“Siempre es difícil hablar del amor y es imposible explicarlo; y más si se trata de un amor que nunca conoció el que escucha o lee, y mucho más si sólo queda, en el narrador, la memoria de los simples hechos que lo formaron.”

¿Cómo llegó a mi vida uno de los escritores más importantes de Latinoamérica? Fácil, como llegan todas las cosas buenas: por accidente. Tenía 17 años y estaba en la biblioteca de mi escuela, me llamó la atención un libro viejo y mugroso, medio abandonado al final de un estante dedicado a la Literatura Latinoamericana, tomé el libro y encontré en la pasta dos palabras: El pozo.

Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender.

El pozo fue la primer novela de este autor, y la primera que conocí. Dicen los que saben que Onetti la escribió en una época en la que, citando a Mario Vargas Llosa: ‘’Él rompe con una literatura en Latinoamérica, y también en España, que era regionalista, costumbrista y que cultivaba un lenguaje muy postizo”.

Juan Carlos Onetti nació el primero de Julio de 1909, en Montevideo. Si pensamos en el niño-Onetti, podemos verlo leyendo, devorando los libros de Julio Verne, encerrado en un pequeño armario de su casa en Uruguay. Escribió novelas que cambiaron por completo la narrativa hispanoamericana, pero en especial, cambiaron y cambian la vida de quien las lee: La vida breve, Los adióses, El astillero y Juntacadáveres son algunas de las más importantes.

Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá”, nos dice el autor en Balada del ausente. En una frase Onetti nos da todo sobre su obra (y al mismo tiempo nada), así es la narrativa del uruguayo, así es porque ahí está, aquí sigue: en las novelas, los cuentos, los poemas. Onetti  prometiéndonos una cita que no va a suceder y que sin embargo vamos a esperar. Siempre.

Sus personajes no son presuntuosos o irreales, no están en un bar riendo y hablando de libros: están en un bar agonizando sin sangrar, viendo el mundo a través del vidrio de una botella. Están tirados en la cama sin saber qué carajos hacer con su vida. La obra de Onetti está llena de vacío, de personajes que viven en sus fantasías y que, algunas veces, ni siquiera en éstas logran estar en paz. Encerrados en la infelicidad y la completa soledad, tumbados en medio de habitaciones calurosas: perezosos, quejumbrosos; como era Onetti. Como la mayoría de las personas hemos sido alguna vez, como muchos a los que podemos ver a diario. Personajes reales y miserables: hombres alcohólicos, mujeres gordas o putas, adolescentes irreverentes que escapan por la noche sobre su bici y terminan muertas, casi sin cabeza. Hombres mientiéndole a jóvenes mujeres para impresionarlas, dándose así cuenta de lo mediocridad de su vida.

Además está esta ciudad que, antes de él, no existía y que seguramente para Onetti fue más real que Buenos Aires, Montevideo o Madrid. Más real porque no había exilio, más real porque podía estar en ella o desaparecer cuando quisiera, hacer con ella todo o nada. Esta ciudad, Santa María, aparece por primera vez en La vida breve. Santa María es Brausen, Santa María es el lugar donde Larsen camina, el suelo de todos los personajes que a su vez son Onetti. Santa María, mezcla de sus ciudades más queridas y a las que siempre añoró mientras estuvo lejos. Santa María, escenario de novelas y de cuentos, ciudad para la que no necesitamos nombre porque, como sucede en ciertos cuentos, no necesitamos que nos diga que los acontecimientos suceden ahí; lo sabemos. Casi sentimos el sol, esperamos toda la vida por alguien en la estación. Santa María, ciudad sin mapa, porque alguna vez se encontró un dibujo hecho por el mismo Onetti, en el que ninguna casa, banca en la plaza, estación o muelle coincidían con la Santa María hecha de letras, que era de Onetti y al final, después de leerlo, termina nuestra.

Onetti trabajó como responsable de Buenos Aires y Montevideo en la agencia Reuters, en la revista Ímpetu y, como director en la revista Vea y Lea. Publica también algunas notas sobre cine en Crítica. En el 55 regresa a Montevideo después de haber vivido un largo tiempo en Buenos Aires, comienza a trabajar en el diario Acción. Los textos en su columna los firmaba con distintos seudónimos: Periquito el Aguador, Pierre Regy y Groucho Marx. Textos críticos con toques de humorísticos, cuentos policíacos; etc.

Poco después es designado director de Bibliotecas en la División de Artes y Letras, cargo que ocupa hasta 1975. Y, es justo en ese año, cuando ocurre un desafortunado y famoso episodio en la vida del escritor. Onetti forma parte del jurado de un concurso organizado por MARCHA y al publicar El guardaespaldas de Nelson Marra, fue encarcelado junto con otros integrantes del semanario. Se acusó al cuento de implicar una “asistencia a asociaciones subversivas”, según la dictadura militar instalada por el entonces presidente, Juan María Bordaberry.  Al salir, después de que se recolectaran firmas para liberarlo, Onetti pasó algunos meses en un hospital psiquiátrico. Su salud, de por sí precaria, fue empeorando. El armario en el que se escondía para leer cuando era pequeño, fue remplazado, de una manera cada vez más frecuente, por una cama.

En 1978 Onetti se traslada a España, tiempo después se publica su primer novela desde el exilio, Dejemos hablar al viento.


Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: a cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón.


En el 80 gana el Premio Cervantes y con el dinero que obtiene compra un piso, también p
articipa como colaborador en El país y publica en varios periódicos latinoamericanos a través de la agencia EFE. El periodismo siempre estuvo en primer plano para él. En esa nueva ciudad, Dolly, su esposa, intentó recrear el lugar en el que habían vivido en Montevideo. Así Onetti estaba más cómodo, no le gustaban los cambios y siempre extrañó su ciudad.

Tan triste como… Onetti

Para leer a Onetti se necesitan dos cosas: tiempo y tristeza. No imagino a una persona feliz y plena leyendo Bienvenido, Bob. Vamos, podría leerlo pero no reiría amargamente, como entendiendo todo, como dándole la bienvenida a Roberto al igual que quienes entendemos a Onetti lo hacemos. Tiempo porque cuando empiezas difícilmente quieres detenerte. Pasan las letras, las palabras, los puntos, los párrafos, las hojas y así uno va enfermando, de esa enfermedad que el mismo Onetti llamó Literatosis. La enfermedad de los aspirantes a escritores, de los adolescentes y jóvenes de provincia que se encuentran entre las calles de Santa María, la enfermedad de quienes son personajes onettianos. Alguien en un café esperando a que nadie llegue, un niño solo en una calle, una mujer fregando cazuelas que jamás estarán limpias, un hombre apostando. Una vida apagándose y gente que se queda de espectador ante tan hermoso acontecimiento. Así lee uno a Onetti; contemplando la belleza de lo desagradable.

Hay anécdotas divertidísimas sobre Onetti, como aquella en la que unos estudiantes concretaron una cita con él y, al acudir a ella, esperaron más de una hora tocando el timbre. Después de mucho, se encontraron con una nota que deslizó bajo la puerta ‘’Onetti  no está’’, con la inconfundible caligrafía de éste.

O ésta, en la que después de su arresto, mantiene una conversación así:

¿A qué partido pertenece?
No estoy afiliado a ningún partido.
Pero, ¿cómo? Al menos tendrá simpatías.
Yo no tengo simpatías.
A ver… ¿Usted a quién hubiera votado?
Yo no hubiera votado por nadie.
¿Pero, usted no cree en ningún partido político?
En ninguno.
Pero, entonces… ¿en qué cree?
Yo no creo en nada.
Entonces, pongo anarquista.
Sí, ponga “anarquista”.

La indiferencia. Otro rasgo característico de Onetti.

Y cómo olvidar ésa, en la que en una entrevista en España le apunta con un revólver de juguete a un periodista.


Más de una vez yo dije sin ningún propósito de vanidad «Mi reino no es de este mundo». Y en verdad no es. Mi mundo es el que yo me invento, y este en el que vivo sólo existe en cuanto me da material para el otro. Es en ese sentido que vale para mí. El hecho de que sea de aquí de donde yo saco la materia para construir el mundo de mi literatura, hace que viva este mundo con gran distancia. Ésa podría ser la explicación.


En 1993 Onetti publica su última novela, Cuando ya no importe. Y no sé a ustedes, pero a mí el nombre me lo dice todo. Murió el 30 de mayo del siguiente año.

Y sigue naciendo cada que alguien abre uno de sus libros.