Texto: Ulises Escamilla Haro.

Fotografías: Deborah Bonello.

Al entrar a Juchitán, el calor apretaba tanto que me hizo pensar que los habitantes de este municipio Oaxaqueño andarían encuerados por las calles, o estarían tirados en sus camas con el aire acondicionado a todo galope. Llegamos a eso de las ocho de la noche y nuestra primera cita estaba acordada, para la mañana siguiente, con el investigador Eli Bartolo. El tema de nuestra conversación sería Los Muxes y su interacción con la sociedad Juchiteca.

Unas cuadras antes llegar al hotel pude distinguir a una mujer vestida con el clásico atuendo de una tehuana. Había algo en su andar que llamó mi atención, pensé que era el calor o quizás el cansancio, pero cuando estuvimos más cerca me di cuenta que no era una mujer; era una Muxe. La reconocí porque la había visto en alguna fotografía tiempo atrás. Su nombre, Mística. Habíamos llegado, ¿sería este un buen augurio o una mera casualidad?

A la mañana siguiente, Eli nos recibió en el patio de una hermosa casa en las afueras de Juchitán, en un barrio de clase media alta donde reinaba la paz y la tranquilidad.

-¿Podrías decirnos cómo se puede definir un Muxe?

-“El Muxe es una persona que practica relaciones homoeróticas, y todo ese juego preformativo y fantasioso de ser mujer. Porque hay que aclarar que hay otro tipo de Muxes más varoniles del tipo gay occidental.”

-¿Podrías explicarnos cuál crees que es la razón o las razones por las cuales los Muxes se integran con facilidad en la sociedad juchiteca?

-“Mi hipótesis es que la aceptación ocurre cuando el Muxe se vuelve productivo y aporta apoyo económico a la familia.”

Eli nos despidió, enviándonos con el que él consideraba un caso bastante interesante para entender “La Muxeidad”. Nos trasladamos otra vez a la afueras de Juchitán, pero ahora no estábamos en un barrio de clase media. Habíamos llegado a uno de los barrios que era considerado popular y en años anteriores peligroso. Después de algunas vueltas y de haber preguntando, por fin llegamos a la casa de Estrella, la primer Muxe que entrevistaríamos.

Estacionamos el coche en la entrada de una calle de terracería que conducía al interior de la colonia. La escena me hizo pensar en alguna película tornada en la India o Tailandia, ya que los juchitecos usan, como en el sudeste asiático, unas pequeñas motos de color rojo con una  cabina en la parte posterior en donde pueden subir hasta tres pasajeros.

Cuando llegamos a la casa de Estrella pude ver cómo alguien salía del baño con una toalla en los hombros. El cabello largo y negro todavía mojado cubría en su totalidad la espalda. Con una mano sujetó la toalla, y con la otra nos hizo señas para que abriéramos la reja y pasáramos a la casa.

La casa, de una sola planta, era una habitación grande. La familia cocina y duerme en la misma habitación. Aún así, la casa de Estrella no era pobre, pero distaba mucho de ser rica. Las paredes pintadas de colores vivos y el piso de cemento daban una sensación bastante fresca y cómoda.

Sentada frente al bordado en el que trabajaba, esta delgada y joven Muxe de más de un metro ochenta nos narró cómo había sido su infancia y  los problemas que había tenido que enfrentar. Con la misma habilidad con la que bordaba los adornos de un huipil, Estrella empezó a hilvanar su historia.

 Estrella y su mamá. (Todas las fotos son de Deborah Bonello)

Su padre, un hombre violento y alcohólico, no había recibido con alegría la noticia de que su hijo Mariano (antiguo nombre de Estrella) fuera Muxe. Estrella nos contó que cuando era niño su padre la había llevado a trabajar al campo. Con apenas ocho o nueve años era sometida a una serie de trabajos físicos extenuantes, para que, como dicen, se hiciera hombrecito. Estos trabajos muchas veces rayaban en el abuso y lo ridículo. Además, Estrella nos contó las pruebas que su padre le imponía para reforzar su hombría y el carácter varonil que él esperaba encontrar en su hijo. Un día la llevo al campo y:

-“Me tuvo sentada en un pozo, dentro del pozo había una campana de avispas. De pronto, me sienta a un lado del pozo y con una vara, pum, le pega a la campana de avispas. Me dijo “no te levantes porque ahí te quiero ver” y se fue. Yo seguía sentada en el pozo y vi a las avispas volando por encima de mí, pero gracias a Dios ni una me picó.”

Este es sólo un ejemplo de la serie de abusos a los que Estrella fue expuesta a lo largo de su niñez por parte de su padre; pero la vida supo equilibrar un poco la balanza, ya que su madre y sus hermanos siempre se mostraron comprensivos y la integraban como lo que es, un miembro más de la familia.

Lo que aprendimos después de hablar con Estrella y Eli es que en la región zapoteca de los valles centrales de Oaxaca hay un grado amplio de respeto por la homosexualidad en el espacio público. A diferencia de otras regiones del país, los crímenes de odio son muy raros; para los Muxes, mezclarse en las fiestas o en el entramado económico, político y social es algo cotidiano.

Pero el caso de Estrella ejemplifica con bastante claridad que, si bien hay un reconocimiento y aceptación pública hacia los Muxes, a veces ellos sufren de discriminación o de abusos en lo privado. Los abusos normalmente provienen de otros miembros de familia, mayoritariamente del sexo masculino; normalmente las madres están de acuerdo con la Muxeidad de sus hijos.

No todos los Muxes han tenido que sobreponerse a casos de violencia por su orientación sexual. Una muestra  interesante de integración y respeto lo encontramos en Pedro, otro Muxe que vive en el municipio de Santa María Xadani, vecino de Juchitán; Santa María Xanadi es un municipio menos famoso que Juchitán, pero con una fuerte presencia de Muxes.

 

Estábamos esperando a la entrada del municipio cuando vimos arribar al lugar acordado a un grupo de 5 Muxes que viajaba en una de esas llamativas motos rojas que la gente de esta región usa como taxis. Aunque al principio eran un poco tímidas, algo en la mirada de dos de ellas traslucía seguridad y algo de picardía.

Después de hablar un poco y presentarnos, nos ofrecieron llevarnos a su taller para que viéramos el trabajo que realizaban. Los finos bordados que Pedro y sus amigos realizan para los trajes de la región son estupendos y los huipiles que bordan son únicos, ya que el bordado se realiza a mano, de tal suerte ningún diseño es idéntico a otro, son piezas únicas, de gran calidad.

¿Podrías contarnos un poco cómo te diste cuenta de que eras Muxe?

-“La verdad desde que tengo uso de razón siempre me ha gustado jugar cosas con niñas y, como tengo una hermana menor, con ella empecé a jugar a las muñecas y todo, pues desde que tengo uso de razón ya tenía yo esta inquietud”. (Risas)

-Y ¿cómo lo tomaron tus papás?

“Mi papá y mi mamá nunca me dijeron nada; más que nada me daban consejo, sobre todo mi mamá.”

Pedro trabaja en su taller de costura, su negocio principal, aunque también maquilla y peina a domicilio. A veces, cuando el trabajo en el taller es mucho, Pedro y otros Muxes trabajan juntos en este espacio para ganar dinero extra. El colectivo está formado por Edith, Azul y Luciano. Cuando estuvimos con ellos notamos que algunos Muxes usan su nombre masculino, pero otros no. Pedro y sus amigos nos explicaron que durante el día o cuando no están vestidos como mujer algunos usan sus nombres masculinos.

Ese día nos invitaron a una Vela que se celebraría el sábado por la noche. Como apenas era viernes, fuimos a tomar una cerveza cerca de su casa y nos despedimos después de un rato. Pedro y Azul tenían trabajo en la mañana, iban que peinar a una familia que asistiría a una boda.

La mañana siguiente y el día lo pasamos en Juchitán, visitando el centro del pueblo y hablando un poco con la gente. Los juchitecos me parecieron bastante amables y abiertos para hablar acerca de los Muxes, no percibimos ningún atisbo de odio o comentarios despectivos durante nuestras cortas charlas con meseros, amas de casa o padres de familia.

Cerca de las siete de la noche regresamos al hotel para tomar un baño y salir a nuestra cita con Pedro y los otros Muxes. Pasamos por ellos a Xadani, ahí nos dijeron que la fiesta era en otro municipio llamado Mixtequilla, el cual se encontraba a una media hora camino a Salina Cruz.

Solo Pedro y Azul irían a la fiesta. Pedro se había puesto un vestido negro largo muy bonito decorado con unas sandías, las cuales él mismo había pintado a mano. Azul, la otra Muxe que iría con nosotros, llevaba un vestido lila, tipo corsé bastante corto y bonito. Las dos se habían puesto extensiones en el cabello y se veían muy guapas. Pedro me dijo: “¿ves? Ahora soy Melany.”

En el camino nos explicaron que la fiesta a la que asistiríamos se llamaba Vela. La Vela es una fiesta regional en la cual se queda la gente despierta toda la noche, de ahí la alusión a velar o usar una vela. De entre todas las Velas, la más importante es la que se celebra para San Vicente, el santo patrón de la región. Estas fiestas tienen una profunda raíz religiosa, pero actualmente la población les ha dado otro carácter: la Vela de esta noche es conocida como la Vela de la diversidad.

Yo no tenía ni idea de lo que se trataba, y algo me hacía pensar que asistiríamos a una fiesta un tanto clandestina, donde tendríamos que estar cuidándonos de la policía todo el tiempo. Por eso me dio un poco de pena cuando llegamos a Mixtequilla y Pedro –ahora Melany– me dijo:

-A ver, para el coche y pregúntales a esas señoras dónde es la Vela.

Me vi bajando la ventanilla del coche para, con un hilo de voz, preguntar a dos señoras dónde era la vela. No sabía por qué, pero algo me decía que ellas me verían como un pervertido.

Las señoras fueron muy amables y me dijeron:

-¿A cuál Vela va, a la Vela gay?

-Si a la Vela.

-Bueno, siga derecho hasta la cancha de basquetbol. La Vela será en la cacha.

Cuando llegamos, Melany y Azul caminaban apenas dos pasos delante de mí, los chicos del pueblo que las veían pasar les chiflaban y les gritaban “adiós guapas”. Una especie de orgullo me invadió y yo no sabía por qué, pero el hecho de que las dos se vieran tan bien me hizo sentirme emocionado junto a mis nuevas amigas.

El lugar donde sería la fiesta estaba tapado por una lona amarilla, bastante fea y sucia. Melany me dijo que ahora había que pagar las entradas. Pagamos 120 pesos cada uno. A cambio, en la taquilla nos dieron un boleto, el cual intercambiaríamos adentro por un cartón de cerveza.

En la región, la tradición indica que cada invitado varón llega a la fiesta con por lo menos un cartón de cervezas (un cartón es una caja que suele contener 20 ó 24 cervezas) y las mujeres pueden llevar un regalo o aportar un poco de dinero para la celebración.

La maltrecha lona que servía de telón para lo que nos esperaba por fin se abrió y tuve que tragarme mis miedos y mis inseguridades. La cancha estaba rodeada por unas cuatrocientas o quinientas sillas perfectamente ordenadas, la iluminación y el escenario eran dignos de cualquier fiesta fresa de 15 años de la Ciudad de México. Además, para el bailongo había dos bandas musicales de la región.

Eran más o menos las once cuando la cancha estaba llena casi en su totalidad, la gente bailaba y bebía. La Vela era una muestra completa de aceptación e integración, ya que a ella no solo asistieron Muxes, sino que también estaba lleno de parejas heterosexuales, niños, abuelitas… es decir, representantes del pueblo de todas las edades. Fue una muestra de civilidad, integración y respeto.

Muchos de los asistentes pedían a algunos Muxes (las más guapas)  que se tomaran una foto con ellos, como si fueran estrellas de la televisión o modelos. Cerca de la media noche la música se detuvo y un presentador anunció que se llevaría a cabo el baile y, posteriormente, la coronación de la reina Muxe de esa Vela. La amiga de Melany iba a ser coronada como la reina de ese año.

Previo a su coronación, la reina bailó con sus chambelanes. Era como estar en una fiesta de quince años, pero mejor. La coreografía que habían preparado para esa noche fue extraordinaria. La reina ejecutó cuatro diferentes bailes, cada uno acompañado de fuegos artificiales, diferentes vestuarios, humo y una serie de efectos especiales como antesala de su coronación.

Una vez coronada Xaula I, el presentador comenzó a llamar al escenario a los Muxes que se habían anotado previamente para hacer la pasarela. Esa noche, la cancha de basquetbol no era recorrida por tenis ni sudorosos jugadores; su lugar era ocupado por tacones y vestidos entallados con pronunciados escotes.

Una a una, las Muxes desfilaron por la cancha, los aplausos fueron para todas aunque, como en todo concurso, el público eligió a sus favoritas y les lanzaron chiflidos y muchos piropos.

Cerca de las tres de la mañana, Melany y Azul no aguantaban más los pies debido a los zapatos de tacón que llevaban, así que decidimos regresar. El camino de regreso fue muy animado a pesar del cansancio.

Si bien Juchitán y la región zapoteca no es el nirvana de la homosexualidad, nos quedó claro que sí representa un ejemplo de tolerancia e inclusión. Habíamos llegado a Juchitán con una idea muy definida del concepto de homosexualidad, de acuerdo con los cánones que marca nuestra sociedad. Nos fuimos con una idea más amplia gracias a los juchitecos y la gente de esta región.