Me sugiere una amiga que escriba algo acerca del futbol, el nacionalismo y la identidad; propone, con mayor precisión, que explore las ilusiones que el Chicharito despierta en un país aparentemente sumido en la desilusión y el pesimismo.

La tarea no es sencilla y para mí resulta particularmente difícil acometerla porque llevo un par de años fuera de México –sin televisión ni conexión a internet para colmo de males. He perdido cercanía con el futbol, aunque eventos puntuales restauran mi entrañable relación con él. Pienso, por ejemplo, en el reciente campeonato de los Pumas y en el pequeño y oscuro bar en Pilsen, Illinois, –la oscuridad acentuada por el contraste con el sol brutal del mediodía sobre el asfalto sin sombras– en donde vi el juego, y en la nostalgia que sentí cuando pensé en mis amigos en el Estadio Olímpico en donde la borrachera comenzaría a las 10 o las 11 de la mañana. También me vienen a la cabeza los correos que recibo esporádicamente de un par de amigos que me cuentan a detalle el desarrollo de la liga francesa, mexicana, española e inglesa. Concluyo entonces que el futbol visto a solas tiene poco sentido y que no es sino una más de las gramáticas de la amistad, un lenguaje entre muchos otros que establece canales de comunicación entre nosotros y unos seres inexorablemente extraños que, con el paso del tiempo, aprendemos a querer y a extrañar, hasta que llega el día en que sin ellos nos sentimos solos y perdidos. Pero esto no es demasiado original y tampoco sería original estirar el argumento y hablar de la nación, el patriotismo, las comunidades imaginarias, o qué se yo.

El futbol se ve, se escucha y se piensa de manera distinta cuando uno está afuera, por ejemplo en una ciudad como Chicago que no le presta la misma atención que la Ciudad de México –aunque alguna atención le presta. El futbol adquiere un significado distinto cuando no hay kioscos tapizados por la prensa deportiva, cuando los noticieros no son abiertos por los resultados de la selección nacional en la Copa de Oro, cuando no se ven espectaculares por la calle con los rostros de Vela y Ochoa[1], y cuando los chillidos de José Ramón y Albert[2] no amenazan con aturdirnos cada vez que encendemos la televisión. El futbol es distinto, en suma, sin su hegemónica presencia en las calles y los medios de comunicación masiva, sin la inminente sensación de catástrofe que sus analistas –comentaristas de la prensa deportiva, pero también, con cada vez mayor frecuencia, intelectuales, politólogos, escritores– procuran transmitirnos.

Hay en Chicago cientos de miles de mexicanos que siguen a la selección pero cuyo interés en ella no inunda el espacio público porque no encuentra los medios para amplificarse y multiplicarse hasta la náusea. Cadenas de televisión en español transmiten los partidos de la selección mexicana que narran en español y que interrumpen con comerciales en español, dirigidos al consumidor Mexican-American o latino. Pero esas cadenas no son sino una opción más entre muchas otras, así que es posible ignorarlas y alejarse del estruendo futbolístico que en México padecemos.

El futbol es un asunto menos serio en los Estados Unidos, un entretenimiento como muchos otros y una oportunidad excelente para vender cerveza Corona, nada más. Aquí no existen, afortunadamente, intérpretes del futbol, la política y la cultura que analizan estas tres esferas como manifestaciones de algo más profundo; no existen, por supuesto, ensayistas que se sirven del futbol como una ventana más desde la cual es posible interpretar el alma mexicana.

Mientras escribo esto pienso en un artículo acerca del Chicharito Hernández escrito por León Krauze que leí hace unos dos meses en el blog de Letras Libres, algunos días antes de la final de la Copa de Campeones de Europa. Glosando el nuevo libro de Jorge Castañeda –cuyas tesis se nutrían de varias fuentes, el futbol entre ellas–,  Krauze describía al mexicano “como un pueblo mal preparado para la modernidad, para los ajustes que los nuevos tiempos requieren. No nos gusta la competencia, las leyes nos estorban, desconfiamos del prójimo y mucho más del extranjero, no sabemos trabajar en equipo y somos adversos al cambio.” Valiente, solidario y noble, el Chicharito representaba el contraejemplo más conocido de esta norma mexicana (el tono del artículo me hace pensar que el autor se considera otro de estos contraejemplos; no lo visualizo del lado de los tradicionales, individualistas y adversos al cambio) y era propuesto como un ejemplo inspirador para la juventud mexicana. Comparto la admiración por el Chicharito, pero hay algo inquietante en el voluntarismo del que el artículo hace gala, como si no quedara más que encomendarnos al héroe providencial para llegar a ser, por fin, modernos.

Cuentan que cuando Borges conoció a Menotti dijo de él que parecía inteligente, mas no entendía porque se empecinaba en hablar de futbol. La sentencia me parece cada vez más pertinente, menos severa. El futbol es una puesta en escena y una metáfora más –atajadas, goles o un particular estilo pueden evocar cualquier cosa– entre las miles de metáforas que existen en el mundo. Pero no es demasiado más. No explica prácticamente nada fuera del futbol y, por consiguiente, no habría que tomárselo demasiado en serio tampoco. El disparatado catálogo de defectos mexicanos de Castañeda no es nuevo y criticarlo excede mis propósitos. Basta con decir que todo lo contrario a lo que afirma podría ser escrito y muchos ejemplos podrían encontrarse para probarlo. Y lo mismo que afirma acerca de los mexicanos podría decirse acerca de cualquiera: que las leyes les estorban y que no están preparados para la modernidad. El saco le queda a cualquiera.

Mi vida se parece muy poco al futbol o la política, actividades que no constituyen sino un medio para relacionar nuestras vidas con la trama más compleja que es el mundo. La vida puede medirse en sexenios o en años o en Mundiales o solsticios de verano e invierno, lo mismo da. Cada Mundial o cada elección los expertos interpretan al país a través de la ventana de la política o el futbol; suben el volumen de sus voces, teclean con más fuerza, con menos serenidad, distancia e inteligencia. Su diagnóstico, desesperado y esquizofrénico, es siempre de decadencia y descomposición. La urgencia que las opiniones de estos expertos destilan me sorprende porque el golfo entre ella y mi vida no podría ser mayor. De algo tenemos que hablar con amigos y desconocidos y algo debe haber en las televisiones en los bares mientras nos emborrachamos y olvidamos durante algunas horas los amores que se han ido. A mí el Chicharito me cae bien y sus goles me dan eso, olvido durante algunos minutos o inconsciencia pasajera, una tregua. Zidane, el futbolista a quien más he admirado, me ofrecía algo más, una dosis de fantasía, igual que Glenn Gould. No obstante, cuando el juego termina la vida sigue. Eso lo sé yo y sospecho que la mayoría de la gente lo sabe también. No hay en el futbol ilusión ni redención ni inspiración generalizada y duradera, ni falta que éstas nos hacen, las encontramos en otros lugares, más privados. Más bien parece que quienes descubren ejemplos inspiradores en el último ídolo son precisamente quienes más desconcertados, desesperanzados y faltos de inspiración están, aquellos que en el Chicharito encuentran a un ejemplo que recetarnos a todos los demás.


[1] Carlos Vela y Guillermo Ochoa, dos jugadores del equipo mexicano relativamente jóvenes y muy populares en el país.

[2] Un famoso par de comentaristas deportivos de la televisión mexicana, aunque José Ramón Fernández emigró a ESPN.