La noticia de que Juan Gabriel había muerto llegó un domingo por la tarde cuando nadie la estaba esperando y, a diferencia de lo que ha sucedido con otros fallecimientos de figuras públicas, la reacción de todo mundo parece no haber sido publicarla inmediatamente, sino tratar desesperadamente de encontrar a alguien que pudiera negarla.

Después de varias llamadas y búsquedas, cuando fueron apareciendo confirmaciones oficiales y se desvaneció la posibilidad de que todo fuera un rumor, mucha gente se descubrió experimentando una pérdida personal e intransferible. Pasaron horas antes de que cada quien se fuera dando cuenta que esa pérdida propia estaba conectada con la de la persona de al lado y que, de una en una, ese duelo individual iba tejiendo un lazo de despecho que abarcaba el subcontinente entero. Quizá más.

En Garibaldi, la meca del mariachi, ese mismo domingo por la noche, sin ninguna convocatoria se fue reuniendo una multitud diversa de desconocidos que compartían la misma mezcla de estupor, desconsuelo y agradecimiento. A falta de los restos del homenajeado, que seguían en California, alrededor de la estatua de Juan Gabriel se formó una muchedumbre en la que había punks, señoras de barrio, señoras fifi, parejas gay, adolescentes, niños, darks, luminosos, tipos con afro, extranjeros, juareños, periodistas, imitadores de Juan Gabriel. Antes de que alguien organizara una colecta, la gente cantaba a voz en cuello sus canciones y le gritaba frases de cariño, de homenaje y de despedida a la estatua. Algunos arrojaban pétalos mientras cantaban. Algún otro se subió al pedestal y la abrazó. Ni siquiera la lluvia los convenció de parar el homenaje.