La ciudad de Buenos Aires vivió el domingo 10 de julio una noche de sorpresas y reafirmaciones, en medio de una confrontación política que tendrá su clímax en octubre próximo, cuando se haga presente la madre de todas las batallas en la Argentina modelo 2011: la elección presidencial que decidirá si se confirma lo que parece un hecho: la reelección de Cristina Fernández.

Mauricio Macri, actual jefe de gobierno de la Capital Federal, logró allanar el camino a su propia reelección, gracias a que impuso su candidatura en primera vuelta con una ventaja de casi veinte puntos por sobre su principal competidor, Daniel Filmus, postulante del Frente Para la Victoria, partido del gobierno nacional que, por segunda vez, aspira (o aspiraba) quedarse con la alcaldía.

Y no es poco lo que logró Macri en esta primera vuelta que transforma en casi estéril la confirmada realización del ballotage, ya que obtuvo el 47 por ciento de los votos, más, incluso, de lo que logró cosechar en la elección de hace cuatro años cuando llegó al poder porteño (en aquella ocasión logró 44 por ciento).

El principal trofeo que puede exhibir este improvisado y discutible líder político es nada menos que la continuidad de su propia carrera. Recordemos que tan sólo hace unas pocas semanas el hoy triunfante candidato decidió posponer su sueño presidencial por el que ha trabajado desde el primer minuto en que llegó a la jefatura comunal, hace cuatro años. Prefirió ganar en lo local y no perder en la nacional. Las encuestas con miras a octubre son demoledoras y dan a Cristina Fernández una intención de voto cercana a 45 % (la Constitución Nacional da por ganada la elección presidencial con ese porcentaje) y muy lejos de una oposición, por ahora, atomizada. En ese contexto, y con el agregado de que el macrismo no consigue aún poner pie fuera de Buenos Aires, lo mejor (lo único) que tenía por delante Macri era navegar por las más probables aguas de su reelección comunal, aunque así arriesgaba también su futuro inmediato, en un país donde el vértigo del microcosmos político no deja amplio margen para segundas oportunidades.

Al diván

El día después de cada elección en Buenos Aires suele ser momento obligado de análisis y profusos debates sobre la orientación a veces ecléctica, en ocasiones esquizofrénica, del voto de los ciudadanos porteños. ¿A qué se debe esta nueva y reforzada victoria de un jefe de gobierno procesado por escuchas ilegales a dirigentes de la oposición y acusado de no haber cumplido gran parte de lo que prometió durante la campaña que lo llevó al poder? ¿Cómo es que la misma ciudad en la que la presidenta tiene una imagen positiva del 50% su candidato pierde de forma abrumadora?

En el año 2007 se eligió en la urbe a un Mauricio Macri sin estructura política, apenas con un nombre surgido en los medios de comunicación durante los años noventa por su participación en fiestas lujosas, con el background de tan solo una acotada e irregular experiencia empresarial como hijo de uno de los hombres más ricos de la Argentina, Franco Macri (que llegó a quitarle la firma en una de sus empresas). Además, y habiendo funcionado como casi único sostén de su campaña, el devenido dirigente político tenía en su haber la presidencia del club Boca Juniors, en el que logró sumar sonoros éxitos deportivos y estabilidad financiera, que le sirvieron como carta de presentación a la hora de venderse como buen administrador.

Mauricio (“que es Macri”, como le espetaba el entonces presidente Néstor Kirchner para colocarlo en el lugar de “hijo de”) era entonces un hombre de oralidad pobre, de dudosa capacidad intelectual, sin el menor manejo de la retórica. Un verdadero outsider del debate de ideas, alguien que escapaba a la confrontación cara a cara pero que insistió a capa y espada con la idea de llevar adelante una gestión “eficiente” una vez que llegara al gobierno, como una forma de contraponerse a los dos mandatos del dirigente de centro izquierda Aníbal Ibarra, caído en desgracia tras el trágico incendio en el local República Cromagnon, que le causó la muerte a 194 jóvenes, víctimas inocentes de la corrupción policial y la ineficacia político-administrativa.

Sin embargo, una vez en el poder, una sucesión de medidas bochornosas (la designación de un uniformado procesado en la causa AMIA al frente de la Policía Metropolitana, el abandono del hospital público, el masivo aumento de impuestos, etc) hicieron trastabillar al flamante político al punto de que hasta hace no mucho gran parte de quienes lo habían votado rechazaban los resultados mostrados.

Sin embargo, durante estos últimos meses, y a caballo del trabajo exhaustivo del publicista ecuatoriano Jaime Durán Barba (consultor personal full time y con sueldo a cargo del Estado), el jefe de gobierno de la ciudad más importante de la Argentina remontó con creces su imagen en el distrito y terminó posicionándose como un personaje afable, cercano a un electorado volátil y de humor político-ideológico difuso. Asimismo, en contraste a la plasticidad y trabajada informalidad de un Macri cada día más seguro de sí mismo, la acartonada figura del exministro de Educación Daniel Filmus apareció durante toda la campaña (desde que Cristina Fernández lo bendijo con la postulación) como incómoda. El desafío de Filmus era doble: ganar la partida local y hacer que, por primera vez, el kircherismo se impusiera y ampliara el innegable dominio del que hace gala en gran parte del país, colonizando la ciudad capital y estableciendo lo que habría sido la alfombra roja a una reelección presidencial que, pese al revés porteño, nadie con una mirada lúcida sobre la política argentina hoy se atreve a poner en duda.

Un ballotage, dos derrotas

En tanto, a horas de conocerse los resultados finales del escrutinio y con el oficialismo nacional aún golpeado por una diferencia en contra que no se preveía como tan amplia, los rumores de que el ballotage finalmente no se llevaría a cabo reaparecen con intermitencia sobre el escenario porteño, aunque desde el núcleo duro del kirchnerismo insisten con que Filmus no se bajará y, tal como indican, “la pelea va a darse hasta el final”, en referencia a la fecha clave del domingo 31 de julio.

Sin embargo, y tal como no pocos del equipo presidencial advierten en voz cada vez más alta, una segunda y previsible derrota agregaría una innecesaria incomodidad a las primarias previstas para el 14 de agosto, que funcionarán (a falta de alternativas internas en los partidos) como una encuesta nacional sin margen de error, a la vez que como un muy probable adelanto de lo que sucederá en octubre, cuando el electorado concurra a votar para reelegir o no a Cristina.

En lo que respecta a Mauricio Macri, su futuro político a mediano plazo está asegurado, sin oponentes de peso, ya que, salvo el Frente Para la Victoria, el resto de los partidos con representación en la ciudad aparece con nulas posibilidades de disputar poder.

Son cuatro años los que tiene por delante el alcalde para continuar, con miras a 2015, con la construcción de su anhelada y hasta ahora frustrada candidatura presidencial, a la vez que con un plan de trabajo que deberá incluir el mejorar la relación con una Casa Rosada que seguirá siendo adversa y a la que hasta ahora enfrentó con una dialéctica auto-victimizante y de corto vuelo estratégico.