La pelota sí se mancha / La mano negra / La copa nostra

Estrellas, coca y plomo

Con la organización del Mundial de fútbol Sub-20, Colombia quiere olvidar el pasado oscuro de este deporte en el país. Pero le va a costar rebasar algo que todavía está demasiado presente.

Es lunes, nueve y media de la mañana, en una oficina de Bogotá. Antes de empezar sus 48 horas de sudor semanal, un buen tercio de los empleados salta de cubículo en cubículo, entre risas, cuchicheos y corrillos improvisados. Unos se exaltan, otros se desentienden, alguno cobra alguna apuesta. Se debaten, se discuten penaltis no pitados, fueras de lugar, empates de último minuto, expulsiones, la última fecha del fútbol colombiano.

Y en medio de las burlas, de la fanfarronería, una frase, medio en chiste, medio en serio, el recurso del hincha colombiano cuando pierde: “es que hubo mano negra”. Entiéndase un poder superior, oculto y tramposo que logra torcer los resultados de un partido. Y es que en Colombia, cualquier triunfo en la cancha es sospechoso de haber sido logrado con dólares y plomo por fuera.

Hasta mediados de los ochenta, Colombia no existía en el fútbol. El logro más glorioso de la selección era un empate cuatro a cuatro en el Mundial de Chile 1962 contra la Unión Soviética. Eso sí, con gol olímpico de Marcos Coll, contra Lev Yashine, la famosa ‘araña negra’, considerado como uno de los mejores arqueros de la historia. Pero fuera de eso, poco o nada. Como si fuéramos República Dominicana, pero sin jugar bien béisbol.

Los ochenta fueron el final de la infancia. América de Cali peleó tres finales internacionales, Carlos ‘El Pibe’ Valderrama fue elegido el mejor jugador de la Copa América de 1987, y en 1989 el glorioso Atlético Nacional (mi equipo) conquistó contra Olimpia de Paraguay la Copa Libertadores el primer título continental de la historia del país.

Fue por esos mismos años que algunos colombianos lograron colarse en la lista de Forbes de los hombres más ricos del mundo. Nombres que harían historia, en el crimen y en el fútbol: Pablo Escobar Gaviria, ‘El Patrón’; Gonzalo Rodríguez Gacha, ‘El Mexicano’; Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela. En pocos años enviaron toneladas de cocaína a Estados Unidos y amasaron miles de millones de dólares.

El paso de la coca a los clubes fue casi natural. Era, por un lado, un jugoso negocio para usar los equipos como una colosal lavandería de dinero sucio. En los estadios, los tiquetes casi siempre se pagan en efectivo y cada domingo son cientos de millones de pesos que pasan por las taquillas. Así se declaraba el doble de las ganancias reales, y se “limpiaban”unos cuantos dólares. Los capos también compraban los pases de cracks extranjeros en dólares y los registraban en Colombia en pesos, por debajo de su valor real.

Pero los ‘narcos’ también entendieron que el fútbol es un deporte que enloquece regiones o países enteros. Fue la oportunidad de lograr la aceptación social y el estatus que les negaban en los clubes sociales de las encopetadas élites colombianas.

Y un buen capo siempre necesita nuevos juguetes, mejores que los de sus colegas. “Coronar” el envío más grande, tener la hacienda más extravagante, manejar la camioneta más lujosa, usar las cadenas más brillantes, tocar los senos más monumentales…y claro, ser dueño del mejor equipo, jugar con los jugadores más famosos, conquistar todos los títulos.

Cada capo con su club

En 1983 Rodrigo Lara Bonilla, el entonces ministro de justicia, gran enemigo de los carteles y defensor acérrimo de la extradición, entregó una larga lista de clubes infiltrados por la mafia. Menos de un año después, sicarios acabaron con la vida del ministro. El gobierno de Belisario Betancur inmediatamente aprobó la ley de extradición, y el primero en caer fue Hernán Botero, presidente del Atlético Nacional, enviado a una cárcel en Estados Unidos por lavado de dinero.

Ya era evidente que los dineros calientes habían sumergido el fútbol profesional. Cada capo tenía su equipo, y a punta de dólares, le cosía una nueva estrella a su escudo.

Gonzalo Rodríguez Gacha, fanático de la cultura mexicana, socio del Cartel de Medellín, contrabandista de esmeraldas y jefe paramilitar, aprovechó la crisis financiera de Millonarios de Bogotá y en 1982 compró cerca del tercio de las acciones del club. Millonarios conquistó los campeonatos de 1987 y 1989. Un jugador de la época recordó que alguna vez ‘el Mexicano’ los invitó a su finca Chihuahua para celebrar un triunfo. “Él llevó a por lo menos veinte prostitutas del mejor burdel de Bogotá, comida de los mejores restaurantes y trago a montón. Cuando llevábamos casi dos días enrumbados, y se dio cuenta de que la mayoría estábamos dormidos, agarró una ametralladora y, con ráfagas al aire, nos despertó a todos gritando: ‘¡Yo los invité a pichar (tener relaciones sexuales), no a dormir!'”. (Ver revista Don Juan)

Los hinchas de Millonarios también cuentan que para poder ver a su equipo del alma, Rodríguez Gacha se disfrazaba de oso, la mascota azul. Así veía los partidos desde la raya, al lado de las porristas, delante de miles de espectadores, mientras la policía de todo el país lo buscaba.

En Cali, el América era el equipo sufrido. Desde que habían pasado al profesionalismo, los escarlatas nunca habían conquistado un solo título. En 1979, después de un gran esfuerzo financiero, consiguieron su primera estrella. Pero el equipo, endeudado, tuvo que buscar nuevos socios. Fue así como Miguel Rodríguez Orejuela, capo del Cartel de Cali, se adueñó del club.

Armó una nómina de lujo, con varios de los mejores jugadores del continente: Julio César Falcioni, Hernán Darío Herrera, Roberto Cabañas, Pedro Sarmiento, Ricardo Gareca y Aurelio José Pascuttini. Era uno de los equipos más caros de América. Su sobrino, Fernando Rodríguez, explicó en el libro El hijo del ajedrecista, que “conformó un equipo casi invencible que se paseó por todos los estadios de Colombia, no solamente con sus grandes jugadores, sino con el dinero producto del narcotráfico, el cual también influyó en ciertos resultados cuando empezaron a pagarles a los árbitros para que favorecieran al equipo”. El América arrasó y consiguió cinco títulos consecutivos entre 1982 y 1987.

Pablo Escobar, el más rico y más sanguinario de los narcos colombianos, no se podía quedar atrás. Tenía ambiciones políticas e inauguró canchas de fútbol, patrocinó equipos y construyó barrios enteros con su programa ‘Medellín sin tugurios’. Nacional, de la mano del técnico Francisco ‘Pacho’ Maturana, armó un equipo de sólo colombianos y se llevó la Libertadores de 1989.

“Mataría a cualquiera por ganar”

Una historia llena de gloria, pero que inevitablemente vino de la mano de la violencia. En 1988, en plenas finales, se supo que el árbitro Armando Pérez había sido secuestrado con la advertencia que si no “pitaba bien, lo borraban del mapa”. Por eso el asesinato del juez de línea Álvaro Ortega un año después en Medellín no fue una sorpresa. Después del partido entre el Deportivo Independiente Medellín (DIM) y el América de Cali, sicarios de Pablo Escobar lo abalearon. Según cuenta Jaime Gaviria, primo del mafioso, en el documental The Two Escobars, ‘El Patrón’ apostó por el Medellín, que perdió el partido. Furioso, le ordenó a sus sicarios ubicar el arbitro y asesinarlo. “Pablo Escobar mataría a cualquiera por ganar”, dice su primo.

El gobierno decidió cancelar el campeonato de ese año. Era la primera vez que pasaba desde que el deporte se volvió profesional en 1948. La tragedia, que tenía que provocar una profunda reflexión en la sociedad, fue opacada por la alegría del paso de la selección Colombia al Mundial de Italia 90, 28 años después de Chile 62.

Incapaces de enfrentar la profunda crisis del deporte rey, los colombianos nos dejamos llevar por la borrachera de los triunfos. En septiembre de 1993, después de la histórica goleada cinco a cero de la selección contra Argentina en el Monumental de Nuñez, clasificamos al Mundial de USA 94. Pelé dijo “Colombia es mi Favorito para ser Campeón del Mundo” y en el país todo el mundo estaba seguro que el vaticinio de ‘O Rei’ se iba a cumplir.

El 22 de junio llegó la pesadilla. En el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, frente a más de 90.000 espectadores, Colombia se jugaba su permanencia en el Mundial contra el débil Estados Unidos. Al minuto 35 del primer tiempo, tratando de rechazar un centro, Andrés Escobar, defensa central, empujó el balón en nuestro arco. Autogol. Eliminados. Contra Estados Unidos. Esa noche todo el país lloró, de rabia, de tristeza, de odio.

Diez días después, en el restaurante El Indio de Medellín, seis tiros se llevaban la vida de Andrés Escobar. Que fue por las apuestas, que fue por un insulto, que fue por una pelea, al día de hoy no se sabe exactamente qué pasó esa noche. Lo único cierto es que el asesino, entonces guardaespaldas de la familia Gallón Henao, con supuestos vínculos con ‘narcos’ y paramilitares, quedó libre en 2005.

Y que la muerte de Andrés Escobar es uno de los momentos más vergonzosos de la historia de Colombia. Después, se puede decir que las cosas en el fútbol cambiaron. Los grandes capos estaban o muertos o tras las rejas. Y la mano negra se hizo menos evidente. Pero la herencia que dejaron no es menos nefasta. Los clubes sin dinero, pero con nóminas costosas, se endeudaron cada vez más. Se estima que para 2010 debían 33 mil millones de pesos (casi 20 millones de dólares) en impuestos, seguridad social y sueldos. El América de Rodríguez Orejuela está en la lista Clinton del Departamento del Tesoro gringo, que prohíbe hacer transacciones financieras y sanciona las empresas que hagan negocios con ellos. El equipo caleño lleva años sin patrocinadores y su supervivencia está en entredicho. Gran parte de las acciones de Millonarios fueron confiscadas y pertenecen a la Dirección Nacional de Estupefacientes. Y se sabe que narcos de menor calaña y jefes paramilitares tienen intereses en equipos de segunda y tercera división, donde los controles son casi nulos.

Agosto de 2011 tiene que ser el renacimiento del fútbol colombiano. El país acoge el Mundial Sub-20, el evento deportivo más grande que alguna vez haya organizado. “Demos buena imagen, mostremos que Colombia es mucho más que la violencia y las drogas” es la frase repetida una y otra vez por nuestros políticos. Sin embargo, se va a necesitar mucho más que buenas intenciones y estadios nuevos para que los lunes en la mañana, en las oficinas y en los taxis, se deje de alegar con “la mano negra”.

 

Sobre el asesinato de Andrés Escobar quizá te interese ver: The Two Escobars, un documental de ESPN.