la colombiana Diana López, comunicadora social feminista, integrante de Fondo Lunaria.

En la Colombia rural, son los hombres generalmente los dueños de las tierras. Una vez muertos o desaparecidos, muchas veces las mujeres no tienen acceso al título de esa tierra, ni a un crédito, o a un proyecto productivo, explica en su columna de opinión de El Espectador, la feminista colombiana Catalina Ruiz Navarro. Así han tenido que moverse a otras tierras, a la ciudad o la capital, y adoptar otro estilo de vida. López agregó que estas mismas mujeres son “amenazadas actualmente por otros grupos armados como las BACRIM [Bandas Criminales Emergentes]”, porque “están encabezando los procesos de defensa y protección del territorio” frente a instalación de la megaminería.

A la violencia sexual y tortura sistemáticas, se le suma que “muchas mujeres fueron reclutadas de niñas, comenzaron su vida sexual durante el conflicto, y fueron obligadas a abortar mientras cumplieron el servicio para la fuerza armada guerrillera”, relató a Distintas Latitudes la periodista colombiana Teresita Goyeneche. Una vez más en la historia de la humanidad, las mujeres fueron botines de guerra, y los delitos que se perpetraron contra sus cuerpos aún están impunes.

“La guerra es machista. Porque aquí el que tiene el poder es el que tiene plata, y el que tiene plata casi siempre es el hombre”, parafraseó Goyeneche a Juana Ruiz, líder de la Asociación Mujeres Tejiendo Sueños de Mampuján. Un grupo de mujeres desplazadas luego de una masacre de 12 personas en su pueblo, que gracias a un arduo trabajo recuperaron las tierras de su comunidad, y recibieron el Premio Nacional de Paz.

¿Los acuerdos de paz en Colombia son feministas?

“Es bastante novedoso que el acuerdo de paz tenga enfoque de género”, resaltó Goyeneche, quien hizo un trabajo de comparación con otros acuerdos de paz como el de El Salvador en 1992, que dio fin a una guerra civil de 12 años. Y destacó que “todos los puntos del acuerdo tienen especial énfasis en la situación de la mujer”, pero principalmente, tres acciones específicas: la participación política de las mujeres en las negociaciones; que los delitos de violencia sexual serán investigados y juzgados y son amnistiables; y que se facilitará a las mujeres rurales desplazadas el acceso a la tierra.

Natalia Idrobo, politóloga colombiana e integrante del Observatorio Contra el Acoso Callejero Colombia, explicó a Distintas Latitudes que “para que los acuerdos de paz duren unos 15 o 20 años se necesita una participación activa de las mujeres”. Idrobo asistió la Segunda Cumbre Nacional Mujeres y Paz a fines de setiembre, donde ONU Mujeres dio cuenta que las negociaciones de paz en Colombia no tienen precedentes ya que para los acuerdos de paz que se han firmado entre 1992 y 2011 en el mundo, menos del 4% de los signatarios y menos del 10% de los representantes sentados en las mesas de paz, fueron mujeres. Para Colombia, las mujeres representaron el 60% de las personas que conformaron las delegaciones de Paz.

Sin duda alguna, fue el esfuerzo, el trabajo y la presión de las mujeres organizadas de Colombia que hicieron la diferencia en el enfoque de género de las negociaciones de Paz.

“Las mujeres nos hemos empoderado un montón del discurso de la paz, pero creo que sería importante quitar la visión de que somos las pacíficas, porque esto es una apuesta política de las organizaciones de mujeres”, sentenció Idrobo. Gracias a ese trabajo incansable, se creó la Subcomisión de Género de la mesa de negociaciones, la encargada de transversalizar la perspectiva de género en los acuerdos. Según Diana López, estos logros “no fueron por voluntad de las partes, más bien por una deuda histórica con las mujeres en Colombia”. Si bien para ella, en los acuerdos de paz de Colombia se hizo un esfuerzo por incluir la perspectiva de género, distan de ser feministas.

“Las paz es feminista”: el eslogan de una campaña de las (e)stereotipas, un colectivo integrado por Catalina Ruiz Navarro y Estefanía Vela, que promueve la idea de que los acuerdos de paz en Colombia son feministas. Es más, Ruiz Navarro considera que “no ha pasado nada tan feminista en América Latina como este documento”.

En su caso, Idrobo piensa que los acuerdos sí son feministas, aunque no “haya una esencia del feminismo plasmada en sí”. Porque más allá de que las mujeres de la sociedad civil estén representadas en las delegaciones de Paz, “sería necesaria mayor inclusión y darle a las mujeres las mismas voces que a los hombres”, insistió. Salvo algunos casos en particular (como la presencia de la canciller María Ángela Holguín para el gobierno o la de Victoria Sandino para las FARC), la presencia de mujeres negociadoras representando a las partes no fue muy significativa.

Marcela Salas, activista LGBTI colombiana, aportó otro matiz a la discusión. Para ella, el acuerdo de paz “no es feminista, y tampoco esperaba que lo fuera”. “Allí estuvieron representadas una gran cantidad de organizaciones de mujeres, pero igual siguen siendo pocas mujeres”. Además, “nos parece un acuerdo binario, que habla de masculino y femenino. A pesar de que nombra a las personas LGBTI, es un nombramiento muy ambiguo”, explicó.

Como mujer lesbiana, Salas entiende que “hay violencias que no se reconocen”, como que ser LGBTI es un agravante. Por ejemplo, “puede que haya un registro de mujeres que sufrieron violaciones sexuales, pero va a ser muy difícil reconocer cuáles son violaciones correctivas porque no hay un contexto claro en los acuerdos”, explicó. Para Salas, este es un trabajo que deberán hacer las organizaciones feministas durante el postconflicto.

Lamentablemente, con todas sus falencias, y lo ambiguo de la mención de las personas LGBTI, estos puntos jugaron en su contra. El enfoque de género fue uno de los “argumentos” del NO, movilizado por distintas iglesias del país, por “promover la homosexualidad como política”.

El futuro de la paz

Originalmente Goyeneche estaba optimista. “Si todo sale bien, es muy probable que los órganos que se formen para la ejecución del tratado estén compuestos de forma igualitaria entre hombres y mujeres”, dijo, antes de la victoria del NO en el plebiscito del dos de octubre.

Para López, terminar con el conflicto armado daría pie para tratar otro tipo de problemas estructurales. Problemas que siempre resultaron opacados por la guerrilla, como: acoso callejero, feminicidio, estigmatización del cuerpo, violencia intrafamiliar, entre otros.

Ahora, el país vive una especie de transición en incertidumbre, a la espera de nuevas negociaciones que puedan llevar adelante la paz. Y a la espera de que estos espacios no eliminen la perspectiva de género que tanto costó incluir.

Lo que no se pueden olvidar los colombianos es que “la paz es temporal”, explicó Idrobo, ya que falta negociar con otros grupos armados. Lo importante es que “a la paz hay que seguir trabajándola” para poder comenzar a hablar de las mujeres en Colombia.