Por Ximena García Hidalgo, desde Washington

Se sentía la tensión en el aire. Algo raro para una ciudad demasiado acostumbrada a la exhibición y al despliegue de poder. Una ciudad plagada de edificios neoclásicos que albergan a los departamentos y a las agencias del gobierno estadounidense, donde abundan los cuarteles de las organizaciones internacionales más grandes e influyentes del mundo y las embajadas más importantes de muchos países. Una ciudad cuya cotidianidad incluye la presencia y los rastros de quienes mueven los hilos de la economía y la política internacionales. La tensión avanzó con la tarde del 19 de enero, cuando simpatizantes y manifestantes comenzaron a llegar para celebrar o protestar contra la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos.

Llegaron camiones de ambos bandos, procedentes de todo el país. Había en las calles más personas que de costumbre. Gente extraña, que no camina con el paso apresurado de los profesionistas y burócratas que generalmente recorren las principales avenidas de la ciudad. Se escuchaba ruido en las calles, pero también se sentía el silencio que emana de la incertidumbre. La división entre simpatizantes y manifestantes se sobrepuso a la división racial que aún predomina en la ciudad, promovida por las políticas urbanas de redlining de la década de los años treinta, por medio de las cuales las autoridades evitaron que grupos raciales “inarmónicos” y de color se establecieran en áreas centrales de la ciudad, confinándolos a un cinturón externo de pobreza y marginalidad. La nueva división se articuló en torno al nuevo presidente, pero no únicamente en relación con él.

Los sistemas de creencias se difunden en paquetes –subconjuntos de elementos relacionados entre sí–, que los individuos consumen como unidades naturales. El proceso es el siguiente: una persona cree en uno de los elementos y posteriormente, por inercia, probablemente aceptará el siguiente y el próximo, hasta que termine adoptando todo o casi todo el conjunto, incluso de manera inconsciente. En general, quienes simpatizan con el nuevo presidente son conservadores, añoran la claridad de los tiempos pasados, se oponen al aborto e incluso a la proliferación de métodos anticonceptivos, repelen la regulación de la portación de armas, no creen o no les importa el cambio climático, desaprueban la inclusión institucional de la comunidad LGBTQIA, creen en un vínculo del el islam con la violencia y consideran a la migración un crimen o una amenaza. A grandes rasgos y con sus matices correspondientes, los manifestantes creen en lo contrario.

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En la ciudad, la división se manifestó físicamente en las gorras rojas con el eslogan Make America Great Again de los simpatizantes y, por el otro lado, en los gorros de diferentes tonos de rosa, los pussyhats, de los manifestantes. Grupos de ambos bandos comenzaron a fluir por las calles y a abarrotar el transporte público de la ciudad a medida que terminaba el jueves. Antes de su llegada, las autoridades de la ciudad limitaron el tránsito de vehículos en las calles aledañas al centro. Para la noche, la división y la tensión eran notables, atenuadas intermitentemente por los asistentes a los elegantes bailes de inauguración que se vieron forzados a caminar unas cuantas calles para llegar a sus destinos, entre gradas, vallas y las banderas que adornarían el desfile del día siguiente.

 

El 20 de enero algunos helicópteros sobrevolaron la ciudad, que despertó con tanques y militares en las calles próximas a la plaza nacional. La ceremonia comenzó temprano y se desarrolló con el cumplimiento minucioso del rígido y estudiado protocolo oficial. Miles de programas de noticias de todo el mundo cubrieron el evento, mezclando información genérica con comentarios simplones y sensacionalistas de los presentadores. Mientras los presidentes saliente y entrante permanecían dentro de la Casa Blanca, los escalones más altos de la política, las diferentes ramas de gobierno, el ejército y los poderes fácticos comenzaron a llegar al Capitolio. Apareció entonces la cereza del pastel, la presencia más esperada por el morbo de la gente.

Hillary llegó vestida de blanco, acompañando a su esposo. Salió de la limusina esbozando la misma sonrisa de siempre, que podría parecer franca y sincera si no la forzara cada vez que intenta disimular que se la lleva el demonio. Intenta permanecer estoica, aunque tiene enfrente a los dos hombres que le arrebataron la presidencia −el último, después de obtener menos votos que ella−, a pesar de haber sido juzgada siempre con estándares diferentes por ser mujer. La compostura que intentó demostrar ante las infidelidades de Bill, los cuestionamientos sobre Benghasi y los e-mails. La sonrisa con la cual aceptó su derrota en las elecciones de noviembre. Las mismas que ha perfeccionado durante más de treinta años, para mostrar fortaleza y mantenerse en posiciones de poder en un sistema que juega en su contra. El masoquismo no tiene límites cuando se mezcla con ambición.

El vicepresidente y el presidente tomaron protesta. Llegó la hora del discurso inaugural. Más júbilo por un lado y más incredulidad por el otro. Trump cree que es el mejor porque ganó y cree que es buen orador. Pero su falta de habilidad y claridad ocasionaron segundos de desfase durante las pausas que hizo para que sus simpatizantes aplaudieran. La extensión del discurso no superó dos hojas, con las mismas palabras, escasas y simples, que le permitieron despertar a ciertos sectores de masas. Dijo que su movimiento es un esfuerzo para reconstruir el país y regresárselo a los estadounidenses. Habló en contra del orden establecido, que no ha beneficiado al pueblo ni a las familias trabajadoras. Criticó a las industrias y a las fábricas que han preferido operar fuera del país y a la riqueza que reparten en el mundo, pero no en Estados Unidos. Pero eso es cosa del pasado, advirtió. A partir de ahora, Estados Unidos será primero, en cada decisión fiscal, comercial, migratoria, de seguridad e internacional. Declaró que se protegerán las fronteras de los “saqueos de otros países, que hacen nuestros productos, roban nuestras compañías y destruyen nuestros empleos”. Prometió prosperidad y fuerza. Declaró ese día una celebración del pueblo. El Capitolio fue el epicentro de una sacudida que se sintió sin que se moviera la tierra.

En concordancia con su campaña, su primer discurso como presidente fue disruptivo, basado en la exaltación de la frustración, de presuntos agravios, del rencor, del enojo, del rechazo a lo externo. Sus simpatizantes ahora tienen más permiso de culpar a lo diferente y distinto de sus insatisfacciones. A partir de ahora, por lo menos en la retórica, las relaciones de Estados Unidos ante la otredad serán un juego de suma cero, en el cual el presidente prometió no estar dispuesto a perder. Excitación y propósito para sus simpatizantes, tristeza y miedo para los demás. La masa se disipó. Los niños, por instrucción de sus padres, agradecían a los militares en las calles por su servicio a la nación. Desde la mañana hasta la noche se registraron actos de protesta al margen del evento. Algunos de ellos se convirtieron en enfrentamientos que dejaron más de 200 detenidos. La ciudad durmió exhausta.

Sábado 21 de enero. Temprano, al día siguiente, ríos de personas con gorros y pancartas rosas empezaron a inundar las calles aledañas a la plaza nacional. Muchas de ellas eran mujeres, pero también hubo un número considerable de hombres, portando mensajes de toda índole: contra el cambio climático, por el movimiento Black Lives Matter, contra la discriminación de los musulmanes, por la regularización de los migrantes, por los derechos de la comunidad LGBTQI. En relación con las mujeres, por la igualdad de salarios, por el acceso a la salud y el respeto a los derechos reproductivos, en contra de los comentarios misóginos del presidente, en contra del presidente. En general, por la diversidad y la inclusión. Las estaciones de metro se saturaron. Muchos tuvieron que caminar por más de 30 minutos para llegar al punto de encuentro.

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Alrededor de las diez de la mañana, los manifestantes abarrotaron la plaza y las calles aledañas. Llegó un punto en el que nadie se podía mover. Había gente en las bardas, en las escaleras de los edificios. Los que pudieron se subieron a los semáforos y a los árboles. Líderes de diferentes organizaciones, feministas latinoamericanas, afro-estadounidenses, asiáticas, indígenas, transgénero, artistas y cantantes –unos más conocidos que otros, unos menos moderados que otros– se sucedieron durante más de cuatro horas ofreciendo mensajes y testimonios de todo tipo, centrados en la inclusión, los derechos tanto de mujeres cuanto de minorías y el rechazo a comentarios y propuestas del presidente. Después del rally, empezó la marcha. Se tuvieron que abrir rutas adicionales para el paso de los manifestantes. No se registró un solo incidente violento. Asistieron alrededor de 500,000 personas. Hubo más de 500 marchas paralelas en todos los estados y las principales ciudades de Estados Unidos. Tomando en cuenta a la capital, los manifestantes sumaron entre tres y cuatro millones de personas. Se considera la protesta nacional más concurrida en la historia del país. En diferentes países se registraron más de 670 marchas hermanas.

Los opositores del presidente se curaron, aunque haya sido por un día, del miedo, la tristeza y la incertidumbre. Le ganaron, de nuevo con números, aunque estos tampoco se traducirán en posiciones de poder institucional. Mientras tanto, la página electrónica de la Casa Blanca eliminó la versión en español de su contenido, así como menciones a la lucha por los derechos civiles, al cambio climático, a programas de salud social y a los derechos de la comunidad LGBT. El secretario de prensa del nuevo presidente participó en una conferencia con periodistas. Furibundo, criticó lo que considera intentos por disminuir las cifras de los simpatizantes que asistieron a la ceremonia de inauguración.

Advirtió que se hará responsable a la prensa por difundir “información falsa”, intentó decirles sobre qué deberían escribir y abandonó el salón sin responder preguntas. Respecto a la marcha el presidente no pudo evitar la tentación y twiteó “Observé las protestas ayer, ¡pero me parece que acabamos de tener una elección!, ¿por qué no votaron esas personas? Las celebridades hacen mucho daño a la causa”. Dos horas más tarde, tal vez después de que alguien lo convenciera de la contundencia de los números, twiteó “Las protestas pacíficas son la esencia de nuestra democracia. Aunque no siempre esté de acuerdo, reconozco el derecho de las personas a expresar sus puntos de vista”.

Durante la primera mitad del siglo XIX, Alexis de Tocqueville –que reconoció los cambios que precedieron a la caída del Antiguo Régimen y la potencialidad de la rivalidad entre Estados Unidos y el Imperio Ruso– advirtió que las batallas futuras se originarían por las diferencias entre los que tienen y los que no tienen. Pocos años después, Karl Marx identificó a la lucha de clases como el motor de la historia. En enero de este año, según un reporte de Oxfam, los 8 más ricos del mundo, todos hombres y la mayoría blancos, tienen la misma riqueza que 3,600 millones de personas. La sacudida del 20 de enero y su réplica del día siguiente, con los eventos y procesos que les precedieron tanto en Estados Unidos cuanto en diferentes partes del mundo –como la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea– representarán una nueva versión, con diferentes identidades y alianzas, de las implicaciones históricas de la desigualdad, con una buena dosis de exaltación, miedo, solidaridad e incertidumbre.