El que mató al espíritu no tuvo más remedio que parir la acción.

Karl Kraus

Cuando comencé a perder a mis seres queridos se me quitó la idea romántica y adolescente de que la muerte era una experiencia atractiva, magnífica, seductora. El desconocimiento y la distancia tienden a mitificar las vivencias. Idealizamos lo inexplorado y lo ajeno, lo que ignoramos o no hemos experimentado en persona. También sucede lo contrario: nos desentendemos de lo que ocurre en otras latitudes, de modo que somos incapaces de comprender las conexiones profundas que existen entre hechos que superficialmente aparentan ser ajenos, pero en realidad forman parte de nuestro mismo entramado vital.

Escuché la historia de un hombre que perdió su patrimonio, su libertad y su tranquilidad cuando quiso defender a su familia; eso ocurrió en Ciudad Juárez. También supe de una mujer que hizo lo posible por no huir a causa de las extorsiones recibidas, quería seguir viviendo en donde murieron sus abuelos y logró quedarse: la enterraron, ahí, en Tamaulipas, a los 28 años. Les cuento a mis alumnos y a mis amigos lo que ocurre fuera del DF, pero parecen no darle importancia a la magnitud de los eventos ni a la evolución exponencial de la tragedia: la violencia ocurre en otro sitio, no les compete, están a salvo. Suponen que el DF es una especie de burbuja que otorga inmunidad. Yo más bien imagino esta ciudad como una roca que, como toda piedra envejecida, un día sin duda estallará.

En su texto ¡Indígnate!, Stéphane Hessel hace un llamado universal a denunciar la opresión y resistir ante todo aquello que resulta inaceptable para vivir de manera digna. Si alguien como Hessel (superviviente de Buchenwald, militante a favor de la causa palestina y único redactor vivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos), a sus 93 años, es capaz de predicar contra la indiferencia y contra lo que él denomina “la inercia cómplice”, es algo que deberíamos tomar en cuenta a la hora de hablar sobre la realidad. Sin embargo, hoy, para la gran mayoría de los que habitan la ciudad de México, la indignación no tiene buena acogida. Cuando se expresa, resulta un asunto alarmista, el intento por fomentar una cultura del miedo, y no la necesidad de adquirir conciencia sobre lo que ocurre en el país, y que nos debería preocupar si deseamos que éste siga siendo habitable.

No obstante, a pesar de la indiferencia que percibo a mis costados, las personas que me rodean me cuentan historias que resultan igual de significativas, pero sin ellos darse cuenta. Hace dos semanas un comando de la PFP detuvo, sin motivo alguno, a un amigo que caminaba sobre avenida San Cosme luego de abandonar una fiesta… Asesinaron al novio de una alumna después de dejarla en casa; luego se supo que no le robaron nada… A mi vecino de 15 años lo asaltaron fuera de su escuela, les entregó todo lo que traía y, enseguida, le cortaron la cara… Las historias se multiplican y sus tramas tienden a alejarse de lo verosímil –eso que en la ficción hace que las cosas sean creíbles. Las historias se acumulan, pero sus relatores son presas de la impotencia interpretativa: “fue un abuso de autoridad”, “un asalto”, “la locura de unos idiotas”, se repiten, “nada que ver con el clima de violencia que existe en el norte del país”. ¿Por qué no logran comprender la conexión entre las violencias cotidianas que ocurren en el DF y el clima de impunidad e incertidumbre institucional del país?

Supongo que se trata de un mecanismo de defensa. Más allá del tipo de violencia que entrañan los hechos relatados (y que habla de una creciente y generalizada descomposición social), lo que me sorprende es que para quienes los relatan, estos eventos se encuentran disociados de lo que ocurre afuera, en eso que nombran con una fórmula teatral distribuida en los medios: “la guerra contra el narco”. Yo no dejo de pensar cómo solemos observar la elevación de las aguas como si fuese un espectáculo ajeno, cuando es el espectáculo que terminará ahogándonos. Tampoco dejo de pensar lo que ocurrió durante las elecciones de 2006, en donde el afán por lograr la presidencia, llevó a los partidos y candidatos a fomentar un espacio público fragmentado y un debate político fundamentado en la violencia: “los otros son el enemigo y hay que destruirlo a toda costa”, se nos decía constantemente en propaganda escrita, en spots televisivos y en cada arenga que buscaba llevar nuestro voto a la respectiva urna ideológica. En mi estupefacción no comprendía cómo era posible que se repitiera, a diestra y siniestra, y de manera acrítica, la idea de que el adversario político era un peligro para el país o que el contrincante conservador resultaba el universo del mal. Desde entonces supuse que la cultura política intolerante que se fomentó en aquellos días traería consecuencias adversas, pero nunca creí que la catástrofe nos llevaría al insano paisaje que hoy contemplamos.

Stanislaw Jerzy Lec escribió que “no hay que estar ciego desde ningún punto de vista”. Deberíamos tomar su consejo con seriedad. Aquello que no se atiende o no se vigila termina descompuesto o quebrantado. Si en este momento desconfiamos de la eficiencia y el valor de las instituciones, si la corrupción ha incrementado sus arcas furtivas y si la violencia en el país comulga con cifras de guerra civil, todo esto tiene que ver con la destrucción del espacio público como lugar de interlocución argumentada, como sitio para compartir, oponer y debatir puntos de vista a partir de razonamientos e ideas. En distintos momentos, hemos contribuido ciegamente y sin proponérnoslo, por negligencia u omisión, a la destrucción del espacio público. Los peores horrores son los que no previmos, los que pudimos erradicar un día que se ha ido ya, aquellos que sólo vemos en la sensatez de los espejos. ¿A qué me estoy refiriendo?

Se sabe que la violencia, antes de ser física, contamina el lenguaje. Como bien apuntó Adan Kovacsics en su libro Guerra y lenguaje, “a toda catástrofe bélica la antecede una catástrofe de la palabra”. Y eso no es asunto sólo de los políticos, sino de nuestra forma cotidiana de hablar y referirnos a los otros. Desde hace años, al país le urge una ética de la discusión y sobre todo de la escucha. Hoy como nunca el lenguaje público está repleto de frivolidad, agresión y arrogancia, formas todas de banalizar, desacreditar o menoscabar al interlocutor. Si algún día queremos que este país deje de incubar injusticias y peligros, tendremos que darle entrada en nuestra vida al otro (ese que piensa y vive de un modo que consideramos indigno, el que conduce su auto demasiado cerca del nuestro, el que expresa opiniones que nos parecen descabelladas o absurdas).

“La política es el arte de convivir, no el arte de cambiar al otro” dijo en una entrevista Octavio Paz. El mexicano común parece no entenderlo. Al menos eso es lo que le pasa cotidianamente al defeño. Suponemos que el espacio público sólo nos pertenece a nosotros, no lo concebimos como un espacio a compartir sino como un espacio que nos debería corresponder en exclusividad, casi de manera patrimonial. Por lo mismo percibimos que el otro nos invade o amenaza a cada instante: inventamos esos monumentos a la fealdad (cubetas con cemento) para impedir que otros ocupen el espacio que está afuera de nuestra casa pero del cual no tenemos un documento de propiedad; conducimos los unos contra los otros como si la calle fuese un escenario no de tránsito sino de venganzas imaginarias; cada vez que podemos sacar ventajas incluso de los seres más íntimos lo hacemos como una compensación providencial ante el hecho de vivir en un espacio endemoniado. La megalópolis es el espacio por excelencia para el anonimato, y en el anonimato las responsabilidades se diluyen. Ahí el crimen es más propicio pues los escondites no sólo se multiplican, sino se masifican. Por decirlo en pocas palabras: el anonimato que otorga la megalópolis es una ofrenda a la impunidad. En la ciudad aventamos piedras sin dejar de sentirnos inocentes. Desde esa perspectiva, los culpables siempre son los otros: los políticos, los burócratas, los asesinos.

Me refiero a Chilangolandia no sólo por el hecho de ser ese mi lugar de residencia, sino porque resulta la experiencia concentrada de los trastornos de la nación en materia política. Otro efecto fatídico del centralismo. Más allá de las particularidades regionales o las tradiciones locales, la forma de pensar lo público en esta ciudad es la expresión terminal de la cultura política nacional. Digo esto porque observo que lo que se vive en el DF (el regodeo de la indiferencia, el desdén ante el dolor ajeno, la evasión de compromisos) se evidencia de muchos modos también en el resto del país. Y eso que se reproduce es uno de los rasgos fundamentales de nuestra forma autista de relacionarnos con el poder. Un síntoma prevalece en nuestro cuadro clínico: la búsqueda de culpables externos, el desplazamiento de las propias responsabilidades, la incapacidad para asumir la autocrítica. Hace unas semanas, a partir del incendio criminal del Casino Royale, en su tuiter José Merino (@PPmerino) soltaba frases autocríticas como la siguiente: “Porque me he quejado por la no implementación de la reforma al sistema penal de justicia y no he movido un dedo #MeDeclaroCorresponsable”. Muchos tuiteros, en lugar de escuchar el llamado a generar una cultura de participación ciudadana, de inmediato se deslindaron con fórmulas tan ingeniosas como ésta: “Gracias a @ppmerino por repartir (entre los que se dejan) la responsabilidad de @FelipeCalderon y autoridades que decidieron ‘estrategia’ vs narco”. ¿Es posible asumir una postura crítica sin asumir previamente una perspectiva autocrítica?

Lo que digo es que, en términos generales, nos hemos vuelto incapaces de establecer los vínculos entre la ausencia de una cultura ciudadana crítica y los efectos que esa ausencia produce en la realidad política del país. La impunidad ha crecido no sólo porque políticos y empresarios despliegan su eficiencia en evadir las leyes para gobernar en su propio beneficio, sino por el clima social de desencanto y pesimismo al que hemos contribuido las mayorías al eximirnos de los debates públicos, al ausentarnos de las movilizaciones políticas y al fomentar la flojera ideológica de no interpretar la realidad de manera apasionada. De muchos modos ejercemos actos, rencores o miedos que al final se nos revierten. Esta actitud es un boomerang que terminará por arrancarnos la cabeza.

Hace más de una década, Carlos Monsiváis afirmaba en un artículo que “el amor a lo contraproducente” parecía ser el signo de la política mexicana. No se equivocaba entonces y hoy el fenómeno resulta aún más evidente. Cada vez que intentamos darle soluciones a problemas cotidianos o excepcionales mostramos que somos incapaces de prever las consecuencias negativas de nuestras acciones: para acabar con la violencia, enviamos tropas de asalto que actúan desde una lógica radical, de excepción, ajena a la idea de preservación de los derechos y la dignidad humana, y que por ello generan más violencia… Contra la ineficacia del sistema judicial, adoptamos mecanismos que tienden a volver más factible y redituable el manejo discrecional del poder (p.e. La ley de seguridad nacional)… Ante el descrédito de la política, legitimamos actos de corrupción y justificamos la evasión de la ley (“hay que negociar con el narco”…), sin medir sus consecuencias en la autoconciencia de la sociedad y sus promesas de futuro…

Esa pasión por lo contraproducente habla tanto de los desatinos que tenemos a la hora de discutir en torno a los asuntos públicos, como de la inmadurez hermenéutica que nos caracteriza. Lo extraño no es escuchar opiniones, sino escuchar opiniones que no se desacrediten a sí mismas. En México, cuando alguien discute sobre política suele expresar sus reflexiones e insatisfacciones destruyendo lo poco que puede evitar que las cosas sigan así: la posibilidad de diálogo, de escucha y de crítica. Proferimos juicios que destruyen en lugar de construir lo público. Nos encanta quejarnos, pero no comprendemos que en nuestras palabras está sembrada la negativa a que las cosas puedan ser distintas. “Lo que hace falta para crear ciudades donde la gente se vea obligada a enfrentarse y se reconozca entre sí es una reconstitución del poder público, no una destrucción del mismo” escribió Richard Sennett. Nuestra cultura política actual consiste en una inercia cómplice que en lugar de indignarnos, nos complace. De nuestra indolencia nos lamentaremos en el futuro próximo. Abandonarla implicaría romper los pactos de impunidad en que estamos instalados, esos que nos permiten estar frente a la cómoda seguridad de nuestras computadoras leyendo noticias que al parecer no nos competen, pero que un día nos dirán cómo la muerte ha dejado de ser una idea romántica y seductora, una experiencia lejana que le pertenece sólo a los otros.