La Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América y Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) no es otra cosa que una de las tantas plataformas de integración regional que han surgido con sorprendente velocidad en las últimas décadas a lo largo y ancho del mundo. Incluso en América Latina, donde las iniciativas de unidad e integración han sido poco fructíferas, las intenciones por llevarlas a buen puerto han estado siempre presentes. Altmann Borbón sugiere incluso que este cóctel de ofertas de integración termina por debilitar la articulación regional en temas políticos, favoreciendo solamente acercamientos económicos que, en el fondo, no son imprescindibles.

Es cierto que en el discurso, los pilares de la unidad y los catalizadores de la integración regional son la colaboración y la complementación política, social y económica –un lugar común en la retórica de prácticamente todos los grupos regionales–. Y precisamente por eso el proyecto bolivariano es mucho más interesante que otros por dos razones elementales. La primera es que no se trata de una iniciativa impulsada por una potencia regional en el sentido estricto: como quizá logre expresarlo más adelante, Venezuela no tiene el perfil de poder emergente en la región y, sin embargo, el vigor con el que ha impulsado al ALBA es sorprendente. La segunda es que el ALBA intenta debatirse, no sin dificultad, entre los procesos de integración económica y los de la reunión política, a diferencia de otros proyectos (como Mercosur o el TLCAN) con una prioridad claramente comercial. Como veremos, el ALBA de Venezuela ha demostrado más resultados en lo económico que en lo político –lo cual obedece a un esquema de integración posible, en gran medida, por las estructuras internacionales del liberalismo y la posguerra fría–, pero, curiosamente, hay siempre una sugerente mezcla de discurso y hechos que nos recuerda ineludiblemente las dinámicas de enfrentamiento velado y conflicto ideológico entre bloques antes de la caída del muro de Berlín. En otras palabras, la retórica empleada en torno al ALBA contrasta con la de otros proyectos de integración regional –lo cual es, admitámoslo, una ventaja–, pero desafortunadamente este discurso no ha cuajado en procesos de profunda integración política, limitándose a esquemas económicos que, tristemente, aparecieron muy endebles.

ALBA nació velozmente. A diferencia de otros planes de integración regional, la alianza bolivaria

na logró de inmediato asentar las bases de su futura organización en torno a una preocupación particular, compartida inicialmente por Cuba y Venezuela, que después crecería hasta abrazar varios países más. La alianza entre Fidel Castro y Hugo Chávez tenía un enemigo común: el ALCA estadunidense (Área de Libre Comercio de las Américas… como si hubiera muchas américas). Durante los primeros años del siglo XXI, EU intentó confeccionar a su gusto un esquema de libre comercio y flujos de capital en el continente americano. Basado en el TLCAN y en distintos acuerdos –sobre todo bilaterales– que comenzaban a pulular, Washington defendió las mieles del consenso neoliberal y buscó concretar en la región un proyecto comercial y financiero que siguiera ciegamente los preceptos de la libre empresa, el adelgazamiento del Estado y la retirada de las instituciones públicas del sector económico. En franca oposición a ello, en 2004 se reunieron Chávez y Castro y nació la idea de configurar un bloque regional que, en primera instancia, sirviera de baluarte opositor a los avances librecambistas de los Estados Unidos. En cuestión de meses, Caracas y la Habana firmaron todo tipo de convenios y afianzaron, a finales de ese mismo año, al ALBA como una alternativa (más que una alianza) al modelo económico favorecido por EU.

La tilde se colocó sobre la ideología. Cuba y Venezuela, aún si en grados distintos –sobre todo respecto a la política interna cotidiana–, comparten una profunda crítica a la hegemonía estadunidense y al imperialismo que le acompaña. Así, el germen del ALBA es la importancia de afianzar un entorno que no le sea hostil ni a La Habana ni a Caracas y que además pueda adoptar sus ideas de organización política y económica de carácter socialista. Para reforzar la oposición a EU, Chávez ha insistido varias veces en el principio de autodeterminación y soberanía de los pueblos latinoamericanos y defiende la alternativa de la integración (siempre ALBA) como una de las mejores defensas al modelo económico estadunidense. También hay un enorme énfasis sobre la importancia de resaltar, en todo momento, unas visión y práctica mucho más humanas del desarrollo; ALBA también se construye sobre la defensa a los derechos humanos, sobre el respeto al medio ambiente, la búsqueda  de alternativas sostenibles de desarrollo y principios esenciales de equidad e igualdad social.

Ahora bien, ¿Por qué a Venezuela le queda grande ALBA? A primera vista tal aseveración parece errónea; Caracas no fue sólo la promotora del proyecto sino que también fue la mayor responsable de que los otros seis países que hoy conforman el grupo (Bolivia, Antigua y Barbuda, Ecuador, Dominica, Nicaragua y San Vicente y Granadinas… e incluso Honduras en su momento) hayan decidido unirse. Hugo Chávez es quien ha impulsado prácticamente todos los programas de cooperación Sur-Sur en educación y salud que caracterizan la parte social del ALBA. Cierto, todo lo anterior es correcto. Pero ni Venezuela ni Cuba –y tampoco una alianza entre ambas– fueron responsables por el freno brutal con el que ALCA se encontró; Hugo Chávez no es el líder más influyente del continente y está muy lejos de tener injerencia real en asuntos diplomáticos en América Latina. Hay un peso mucho mayor detrás de Venezuela (y del ALBA) y, sin sorpresas, se trata de Brasil. Fue Brasil quien realmente bloqueó las pretensiones estadunidenses de unificar un área de libre comercio en el continente; fue Lula quien logró mediar algunos conflictos diplomáticos en la región (como los que involucraron a Ecuador y Colombia); fue Lula quien apuntó la “visión latinoamericana” de la crisis económica de 2008 ante la Asamblea General de la ONU; y, finalmente, invitándolos a leer el texto que se publica también este mes en Distintas Latitudes, fue Brasil quien impulsó y organizó el programa de integración más amplio de la región: UNASUR.

Las carencias del ALBA no son sólo diplomáticas (aunque es importante reconocerle ciertas victorias, sobre todo en Honduras, donde Chávez logró convencer a Zelaya de cambiar radicalmente de rumbo y acobijarse bajo el manto bolivariano). Son, también, económicas. Y esto es aún más grave, pues entre 2005 y 2008 la verdadera fortaleza del ALBA radicó en sus iniciativas comerciales y de cooperación –y no sobre esquemas ideológicos ni políticos. Para ilustrar esto, basta con echar un rápido vistazo al programa Petrocaribe. Se trata de un programa de asistencia energética a los países del Caribe que Venezuela impulsó desde el inicio del siglo. En términos prácticos, Petrocaribe es una herramienta de subsidio diplomático que ha permitido a varios países del Caribe (sobre todo aquellos que adoptan líneas discursivas similares a la cubana y venezolana, como Nicaragua o Dominica) ahorrar cantidades impresionantes de dinero y destinarlo a otro tipo de prioridades. Caracas promueve el intercambio en vez de la venta: a cambio de petróleo, Venezuela recibe enormes cantidades de azúcar, arroz, frutas…          Además, importantísimos programas de salud social y de educación han sido posibles gracias al apoyo de Petrocaribe, muchos de ellos ya enmarcados en las acciones del ALBA. Cuba, por ejemplo, dispuso de más de 30,000 de sus médicos para programas de salud pública en Venezuela (el proyecto es Barrio adentro); Bolivia, Nicaragua y Venezuela han recibido una invaluable ayuda cubana que les ha permitido reducir radicalmente sus tasas de analfabetismo, sobre todo entre las poblaciones indígenas. Esa manera de pago permite no caer en los viciosos círculos de los flujos de capital y las fluctuaciones monetarias.

Pero eso tiene un enorme riesgo que se comprobó en 2008. Cuando el precio del petróleo se desplomó estrepitosamente  después de haber alcanzado máximos históricos cerca de los $140, Venezuela se vio obligada a cerrar la llave. En cuestión de meses y con los precios por los suelos, Caracas disminuyó el número de barriles diarios que enviaba a los miembros de Petrocaribe. De golpe cesaron otro tipo de acuerdos que, en mayor o menor medida, daban sustento al programa y al ALBA.

No se trata, en ningún momento, de pronosticar el fin o la decadencia de esta iniciativa de unidad regional. Al contrario, hay que reconocer al ALBA la búsqueda por congeniar procesos de integración política y económica, lo cual sirve de importante contraste a muchos otros proyectos integracionistas que obedecen casi exclusivamente a las ambiciones comerciales de sus miembros. ALBA ha defendido una aproximación entre países latinoamericanos basada en la solidaridad con el desarrollo humano y sostenible de cada sociedad y no edificada en torno a enormes incrementos de los flujos comerciales. Cierto, ha habido errores, pues el gobierno chavista ha priorizado un esquema de cooperación económica dependiente en gran medida de su propio petróleo; tampoco es capaz de llevar la batuta en los problemas políticos y diplomáticos de la región, como lo demuestran la facilidad con la que entra en conflicto con Colombia, o su casi total inacción en junio de 2009 cuando el golpe en Honduras. Venezuela está lejos de ser una potencia regional, admitamos. Como tal, deberá reconocer que su rol en los procesos de integración latinoamericana, incluso dentro del ALBA –aunque ésta sea una idea chavista– deberá ser menos preponderante y más abierto a la cooperación solidaria entre todos los países y gobiernos. Sólo así podrán hallarse iniciativas económicas más incluyentes y solidarias, y sólo así el peso diplomático del ALBA podrá trascender la imagen chavista y pasar a ser la representación de un grupo uniforme.