Cuando descendió Rosario Central yo estaba solo en un pequeño pueblo en el sureste de Costa Rica. Once desalmados perdieron 3 a 0 contra un equipo de la “B” y  yo lo vi sentado frente a una pantalla que me traía retazos pixelados de fútbol argentino via internet. La conexión era mala, y hoy, a más de un año de aquel trágico 23 de mayo de 2010 que jamás olvidaré, la recuerdo aún peor de lo que fue.

Cuando el árbitro pitó el final yo apenas veía. Entre los pixeles, los cortes y mis lágrimas, la pantalla se había convertido en un pantano. Yo mismo, todo contrariado e indisimulablemente triste, era un pantano. Mi equipo era, al cabo de 90 minutos ridículos, de la “B”, y yo no estaba cerca ni de mi padre –culpable directo de mi fanatismo por Central—ni de mis hermanos –con quienes comparto la pasión y que estaban en Rosario-. Estaba solo en una isla en Costa Rica.

Lloré 48 horas ininterrumpidas.

Ese día, en horas de la noche, se quitó la vida Juan Pablo Dandreta, un fanático de Rosario Central que—dicen las crónicas del hecho—no soportó el descenso del canaya. Desde entonces no pude llorar más. Me enojé en cada uno de los 38 partidos que Central jugó en el Torneo Nacional B (2010-2011) y me angustié hasta el espasmo físico por nuestra derrota final: un año más en “el infierno” del descenso. Sin embargo, algo de la muerte de Juan Pablo, a quien no conocía y no conoceré jamás, me robó las lágrimas y me devolvió la razón.

Este año, con el descenso de River Plate, uno de los dos equipos más importantes del país en tamaño, cantidad de fanáticos e historia, se reavivó el debate: ¿el fútbol es solo un “juego” como dicen algunos o es “de vida y muerte”, como dicen otros?

Fútbol  e identidad.

La única certeza sobre el tema es que hace años dejó de ser mero espectáculo. De la historia de ese deporte aristocrático –en su versión moderna nacido en Inglaterra a mediados de 1800- a éste de neto corte popular, hay mucho recorrido. Incluso el historiador Eric Hobsbawn  ha explicado en sus obras la proletarización del fútbol en la Inglaterra de la Revolución Industrial y ha desarrollado una obra crítica importante sobre el fútbol como generador de identidades.

Muchos académicos han estudiado, previa crítica del olvido, la relación entre fútbol e identidad. El vínculo, si se quiere nocivo, entre el deporte-show y la ceguera racional a la que se expone el amante de su club, es directamente proporcional a la relevancia de su análisis. Esto no es una apología de la razón, ¡válgame dios! No hay sentimientos más nobles que la desazón y la gloria futboleras. El peligro está en desconocer los límites del sentir. En los excesos cometidos con la punzante y ardorosa llaga de la derrota a cuestas.

Un profesor de la Universidad de Navarra, Francisco Javier Caspistegui, dice en un artículo publicado en 2004 en el diario ABC de Madrid, que el fútbol ha reemplazado a otros metarrelatos y certezas absolutas en su construcción y referencia identitaria. Que “en nuestras plurales sociedades, la complejidad identitaria ha aumentado por la dificultad de hallar referencias absolutas con las que podemos identificarnos” y que uno de los protagonistas ha sido “el deporte, potente fuente suministradora de tradiciones, símbolos y rituales, que transfirió la sacralidad de las viejas pertenencias hacia nuevas necesidades”[1].

Es probable que tengan razón los académicos que cuestionan la irracionalidad del sentir futbolero, pero aún hay elementos destacables en lo lúdico y bello del deporte y el amor por el club propio. Recuerdo al Negro, Roberto Fontanarrosa [2], ya enfermo y con un tembleque en las manos que le impedía cualquier trabajo, regalándole al club de sus amores –y al mío-, un último esfuerzo antes de morir. El Negro, que solía sentarse en una platea baja del “Gigante de Arroyito” semana por medio, se fue con un último trabajo al que no le llamó trabajo sino un “honor”.

La identidad, bastardeada por los que apelan a la desaparición violenta del “enemigo deportivo”, puede ser en cambio noble y rica, como cuando un hombre enfermo al borde de la muerte elige, a brazo alzado y puro temblor, dibujar el Canaya en homenaje a su querido Central. El dibujo está bordado en la casaca centralista desde entonces y –ojalá—para siempre.

Ilustración de Juan M. Tavella, colaborador argentino ([email protected])

La vida o la muerte en una pelota.

Hace unas semanas descendió River Plate, y los medios de comunicación se encargaron de magnificarlo todo. El dolor de sus hinchas es entendible –¡cómo no entenderlo si lo viví hace un año!-, la crisis política empresarial que representa también; ahora que lo indecible es el rol de los medios en esta creación cultural de masas. El diario deportivo Olé, que no fue el único sino una expresión de lo que todos hicieron, destacó la situación deportiva de River –y su posterior fracaso—como un hecho de “vida o muerte”.

Hay una peligrosa lógica de innegable realismo en esa consigna.

Por eso no fue extraño ver a tantos simpatizantes caracterizados -como le llama cierta prensa eufemísticamente a los indiscutiblemente mafiosos barras bravas— destrozar instalaciones de River y zonas aledañas, como hicieran hace un año en Rosario. Los negocios del fútbol y las barras y la política rozan lo mafioso, pero además hubo hinchas comunes, como se dice para separarlos de los mafiosos. Fanáticos dolientes. Y eso, aunque no extraña y se entiende en esta construcción identitaria que reemplaza a lo otro que no nos representa, no deja de sorprender.

Los medios de masas expresan la cultura de masas.

Violencia e identidad

En otra arista aparece la violencia. La constante muerte en el fútbol, los heridos, las grescas, las disputas, la golpiza. Pasó y pasa en Argentina, en cualquier costado de Latinoamérica y del mundo. En una rápida y corta lectura, podemos tomar a Paulo Freire, en su Pedagogía del Oprimido, para explicarla.

Dijo el eximio educador y pedagogo brasilero que el patrón –el opresor- vive dentro del oprimido. Que la violencia que reciben los oprimidos –y cabe recordar que esta sociedad es un tejido de millones de oprimidos y cientos de opresores—es la que reproducen entre sí. Que, previa liberación y enajenación de los oprimidos, la única violencia posible –ante el temor y la admiración que provoca el opresor— es sobre los oprimidos mismos, sobre los compañeros de sufrir material y existencial.

No importa si son de Central, de River, de Cruz Azul o del Chelsea. La violencia de los oprimidos, que no se identifican como tales aún, es librada sobre otros oprimidos con distinta etiqueta futbolística. Cuestión de identidades, de emancipación y de opresión.

Hace poco más de un año estuve 48 horas llorando luego de ver 90 minutos ridículos frente a una pantalla pixelada en una isla ahora lejana física y emocionalmente. Hace poco más de un año Juan Pablo se quitaba la vida y, con ello, reforzaba a la vez que destruía su identidad. Quizás su último acto haya sido un símbolo de la opresión y el descargo violento sobre el oprimido. Futbolísticamente, la “B” significa la muerte. Algunos van más allá y rompen su identidad de un tirón.

 

 

Referencia

  1. http://www.unav.es/noticias/opinion/op190604-02.html
  2. Roberto, el Negro, Fontanarrosa, fue un humorista gráfico y escritor argentino. Su amor por el Rosario Central fue tan grande y tan reconocido que, al morir, su cortejo fúnebre (que era acompañado por cientos de ciudadanos comunes, escritores, actores y autoridades de la política nacional, hizo una parada en las cercanías del Estadio Gigante de Arroyito, sede del Rosario Central.