Por Soledad Dominguez Galarza

—¿Toman agua bendita en la Favela de las Almas que todas se quedan embarazadas?  —fue el comentario de la funcionaria de una clínica de la zona oeste de Rio de Janeiro, una de las más pobres, al entregarle a Rafaela Souza, negra, de 15 años, el resultado positivo de su test de embarazo.

El episodio lo cuenta Jessica, su hermana mayor de 23 años, que la acompañaba ese día y no imaginaba que hoy, 12 meses más tarde, cuidaría y criaría a Miguel, su sobrino que nació sano y salvo. Pero Rafaela murió en el parto. Fue una de las más de 1.000 mujeres que mueren por año en el país más grande de Suramérica por causas vinculadas a la mortalidad materna. De acuerdo a datos oficiales y consolidados del Ministerio de Salud, en 2013 sumaron 1.686 estas muertes.

Y hay más. Las estadísticas que maneja la Coordinación de Salud de la Secretaría Especial de Políticas para las Mujeres, muestran que solo el 34% del total son mujeres blancas, mientras que más del 60% son mujeres afrodescendientes. En este universo de madres negras, se encuentra Rafaela.

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El 24 de abril del año pasado tuvo las primeras contracciones. Su mamá, Ana Carla, la llevó al Hospital Rocha Faria que era el de referencia y les correspondía por cercanía. Pero el personal de limpieza estaba de huelga y le sugirieron buscarse otro lugar. “Estaba todo sucio y nos dijeron que era un riesgo internarla. Le tomaron la presión y nos fuimos”, revive Ana Carla.

En ese mismo hospital, el 17 de junio pasado, el Ministerio Público encontró 63 cuerpos abandonados en las cámaras frigoríficas y advirtió la falta de higiene de la Unidad de Salud. Esto, en el marco de calamidad pública que el gobierno del estado de Rio de Janeiro acaba de decretar, autorizando la racionalización de todos los servicios públicos esenciales, para cumplir con la realización de los Juegos Olímpicos el próximo agosto en la “ciudad maravillosa”.

La alternativa que le dieron a Rafaela para tener a su bebé, es que fuera a la Maternidad Mariska Ribeiro, en el barrio de Bangu.

Lo que no advirtieron los médicos – o no les dijeron -, es que le había aumentado la presión. Mal indicio para una gestante adolescente y en especial negra: la raza más propensa a padecer hipertensión y eclampsia en esas circunstancias, principales causas de mortalidad materna en Brasil. Así y todo, las dejaron que se fueran sin derivación oficial, ni ambulancia, ni prontuario de urgencia.

Ambas, ella y su madre, regresaron a la casa por la ladera de calles angostas y escalinatas desvencijadas de la favela de las almas, que se conoce oficialmente como Parque Esperanza: está en el barrio de Campo Grande, a 30 estaciones de tren de la Central do Brasil. Buscaron unas ropas y esta vez, en el auto del cuñado se fueron a probar suerte en la segunda Maternidad.

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Las escenas y recuerdos de la internación de Rafaela van y vienen en el relato de Ana Carla, que es la porta-voz de la familia. Dice que todo lo que pasó fue tanto, que se le mezcla en la cabeza y un nudo le baja a la garganta. Entonces traga. Sostiene la mirada. Es negra y de piel tersa. Tiene el cuerpo robusto y la voz suave; senos grandes. Con 42 años, tiene 4 hijas y 2 nietos. Empieza a hablar.

– En el Hospital Mariska Ribeiro, nos asignaron una habitación individual donde pasamos la noche. Pero las enfermeras casi no venían a chequear a Rafaela, ni a hacerle el tacto. Estábamos solas. Ella lloraba cada vez más del dolor y no salía de los cinco puntos de dilatación. Hasta que en la madrugada vomitó -.

Con el transcurso de las horas, todo se transformó en vacío y miedo al olvido. El mismo que Ana Carla y familia tienen actualmente por las demoras en la investigación para encontrar a los responsables por las negligencias médicas que llevaron a la muerte a Rafaela. “Como mi hija, hay muchas otras que pasan por lo mismo. Es un enorme descuido hacia la vida. La mataron”, dice.

Como a casi todas las parturientas, durante las primeras horas de internación, le indicaron hacer lo de siempre: ejercicios para estimular la dilatación y tomar baños de agua caliente. Así pasaron más de 12 horas, entrando y saliendo del baño, con los nervios alterados. Y el médico de planta -durante la noche y madrugada- no estaba para diagnosticarla. De comprobarse esa ausencia que alega la familia, habría responsabilidad criminal que es lo que la defensora pública, Arlanza Rebello está averiguando para comprobar.

Ya en horas de la mañana, la Jefa de Enfermeras, fue a la habitación y el cuadro empeoraba.

Doctora, yo no soy médica, pero tuve 4 hijas. No es normal que demore tanto y vomite. Acá hay algo raro, es mucho tiempo y dolor – le dijo Ana Carla.

– No se preocupe madrecita, que siempre el primer parto demora más. Además, vomitar, según mi mamá, es señal de que la dilatación está llegando a 8 puntos – le respondió la profesional.

Rafaela era de contextura delgada y pequeña y también lo era su pasaje vaginal, Y el bebé era muy grande. Le tomaron la presión. Volvieron con un medicamento que Ana Carla cuestionó a las enfermeras de planta, a lo que le respondieron que “era el único que tenían a mano”. A esa altura, los dolores de cabeza y la presión a Rafaela, le seguían aumentando. Nadie les explicaba qué pasaba. Lo que aumentaba la tensión. Le administraron suero y poco después comenzó a tener convulsiones.

Los intentos por parir a Miguel por vías normales fueron inútiles. Nada resultaba. La fuerza de Rafaela ya estaba agotada. El tiempo pasaba y el bebé en vez de bajar, subió y parecía acomodarse más arriba de la panza. Llegó el médico, la llevaron a la sala de operaciones a practicarle una cesárea y le quitaron el útero por una severa hemorragia.

La falta de atención y cuidado que relata Ana Carla, no sorprende a Maíra Soligo, la obstetra que asesora a la Defensoría Pública por el caso. Para ella, además de la negligencia médica en los hospitales públicos de Rio, se advierte una sutil discriminación que muchos profesionales de la salud practican con sus pacientes cuando la distancia social entre ambos es grande. No les dan explicaciones, por ejemplo.

En ese sentido, ser negra y pobre son dos desventajas. El Informe Nacer en Brasil lo confirma: de la población femenina, las mujeres afro-descendientes, de baja clase social y escolaridad, son las que menos conformes están con la atención médica en general. Relatan episodios de violencia verbal, física y psicológica. Además, se les ofrece menos anestesia en el parto normal. La publicación Política Nacional de Atención Integral a la Salud de la Mujer (2009) muestra que éstas tienen el doble de chances de no recibirla, el 11%. Mientras que, en las blancas, la cifra cae al 5%.

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Rafaela no resistió a las graves complicaciones de la presión alta. El motivo de muerte del parte médico es crisis de eclampsia y ruptura uterina. Como no había Unidad de Terapia Intensiva en la Maternidad donde nació Miguel, luego de la cirugía, la trasladaron a un tercer hospital en ambulancia y entubada, donde falleció cerca del mediodía. No llegó a conocer a su hijo que seguía en la maternidad y lo fueron a buscar su papá y su tía.

– Deberían haberle marcado una cesárea desde mucho antes. Así se hubiera salvado. El doctor que la atendía en la Clínica de la Familia decía que estaba todo bien, nada de alteración de presión. Pero decía que la pondría como paciente de riesgo por ser tan joven – se lamenta Ana Carla.

– ¿Lo puso? –

-No sé. Cesárea no puso. Se debe haber olvidado el Doctor –

En la libreta de controles prenatales, la indicación que aparece es de “parto normal”. La familia está convencida de lo contrario: creen que una operación por cesárea era más segura pero más cara. Por eso el Estado no la paga y ahora incentivan el parto humanizado que en realidad, “lo que hace es matar y hacer sufrir a las parturientas”, dice Ana Carla.

Brasil hace este tipo de cirugías en un 52% de los casos, cuando la recomendación de la Organización Mundial de la Salud es que no supere el 15%. Ese país lidera el ranking mundial de cesáreas. Son un millón de madres por año que se someten a esta operación -sin indicación obstétrica adecuada-. Esa práctica a veces la refuerza la televisión y algunas actrices de novela. Muchas revistas muestran a famosas, como Juliana Paes, siendo mamá mediante este método y sin aparentes sufrimientos.

Sin embargo, para la obstetra Maíra Soligo, esse tipo de parto no es que sea caro y el problema en el caso de Rafaela, no pasó por haber sido o no recomendada. “Una madre muere en el parto porque la calidad de todo el chequeo prenatal no es exhaustivo. Se considera que el 90% de los casos de mortalidad materna puede evitarse con una buena atención. Pero ¿qué pasa? Se le da el alta a la parturienta antes de tiempo y no se la acompaña con el rigor que debería, como fue con ella”.

Las causas que desencadenaron su muerte fueron varias. La principal fue que, a pesar de haber hecho las diez consultas prenatales exigidas, no le marcaron ninguna visita después de la semana 38, como exige el Ministerio de Salud. De acuerdo a las fichas de consultas, si bien la presión era normal, venía subiendo. Y, por outro lado, no se evaluaron los riesgos de ser adolescente y negra y las posibilidades de hipertensión y sus posibles consecuencias. En las últimas semanas no se la midieron. “Con un buen acompañamiento, no hubiese tenido convulsiones. Todo llegó demasiado lejos”, enfatiza la enfermera-obstetra, Maíra Soligo.

A las dos semanas del fallecimiento, la familia recibió una llamada de la maternidad preguntando cómo iba la recuperación postparto.

– No lo podía creer, no sabían que había muerto. Les dije que el postoperatorio estaba sepultado bajo la tierra, junto a mi hija. Todo por culpa de ellos -, reproduce Ana Carla.

La funcionaria balbuceó al teléfono, pidió disculpas y cortó.

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Ana Carla, la abuela con el niño (Miguel) en brazos.

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Rafaela quedó embarazada de su novio Deoglas, de 22 años. Estaban juntos desde hacía tres. Cuando confirmaron la noticia, le contaron a Ana Carla que, parada en la cocina, se agarró el corazón y lo primero que le salío decir fue “hija, ¿qué hiciste con tu vida?”. Pero su hija estaba feliz.

– Deoglas dijo que se haría cargo. Y como padre, siempre estuvo presente. Nunca dejó que le faltara nada al niño. Inclusive siempre contribuyó con compra de la leche especial de Miguel, que era cara, porque no podía tomar cualquiera – refuerza Ana Carla. Miguel mamó el pecho a su tía Daine de 21 años por algunos meses, pero luego se complicó porque vivía lejos y tuvieron que recurrir a leche artificial.

Deoglas es de cuerpo menudo, mestizo y usa el pelo con un poco de gel en el jopo del flequillo. La mitad lo tiene teñido de rubio, como usan algunos futbolistas. Es tímido y desvía la mirada cuando habla. Va y viene de la sala al patio con Miguel en brazos que se baja y gatea queriendo subir escaleras. Le agarra la mano a tiempo: casi la mete en el ventilador con la punta de un marcador. Todos los fines de semana va a ver a su hijo a lo de su suegra y las hermanas de Rafaela. En las tardes de domingo, lleva a Miguel a lo de sus abuelos paternos. La complicidad que tienen los dos varones de la familia es que salen a pasear. Por eso, Ana Carla dice que Miguel se le tira encima y patalea de alegría cuando ve a su papá llegar.

Hasta el año pasado, Deoglas trabajaba en reforestación de plantaciones y durante el embarazo, se puso a construir una casita pegada a la de su familia política. Ahora está desempleado y dice que en cuanto vuelva a tener algo seguro, la va a terminar porque era el sueño de Rafaela. Pero las perspectivas no son buenas por la crisis económica del país.

A la primera ecografía del bebé, fueron juntos. “Ella lloraba cuando veía las imágenes”. Y cuenta que cada peso que ahorraba era para ir los sábados al centro de Campo Grande a comprar cosas de bebé. Y que los planes eran que cuando Miguel cumpliera tres meses, Rafaela volviera a la escuela. Trabajar: no, él no la iba a dejar. Pero estudiar, sí.

– Todos en el colegio la querían mucho. Al entierro vinieron amigos, parientes, maestras, la directora de la escuela – enumera Deoglas.

Y sigue Ana Carla.

– Rafaela no se merecía esto. Era una chica buena. Iba siempre a la Iglesia, aceptó a Jesús, hizo todo correctamente – y se queda mirando como buscando una respuesta que Dios y la Iglesia aún no le han dado.

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Las cuatro mujeres de la familia están sentadas en el único sillón de la sala, que también funciona como la cama de Ana Carla. Viven todas juntas. En el primer ambiente de la casa, la cocina, ya se siente el desnivel inclinado del piso de la ladera, que sigue bajando hacia el baño y los cuartos.

Las responsabilidades están distribuídas. Mamá Ana Carla es una de las proveedoras. Trabaja como cocinera en una casa para personas con deficiencia física y mental. Jessica se encarga de los bebés y las tareas domésticas. La del medio, Daiane de 21 años, trae dinero al hogar: es empleada de servicios de limpieza en un conglomerado de Barra da Tijuca, zona noble del oeste carioca. Karen de 14 años, que era la más compañera de Rafaela por tener casi la misma edad, va a la escuela. Ella, al igual que su madre, mantiene la mirada firme y aunque se quiebre en lágrimas, no la baja.

Hablan una por vez. Cuentan que la esperanza que les queda es que la abogada de la Defensoría, Arlanza Rebello, reuna todas las informaciones venidas de las maternidades por donde pasó Rafaela para iniciar el proceso. Con base en ellas, harán un segundo análisis y si existió responsabilidad médica, ese profesional tendrá que responder ante la justicia.

Recuerdan que hace un año, el caso fue un revuelo en los medios. Y que eso se lo deben a la garra de Ana Carla que llegó hasta la Defensoría del Estado. Varios periodistas las entrevistaron y 80 organizaciones civiles firmaron una carta dirigida a las autoridades locales, pidiendo investigación. Pero desde entonces, sienten un vacío y olvido. Nadie más las buscó.

Esperan que todo se resuelva, como sucedió hace 13 años con Alyne Pimentel: otra madre pobre y negra de la región metropolitana de Rio de Janeiro, que murió en circunstancias similares. A diferencia del caso de Rafaela, con Alyne, la ONU -a través del Comité para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra las Mujeres-, responsabilizó al Gobierno Federal de Brasil por haber violado los derechos a la vida, a la salud, a la no discriminación y a la reparación. Todos presentes en la Constitución del país.

La indemnización que el Estado pueda darle a la familia de Rafaela, es lo que menos les interesa a ellas y al papá del bebé. “Pero, si viene ayuda financiera, será para darle confort a Miguel que duerme en un cuarto con las tres tías y la prima. Todas repartidas en dos camas”.

–  ¿ Qué es lo que esperan?

– Justicia. Que los culpables sientan lo que hicieron. Uno cree que está seguro en un hospital, entregas a tu hijo y sin reparos, te lo matan – dice Ana Carla, con Miguel en su regazo.

Una de las últimas fotos, es en el babyshower donde está junto a su novio Deoglas, que le besa la panza. Ésta es una de las historias de un Brasil en crisis y a las puertas de las Olimpíadas que traerán en menos de 50 días, a más de 12.000 atletas a competir a todo trapo en la ciudad maravillosa. Por detrás, la economía y la pobreza siguen afectando a los más vulnerables. La relatora sobre Derecho de Minorías de la ONU, Rita Izak, emitió en marzo pasado un documento en que afirma que Brasil fracasó en los últimos años, al intentar cambiar la realidad de discriminación y pobreza que afecta –principalmente- a la población negra (que por el último censo nacional llega al 50,7% del total). Ojalá que la resolución de este caso, no deje pasar una página de maltratos e indiferencia, quedando en  blanco.