A la 1:30 pm -hora de Brasilia- de este 31 de agosto se hizo oficial lo que se veía inevitable. 61 senadores contra 20 aprobaron la destitución de Dilma Rousseff como presidenta de la República Federativa de Brasil, en un proceso tildado de golpe por el Partido de los Trabajadores (PT) y movimientos sociales.

En un emotivo discurso, desde la residencia oficial que ahora deberá abandonar, Rousseff culpó de lo que cataloga como golpe a las fuerza conservadoras, reaccionarias, machistas, y de poder político corrupto. De los 81 senadores que la juzgaron, 26 tienen algún tipo de acción penal llevándose a cabo en su contra.

“Acaban de derribar a la primera mujer presidenta de Brasil, sin que haya cualquier justificación constitucional para este impeachment”, dijo Rousseff en su discurso.

Ahora, Michel Temer -vicepresidente- quedará en el poder hasta el fin del mandato constitucional para el que Rousseff y él fueron electos, en 2018, y desde ya se anuncian manifestaciones y férrea oposición desde los sectores populares que aunque no necesariamente apoyan a Rousseff y su partido, ven en esta maniobra una expresión antidemocrática desde la derecha.

“El golpe es contra la Nación. El golpe es misógino. El golpe es homofóbico. El golpes es racista. Es la imposición de la cultura de la intolerancia, del prejuicio, de la violencia”, sentenció Rousseff en su aparición, antes de ser aplaudida por la gran audiencia que empezó a gritar el cántico ya conocido: “Fora Temer!” (¡Fuera Temer!).

El giro del péndulo

El fin de 13 años de gobierno de la izquierda, con el PT, en Brasil no es un fenómeno aislado en América Latina.

Un gobierno de Nicolás Maduro debilitado en Venezuela, dejó a Dilma con los apoyos tímidos de Uruguay y Ecuador, y una aún más tímida Michelle Bachelet en Chile, quien también debe enfrentar sus propios escándalos y pérdida de popularidad.

En el escenario latinoamericano, la defensa de Rousseff fue discretamente respaldada solo por unos cuantos gobiernos, un aislamiento que se hizo evidente, tras una década marcada por la camaradería en los encuentros suramericanos. El respaldo de algunos medios de prensa internacional, movimientos sociales y academia de distintas partes de la región no fueron suficientes.

Sea como sea, el péndulo se está moviendo en dirección opuesta a la ola progresista que empezó a esparcirse por la región durante los primeros años del nuevo siglo.

Si bien guardan marcadas distancias, pues lo que sucedió en Brasil es cuestionable en términos de representatividad democrática, le antecedieron resultados electorales hacia la derecha en otros países de la región.

La elección de Mauricio Macri en Argentina, la pérdida de poder de las fuerzas bolivarianas en el Congreso de Venezuela, la derrota de Evo Morales en su plebiscito para buscar una nueva reelección… Inclusive, la pérdida del impulso en candidaturas esperanzadoras para la izquierda, como la de Verónika Mendoza, en Perú, quien no logró pasar a la segunda ronda contra Keiko Fujimori.

El descontento popular y el abandono de las masas empobrecidas en América Latina, tras décadas de reformas neoliberales desde organismos monetarios internacionales, fueron tierra fértil para que la izquierda proliferara.

¿Habrá sido el desgaste de los año en el gobierno?, ¿culpa de la crisis económica mundial?, ¿los casos de corrupción o un mal manejo del poder? Lo cierto es que la tendencia pareciera irse acentuando, y la derecha va recuperando el terreno perdido.