Periodista cultural y cuentista colombiana, Lina Vargas ha entendido que las palabras también son la patria que llevamos dentro, aquello que nos define culturalmente. Desde 2014 cursa la Maestría en Escritura Creativa en Buenos Aires, una ciudad que la ha hecho crecer personal y profesionalmente. Lina Vargas es una de los 22 autores del continente americano que participan en el Proyecto Arraigo/Desarraigo, una iniciativa para destacar la nueva literatura del continente. Distintas Latitudes conversó con ella sobre sus arraigos personales y el proceso de dejar atrás, así sea por unos años, tu lugar de origen.

Lina, cuéntanos primero, ¿cómo te acercaste a la literatura?

Empecé desde la lectura. Mi mamá siempre ha sido una muy buena lectora y siempre la veía leyendo. Ella me compraba y me leía cuentos y libros cuando era niña. Debo decir que, en ese sentido, la lectura no fue un punto de llegada, sino de origen: siempre estuvo ahí. En cuanto a la escritura, quizá de chica escribí algunos cuentos. Pero realmente entré a escribir por el lado del periodismo. Yo entré a estudiar Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Javeriana de Bogotá. Y siempre me interesó el periodismo narrativo, la crónica. Siempre me llamó el lado humano de las historias, de los fenómenos, de los hechos. Esto se toca con la literatura, que se nutre de las historias de la vida, de la condición humana. En la carrera también estudié literatura, pero no se hacía mucha creación literaria. Estudiábamos y leíamos obras literarias, pero escribíamos poco. Luego me vine a Buenos Aires a hacer una Maestría en la Universidad Nacional 3 de febrero, de Escritura Creativa. Estoy pendiente de graduarme.  Para graduarme tuve que presentar una colección de cuentos, que titulé “Los ojos falsos de las arañas”. Es una serie de cuentos sobre distintos conflictos humanos, pero en todos los cuentos hay un animal que es como una especie de testigo de los actos confusos, erráticos de los humanos. Es un testigo pasivo. Hay algunos cuentos donde los animales simplemente están ahí. Hay otros donde hay mayor nivel de interacción.

¿Cómo ha sido el proceso de dejar Colombia y vivir en Buenos Aires?

Ha sido un proceso muy gratificante, de mucha independencia y crecimiento. No conocía a nadie cuando vine. Es decir: no tenía ningún conocido ni familiares en esta ciudad. Estos dos años han sido muy interesantes, entre otras cosas, para darme cuenta de las tremendas diferencias y similitudes que tienen los argentinos con los colombianos. Por supuesto, el idioma nos da cercanía, pero también nos diferencia. Al principio fue muy extraño ver que una “librería” en Buenos Aires es lo que en Colombia llamamos “papelería”, un lugar donde consigues plumas, lápices y papel. Hay diferencias en el lenguaje que te hacen ver, desde algún ángulo, los arraigos y las identidades de cada quien. La patria también está en las palabras que llevamos.

¿En qué medios escribías cuando estabas en Colombia?

Cuando estaba en la Universidad hice una práctica en la Agencia Alemana de Prensa.  Luego estuve trabajando en la revista Cambio, una revista semanal sobre temas políticos, económicos, pero que tenía también mucha cultura. Fue una revista fundada por Gabriel García Márquez. Yo estuve con ellos en el 2009. Poco tiempo después, la revista cerró por cuestiones económicas. La revista Cambio sacó, por ejemplo, la investigación de los desvíos en Agro Ingreso Seguro, que impactaron al centro del corazón político del uribismo. La revista se dividía en la parte “caliente”, que era política y judiciales, y era lo último que cerraba, y la parte “fría”, que era cultura, salud, deporte y gente. A mí me asignaron a la parte “fría”, pero fue por pura casualidad. Ahí me empecé a involucrar en cuestiones culturales y salí completamente enamorada del periodismo. Después empecé a trabajar en el CINEP [Centro de Investigaciones y Educación Popular], un centro empujado por los jesuitas desde los sesenta, muy reconocido en la producción de investigaciones sociales. Lo que me tocó hacer fue ayudar a traducir las investigaciones académicas a un contenido más periodístico. Mientras estaba en el CINEP, me llamaron de Cambio y me recomendaron para trabajar en Arcadia, una publicación de periodismo cultural.

¿Qué piensas de la literatura actual en Colombia?

Ahora mismo estoy un poco alejada, lo cual es una tristeza. Cada vez que voy a Colombia me dedico a leer colombianos. El país está en un gran momento de producción. Las editoriales grandes, Planeta y Random House, están muy abiertas a nuevas propuestas. Gloria Susana Esquivel, otra joven periodista cultural, por ejemplo, acaba de sacar su novela. Giuseppe Caputo salió con Un Mundo Huérfano. La cuadra, de Gilmer Mesa, una muy buena novela sobre el Medellín de los ochenta. Es una novela descarnada, de una escritura muy potente.

¿Y en Argentina?

Uff. Veo una producción abrumadora. Estuve hace unos días en la Feria del Libro en Buenos Aires y hay un movimiento increíble. Es como un panorama inabarcable. Obviamente, los argentinos tienen una tradición literaria gigantesca. Siento que en cuento hay muchas mujeres escritoras. Muchas cuentistas. Por ejemplo, Samantha Schweblin, que creo que no tiene un cuento malo; Mariana Enríquez, una periodista cultural que también se volcó a la literatura.

¿Te ves más tiempo en Buenos Aires o regresas a Colombia?

No lo sé. Ése es mi dilema ahora. En Argentina están sucediendo muchas cosas en términos periodísticos y literarios. He estado en un taller con Leila Guerriero, del cual han salido varios proyectos y artículos con revistas y medios argentinos. Sin embargo, sí sé que voy a regresar a Colombia. Quizá en un año o año y medio.

¿Cómo es tu maestría en Escritura Creativa? ¿A qué se refiere el concepto?

Es un concepto problemático. Muchas personas no creen que la creatividad se pueda enseñar en un aula, en clases, en formato académico. Pero es una oportunidad para conocer personas, herramientas, casos, crecer redes. Te pone en contacto con personas con intereses y pasiones comunes, lo cual es muy valioso. Te pone en contacto contigo mismo, para encontrar qué quieres hacer. Digamos que te abre a ti mismo.

¿Qué significa Colombia para ti?

Primero, mi mamá, que vive allá, su casa. Sus sabores: el jugo de lulo. Arepas. Fríjoles. Sí, con acento en la i. En las pequeñas diferencias está lo que extrañas. En Argentina y en Colombia hay carne. Pero el sazón es distinto.

¿Qué piensas del proceso de paz que se sigue con la guerrilla en Colombia?

Colombia es un país bien contradictorio. Viví el referendo con mucha angustia desde Buenos Aires. No me creía que pudiera haber ganado el No. La sola idea de que personas cercanas hubieran votado por el No me hacía sentir mal. De cualquier forma, soy una creyente de la paz, de que es necesario este proceso, sacarlo adelante. Pero todo lo que está pasando con el acuerdo con las FARC son temas bien complejos. Han estado matando líderes sociales en las regiones rurales y de eso se habla poco. Por eso, no quiero ser ingenua sobre lo que significa la paz en Colombia ahora mismo.

¿Tu identidad como colombiana ha influido en tu escritura literaria?

Sí, por supuesto. Yo nací en Bogotá, pero mi papá es de Neiva, al sur del país, y cuando tenía como 8 años nos fuimos para allá. Mi infancia y adolescencia la pasé allá. Es una ciudad calurosa, aburrida. Si bien pasé bien el colegio, detestaba la ciudad. No se puede hacer nada. Luego, regresé a Bogotá. Y hace poco, cuando hacía la colección de cuentos, me di cuenta de que la mayoría de mis cuentos los ubico en una ciudad calurosa y aburrida. Ése es parte del ambiente literario que he creado en mis cuentos.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

La colección de Ojos de araña. Llevo ya unos nueve cuentos. Quiero terminarla. Y ahora estoy en algunos proyectos periodísticos en colectivo, una investigación sobre la energía eléctrica y los cortes de luz en Buenos Aires. Estoy también escribiendo algunas crónicas urbanas para La Nación de Argentina. Me contacté con una revista que se llama Don Julio, sale cada 6 meses. Trae once historias sobre personajes ligados al futbol, pero donde lo que menos importa es el futbol. Escribí un perfil sobre Salvador Cabañas, el tristemente célebre delantero del América de México, que recibió un disparo en la cabeza en un bar.

Si tú fueras un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo, tu mayor conflicto?

Ahora creería que es mi viaje por la escritura. Es lo que me enreda y lo que me gusta. Mi nudo son mis dilemas sobre qué tipo de escritura quiero hacer. Me siento 70% periodista y 30% cuentista. Me da cierto pudor decir que soy escritora de cuentos, porque estoy empezando. También me pregunto qué tipo de periodismo quiero hacer: si de investigación, si narrativo. No lo sé. Los dilemas siempre son interesantes.