Iniciaré este texto con un lugar común ineludible: Aristóteles y su afirmación sobre la universalidad de la Literatura en contraposición con la particularidad de la Historia, haciéndola más filosófica, es decir, más capaz de explicar todas las cosas por sus causas últimas, si continuamos con las definiciones del griego. He querido partir de esta idea para señalar que en Latinoamérica la impartición de justicia –o su carencia- han sido materia constante para la ficcionalización y, con ello, para la reflexión y el análisis. No quiero decir con esto que los autores latinoamericanos hayan conseguido explicar un fenómeno social que, por su propia complejidad, no ha sido abarcado todavía; lo que pretendo señalar en este breve texto son apenas algunas constantes que encuentro en la literatura latinoamericana, que reflejarían quizá la visión de la justicia que compartimos los pueblos mestizos de este continente. Al tratarse nuestra literatura de un universo extenso y rico, me limitaré a describir tres variantes temáticas que reconozco, ejemplificadas con algunos textos.[1]

Los subterfugios de la justicia institucional

Probablemente, ésta sea la representación más extendida de este tema: la que denuncia la corrupción y los malos manejos del Estado y de las instituciones encargadas de impartir justicia. Esto en sí no sería privativo de la literatura hispanoamericana, pero dentro de este ámbito me interesa señalar una particularidad: entre las fallas que se señalan en un sistema de gobierno, se encuentra la descripción de elementos ancilares, paralelos, que no forman parte de las instituciones, pero que posibilitan su vigencia y funcionamiento, muchas veces en perjuicio de los individuos y sus garantías. Así, la justicia latinoamericana y sus instituciones no se sostienen en la legalidad, sino en la corrupción propiciada internamente.

La literatura puede presentar esta temática con un tratamiento irónico – Jorge Ibargüengoitia ofrece buenos ejemplos-, o bien, abordarla con seriedad, mostrando lo que tiene de tragedia. Un ejemplo brillante del equilibrio entre ambos enfoques sería, en mi opinión, la novela de Rafael Bernal, El Complot Mongol, que muestra los manejos de la seguridad nacional y la estabilidad diplomática, que los políticos dejan en manos de un matón –Filiberto García-, cuya mirada objetiva (acaso cínica) nos muestra el funcionamiento interno de estos aparatos ancilares:

– Yo creo, García, que usted es un hombre leal a su gobierno y a México. […] Ha trabajado bien en la limpieza de la frontera y su labor fue buena cuando los cubanos pusieron ese cuartel secreto.

Sí. La labor fue buena. Maté a seis pobres diablos, los únicos seis que formaban el gran cuartel comunista para la liberación de las Américas. Iban a liberar las Américas desde su cuartel en las selvas de Campeche. Seis chamacos pendejos jugando a los héroes con dos ametralladoras y unas pistolitas. Y se murieron y no hubo conflicto internacional y los gringos se pusieron contentos, porque se pudieron fotografiar las ametralladoras y una era rusa. Y el Coronel me dijo que esos cuates estaban violando la soberanía nacional. ¡Pinche soberanía! Y tal vez así fuera, pero ya muertos no violaban nada. Dizque también estaban violando las leyes del asilo. ¡Pinches leyes! (15)

Más cercano a la verdad histórica –y a la tragedia- Reinaldo Arenas evoca, en su autobiografía Antes que anochezca, los mecanismos de control y represión ejercidos incluso dentro de prisión por “la larga mano del Estado”:

Allí, en nuestra celda, llena de presos comunes, había gente de la Seguridad del Estado; era difícil poder descubrirlos, pues a veces se pasaban un año recibiendo golpes y viviendo en medio del excremento, como nosotros, y luego resultaban ser oficiales de la Seguridad que estaban allí para informar sobre cualquier actividad política que tuviéramos los presos en la cárcel. A veces también perseguían a algún preso determinado que había sido puesto en la galera de los comunes, pero que cargaba sobre sus espaldas algún historial político como era, por ejemplo, mi propio caso. Más adelante descubrí a algunos de estos oficiales; eso ocurrió cuando yo estaba en la galera de los trabajadores. Algunos de esos presos, misteriosamente, no iban a dormir a la galera y los guardias no se sobresaltaban por eso; me di cuenta de que esas noches les daban permiso para ir a ver a su familia. Aquellos seres eran tenebrosos porque podían matar a cualquiera allí mismo de un navajazo. Nadie sabía que había sido un oficial de la Seguridad del Estado, sino un preso más que le clavaba un cuchillo a otro; una vez que asesinaba al otro preso era sacado de la galera, supuestamente para ser ajusticiado y no le volvíamos a ver más; seguramente lo ascendían de teniente a capitán o algo por el estilo. (215-216)

En ambos casos, es evidente la percepción de los autores sobre el ejercicio de la ilegalidad en las instituciones encargadas precisamente de erradicarla. El Estado y sus funcionarios aparecen como una amenaza poderosa y siempre impune. El individuo se encuentra desvalido ante quienes detentan y manipulan el poder.

El juicio (y la tortura) del rebelde

La literatura latinoamericana ofrece también relatos en los que un rebelde, que simboliza los ideales de una lucha en particular, o bien, el de justicia, se convierte en el centro de la historia, ofreciendo un contraste con los antagonistas, generalmente figuras nocivas de autoridad, que representan la represión ejercida desde las esferas de poder, así como la corrupción de las instituciones. Este tipo de obras encierran una paradoja: por un lado, el rebelde puede significar que existe una esperanza de emancipación, sin embargo, la poetización de esta figura demanda su inmolación, de modo que se convierte casi siempre en héroe trágico, cuyo sacrificio es ejemplar pero infértil. Un ejemplo de este tipo de narrativa –acaso el ejemplo por antonomasia- es “El Matadero”, de Esteban Echeverría, cuento incluido en todas las antologías célebres de cuento hispanoamericano, y muy reconocido por su intensidad y por la crudeza con la que se representa el sacrificio del “unitario”: un rebelde que padece la injusticia sin perder su dignidad, pues muere de rabia y no a manos de sus torturadores. La intención del autor es explícita en el último fragmento de la historia, y ejemplifica la intención de representar la injusticia padecida por quien alza la voz contra el sistema:

En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse que federación saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el Matadero.

No son pocos los textos que continúan esta tradición, que ha sido un arma de doble filo. Por una parte, consiguen conmover al lector, señalarle los atropellos que ocurren en su propia realidad; sin embargo, el exceso de romanticismo en la representación del rebelde lo aleja de lo pragmático: para alcanzar la calidad de mártir, el protagonista debe padecer la injusticia, a costa de su propia vida, pero el alcance de su ejemplo no siempre conduce a una mejora concreta. Como suele ocurrir, nunca es claro si la vida imita al arte o el arte a la vida, de modo que no se puede decir con certeza si los rebeldes reales intentan emular los ejemplos aprendidos de la literatura, o bien, si la literatura ha tomado esta idea heroica de lo que observa en su propio tiempo y espacio. Una mezcla de verdad histórica y ficcionalización, por ejemplo, se encuentra en la obra teatral “Felipe Ángeles”, de Elena Garro que, a pesar de estar basada en investigación documental, termina idealizando a la figura central, y cayendo por ende en la misma perspectiva maniquea que puede detectarse en Echeverría, y en la mayoría de los planteamientos de protesta a lo largo de la historia latinoamericana, los cuales suelen alejarse de la conciliación, polarizando bandos e ideas. Lamentablemente, esto es una constante también en lo que puede llamarse “la historia oficial”, que se enseña a los niños en las escuelas.[2]

El ejercicio de la justicia por la propia mano

La tercera constante temática que puede vincularse con la representación de la justicia en la literatura de Latinoamérica tiene que ver con la ausencia de instituciones, o con su ineficiencia, que orillan a un individuo, grupo o incluso población entera a regularse a sí misma y ejercer la justicia por su propia mano. En el universo de muchas de las obras más célebres de nuestro siglo XX sigue pareciendo completamente normal que prive la ley del más fuerte, o que haya regiones que no son alcanzadas por las mismas leyes que rigen la ciudad. Ejemplo de esto son los relatos de Juan Rulfo o Gabriel García Márquez, en los que la impartición de la justicia depende del patriarca o del cacique, por llamarlo de alguna forma. Centrado en esta idea, Edmundo Valadés publica “La muerte tiene permiso”, un cuento en el que los habitantes de un pueblo enumeran los abusos cometidos por su presidente municipal y los consideran razón suficiente para validar su ejecución. Entre los dos extremos (el de la institución ausente y el de la institución despojada de poder) quiero referir una novela poco conocida, que propone un tercer escenario: el de la emulación de la legalidad.

La Plaza, de Luis Spota, tiene su núcleo narrativo en los acontecimientos ocurridos en octubre de 1968 en México. Un conjunto de deudos se reúne, adoptando los nombres de los días de la semana –en sutil vínculo con Chesterton- para formar un tribunal, encargado de capturar, procesar, condenar y ejecutar al responsable de la matanza de Tlatelolco. Entre las cosas que llaman mi atención –más allá del estilo fragmentario y polifónico de la narración- se encuentra la intención del autor por presentar una muestra social que, aun con sed de venganza, administra justicia de manera ordenada y eficiente, como si la revancha no consistiera solamente en el castigo aplicado al juzgado, sino también en la demostración de que quienes claman justicia son capaces de administrarla mejor que quienes tendrían la obligación de hacerlo. Además, el procesado tiene oportunidad suficiente para explicar el proceder institucional que, aun justificado, no consigue probarse como válido, con lo que es condenado al menos en dos niveles discursivos: el de la ficción y el de la realidad, que el autor representa y el lector reconoce.

A manera de conclusión, vuelvo a Aristóteles: la literatura muestra nuestra explicación del mundo; así, la literatura latinoamericana muestra nuestra explicación de Latinoamérica. No quiero decir con esto que puedan encontrarse fórmulas remediales en los textos literarios, pero sí considero que pueden hallarse en ellos las claves de nuestra visión, para distinguir, de nuestra Historia, lo que no es provechoso repetir.



[1] Aunque la literatura latinoamericana tiene vertientes políticas y de denuncia social, como la novela del dictador, para enriquecer el panorama observado se han dejado los referentes más evidentes fuera del espectro de ejemplos. Por otra parte, muchas obras fundamentales quedan fuera, debido a la extensión del presente texto.

[2] Como una alternativa de esta representación, cabría analizar Pedro y el Capitán, de Mario Benedetti, obra en la que el torturado padece y termina siendo la víctima, pero consigue dialogar con su verdugo y operar una transformación en él.