Por Juan Braulio Rivera Lomas

Flacso México/Maestría en Ciencias Sociales

“Recuerdo que la mañana del 1° de enero de 1994 cuando los zapatistas tomaron la cabecera de San Cristóbal de Las Casas, había cientos de reporteros arremolinados alrededor de la figura del Subcomandante Marcos buscando afanosamente una entrevista. Mientras tanto, a escasos metros del líder guerrillero y con sólo tres periodistas interesadas en captar la versión de ellas, la Comandanta Ramona y la Mayor Ana María escuchaban en silencio y sin reflectores las palabras del ahora emisario del movimiento”[1]. Con esa reflexión, Guiomar Rovira, autora de Mujeres de Maíz, evoca el suceso que le llevó a documentar la voz ignorada de las mujeres indígenas. Sin desestimar el mérito que el EZLN tuvo al levantarse en armas ante la explotación y marginación históricas de los pueblos originarios en México, la periodista española indica que el aspecto que le causó más impacto fue ver a las mujeres mayas con sus trenzas, sus rostros morenos y sus precarios fusiles sumándose a una insurrección que conmocionó al mundo entero.

A casi 2 décadas de que las balas hablaran en Chiapas, el zapatismo ha recorrido un sendero labrado en diversas etapas. En este andar, las mujeres indígenas han buscado incansablemente visibilizar sus demandas ante el Estado, la sociedad y sus mismos compañeros de lucha. De este modo, las Leyes Revolucionarias de Mujeres Zapatistas fueron resultado de una amplia consulta en dónde las mujeres indígenas pertenecientes a las bases de apoyo del EZLN externaron sus preocupaciones y necesidades más cotidianas. Estas normativas consistían en una serie prerrogativas sociales, políticas y económicas que aspiraban a separar a las indígenas de una inercia de sumisión prolongada por siglos.

Desde los primeros diálogos por la paz entre el gobierno federal y los rebeldes realizados en la Catedral de San Cristóbal de Las Casas y posteriormente en San Andrés Larráinzar, se establecieron algunas mesas a afecto de debatir la situación específica de las mujeres en sus comunidades. Las ilusiones de las indígenas eran del mismo tamaño que sus temores y la expectativa de acudir a un foro de interlocución de dicha magnitud se confrontaba con el miedo a hablar en público. Sin embargo, las tzeltales, tzotziles, choles, mames, zoques y tojolabales se plantaron con firmeza y exigieron no únicamente el cese al fuego represivo del Estado, sino también la atención inmediata a las condiciones de miseria de los grupos indígenas, las cuales, afectaban a ellas con mayor rigor.

La vida habitual de una mujer indígena en Chiapas comenzaba aproximadamente a las 2 o 3 de la madrugada. Primero, traer leña del monte para el fogón y después regresar a casa a moler el maíz y preparar el pozol y las tortillas antes de que el marido y los hijos despertaran y se fueran a cosechar la milpa. Asear la casa  y lavar la ropa en el río. Volver al hogar, preparar la comida para la familia y practicar un poco el bordado. Asimismo, esperar que el esposo no regresara bajo los efectos del posh (aguardiente) y decidiera empuñar su ira contra su persona. Un esposo que muy probablemente ella no eligió y al que fue vendida por sus padres a cambio del llamado dote, el cual, podía consistir desde una caja de refrescos hasta una vaca.

La citada rutina había sido compartida durante años por las mujeres indígenas chiapanecas, de ahí que el EZLN haya significado para éstas la oportunidad idónea de cambiar su realidad. De acuerdo a testimonios de algunas rebeldes, su ingreso al zapatismo les motivó a replantearse su posición en la comunidad, toda vez que fue en la organización dónde tomaron conciencia de muchos derechos. Como señalan muchas insurgentes, fue aquí dónde conocieron las toallas femeninas y los métodos anticonceptivos, y que las mujeres no sólo sirven para parir y cocinar. Visto así, la insurrección zapatista repercutió intensamente en las relaciones cotidianas de las mujeres indígenas con su entorno, detonando una sedición que comenzó desde el espacio familiar.

Enfrentar la voluntad de los padres, esposos y autoridades comunitarias fue uno de los retos principales de las mujeres indígenas al intentar incorporarse a espacios tradicionalmente vetados para ellas. Sobreponiéndose a éstas dificultades, las zapatistas se han sumado a diversos perímetros de acción. Además de las milicianas adjuntas a la estructura militar, las mujeres de las bases de apoyo del EZLN han participado en programas comunitarios de salud, educación, religión y derechos humanos. A la vez, a partir del surgimiento del proyecto autonómico zapatista en 2003, las indígenas han orientado sus esfuerzos para ejercer plenamente sus garantías políticas incluidas en las Leyes Revolucionarias de Mujeres Zapatistas.

Cabe recordar que con el surgimiento de Los Caracoles el zapatismo inauguró una fase civilista sustentada en mecanismos de autogobierno. En ese sentido, se articularon instituciones políticas divididas en tres niveles: comunal, municipal y regional. Dentro de ésta nueva estructura, las indígenas han conquistado algunas oportunidades de incidencia, empero, es quizá en las tareas de gobierno dónde las zapatistas se han encontrado con un mayor número de candados para participar. Carole Pateman (1995) destaca que la dicotomía entre lo público y lo privado es el tópico principal en los casi dos siglos de lucha política feminista Por tanto, si los arreglos tradicionales en la esfera doméstica no se modifican, el acceso de las mujeres a la política permanecería altamente restringido. Por consiguiente, aún cuando el zapatismo representó un contrapunto simbólico y formal en la reivindicación política de las indígenas, los roles habituales de las mujeres en la comunidad también precisaban ser renegociados toda vez que las relaciones de género no variarían por simple decreto.

Ahora bien, posiciones como la de Pateman han sido aquilatadas como etnocentristas por corrientes descolonizadoras que cuestionan los supuestos ontológicos del paradigma liberal. Al respecto, es pertinente dar cuenta que el debate sobre la intervención de las mujeres indígenas en el zapatismo se he desenvuelto entre dos polos que, recurrentemente, experimentan desencuentros: el esencialismo étnico y el feminismo liberal hegemónico. Si bien, la lucha de las zapatistas ha recibido el apoyo de múltiples organizaciones y movimientos feministas, se han evidenciado conflictos ocasionados por las visiones que una y otra parte posee en torno a los procesos de emancipación de la mujer.

La antropóloga Aída Castillo describe con más exactitud ésta problemática de la siguiente manera:

Yo creo que hubo dos partes muy importantes: hay muchas lecturas, pero una de ellas es que sigue habiendo una visión del feminismo muy urbana, muy clase mediera, para la que lo colectivo les vale, entonces yo creo que para poder hacer un trabajo de participación, de todo, tienes que hacerlo desde la propia cultura, no puedes hacerlo desde tus visiones de empoderamiento, desde tus visiones de derecho. Yo creo que no hubo mucho tacto en la manera de hacer este trabajo y esto chocó, por ejemplo, el llegar y plantear dentro de una comunidad que todas las autoridades son una bola de machos, y lo que hay que hacer es romper con ellos porque lo colectivo es una imposición de la cultura patriarcal, y eso se lo he escuchado a compañeras de mi organización, yo les digo esto, bueno es que las prácticas de las mujeres también son cultura, no puedes descalificar toda la cultura de un rechazo como una cultura patriarcal, tienes que ver que es una cultura en movimiento, que está cambiando.[2]

En la actualidad, el zapatismo pugna por consolidar su autonomía ante contingencias de diversa índole. La estrategia de militarización implementada por la administración federal a fin de combatir el tráfico de drogas ha agudizado el repliegue del EZLN. Análogamente, no han cesado las provocaciones y agresiones de grupos paramilitares y organizaciones policiacas contra los zapatistas. En ese sentido, la denominada guerra de baja intensidad produjo, directa o indirectamente, que el zapatismo abandonara una posición prioritaria no únicamente en la academia, sino también en las agendas gubernamentales y plataformas de los candidatos a cargos de elección popular.

En virtud de ello, el zapatismo ensaya a contracorriente un proyecto de autogobierno que, al mismo tiempo, arroja luz sobre sus propias contradicciones. Laura Carlsen (1999) puntualiza que la autonomía es el camino para que las relaciones entre hombres y mujeres en las comunidades indígenas adopten una dinámica más horizontal. Empero, la autora indica que la práctica del mandar obedeciendo que se ejerce en los territorios zapatistas debe profundizarse para que adquiera sentido en la vida de la mujer indígena. Así pues, la modificación de las relaciones entre gobernantes y gobernados no es suficiente para garantizar el acceso de las mujeres a los espacios de toma de decisión.

En resumen, a 18 años de romper el anonimato, es irrefutable que el zapatismo constituyó un paradigma inédito en la vida de las mujeres indígenas. Sin embargo, a pesar de que existen logros dignos de mencionarse, las múltiples limitaciones para replantear el papel de la mujer en la comunidad saltan a la vista. De tal manera, los cambios que se presenten serán más perceptibles en el largo plazo y atravesarán bloques generacionales. Además, las diferencias de los procesos en las diferentes regiones zapatistas no permiten elaborar juicios homólogos. Lo cierto, es que en el contexto vigente, las y los zapatistas se han apropiado de la lucha de las mujeres y sus demandas, marchando juntos hacía un horizonte, si bien plagado de batallas pendientes, con una meta definida que dista de ser utópica y se construye día a día.

 Bibliografía

-Carlsen, L (1999), Las Mujeres Indígenas en el Movimiento Social, en: Revista Chiapas N° 8

-Pateman, C. (1995), El Contrato Sexual, Editorial Anthropos

-Entrevista con Guiomar Rovira realizada por el autor

-Entrevista con Aída Castillo realizada por el autor



[1] Entrevista realizada por el autor

[2] Entrevista realizada por el autor