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Macarena Gelman y su abuelo, el poeta Juan Gelman

Durante las últimas dictaduras, las fuerzas armadas sudamericanas encontraron eco en sus países vecinos. Uruguay y Argentina secuestraron y torturaron en conjunto. También robaron hijos de desaparecidos y presos políticos, alejándolos de sus familias biológicas. Para cortar con las generaciones de subversivos, para que su recuperación fuera más difícil. Las razones son de terror.

El Plan Cóndor 

Los regímenes dictatoriales del Cono Sur de América entre los años 1970 y 1980 trabajaron en conjunto. Las fuerzas militares de Argentina, Paraguay, Bolivia, Chile y Uruguay, tenían el apoyo económico, logístico e ideológico de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA). Le llamaron “Proceso de Reorganización Nacional”, “Pronunciamiento militar”, “Movimiento de Salvación de la Patria”, a lo que en los hechos fueron dictaduras, llenas de represión y censura, que tenía como víctimas directas a los militantes políticos comunistas (“subversivos”, según la jerga militar), pero también a la sociedad entera.

Asesinatos, desapariciones, torturas, violaciones, y políticas represoras, fueron el principal accionar de los grupos militares y paramilitares de las dictaduras de América Latina. Aún las cifras no son exactas, pero el medio digital Emergente, estimó que el saldo en Argentina es de 30.000 desaparecidos; en Chile, 2.298 ejecutados; en Paraguay, más de 3.000 ejecutados; en Uruguay, 20.000 detenidos; y en Bolivia, 200 ejecutados y 20.000 deportados. La doctrina de Seguridad Nacional, importada desde EEUU, y el mandato de las fuerzas armadas latinoamericanas a restituir el “orden interno”, ampararon la violación sistemática de los derechos humanos que ocurrió en aquella época.

Los cinco países crearon una red de información para las capturas y detenciones, sobre todo si los sospechosos eran de interés para la nación vecina. Represores de ambos países detuvieron, torturaron en conjunto y trasladaron ilegalmente a los detenidos a su país de origen, en el caso de que no hubieran muerto durante la tortura.

En Uruguay, el 27 de junio de 1973, el entonces presidente Juan María Bordaberry dio el golpe de Estado con el apoyo de las Fuerzas Armadas. Cientos de uruguayos emigraron a Argentina, buscando tranquilidad, bonanza económica, y escape de la persecución política y sindical. El 24 de marzo de 1976 el golpe ocurrió en Argentina, de la mano del teniente general Jorge Rafael Videla.

Cuenta el periodista uruguayo Roger Rodríguez en un artículo del diario La República, que en 1976 la coordinación entre represores de ambos países llegó a su mayor nivel. Comenzó a funcionar el centro de represión clandestino “Automotores Orletti” de Buenos Aires, para encarcelar y torturar a los refugiados que habían huido de los regímenes dictatoriales de los países vecinos, además de coordinar vuelos clandestinos con el fin de matar a algunos de ellos en su país de origen.

Los hijos de esos presos o desaparecidos políticos también fueron víctimas de la represión y el secuestro. Muchos, capturados junto con sus padres, vivieron algún tiempo en los centros de detención. Presenciaron el horror y la tortura. Otros, nacieron en cautiverio, y lo vivieron desde el vientre materno (algunas mujeres fueron violadas y torturadas mientras estaban embarazadas). A los hijos de los detenidos extranjeros, los repartieron en el territorio para desvincularlos de su familia biológica y así dificultar su recuperación. En su mayoría, los adoptaban ilegalmente familias de militares o policías. De los hijos de detenidos uruguayos en Argentina, 12 fueron recuperados en ese país. Otros tres, adolescentes en ese momento, engrosan la lista de desaparecidos junto con sus padres.

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“Esta guerra no es contra los niños”, le dijo el mayor uruguayo José “Nino” Gavazzo a su compatriota Sara Méndez en Buenos Aires, cuando le arrancó de las manos a su hijo Simón de 20 días. Después de 26 años, Sara volvió a ver a su hijo. “No nos callaremos hasta que sepamos dónde está Mariana, dónde está Simón”, dice la canción “Angelitos” del cantor popular uruguayo, José Carbajal.

La historia demostró otra cosa: la guerra también fue contra los niños. Se calcula que de los 30.000 desaparecidos de Argentina, 30% eran mujeres, y de ellas 10% estaban embarazadas. Más aún: según datos de la Asociación Civil Abuelas de Plaza de Mayo, entre 400 y 500 niños fueron secuestrados por las fuerzas de seguridad. Hasta la fecha, la organización ha recuperado a 119 niños y niñas, nietos de la desaparición.

Desde los comienzos de la dictadura, las madres y abuelas, desesperadas por la desaparición de sus hijos y nietos se juntaron para resistir, denunciar, y buscarlos. Así se conformó Abuelas de Plaza de Mayo en 1977, quienes consideran que esos niños fueron parte del “botín de guerra” de las fuerzas represoras. Partos clandestinos, falsificación de identidades, simulación de adopciones, fueron parte del plan sistemático de apropiaciones indebidas de los hijos de los detenidos. En su mayoría, los padres adoptivos fueron autores o encubridores del asesinato de sus padres biológicos.

En 1997, Abuelas inició una causa penal por el plan sistemático de robo de bebés impulsado desde el más alto nivel del Estado. Se investigó la apropiación de 194 niños, en lo que fue unos de los juicios más importantes referidos a violaciones de derechos humanos de la dictadura argentina. 16 años después, el dictador Videla, y otros diez acusados, recibieron hasta 50 años de cárcel. Durante el juicio, Videla declaró que las presas eran “terroristas” que usaban a sus bebés como “escudos humanos”.

“Los robos de niños eran orquestados para no dejar rastros de los delitos de secuestro y asesinato de sus padres cometidos con toda impunidad”, escribió en un artículo publicado en la revista digital “Aesthethika”, Juan Eduardo Tesone. El autor analiza la implicancia del robo de la identidad de estos niños, y lo importante de que la recuperen. Borrar su identidad, fue un “ataque directo a su esencia”, explicó Tesone. Una vez más, queda comprobado que la guerra no es sólo con los subversivos, sino que sus familias también fueron castigadas. Entregar los niños a familias ligadas al poder, implicó que éstas pudieran criarlos de acuerdo con su ideología. Así se “pretendió modelar el psiquismo de varias generaciones”.

Desintegrar familias de subversivos fue parte de un plan de depuración ideológica. Por más maquiavélico que suene, los hechos ocurridos lo acreditan. Se presume que actualmente puede haber hijos de desaparecidos argentinos en Uruguay, que aún no conozcan su verdadera historia. “No creemos que el caso de Macarena Gelman haya sido único”, reconoció en entrevista Valentín Enseñat, hijo de un desaparecido uruguayo. El problema es que el Estado uruguayo no ha realizado ningún tipo de investigación para ubicar a las decenas de niños desaparecidos. Así como tampoco ha buscado a los tres adolescentes uruguayos secuestrados en Argentina en los tiempos de la dictadura. Hasta el momento, los niños recuperados fueron hallados gracias a la acción de las organizaciones humanitarias y de sus familiares, según explicó en entrevista la ex presa Sara Méndez.

Los niños desaparecidos: entre Argentina, Chile y Uruguay

Macarena Gelman. Hija de Marcelo Gelman, y de María Claudia García. Ambos argentinos. Marcelo fue secuestrado y asesinado, sus restos encontrados y enterrados. María Claudia fue secuestrada con 19 años y siete meses de embarazo; trasladada a Montevideo con el único objetivo de secuestrar a su hija, y luego matarla. Aún sigue desaparecida. Macarena Gelman nació en cautiverio. Fue dejada en un canasto, en la puerta de una casa de Montevideo, donde vivía un comisario de la Policía. La familia la inscribió como su hija legítima. Tras una exhaustiva investigación, 20 años más tarde, sus abuelos biológicos (el poeta Juan Gelman y su esposa) dieron con su paradero. Macarena restituyó su identidad. Ahora es militante por los derechos humanos y política.

Anatole y Victoria Julien. Hijos de Mario Roger Julien (uruguayo) y de Victoria Grisonas (argentino-uruguaya). Fueron secuestrados con sus padres en su casa de Buenos Aires. Tenían 4 años y 14 meses, respectivamente. Los llevaron con su madre herida a Automotores Orletti, donde estuvieron 10 días. Su padre ya estaba desaparecido. Luego, fueron trasladados a Montevideo, y más tarde a Chile. Allí los dejaron abandonados en una plaza. Los adoptó una familia chilena. En 1979, su abuela viajó a reconocerlos. Actualmente, viven son su familia adoptiva en Chile, y pasan los veranos en Uruguay con la familia biológica. Su madre aún está desaparecida.

Mariana Zaffaroni. Hija de Jorge Zaffaroni y María Emilia Islas (desaparecidos). Ambos uruguayos, detenidos en su casa de Buenos Aires, y trasladados a Automotores Orletti, junto con su hija de 18 meses. La niña fue apropiada por Miguel Ángel Furci (agente de inteligencia vinculado a los organismos de represión argentinos), con su esposa. La llamaron Daniela Romina Furci, y la anotaron como hija propia. Años después, una búsqueda incesante de su familia biológica la encontró, por lo que Furci y su esposa se exiliaron en Paraguay, llevándose a la niña. Pasaron siete años para que Mariana pudiera recuperar su identidad. Sus padres adoptivos fueron procesados y sentenciados a siete años de prisión por el delito de supresión del estado civil de una menor de diez años, y falsificación ideológica de documento público.

Beatriz Lourdes y Washington Fernando Hernández Hobbas. Hijos de los uruguayos Lourdes Hobbas y Nelson Hernández. La familia, con cuatro hijos en total, se mudó a Argentina en 1973. Ambos padres eran militantes, por lo que Nelson fue encarcelado. Luego se exilió en Francia. En cambio, Lourdes fue secuestrada, y aún está desaparecida. Uno de los hijos más chicos fue enviado a Uruguay con familiares, y la otra dada en adopción. Pero Beatriz, de 17 años en ese momento, fue secuestrada de un bar por un grupo de hombres armados, en medio de un operativo policial. Washington, de 16, fue secuestrado de la casa de un amigo de su madre. Ambos están desaparecidos.

(Historias recabadas del libro “A todos ellos”, publicado en el 2004, por la asociación Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos).