[Nota del editor: lo que se reproduce es un micro perfil del -ahora- ex Procurador Alejandro Ordoñez escrito por la periodista Catalina Ruiz-Navarro en mayo de 2016, mismo que no se había publicado. Dada la sorpresiva noticia de la destitución de Ordoñez por el Consejo de Estado, hemos decidido darle salida.]

En Colombia, la figura del Procurador General de la Nación es como la de un fiscal que investiga específicamente al ministerio público. Con todos los servidores públicos bajo su jurisdicción, Ordóñez llegó a ser el hombre más poderoso de Colombia. Podía investigar hasta al presidente y tenía el apoyo de muchos sectores (de derecha) por estar, supuestamente, en contra de la corrupción. Sin embargo, en las oficinas públicas de la procuraduría colombiana instauró una capilla católica, y hasta instó a los funcionarios a una forma específica de vestir (según los valores cristianos), y viajó a la “coronación” del Papa, con dineros públicos de un país laico y sin que esta visita estuviese en las competencias de su cargo.

Tanto en su tesis universitaria como en sus libros, en cuyas portadas se iguala sutilmente al feminismo con la antropofagia, ha dicho sin pena que “Dios” (su dios, que ni siquiera es exactamente el de los católicos, porque el tipo es lefebvrista) está por encima de la ley, de la justicia y de todos. Ordóñez tampoco ha ocultado su inmenso poder. Basta con ver las sociales de la boda de su hija, que parecía una fiesta de los Borgia y a la que asistieron, sin pudor alguno, periodistas, políticos y funcionarios públicos: el más puro reducto del poder, engalanado y dispuesto a pelarle el diente a su majestad procurador.

El Procurador Alejandro Ordóñez nunca ocultó sus intenciones. Pero es un tipo con estilo y su refinamiento se nota en que no podemos achacarles formalmente a sus decisiones ninguna de lo que para muchos (y me incluyo) son sus evidentes intenciones. Esto, al punto que se da el lujo de declarar, en monárquica tercera persona, que “si aquí ha habido alguien discriminado por razones de las convicciones religiosas es el procurador”. Todas sus artimañas se inscriben inteligentemente en el amplio gris de la formalidad colombiana.

Así es como fue re-elegido (pues hasta la fecha nadie en Colombia se había preguntado si para el procurador había re-elección) por un congreso que estaba bajo su vigilancia disciplinaria ¿así cómo no votar por él? Y desde el púlpito de procurador ha mentido sobre los derechos sexuales y reproductivos y tratado una y otra vez, de invalidar el matrimonio igualitario en Colombia.

Sin embargo, en su último año de periodos, parece claro que todos sus intentos por echar para atrás derechos adquiridos fallaron, y en Colombia se mantienen el derecho al aborto, al libre desarrollo de la personalidad y a la libre expresión, los tres derechos que menos que gustan a Monseñor Procurador.