En los últimos años en México se han dado varias manifestaciones, verdaderamente multitudinarias, bajo la exigencia de revertir el desborde de la inseguridad. Movimientos detonados por organizaciones civiles o personas que se volvieron visibles tras sufrir un embate del crimen organizado y responder de una manera que no podemos llamar sino heroica.

Las últimas de estas enormes marchas han sido encabezadas por un personaje que sólo era conocido en el ámbito cultural: el poeta Javier Sicilia, quien tras el asesinato de su hijo Juan Francisco, comenzó una serie de acciones contra la violencia, enmarcadas en una renuncia: ha abandonado la poesía.

Como es natural, los medios se han enfocado en este Javier Sicilia, el activista social, pero poca atención le han dado a su labor como poeta, y mucho menos han atendido a esta renuncia a la escritura, que lleva en sí un símbolo de protesta y aflicción.

Este texto es una necrología del poeta. Este breve vuelo sobre una obra que se ha dado por acabada, nos enfrentará con un vórtice en el que arte y realidad chocan con violencia.

Desde su primer poemario, Permanencia en los puertos (1982), podemos apreciar la raíz de la que parte toda su obra: la poesía mística de los Siglos de Oro. Y no sólo en los hallazgos formales, también están en el mismo tema y su búsqueda: “había encontrado la fuente de mi poesía: el misterio de Dios en el alma”, dice Sicilia en el prefacio de la edición de 2004 de La presencia desierta, título bajo el cual recopilaba su trabajo poético.

Para entender el peso de las afirmaciones cristianas en este primer libro, basta un fragmento:

pues la vida del hombre está en su muerte,

como el vuelo del cuervo en la presteza

de sus alas.

Las variaciones sobre el tema de la muerte, convertida mediante la fe en algo benéfico (mismas que santa Teresa de Jesús sublimó con su “que muero porque no muero”), alcanzan un abierto tono celebratorio. El final como triunfo.

¡Qué intensidad, qué paz no se diluye

sobre el inmenso abismo que construye!

Al tiempo en que se es tiempo el cuerpo trenza

esa abismal Mirada, la más tensa.

¡Ah, qué instantes de vida, qué entender!,

fluye el tiempo y morir es comprender.

 

Pero en Permanencia en los puertos también se halla el germen de la Materia (así, con mayúscula) entendida como el medio mediante el cual podemos percibir a Dios (obviamente también con mayúscula) e incluso interactuar con él. Esta digresión del misticismo original evolucionará en la poesía de Sicilia y permitirá el ingreso de preocupaciones sociales, y del canto al cuerpo y sus sensaciones.

En Oro (1990) el centro de la escena lo ocupa la unión entre el alma y Dios, es decir, en este caso escuchamos el eco de san Juan de la Cruz. La diferencia, como ya lo habíamos apuntado, es que aquí sí está presente el cuerpo, intermediando:

No hay azar, no hay acaso,

sólo tu aliento, Amor, que irreductible

nos funda y en un trazo,

oscuro, imperceptible,

nos hace adivinarte en lo sensible.

Trinidad (1992) es un poema de largo aliento que discurre sobre el tema que el título anuncia. El concepto principal es la kénosis de Cristo, es decir, el acto mediante el cual Dios se “vació a sí mismo” en un cuerpo mortal, para así sacrificarse y redimir los pecados de la humanidad.

Esos años fueron los más fecundos para la poesía de Sicilia. Y en cada entrega iba desarrollando características específicas que después emplearía a coro. Así, en Vigilias (1994) creó poemas en torno a escenas y personajes bíblicos, en honor a santos y, en la sección llamada “Vigilias ante la vida”, encontramos ya en plenitud el canto al cuerpo, así como oraciones. En Resurrección (1995), hay un interesante diálogo (directo, es decir, se les invoca por su nombre) con poetas como José Gorostiza y Octavio Paz. Es un intento por reconciliar el concepto de resurrección con las imágenes mentales en la poesía de estas figuras ineludibles de la poesía mexicana.

Pasó un lustro para que apareciera Pascua (2000), poema en cinco cantos en el que la muerte es otra vez el motivo. Sólo que aquí la muerte ya no es sólo el pasaje para estar con el Señor. Aquí la muerte ya tiene un rostro tangible:

No comprendo la muerte y, sin embargo,

si desciendo a su noche y presto oído,

descubro que alguien canta

después de varios intentos por adivinar qué o quién emitía el canto se revela que:

…Javier, somos nosotros,

tus muertos, ¿no recuerdas?, los que amaste,

por quienes duerme todo y estás triste.

Desde luego, la fe no tarda en hacerse presente, es lo único que puede consolar ante esta ausencia:

Mas no hemos muerto, no, estamos vivos;

transfigurados fuimos por el Cristo

y tenemos un cuerpo que no miras

Pero quiero destacar el giro que se da unos versos más adelante, donde aparece la sombra de uno de los teoremas que Spinoza demuestra en su Ética: Hay algo del cuerpo que permanecerá por siempre, es imposible destruirlo por completo.

Nuestro cuerpo no ha muerto, nunca ha muerto.

Murió la carne que informó en el mundo,

mas no el cuerpo, Javier, que aún recuerdas,

aquello que ordenaba la materia

y se expresaba en ella y no era ella.

Ese algo, para Spinoza, es la idea que Dios tiene del cuerpo.

En 2004 se publica por vez primera Lectio. En él vemos una suerte de síntesis de lo que representaron Vigilias y Resurrección, es decir, la representación de pasajes de la Biblia apoyada por “algunos poemas de los más altos poetas”, como el mismo Sicilia afirma en el pequeño prólogo al conjunto. La intención es desentrañar en esos poemas (entre cuyos autores se encuentran Seféris, Rilke y Eliot) las huellas de Dios.

El reconocimiento más importante que puede recibir un libro de poesía en México es el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. Javier Sicilia lo obtuvo en el 2009 con Tríptico del desierto, publicado ese mismo año. A lo largo de este libro hay una difuminación sensible en la figura de Dios (muchas veces aparece nombrado como “el dios”, así, con minúscula). Las certezas que brinda la doctrina religiosa ceden paso a largas cadenas de dudas:

¿Qué templo es éste,

voces que llegan, voces de todas direcciones,

estallidos, tumultos, estatuas compungidas, jingles y bagatelas?

¿Jerusalén, San Pedro, Montserrat, Guadalupe?,

y aquellos, los que duermen y no velan conmigo,

¿quiénes son, por qué duermen?

Sólo al final de libro se conjuga un pasaje del evangelio de Lucas con las figuras de Dante y Beatriz, para ilustrar la idea de que, aunque Dios puede no ser visible en ocasiones, siempre está presente.

En el aspecto formal, en este libro se lleva al máximo la transmigración de poemas de Rilke, Arseni, Tarkovski, Eliot y Celan al discurso del poeta. La forma en la que se ejecutó este recurso levantó una polémica importante, en el fondo una ramificación de la discusión que se ha dado alrededor de las nociones de Autor y Tradición, y las formas en las que es posible que se intersecten.

Javier Sicilia escribió su último poema en un avión, regresaba de Filipinas tras enterarse de la muerte de su hijo. Él, para quién la poesía era esencialmente una forma de oración, decidió callar. Él, quien tanto admiró al Paul Celan, ese poeta judío que rebatió con poesía la afirmación de Adorno (“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”), le dio la razón al filósofo y no al poeta. Para él la poesía ya no es posible.

Nota:

Ernesto Lumbreras en Letras Libres también escribe sobre la poesía de de Sicilia aquí.