El sueño bolivariano: un término tan hueco como estimable. Su vocación es amplia, incluyente, épica, generosa; calificativos de tal nobleza que difícilmente pueden sobrevivir junto a la voluble condición humana.

La idea, además, no solamente tiene que ver con la buena voluntad de los pueblos latinoamericanos, hay que agregar su trascendencia por la forma en que superaron concepciones caducas sobre la finalidad del hombre en la tierra, sus atributos en potencia, su creatividad y su novedad: por más siglos que hayan pasado, los americanos seguimos siendo parte del Nuevo Mundo que puso al ser humano en el centro de su historia y seguimos cargando la Alta Responsabilidad de estar a la altura de esa reinvención.

Un país y un congreso

No extraña, por lo tanto, que alrededor de América -las Américas- se hayan diseñado ideas como el “sueño bolivariano”, de un país único en América que comprendiera a todos los territorios que antes fueran virreinatos pertenecientes a la Corona Española, un país cuya extensión abarcara desde el Río Bravo hasta la Patagonia, enriquecido por los sistemas de gobierno republicanos que sus demiurgos aprendieron de las revoluciones francesas y nortamericanas.

Simón Bolívar retomó la idea de Francisco de Miranda, quien la originó en 1809. El Libertador la hizo posible al fundar en 1821 lo que históricamente se conoce como Gran Colombia, que comprendía el Virreinato de la Nueva Granada (los territorios de la Colombia actual), la Capitanía General de Venezuela (hoy Venezuela) y la Real Audiencia de Quito (hoy Ecuador) además de territorios menores de los actuales Perú, Panamá, Brasil y Costa Rica.

Mapas como nostalgia: en internet puede verse la extensión de este monstruo, cuya influencia sería medular en la configuración del continente. Gran Colombia apenas existió una década, de 1821 a 1831, y su consolidación se frustró por la divergencia de ideas entre los actores políticos involucrados. Aunque el ideal era concebir a La Gran Colombia como una república democrática y federal, Simón Bolívar creía que esta representatividad requería de un proceso gradual; antes era necesario consolidar un poder central fuerte, que diera consistencia a la soberanía de la nación y pudiera enfrentar enemigos potenciales. La definición centralista de Bolívar se enfrentó con las inquietudes federalistas de los distintos territorios: José Antonio Páez en Venezuela, Francisco de Paula Santander en la Nueva Granada y Juan José Flores en Quito. Una década después se desmembró el país y poco después murió Simón Bolivar. Aunque hacia 1835 se intentó recuperar la idea de la Gran Colombia en Venezuela, la gran influencia de Páez impidió que la idea perseverara.

Ante la imposibilidad de fundar esta nación única, un proyecto alterno buscaba crear una confederación en la que los países americanos de habla española crearan relaciones de cooperación y defensa. De nuevo Bolívar fue el artífice del intento, que se materializó en el Congreso Anfictiónico de Panamá. El Congreso, convocado en 1824, pretendía emular a la Liga Anfictiónica de Grecia, de ahí la insistencia del caudillo en que se hiciera en el istmo centroamericano, haciendo un reflejo con Corinto. Las diferencias ideológicas y los conflictos bilaterales entre las distintas naciones impidieron una asistencia total al Congreso. Desde la negativa a asistir de los presidentes Freire de Chile, Rivadavia de Argentina y Rodríguez de Francia de Paraguay, hasta el recelo de los observadores norteamericanos y europeos, cuyas asistencias sólo serían para para generar acuerdos comerciales. El Congreso sesionó del 22 de junio al 15 de julio de 1826 y contó con la participación de Gran Colombia, Perú, México y las Provincias Unidas del Centro de América. La primera gran cumbre de la América de habla hispana bien puede reflejar la tendencia de cumbres posteriores: desde la ambición de las ideas, hasta lo pobre de sus resoluciones.

Entre los puntos a discutir, destacaban el apoyo a la independencia de Cuba, Puerto Rico, las Islas Canarias y Filipinas; acuerdos de comercio y navegación; la abolición de la esclavitud, el establecimiento de fronteras desde el principio jurídico de uti possidetis, que tomara como base el año de 1810. Entre sus resultados, el observador británico disuadió al Congreso de apoyar la independencia de los países insulares, en tanto implicaría tensión bélica en Mar Caribe. Los enfrentamientos entre Perú y la Gran Colombia, así como de México con Centroamérica, obligó a que las discusiones territoriales se hicieran bilateralmente. La solidaridad comercial se fue al traste cuando los países participantes se negaron a reducir sus aranceles. Aún con sus pocos avances, el Congreso de Panamá firmó el Tratado magnífico titulado de la Unión, de la Liga, y de la Confederación perpetua, con el acuerdo pactado fue realizar un próximo congreso en el pueblo de Tacubaya, en México, en agosto de 1826. A Tacubaya sólo llegan delegados de México, Gran Colombia y Centroamérica. Cuando ni Perú ni Centroamérica muestran interés en ratificar el tratado, el Congreso se diluye.

La puesta en orden del continente, el Panamericanismo y la OEA

La intentona del Congreso de Panamá fracasó por la sobreexposición de Simón Bolivar, preocupaban ciertas actitudes dictatoriales y los conflictos de frontera, propiedades y soberanías confrontadas de los nuevos países. Las tensiones civiles al interior de cada nación impidieron regresar a la idea, mientras no se solucionaban conflictos locales.

Hacia finales del XIX  se puso en boga la expresión del panamericanismo, emanada del gobierno norteamericano, y que tenía su fundamento en la Doctrina Monroe de  1823, donde la mañosa frase de “América para los americanos” advertía sobre la no injerencia de los países europeos en la vida política, pero también permitía la asunción de Estados Unidos como hermano mayor y policía del continente. Cuando en la última década del XIX se promueve la I Conferencia Interamericana, en Washington, Estados Unidos, se busca institucionalizar la hegemonía norteamericana sobre el continente. El término de panamericanismo busca imitar otros términos entonces de moda, como el paneslavismo y pan escandinavismo. Aunque filósofos y luchadores sociales como José Martí o Augusto César Sandino buscan enfrentar el término con el bolivariano de Latinoamérica o Hispanoamérica, sus efectos pragmáticos triunfaron sobre las reticencias. Actividades de atractivo como gestiones comerciales, unificación de medidas, regulación aduaneras, creación de un banco interamericano, era más atractivo para un puñado de gobernantes que en esos momentos intentaban asentar la paz y el progreso en sus naciones. Las Conferencias Interamericanas fueron el germen de la Organización de Estados Americanos, supuesto órgano continental superior que formalmente fortalece lazos de unidad y zanja diferencias entre los países miembros, aunque en la práctica ha funcionado como extensión moral de Estados Unidos, que le permite participar en conflictos bélicos, invadir países y reafirmar su influencia en el continente.

El crimen como forma de unidad nacional

Una derivación de esta injerencia norteamericana se ha hecho evidente en la creación de la Operación Cóndor, emanada del Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (Western Hemisphere Institute for Security Cooperation), que permitió el establecimiento de gobiernos de facto militares en prácticamente todo el sur del continente, así como una red de espionaje y represión que trascendía las fronteras de los distintos países. Resulta paradójico que este grupo iniciara sus prácticas y relaciones en la misma ciudad de Panamá donde Bolívar intentó la confederación continental.

La llamada Escuela de las Américas tuvo entre sus más distinguidos alumnos a personajes como el dictador argentino Leopoldo Fortunato Galtieri, Hugo Bánzer, dictador de Bolivia, o Manuel Contreras, responsable de la Dirección de Inteligencia Nacional del dictador chileno Augusto Pinochet. La Escuela de las Américas instruyó a sus alumnos en actividades como tácticas de interrogatorio, técnicas de contrainsurgencia, tortura, extorsión, ejecución sumaria.

¿Por qué agregar este sitio infame, y este grupo de coerción social, en un listado de Américas imaginadas? Porque siniestro que suene, la Operación Cóndor también se maneja desde una idea de la América de habla hispana, aun escalofriante: de las naciones latinoamericanas como sitios ordenados, incluso pese al atropello de los derechos humanos, con el acento en el orden político y sin reducto alguno a la pluralidad; eliminación de “revoltosos” contagiados por filosofías extranjeras y asentamiento de un orden social que haga más eco en los militares del XIX que en las acometidas revolucionarias del XX, emanadas de la Revolución Cubana.

Los retornos a las democracias han traído ejercicios de integración más atentos a los aspectos económicos de la región, en tanto los gobernantes han hecho de la cultura del mercado como necesidad primordial para la integración continental. Grupos como ALBA, TLCAN, Unasur fomentan esta integración, que suele dar mucho material para telenovelas -¿valdría hablar de la visión de “lo latino” desde Telemundo?- y tibia efectividad.

No es extraño que en las fechas recientes, el mandatario de Venezuela  Hugo Chávez haya retomado con pasión los términos del sueño y la unidad bolivarianas. Como al Libertador hace ya casi un siglo, su discurso se mira con recelo y suspicacia. ¿Valdría la pena debatirlo? ¿Sueño bolivariano para qué, bajo qué costo?